Con la corrupción, la derecha mata dos pájaros de un tiro

Uno de los “pájaros” es evidente: los gestores de turno (a nivel central, autonómico o local) fomentan que las empresas contratistas inflen las facturas de las obras que realizan y que previamente les han adjudicado a dedo sorteando la legalidad. Este sobrecoste sale de los presupuestos que pagamos todos (bueno, unos más que otros) y la mayoría de las veces va destinado a la caja del partido político, quedándose unos cuantos billetes por el camino (a veces todos). Ya fue reconocida esta “mordida” en el Parlament catalán hace años, cifrándose entonces en el 3%.
 
De este modo, además del lucro individual de los “sufridos” gestores, el partido político recauda los fondos con los que financiar, por ejemplo, las campañas electorales, que así se convierten en un combate desigual con el resto de contendientes. Si se descubre el asunto, a lo más que se llega es a procesar a alguno de los responsables, que luego serán generosamente indultados. Pero el partido implicado nunca devuelve el dinero, ni los escaños que consiguió por ese plus  fraudulento de carteles y anuncios electorales.
 
Además de este dinero, la derecha obtiene con la corrupción un rédito electoral y político, aunque aparente lo contrario. Voy a tratar de explicarlo. Pero antes de continuar, quiero aclarar que me voy a referir principalmente a lo que ocurre en nuestro país o en aquellos otros que sigan pendientes de una ruptura radicalmente democrática.
 
Cuando afirmo que con la corrupción la derecha consigue más poder político y electoral, no hago más que constatar lo ocurrido en los últimos procesos electorales, sobre todo locales, en los que todos (o casi todos) los candidatos procesados por corrupción que se han presentado a las elecciones, han revalidado los apoyos electorales de que gozaban anteriormente. ¿Cómo es esto posible?
 
La historia política y electoral de nuestro país arrastra un lastre pesadísimo de caciquismo y clientelismo, que ha hecho que la corrupción y el intercambio de favores “en la sombra” forme parte inseparable de la gestión política y electoral, en particular en la derecha, que es quien realmente nos ha gobernado en el último siglo, exceptuando el paréntesis de algunos años republicanos.
 
La política es la actividad de gestionar el poder, y los procesos electorales son la ceremonia de entrega del bastón de mando a quien ya de hecho lo ejerce. Por eso, cuanta más ostentación se haga del poder, más difícil parece arrebatarlo, y así el electorado adopta la actitud más conservadora y cómoda (a corto plazo) de dejar las cosas como están, para “que no haya jaleos”.
 
Dicho de otro modo, la corrupción, además de ser fuente de financiación ilegal de partidos y enriquecimiento de los gestores, es también un signo de ostentación y de poder. Y cuando la ciudadanía prefiere la comodidad a la rebeldía, termina dejándose llevar por los grandes medios de comunicación de masas (en manos de los mismos corruptos), que endiosan a los poderosos cuyas vidas suntuosas podemos seguir a través de las revistas y programas llamados del corazón. Julián Muñoz y la Pantoja, por ejemplo, pueden suscitar una mezcla de odio y de envidia, y cuando son pillados se convierten en protagonistas de un drama teatral, que hasta puede producir compasión. (Basta recordar a la Flores pidiendo a los españoles, sin ningún rubor, que le pagaran sus fraudes fiscales).
 
Pero igual que a la derecha la corrupción le engrandece, a la izquierda transformadora la funde, porque deslegitima su discurso en la misma línea de flotación, dejando desorientada y desmoralizada a su base electoral que cae en el derrotismo de que “todos son iguales”. Y en ese derrotismo ya sabemos quién gana, el que siempre ha ganado. Por eso a la derecha le interesa mucho que haya corrupción, para crecer ella y debilitar al enemigo.
 
Insisto en la diferencia entre la izquierda de verdad, la que pretende transformar y gobernar a favor de los trabajadores, y la izquierda convencional que en la práctica realiza una política de derecha, de favorecer a las grandes empresas y bancos, que carga los impuestos a los de abajo y recorta y privatiza los servicios públicos. A esta falsa izquierda la corrupción le hace daño también, pero menos, pues los poderosos que controlan de verdad la política y la economía, les condonan deudas y hacen la vista gorda mientras gobiernen para ellos. Los 35 años de bipartidismo de la actual monarquía parlamentaria son una buena muestra de lo que estoy exponiendo.
 
Mientras no seamos capaces de realizar una profunda revolución democrática (la II República lo fue, pero la aplastaron a sangre y fuego), me temo que tendremos que soportar los continuos casos de corrupción, con la que se financian los partidos y hacen ostentación de su enorme poder en todas las instituciones públicas o privadas que bien controlan. Con la corrupción, la derecha consigue beneficio doble.
 
* Miembro del Ateneo Republicano de Carabanchel
 
Ilustración de “El Roto”
 

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