Mujeres

Silvia Delgado*. LQS. Marzo 2018

Estas son las mujeres que a mi me admiran. Apenas nadie sabe de ellas porque no escriben libros y no hacen la revolución a gritos.
Pero sí hacen la revolución. Silenciosamente. Demuestran al mundo que las ideas más revolucionarias son las que se ponen en práctica, día a día, con actos sencillos, heroicos, llenos de coraje

Mujeres pantera

Ellas no cantan. No se mezcla su voz con las balas. Ni un blues. Nada.
Sólo salen a buscar a sus hijos cuando oyen disparos desde sus casas.
Sólo salen a seguir el rastro de la sangre, las huellas de los disparos, los gritos de quienes han visto que de nuevo alguien ha sido acribillado.
Porque matan a sus hijos por la espalda, porque los matan cuando duermen en las plazas, porque los matan por si esas sombras llevan navajas.
Y entonces ellas, descalzas porque son pobres, oscuras porque son negras, partidas en dos mitades porque son mujeres se llenan de pena y de rabia.
Y se juntan unas pocas con sus negras orfandades para decirse que los asesinos aún patrullan las calles.
Para comprender un mundo que las parió para ser nadies.
Y estas mujeres, un puñado de mujeres enlutadas, se juntan para preguntarse porqué su color de piel es presagio de muertes tempranas.
Porqué tras las rejas hay negros hombres de raza, porqué su historia no aparece en los libros que los niños aprenden con sus caritas claras.
Y ya no están las mujeres del Black Panther Party mostrando sus armas en Harlem, Oakland o Baltimore. Ya no están aquellas mujeres que hicieron temblar los cimientos de un país que las quería calladas y esclavas
Apenas un puñado de mujeres huérfanas, llegan a la Casa Blanca, nadie las recibe.
La policía las apunta, no tienen miedo. Sólo sienten nostalgia.

Mujeres semilla

A partir del año 2001, en un barrio llamado Ituzaingó de Córdoba, Argentina, a las mujeres se les caían los hijos de los vientres, nacían con malformaciones, se les enfermaban de leucemia o se les morían por tumores.
No sólo los hijos, también los padres.
Aquel paisaje desolador donde los niños por decenas jugaban enfermos en las plazas y las madres los cuidaban con sus cabezas calvas no era producto de un conjuro malicioso, fueron las fumigaciones con glifosato las que lo provocaron gota a gota.
A las madres de Ituzaingó las empezaron a llamar locas porque fueron casa por casa registrando a cada persona enferma, fueron nombre a nombre escribiendo en un listado enorme lo que sucedía a un paso de las plantaciones de soja.
Porque hasta el agua estaba contaminada, hasta el aire y la tierra y hasta los embarazos.
Las llamaban locas porque a pesar del dolor que sentían tenían fuerza para salir a la calle a buscar quien las escuchara, quien las mirara a los ojos, quien las acompañara en esta lucha que emprendieron hace más de una década.
Las llamaban locas porque siempre nos han llamado locas a las mujeres.
Porque nuestra locura es pertinaz y valiente y revienta el silencio de los cómplices.
Las llamaban locas, porque sí, porque en estos tiempos buscar justicia es la mayor de las locuras.
Las llamaban locas y ganaron. Hubo una sentencia que les dio la razón.
Pero no quisieron gritar su victoria, querían ya cambiar el mundo.
Y eso ya es otra historia.

Mujeres de maíz, Las Patronas

“La Bestia”, es un tren de mercancías que recorre México de sur a norte. Los emigrantes centroamericanos lo cogen en marcha. Muchos caen y en la caída pierden brazos, piernas, vidas. Algunos consiguen llegar a la frontera con EEUU donde son apaleados y deportados, alguno llega a su destino, los menos.
Esta realidad de los emigrantes que huyen de la miseria de sus países, que son robados, violados, apalizados por los caminos intentan en su desesperación subirse a esas toneladas de hierro en movimiento. A lomos de esta bestia, el hambre y la sed y el frío es una agonía, pero cuando el tren se aproxima al pueblo “La patrona” , un grupo de mujeres tan humildes como los migrantes, tan emputecidas como ellos, atentas al pitido rutinario que viene de lejos y se acerca a más de 50 kilómetros por hora, corren hacia las vías con sus bolsas de tortillas de maíz y sus botellas de agua.
Y se acercan.
Mucho se acercan.
Estiran sus cuerpos hasta que alguien, quien sea, da lo mismo, agarra la bolsa que le ofrecen da gracias por no haberse caído y da gracias por tener qué llevarse a la boca.
Estas son las mujeres que a mi me admiran. Apenas nadie sabe de ellas porque no escriben libros y no hacen la revolución a gritos.
Pero sí hacen la revolución. Silenciosamente. Demuestran al mundo que las ideas más revolucionarias son las que se ponen en práctica, día a día, con actos sencillos, heroicos, llenos de coraje.
Reconocen que hay seres aún más vulnerables que ellas y se duelen porque al día siguiente no cesarán de oír el mismo pitido a lo lejos y de nuevo correrán con sus bolsas de tortillas de maíz y sus botellas de agua al auxilio de esa multitud desoladora que va en busca de un mejor destino.
Estas mujeres colosales, con la piel y el corazón curtidos no se cansan de conspirar contra el horror de un mundo que vomita a sus hijos más allá de sus fronteras.
Ellas son las revolucionarias, las que ponen a andar la ternura, las que alimentan la esperanza. Los que no podemos olvidar.
Mujeres de maíz y agua. Mujeres que nos humanizan.

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