Tigres de papel

Cae en mis manos una de aquellas películas cuyo título prevalece nítido en la memoria, cuyo contenido sin embargo llega confuso y desvaído mezclado con las juveniles figuras de Carmen Maura y Joaquín Hinojosa.  

“Tigres de papel” es el primer largometraje de Colomo después de unos pocos cortos tras su paso por la Escuela Oficial de Cine, y a pesar de contar sólo con ésta, y la posterior “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?”, título de la canción de Burning, se le encuadra en la “Nueva comedia madrileña”.

No deja de apreciarse en ella su inocencia para tratar el ambiente izquierdoso/juvenil en tiempos de las primeras elecciones generales de 1977, y ya sea de forma premeditada o inconscientemente, Colomo pone sobre la mesa una serie de situaciones y rituales, que aunque ahora, 33 años después pueden parecer inocentes y esperpénticos, decentemente analizados, y aunque resulten dolorosos, obedecen con bastante fidelidad a los patrones que se prodigaban en la capital en aquellos confusos momentos posteriores al franquismo.

Da el título a la película una frase de un discurso de Mao Tse Tung contra el imperialismo y las fuerzas reaccionarios, tan en boca de la progresia de aquel tiempo, sin saber muy bien el significado. Todos éramos teóricos de izquierdas que nos pasábamos las horas dando la vara dialéctica a la más maciza de aquellas jóvenes de carnes duras y pelos rizados que la fortuna ponía en nuestras manos, y aunque le mostrábamos inmediatamente nuestra condición de liberados sexuales ajenos al sometimiento de la carne, en el fondo no queríamos más que llevárnoslas al huerto, aunque eso si, solo para darnos un restregón sin meter, que la carga represiva que llevábamos encima, y la educación de monaguillo/ seminarista pesaban como una losa en aquellos deseos impuros de tanto onanista consumado.

Importante papel juegan los “porros” que pasan de mano en mano desatando sonrisas estupidas que atenúan miedos y timideces, pero que hicieron más daño del esperado al llegar en abundancia a los permisivos círculos izquierdistas, buscando nada más que su descomposición. Sencillamente el preámbulo de otras sustancias más duras que llevaron a la tumba a parte de una generación de curiosos inmaduros.

Tiempo de fetichistas donde lo más importante era la insignia o la pegatina que oportunamente se colocaba en el pecho durante los mítines en los campos de fútbol periféricos, en los que, cogidos de la mano, se coreaban canciones revolucionarias aprendidas a vuela pluma en las casettes grabadas clandestinamente con productos traídos de Portugal o Francia en el maletero del “127”, o con el autóctono e incombustible Luis Pastor cantando “con tu quiero y mi puedo, vamos juntos compañero”.

No podía faltar la pega de carteles de la que todos tratan de escaquearse con excusas infantiles que no denotan más que miedo y falta de convencimiento, y la paliza de los fachas, con su eterno pistolero de gafas negras, que sirva de coartada para que una guapa joven de cabello desordenado, te sobe el lomo mientras te aplica el analgésico en algún apartamento de un tío muy majo al que vas a gorronear el coñac y los canutos.

Tiempo de confusión donde, aunque nos pese, navegamos unos años lastrados a unas barbas, metidos en un pantalón de pana y unas botas chirucas que gritaban al mundo entero nuestra condición clandestina, que iba perdiendo prestigio por la cantidad de “quemados” sin compromiso que justificaban su cobardía minando las fuerzas de una izquierda inmadura.

Esos éramos nosotros con treinta años menos, y nos partiríamos el pecho de risa viendo las fotos, si no fuera porque algunos pagaron cara esa aventura que a veces nos gusta contar para sentirnos justificados. Hubo abogados en Atocha que nos helaron la sonrisa la noche del 24 de enero de aquel año 77. Hubo chavales de nombres Mari Luz y Arturo que se atascaron para siempre en los adoquines de esas calles madrileñas que intentaban desprenderse de aquellos “incontrolados” pistoleros franquistas.

Pobres tigres de papel que desoímos a los poetas y se nos olvidaron las canciones de los trovadores a los que encendíamos el mechero en la noche como prueba firme de inquebrantable solidaridad eterna

Quizá fuera el momento de echar una mirada crítica al pasado, para ver si este resultado se corresponde con aquellos anhelos juveniles cuando éramos revolucionarios.

Ficha Técnica

Tigres de papel. Año 1997.

Duración. 93 min.

DIRECTOR : Fernando Colomo.

GUIÓN: Fernando Colomo.

MÚSICA: Tomaso Albinoni.

FOTOGRAFÍA: Ángel Luis Fernández.

REPARTO: Carmen Maura, Joaquín Hinojosa, Miguel Arribas, Emma Cohen,   Félix Rotaeta, Concha Gregory, Juan Lombardero.

PRODUCTORA: La Salamandra.

GÉNERO: Comedia.

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