Por qué te vas

Jesús Gómez Gutiérrez*. LQS. Abril 2019

Historia de un pervertido

Esta noche han limpiado la pizarra. Sólo ha sido un GUAPO a gritos, tirado de esa forma tan feroz de las profesionales; pero, hace un mes, cuando se escribió lo que han borrado, fue ligeramente más incómodo:

-¡Señor! ¡Señor!
-¿Sí?
-¿Puedo hacerle una pregunta?
-Faltaría más.
-¿Cómo es posible que pase tanto por aquí y nunca quiera sexo?

La pregunta se oyó hasta en Callao, para mi horror; pero Montera es Montera y, a decir verdad, sólo abandona su trato exquisito a los viandantes si se cumple la condición de la primera parte de la frase, es decir, pasar a menudo y, en consecuencia, crear algo parecido a la familiaridad. «El roce hace el cariño», reza un dicho y contrataca otro: «la confianza da asco»; así que, consciente de los dos, y tan reacio a dar explicaciones como a ser maleducado, le dediqué una sonrisa a lo William Holden, le di las buenas noches y seguí hacia Red de San Luis. Además, mi historia no era interesante. Paso tanto porque es el camino más corto a mi casa.

Ésta es la definición de pervertido: «De costumbres o inclinaciones sexuales que se consideran negativas o inmorales» (si les disgusta la rima, quéjense a la RAE). Pues bien, durante un mes tuvo una acepción nueva: «Persona que coge el camino más corto a su casa». Cuando lo tuyo no encaja en las costumbres supuestamente generales, no hay forma de ir a lo tuyo que no sea sospechosa, aunque sean detalles tan inocentes como un horario, un trayecto o cierta caballerosidad. Una sonrisa y un buenas noches me convirtieron en el no va más de la perversión ambulante. ¿Qué es ese tipo? ¿Un colgado o un voyeur? ¿Un estupa o un psicópata? Fuera lo que fuera, me concedió vía libre de molestias, y ni siquiera se me acercaban los pelmas que andan a la caza de sedientos para tal o cual club.

-GUAPO.

Se acabó la cosa. Ya no se acuerdan. El trasiego de miles y miles de personas ha pasado su trapo y ha borrado la tiza.

Al cabo de unos minutos, cruzada ya la Glorieta de Bilbao, paso ante uno de los clásicos madrileños en materia de turistas con ganas de marcha. En la entrada, un grupo de rubias de provincia cantan el Por qué te vas de Jeanette mientras se mecen de un lado a otro, como si estuvieran en la cubierta de un barco en plena galerna. «Eso digo yo», piensa el pervertido que fui. Lo que la calle te da, la calle te quita.

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