Madrid-Zaragoza

Jesús Gómez Gutiérrez*. LQS. Diciembre 2020

Dijo Cervantes por boca de Sancho que sólo existen dos linajes en el mundo, «el tener y el no tener». En mi opinión, es lo primero que se debería enseñar en las escuelas, aunque no serviría de nada: el sistema ha conseguido que la mayoría se crean marqueses en potencia…

De alturas, diablos e hidalgos a cuatro vientos

La última vez que estuve en «esta picota de las nubes» —la ciudad tiene muchas, y algunas no desmerecen la descripción de Luis Vélez de Guevara— el viento le dijo al verano que, para gamberro, él; hoy se lo dice al otoño y, en lugar de tumbar muros, congela. He venido por la misma razón, un ensayo de El diablo Cojuelo. He salido en Buenos Aires, he tomado la Avenida de Palomeras y, antes de dirigirme al local, he hecho dos cosas: honrar la memoria de un grupo de adolescentes del que hablaré enseguida y acercarme al mirador de la calle de Juliana Sancho, la señora de Vallecas que, paseando por Platerías, reconoció dos caballos que le habían robado en la feria de Alcalá de Henares y se ganó una nota titulada ¡Buena vista! en la edición de La Libertad del 28 de septiembre de 1930. Lo segundo no es relevante; como todo el mundo sabe, a un mirador se va a mirar, aunque sea el del antiguo campo de las mulas por donde el Poli se lanzó un día en bici y se pegó «un hostión contra el 10, el único autobús que venía de Madrid». Lo primero, sí:

Suelo decir que mi barrio desapareció con la remodelación de principios de la década de 1980. No es del todo cierto. Quedaron unas cuantas casas, las que ponían precisamente pared a las espaldas de cuatro o cinco chavales al final de su jornada escolar. Si llevaban suelto, compraban cigarrillos y pipas en el puesto de la esquina de Pedro Escudero y se iban de aventuras que a veces encontraban; si no, se quedaban por allí y tiraban de conversación a la espera de que salieran las chicas del colegio de monjas, con sus coletas, sus faldas tableteadas y sus calcetines hasta las rodillas. Tenían tantas posibilidades de que les hicieran caso como de tocar la Gran Vía desde el promontorio referido. Ninguna de aquellas criaturas de aspecto pulcrísimo se habría dirigido en público a aquellos seres con pinta de macarras pobretones o, en el lenguaje de los fachas de la época, de quinquis; pero soñar no es pecado, y ya que no podían conocer la virtud familiarizándose antes con el vicio, practicaban la máxima de Sade con su inocente imaginación de quinceañeros. Era un espectáculo de lo más tradicional: poses y desdén finos contra poses y desdén torpes que la suerte, siempre adepta a una familia muy determinada de estribillos, se ha puesto a cantar cuando se han abierto las puertas de los dos colegios, conmigo ya en las casas que buscaba. Chicas iguales que entonces, con la misma estética; chicos iguales que entonces, con estética distinta y, en colmo de la igualdad, tan claramente extrarradio como nosotros y tan expulsados de la narración oficial como nosotros.

Terminado el ensayo, y salvado del frío por el coche de nuestro Cleofás, recuerdo una lectura de hace poco, cuyas referencias espaciales coinciden con dos de las principales calles de Vallecas, la Avenida de la Albufera y el Arroyo del Olivar, principio de Pedro Escudero. Durante muchos años, los comerciantes que evitaban el camino real para ahorrarse los derechos del portazgo que dio nombre en el siglo XX a la estación de Metro, se arriesgaban a despeñarse y morir en los barrancos del camino bajo, de parajes angostos que apenas permitían el tránsito de las caballerías menores (El Español, 18 de diciembre de 1845). Ya no hay portazgos en sentido literal y, desde luego, tampoco hay barrancos. El terreno se suavizó una y otra vez, formando enormes colinas de cuestas admisibles que acabaron con el carácter abrupto de la geografía física. Lástima que sus alturas humanas, «mal año para Menipo en los diálogos de Luciano», importen menos.

5 de diciembre

Dos días después, las caras de la chavalería de Palomeras se repiten a escasa distancia del Teatro de la Estación de Zaragoza, donde vamos a representar nuestra versión escénica de Cojuelo. La pobreza y la exclusión social son abrumadoras en el casi limítrofe distrito de Delicias; saltan a cada paso, se anuncian en los cruces de miradas y gritan advertencias o peticiones de ayuda en el porte. La estadística afirma que la capital aragonesa es la menos desigual de las grandes ciudades españolas; mi recorrido, que no está lejos de la más desigual, Madrid; pero esa impresión, alimentada por la precariedad de la población extranjera (el 27%, similar al porcentaje del vallecano San Diego), pasa a segundo plano ante el ambiente de Centro y Casco Histórico. En los veintitrés meses transcurridos desde mi última visita, el gris de la crisis general ha dado paso al negro.

Dijo Cervantes por boca de Sancho que sólo existen dos linajes en el mundo, «el tener y el no tener». En mi opinión, es lo primero que se debería enseñar en las escuelas, aunque no serviría de nada: el sistema ha conseguido que la mayoría se crean marqueses en potencia que perderán los piojos cuando atraviesen el espejo de Narciso, como si fuera la línea equinocial de Quijote en el episodio del barco del Ebro (segunda parte, capítulo XXIX). No es un problema específico de España; simplemente, cada país añade su hiel y, dado que la española es consecuencia del franquismo y los borbones, convierte la estupidez en reacción por las vías asociadas a los grandes éxitos rojigualdas de la civilización occidental, desde el espíritu cuartelero hasta el servilismo cortesano. Ahora bien, ni los amigos de tales maravillas parecen contentos en la Zaragoza de hoy. La decadencia económica es demasiado evidente y la tensión y la inquietud social, de excesivo arraigo para que se pueda achacar a las secuelas de las medidas contra el covid y la neurosis inducida por los medios, cuya influencia vital en las ciudades medianas y pequeñas es mucho más intensa que en las grandes. Todo está al final de un tañido, al borde del silencio, sin el embaucador ruido de fondo de Madrid.

De camino a Domingo Figueras Jariod, me cruzo con un niño que ha encontrado su propia «picota de las nubes» —vuelvo a Vélez de Guevara— en un cubo de basura. Quizá juega a vigía de la Comandancia de la Atalaya, desde donde oteaba el escritor y marino José Mar de Fuentes con los anteojos que le prestó la condesa de Bureta o quizá, al fantasma que habitaba el lugar, la Torre Nueva, que sobrevivió a los Sitios de 1808-1809 y acabó como la madrileña torre de San Salvador, derribada por capricho. Aquí no hay alturas como las de Palomeras; si se quieren emular, hay que crearlas; y, mientras el joven creador se pone de puntillas en el chapitel de plástico, buscando quién sabe qué, entro en el teatro y me subo a la mesa que será mirador de un diablo rebelde y un «hidalgo a cuatro vientos». Mañana, más.

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