Alfonso J. Palacios Echeverría*. LQS. Febrero 2018

La penetración del evangelismo en América Latina estuvo apoyado fuertemente por los intereses norteamericanos, como un medio para transculturizar nuestros países, facilitar la penetración del neoliberalismo político y económico, y todavía hoy continúan financiando determinados elementos a ciertos grupos evangélicos, a fin de que obtengan un cada vez mayor poder político

La religión (cualquier religión) con ambiciones políticas automáticamente choca con los fundamentos de nuestra democracia, al intercambiar el argumento y, cada tanto, la racionalidad por el excesivo uso de símbolos, explicaciones subjetivas, y, en su forma más extrema y como último recurso, la palabra de (algún) Dios.

El renombrado antropólogo estadounidense Clifford Geertz postuló que la religión es un sistema de símbolos que genera ánimos y motivaciones poderosas, persuasivas y persistentes en los seres humanos. Con esto no desconozco que las religiones también han servido de anclaje y soporte humanitario. Sin embargo, su potencial para formular concepciones no científicas que sobrepasan el contexto puramente religioso y le dan sentido a las realidades sociales, contrarrestan con la lógica de cómo se deberían tomar las decisiones políticas: la razón científica, el sentido común y la consideración incluyente.

El principal problema con eso es que los líderes evangélicos tienen a su disposición una multitud de creyentes, o mejor dicho, votantes, con quienes construyeron un vínculo casi irrompible fundado en un sistema de símbolos, principios y valores. Y sólo los pastores poseen la autoridad de cambiar, ajustar o romper esa conexión supuestamente moral. Una clásica relación de poder asimétrica.

El peligro no es abstracto. En Brasil, diputados del Frente Parlamentario Evangélico prepararon una ley que le presta a las iglesias la autoridad de cuestionar las decisiones del Tribunal Supremo, hasta poder declararlas “inconstitucionales”.

En la Colombia del posconflicto, los evangélicos se están convirtiendo en una fuente de poder político para la ultraderecha y las fuerzas anacrónicas.

Aparentemente, muchos líderes evangélicos coinciden con la ultraderecha en correr campañas contra ciertos grupos sociales al construir, por ejemplo, un conflicto artificial entre los valores de la familia, los de la mujer y los de la comunidad LGTBI.

En Costa Rica los votantes evangélicos suponen un aproximado del 15% del padrón electoral, aunque obtuvieron un 25% aproximado de los votos emitidos válidos en las pasadas elecciones, es decir, no representan una mayoría significativa de la totalidad, y sin embargo, si se mantiene el nivel de abstención en la segunda vuelta, o se aumenta, el riesgo de que una minoría religiosa se haga con el poder ejecutivo del país, traería consecuencias posiblemente desastrosas para el país.

No debemos olvidar que la penetración del evangelismo en América Latina estuvo apoyado fuertemente por los intereses norteamericanos, como un medio para transculturizar nuestros países, facilitar la penetración del neoliberalismo político y económico, y todavía hoy continúan financiando determinados elementos a ciertos grupos evangélicos, a fin de que obtengan un cada vez mayor poder político.

A pesar de la competencia por los fieles, al igual que la Iglesia Católica, los sectores evangelistas se han infiltrado en la política para imponer sus ideales opuestos a la alteración del orden patriarcal, a la reinterpretación del concepto de familia, a la homosexualidad y a las libertades sociales. Según el artículo: Iglesias evangélicas y el poder conservador en Latinoamérica, publicado por el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), el evangelismo explota además políticamente su gran despliegue mediático, gracias a sus propias emisoras, canales de televisión y redes sociales, que deja en desventaja a los demás candidatos del sistema político. Estas organizaciones cuentan además, según Javier Calderón Castillo, autor del artículo, con una “gran capacidad económica ligada al aporte-convicción de sus feligreses” y son fervientes “defensores del neoliberalismo y la sociedad de consumo”. En la mayoría de los países de América Latina, al igual que el catolicismo, el evangelismo ha penetrado las esferas políticas con el fin de imponer su agenda ultraconservador. Pero a diferencia de la narrativa más ortodoxa de la Iglesia Católica, los pastores evangelistas están introduciendo en la política una suerte de populismo religioso, más radical y de mayor alcance.

En este marco, las organizaciones evangelistas están cada vez más presentes en la vida política de América Latina. En países como Costa Rica, República Dominicana, Perú y México han organizado marchas en contra del movimiento LGBT. En Colombia, donde representa el 20% de la población, los evangelistas, asociados con el ex presidente Álvaro Uribe, tuvieron un rol fundamental en la derrota del plebiscito del 2016 para ratificar el Acuerdo de Paz, debido a que implementaba los derechos de la mujer y de la comunidad LGBT. En Brasil, con unos 22 millones de pentecostales, Eduardo Cunha, antes de ser condenado a 15 años de prisión por corrupción, lideró la bancada evangelista en contra de las reformas a favor de los derechos reproductivos de la mujer y el dudoso juicio parlamentario a la presidenta Dilma Rousseff. Y en Guatemala, donde el evangelismo prácticamente ha alcanzado al catolicismo, el gobierno es presidido por Jimmy Morales, un humorista y teólogo evangelista, que en sus discursos exhibe aires de predicador.

La asociación entre religión y política no es cosa nueva. Históricamente la Iglesia Católica ha estado vinculada, generalmente, con los partidos conservadores o ultraconservadores, así como con movimientos como “Tradición, Familia y Propiedad” surgido en la década del 60′ y vinculado a las dictaduras del cono sur. La religión católica también ha estado presente con diversas posturas políticas a través de la democracia cristiana, que en algunos países llegó a la presidencia. E incluso en la izquierda, a partir del Concilio Vaticano II, el movimiento de la Teología de la Liberación tuvo una gran influencia. En la actualidad, el catolicismo sigue presente en la retórica política de gran parte de los países latinoamericanos.

Sin embargo, el monopolio católico que hasta la década del 70′ no conocía competencia, ha ido cediendo terreno durante las últimas décadas frente al evangelismo. Actualmente esta corriente es practicada por casi el 20% de la población de América Latina y en algunos países centroamericanos está cerca de alcanzar a la mitad de la población, debido a una particular penetración en las clases bajas y marginadas de la sociedad. La participación de las iglesias evangélicas o neopentecostales en la política latinoamericana crece día a día y alimenta las facciones políticas de la ultraderecha para impulsar su agenda conservadora. Ya sea a través de candidatos propios o apoyando líderes afines, definen elecciones y presiona en la toma de decisiones, gracias a su poder retórico que canaliza la desesperanza en la política.

No es de extrañar, entonces, que algunas personas en nuestro país relacionen al evangelismo con la corriente ultraderechista en sus diversas manifestaciones, que va desde el neoliberalismo hasta el rechazo de derechos humanos conculcados a grupos minoritarios de la sociedad, y lo asimilen a un peligro inminente de perder los avances que nuestro país obtuvo en el pasado en los campos del desarrollo social.

Creo que es el momento de reflexionar un poco, dejar a un lado las íntimas y personales creencias religiosas, y pensar en Costa Rica como el hogar de todos, no importando cuáles sean las diferencias entre todos.

* El Pais de Costa Rica
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