¿Qué diablos es eso de la brecha social de la que tanto nos hablan?

Antoni Puig Solé*. LQSomos. Noviembre 2017

Durante los últimos meses hemos oído hablar mucho en Cataluña del concepto «brecha social». De hecho comenzó a difundirlo por España la derecha más extrema, y de una manera particular, José María Aznar, pronosticando que la reivindicación independentista provocaría una división extrema difícil de superar.

Desgraciadamente, últimamente este concepto, utilizado cada día por los medios de comunicación de masas, también ha calado en algunos partidos de izquierda y entre algunos sindicalistas. Han llegado a considerar que la realización de manifestaciones independentistas por un lado y de manifestaciones reivindicando la unidad de España, por la otra, con sus banderas y consignas correspondientes, serían la evidencia de que la brecha ya se ha producido. Las caceroladas de distinto signo y la aparición de banderas «confrontadas» en los balcones de nuestros pueblos y ciudades, añadirían nuevas constataciones de esta brecha.

Pero el término «brecha social» se empezó a emplear, en el ámbito general, de una manera muy diferente a la que ahora se utiliza para ensuciar la lucha de liberación nacional en Cataluña y hacerla responsable de no se sabe cuántas fechorías.

Inicialmente se popularizó, especialmente en América Latina, para señalar una situación extrema en las diferencias sociales, pero sin hacer ninguna referencia a la lucha de clases, ya que no es un concepto desarrollado desde el marxismo.

La palabra brecha (o fractura) evoca, no sólo a una situación de diferencia social extrema, sino a una grieta, a una rotura. Entonces, en una esquina quedan los incluidos y en la otra los excluidos.
Por lo tanto, en vez de hablar de clases en lucha, los teóricos de «la brecha social», prefieren quejarse por las situaciones que ellos consideran críticas y piden que se eviten, para garantizar la paz social. Si, por ejemplo, funciona el llamado «ascensor social», entonces hay un buen mecanismo para impedir llegar a la brecha y ya podemos sentirnos todos incluidos, ya que pensamos que el sistema nos ofrece posibilidades de mejorar. En estas condiciones, según estos teóricos, el sistema marcha bien. Si no funciona este «ascensor social», en cambio, y una parte de la población no encuentra un trabajo con un salario digno, entonces hay una gran inseguridad económica e incertidumbre en el futuro entre una parte de la población y esto puede animar a los disturbios, especialmente en los suburbios donde la población se siente excluida. Aún así, la situación todavía se puede parchear con políticas públicas para atenuar la desgracia «de los que no siguen», y conseguir que gracias a estas políticas no se sientan excluidos.

Una analogía de este concepto, la hemos encontrado últimamente en la llamada «brecha digital» que daría lugar a dos grupos sociales diferenciados: uno sería el que tiene acceso a internet y el otro el que no lo tiene y queda excluido de los ventajas que de ello se derivan. Es evidente que la analogía sólo es anecdótica y hay que tomarla únicamente como un ejemplo para ilustrar lo que decimos.

Como se puede constatar, nada de esto tiene que ver con la pluralidad política o con las diferentes concepciones que la población puede tener sobre un tema concreto, como es en nuestro país, la cuestión nacional. La pluralidad política e incluso el mismo concepto de PARTIDO indican que una parte de la ciudadanía se organiza de manera separada del resto para hacer realidad un proyecto político que otra parte no comparte. La brecha social, en cambio, vendría dada, por el tipo de desarrollo económico y por el marco de relaciones sociales existentes. Esto, ciertamente, no es independiente de la aplicación de los programas políticos, pero sí que hay que tener claro la particularidad del fenómeno.

Hay que decir, en todo caso, que los marxistas no acostumbramos a emplear este tipo de terminología sesgada. Para nosotros las diferencias sociales son debidas a la posición de clase que los individuos ocupan en un sistema determinado de relaciones sociales de producción y consideramos que entre estas clases hay una lucha, que tarde o temprano termina siendo irreconciliable. Y hay que tener claro que quiere decir esto de irreconciliables para no encontrarnos con sorpresas en el momento que la conflictividad estalla.

Es una lastima, pues, que gente que se autodefine de izquierdas, salga ahora con esta terminología y caiga en la trampa de emplearla para hacer referencia a las distintas percepciones sobre la cuestión nacional que existe entre la población, unas percepciones que en momentos críticos como los que ahora estamos viviendo, emergen.

Más lastimoso es aún, que los mismos que afirmaban hace cuatro días que la cuestión nacional es un engaño de la burguesía para ocultar las fechorías sociales del capitalismo, ahora digan que la cuestión nacional crea la fractura social, tapando que es el capitalismo el que crea este tipo de fractura.

¿Podemos, en algún caso, utilizar esta terminología y hacerla compatible con el análisis de clases? ¡Sí, claro que podemos! Podemos hacerlo, por ejemplo, al señalar aquellas situaciones extremas en que al problema de la explotación se agrega el de la exclusión. Marx, en todo caso, para referirse a estas situaciones extremas a las que se ven condenados una parte de los explotados, utilizó el concepto «pauperización». Estas situaciones de pauperización deben analizarse cuidadosamente y deben ser bien gobernadas, evitando caer en el error de ignorarlas o en el error de considerar que los explotados son únicamente los excluidos, mientras que el resto de las clases trabajadoras se las asimila a las mal llamadas «clases medias». La lucha contra la exclusión, en todo caso, nos obliga a escuchar y dialogar, para evitar un enfrentamiento entre unos explotados y otros y nos obliga a construir un proyecto político que tenga como columna vertebral, la unidad y la solidaridad en la lucha contra todas y cada una de las formas de opresión, sin claudicar, en ningún momento, de nuestras aspiraciones emancipatorias.

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