Sobre “Las bicicletas son para el verano” (Jaime Chávarri 1983)

Un día de verano de 1936 en este país empezó una guerra terrible, mientras las terrazas de los bulevares se llenaban de sofocados viandantes que consumían horchatas de valencia a la sombra de las acacias que perfumaban las noches madrileñas. La tranquilidad a medias en que se vivía fue asaltada por un cañonazo que había sonado en África, y que fue avanzando como una plaga hasta llenar el país de sombras y de muertos. Se cercenaron las ilusiones, se aplazaron los proyectos y ya nada volvió a ser igual. El olor de los rosales fue sustituido por el de la pólvora y el canto de los pájaros por el ruido de los bombarderos. Ya solo se sintió el calor, el frío y el hambre, se desataron los más bajos instintos traspasando todas las fronteras de lo concebible, y las calles se llenaron de envidia, de miedo y de muertos. La honradez se vendía por un plato de lentejas y la libertad quedó para mucho tiempo proscrita.

Luisito es un adolescente de pantalón bombacho que estudia en el instituto y que ese año precisamente le ha quedado la física, justo ese verano que anda enamorado de Charito y que precisa una bicicleta para ir con ella y con sus amigos a la Casa de Campo. Para ello tiene que convencer a su padre que cree que lo justo es castigarlo, aunque no encuentra cómo ante la juvenil cantinela de promesas y juramentos.

Pero cuando la punta de sus dedos tocan el sueño, unos señores con botas y sables que no entienden de poesía deciden llegado en momento de salvar a la patria convirtiéndose en jueces de lo que se debe o no se debe hacer, y deciden que los jóvenes madrileños del verano del 36 no pueden ir a la Casa de Campo, que debe cundir el pánico entre las mujeres y los niños, y que los hombres tendrán que matarse en defensa de sagrados objetivos militares cuya importancia no va mas allá de dar cobijo a un conejo.

El miedo que atenaza va invadiendo pueblos y ciudades destruyendo lo físico y lo etéreo, y en la casa de Luisito, como en la mayoría de las casas españolas, aparece el hambre.

La cartelera del Cine Vistillas, a espaldas de San Francisco El Grande, anuncia “Tres lanceros bengalíes”. Mientras la observan intercambiando opiniones sobre las películas de amor o de guerra, Pablo (Emilio Serrano) y Luis (Gabino Diego) se preguntan como sería una guerra allí mismo, en la explanada que se extiende frente al cine, recreando un hipotético combate un amigo contra otro al sonido de las balas y el fuego de los cañones, llegando a la conclusión de que en Madrid no puede haber una guerra porque la frontera está muy lejos, que las guerras son en Abisinia.

En la casa de vecinos de la Plaza de la Paja donde vive la familia de Luisito, los inquilinos como es costumbre estival aprovechan cualquier excusa para compartir en las azoteas baile y limonadas al compás de “Mi jaca”. La gente se lleva bien y se respetan a pesar de las diferencias. Don Luis (Agustín González) es republicano y trabaja en las “Bodegas Lázaro”, por eso pone el anís en las fiestas, su hija Manolita (Victoria Abril) quiere ser artista, y su hijo Luisito mete mano a la criada (Patricia Adriani). Dolores (Amparo Soler), la madre, es una mujer conservadora y temerosa que carece de la sensibilidad que tiene su marido. Doña Maria Luisa (Marisa Paredes) es la casera y su marido fabrica santos. Mujer de derechas convencida que mantiene la distancia en el respeto. Doña Antonia (Alicia Hermida), un poco fascista, un poco envidiosa y un poco tonta, que vive con sus dos hijos, uno de ellos, Julito (Carlos Tristancho) un poco “retrasado”. Y Doña Marcela y Don Simón (Aurora Redondo y Guillermo Marín), el matrimonio mayor de talante liberal, llenos de vitalidad y entusiasmo.

Las noticias de los periódicos en el Madrid del 36 son cada vez más alarmantes, poco a poco llega la guerra y se instala en la capital durante tres largos años, como poco a poco van cambiando las costumbres y las relaciones, muchas veces por miedo y otras por conveniencia.

Manolita se quedó embarazada de un miliciano que lo mató la guerra en el frente de Guadarrama y se casó con Julito, que lo mató una bomba en el bazar donde trabajaba. Luisito que ya no es adolescente, tampoco es un estudiante, la maltrecha situación económica le obliga a trabajar de recadero.

