A cien años Capablanca inspira

Oscar Sánchez Serra* . LQS. Mayo 2021

Hablemos de peones, reyes, damas, caballos, torres y alfiles, pues está de cumpleaños el título del mundo de un genio, porque eso fue Capablanca, calificado como el Mozart de este juego ciencia

«La misión del ajedrez en las escuelas no es la erudición de sacar maestros de ajedrez. La educación mediante el ajedrez debe ser la educación de pensar por sí mismo».

«El ajedrez es algo más que un simple juego, es una diversión intelectual que tiene algo de arte y mucho de ciencia. Es, además, un medio de acercamiento social e intelectual. A mi juicio, el ajedrez debía formar parte del programa escolar de todos los países».

«A mí lo que me gusta del juego es que obliga a pensar; ese es el problema, no es cuestión de ganar lugares; educa al hombre en el hábito de optar entre variantes. Y uno de los peores problemas que yo veo muchas veces es que la gente no tiene el hábito de buscar variantes y de optar entre variantes. El ajedrez te coloca a cada instante ante la necesidad de resolver el problema».

Esas opiniones pertenecen a tres hombres, dos de ellos campeones mundiales. El otro no se dedicó a los trebejos, pero fue, por antonomasia, un verdadero ajedrecista en su vida y fecunda obra. La primera opinión que leyó es del alemán Enmanuel Lasker, quien perdió su corona mundial, hace hoy, exactamente, cien años, ante el autor del segundo criterio, el cubano José Raúl Capablanca y Graupera. ¿La tercera? Es fruto de la tenacidad del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Hablemos de peones, reyes, damas, caballos, torres y alfiles, pues está de cumpleaños el título del mundo de un genio, porque eso fue Capablanca, calificado como el Mozart de este juego ciencia, tanto que otro grande, el azerí Garry Kasparov, dijo que para qué se iba esforzar si tenía éxito. El Gran Maestro yugoslavo, Svetozar Gligoric, definió su invencibilidad en una sentencia: «Capablanca sabe, los demás ensayamos».

Fue un adelantado a su época. Su dominio era tal que él mismo y otros astros del tablero dijeron que el ajedrez estaba cerca de agotarse, de llegar a ese punto en el que casi todas las partidas entre jugadores de élite terminaran en tablas; por eso, Capablanca propuso agrandar el tablero (de 8 por 8 a 8 por 10) en un agudo debate, que se ha recrudecido cien años más tarde. En un artículo de El País, dedicado al cubano, Leontxo García, apunta al respecto: «Hace unos años surgió la Revolución Carlsen (Magnus, actual campeón mundial): lo importante no es lograr ventaja en la apertura, sino sacar al rival de territorios conocidos, para que no juegue de memoria. Se mitigó el fuego, pero el conservadurismo de la Federación Internacional, que no castiga ni previene los empates cortos, y la aversión al riesgo de numerosos jugadores de élite, han vuelto a avivarlo».

Capablanca tiene otro gran mérito como profesor, aunque solo aceptó un discípulo, es decir, discípula. El alto honor correspondió a María Teresa Mora. Una de las pocas veces que lo vieron consultando libros de ajedrez fue para la docena de lecciones que le impartió a quien, con 11 años, ganó su primer torneo, y a los 20 era campeona nacional, en 1922, al vencer en la Copa Dewars, donde todos, menos ella, eran hombres. Contra su maestro, jugó tres partidas, todas en simultáneas. Pocas personas en el mundo pudieron vanagloriarse alguna vez de haberlo derrotado, ni siquiera en esa variante, y ella lo logró dos veces.

El Mozart de los tableros ganó 302 partidas, entabló 246 y perdió 35. «Se aprende más en los juegos que se pierden que en las partidas que se ganan», dijo. En una centuria se ha hablado mucho de lo que ocurrió el 28 de abril de 1921, en La Habana, al ganarle la cuarta partida a Lasker, esculpiendo con su sabiduría la diadema del planeta. Volvamos entonces a las tres frases de nuestro tablero, pues el homenaje más preclaro es interpretar su legado.

Capablanca – Lasker

Tanto Lasker como Capablanca sitúan el ajedrez en el centro de la actividad pedagógica de cara a la sociedad, porque es la escuela la institución más importante de la comunidad, y Fidel nos lo trajo al presente, ante la necesidad de resolver el problema.

En consonancia con esos postulados, el profesor Danilo Buela afirma que «la práctica del ajedrez, no solo lleva implícito el logro de resultados deportivos, sino también la creación de un hombre apto y capaz de modular una conducta. En el ajedrez quien piensa toma decisiones, busca variantes, se repliega o ataca; es el hombre pleno, la personalidad total, no su pensamiento o su imaginación creadora de manera aislada».

Considera que, en nuestro país, el propósito de ampliar el conocimiento del apasionante juego se sustenta y enriquece en elementos históricos y culturales que hacen del ajedrez expresión de identidad y de cubanía. «Cuba tiene el privilegio de haber sido la primera nación de América donde se practicó el ajedrez, cuando en 1518 se funda el primer Club, en Bayamo; y no es casual que El Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, lo cultivara, como estudioso, practicante y publicista; o que Carlos J. Finlay, benefactor de la humanidad, lo acogiera con singular devoción y rigor».

En El ajedrez como herramienta educativa en las escuelas cubanas, el máster en Ciencias, Claudio Chavarri Marrero, sostiene que su estudio sistemático contribuye a la formación integral del individuo en diez áreas básicas. A saber: recreativa, deportiva, intelectual, cultural, ética, estética, instrumental, emocional, preventiva y de salud social».

Antes, el Comandante Ernesto Che Guevara, admirador y practicante sobre las 64 casillas, aseguró, en 1961: «El ajedrez es un pasatiempo, pero es además un educador del raciocinio, y los países que tienen grandes equipos de ajedrecistas marchan también a la cabeza del mundo en otras esferas importantes. Cuba tendrá Grandes Maestros y eso será también obra de la Revolución». Hoy, la Mayor de las Antillas es la nación latinoamericana y caribeña de más trebejistas con ese título, con 52, y 12 son de mujeres.

Y como Cuba le corría por las venas, la pelota también atrapó a Capablanca. Era la segunda base de la Universidad de Columbia, donde estudiaba Ingeniería Química. Según Jorge Daubar, uno de sus biógrafos, fue abordado por un cazatalentos de los New York Yankees, quien le ofreció un contrato. No aceptó la oferta y tampoco terminó la carrera. Sin embargo, en 1927 le preguntaron sobre su mejor partida y respondió que, de ese año, lo único que le venía a la mente eran los 60 jonrones de Babe Ruth y la buena actuación del cubano Adolfo Luque en las mayores.

A cien años, Capablanca nos sigue inspirando.

Capablanca: el «Mozart» del ajedrez

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* Nota publicada en el diario Granma

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