A D. Luis lo han echado de las bodegas y posiblemente lo metan en la cárcel por hacer cooperativa. Doña Marcela y Don Simón vuelven a estar casados después de un breve divorcio republicano, y Doña Maria Luisa se frota las manos en el bando vencedor por la gran cantidad de imágenes religiosas que tendrán que reponer tras la contienda. Ha llegado la victoria y la tristeza para muchos.

Lola Salvador Maldonado escribió un guión sobre la obra de teatro homónima que Fernando Fernán-Gómez había creado sobre un fragmento de “Los ahuecados”, por una intensa nostalgia de la adolescencia, que la temporada anterior había triunfado en la cartelera madrileña logrando sacar las lágrimas del recuerdo al público y a Alfredo Matas, el productor que emocionado pide a Jaime Chavarri que la lleve al cine.

Chavarri confía la reconstrucción del Madrid del 36 a Gil Parrondo, el decorador español de mayor prestigio internacional que ya ha conseguido dos oscar personales y además ha decorado “Volver a Empezar” de Garci premiada con el mismo galardón.

La figuración corrió a cargo de Benito Rabal, ayudante de dirección que eligió a expresidiarios para los trabajos de extras, teniendo que hacer un extraordinario esfuerzo para enseñarles las canciones de la Brigadas Internacionales. Localiza en la Plaza de la Paja la acción central, en ella existe un edificio semiderruido que acomoda para el evento. Escaleras con rellanos, paredes desconchadas tras las ventanas, un patio ruinoso, incluso un sótano que sirve como refugio contra los bombardeos.

La Costanilla de San Pedro y la calle Segovia se llenaron de tranvías y tiovivos y la Ciudad Universitaria sirvió de frente de guerra. Tres meses tardo Gil Parrondo en su tarea de puesta a punto, tras los cuales, el día anterior al rodaje, junto al equipo técnico y artístico se invitó a las autoridades socialistas, en el poder estatal y municipal por aquellas fechas, a compartir lentejas en la adaptada Plaza de la Paja como referencia a las que la familia de Luis come y recuenta en la película.

Tierno Galván (alcalde de Madrid) y Ernest Lluch (ministro de Sanidad) fueron los que tuvieron el honor de compartir copa y legumbre. Desde aquí un recuerdo para los dos desaparecidos políticos cuyos entierros significaron multitudinarias concentraciones por diferentes motivos. El 22 de noviembre del 2000 ETA asesinó a Ernest Lluch en el garaje de su domicilio en Barcelona. Tierno falleció en Madrid en 1986 y fue enterrado entre una de las manifestaciones populares más importantes que se recuerda.

“Las bicicletas son para el verano” es la primera película acogida al acuerdo firmado entre In-Cine y la Twenty Centuy Fox, representada por el hijo de Georges Simenón, con el compromiso por parte de la segunda de exhibirla por todo el mundo.

De la obra de teatro solo repite personaje Agustín González, el papel de Amparo Soler lo hacía Berta Riaza y el de Victoria Abril, Enriqueta Carballeira. Chavarri no quería que la película se convirtiera en una filmación de la obra de teatro.

Agustín González.

“Las bicicletas son para el verano” (Jaime Chavarri 1983) es quizá su mejor trabajo, desde luego el mas galardonado dentro y fuera de nuestro país.

Es Luis, trabajador en Bodegas Lázaro y padre de Luisito (Gabino Diego), al que escucha relatar que necesita una bicicleta para salir el domingo a la Casa de Campo con los amigos. Pero justo ese día comienza la Guerra Civil destruyendo las ilusiones y los proyectos de todos los “Luisitos” de España. Terrible episodio que se prolongara durante mucho tiempo robando vidas y matando sueños. A él le comentará con tristeza que es posible que lo detengan y que tendrá que cuidar de la familia, porque no ha llegado la paz sino la victoria.

Hay una escena, digna de estar entre las mejores del cine español de todos los tiempos, la del almuerzo de la avergonzada familia por el hambre que intenta clarificar la falta de lentejas en el puchero, contando con pena una por una las cucharadas que faltan de la olla. La del adolescente Luisito, porque tiene mucha hambre, la de Manolita (Victoria Abril) que está “seca” y no puede amamantar a su hijo, la de Dolores (Amparo Soler) que toma una cucharada para probar mientras guisa, la de su consuegra Antonia (Alicia Hermida) cuando pasa por la cocina, al igual que la de su hijo Julito (Carlos Tristancho) entrañable “tonto” que quiere a Manolita y mata un obús cuando va a trabajar. Y finalmente el mismo Luis avergonzado por la situación, contando que las siete cucharadas son exactamente lo que les corresponde de racionamiento. Terrible miseria que pone en jaque a la dignidad y a la vergüenza

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