Acercamiento a El espía de Betances (2021) de Hiram Lozada Pérez

Por Francisco Cabanillas. LQSomos.

Esta novela está bien contada y mejor estructurada,
y utiliza y desarrolla de manera efectiva las convenciones
de la llamada Novela histórica.
Ricardo Rodríguez Santos

Escribir una buena novela es un reto y el acto supremo de la voluntad de escribir.
H.L.P.

Ellos nos vigilan y nosotros los vigilamos. Hay espías
por todas partes […].
El espía de Betances

I
Cuando una novela hace una propuesta como la de El espía de Betances (2022), hay que sentarse a negociar cara a cara con la materialidad del texto.

En este caso, se trata de una novela corta compuesta de oraciones breves, limadas a precisión para decir lo justo y necesario —menos es más— en el engranaje aceitado, bien engrasado, de una concatenación de 30 capítulos cortos; los cuales, porque todo está en su sitio, se leen (placenteramente) solos.

Novela de espías (en la España franquista de la primera mitad del siglo XX y en el Puerto Rico de la segunda mitad del XIX; en ese orden de aparición y acción) que, a su vez, se vela a sí misma desde la tradición literaria —la novela histórica; la novela que desde Cervantes se hace de legajos encontrados; la novela latinoamericana— sin sentir que esa tradición la acose. Mucho menos que la asfixie. Y ello porque la novela no se sitúa ante la literatura como ruptura, sino como continuidad.

Prolongación de una tradición en la que El espía de Betances inscribe la puertorriqueñidad heroica de la segunda mitad del siglo XIX, Ramón Emeterio Betances (1827-98), “Padre de la patria,” presentada —y en ello consiste parte de la novedad— desde el diario ficcional que escribe su esposa, Simplicia Jiménez Carlo (1842-1923); encontrado, en los “tiempos del fin de la Guerra Civil” española,

“Dentro de un antiguo baúl, tirado a su suerte en los siniestros sótanos del Palacio de Santa Cruz, la antigua sede del Ministro de Ultramar en Madrid […].”

La propuesta (meta)novelística de El espía de Betances se puede resumir como la apuesta de cierto minimalismo novelístico —lo que no impide que haya, a varios niveles, complejidad narrativa— mediante el cual la novela se ve a sí misma como integrante de una tradición venerable. Un texto digno, bien escrito y “estructurado,” en el contexto de una tradición literaria que no se quiere socavar ni mucho menos dinamitar, sino celebrar; desde una contribución que busca, con su aportación dialogante, sumarse a la tradición desde la instancia boricua.
En una entrevista anterior a El espía de Betances, el autor le dice a Wilkins Román Samot: “Escribo para ser leído con gusto y curiosidad, para envolver al lector en el espacio mágico de la novela” (2016).

II
Desde ese minimalismo de oraciones breves y capítulos cortos y rápidos, cabe siempre un espacio para —a falta de mejor término— el exceso neobarroco caribeño, representado en El espía de Betances mediante el “antiguo baúl” (contenedor de saberes decimonónicos) encontrado en los “siniestros sótanos” del “Palacio de Santa Cruz” al final de la Guerra Civil Española (1936-39):

“Ahora entendía [“Mariíta,”escrito con acento ortográfico] lo que había pasado cuando levantó desprevenida la tapa del baúl. No fue solo un susto, sino una revelación o, más bien, un llamado. O fue una mezcla de recuerdos, sensaciones y sentimientos. Olió primero el salitre penetrante de la bahía y los óxidos de los efluvios de casas grandiosas y antiguas. Luego, en un instante mágico, lo vio todo.”

Cofre mágico (tipo Aleph), con luz propia, dentro del cual, “aquello que vivía poderosamente” en su interior, un “espíritu inofensivo y triste,” un “suspiro profundo,” se hallan los legajos (recetas de comida boricua, diario de Simplicia, crónicas legales/periodísticas) que arman el cuerpo de la novela correspondiente a la segunda mitad del siglo XIX, de 1855 a 1869, en el Puerto Rico de Ramón Emeterio Betances.

Baúl portentoso que, en el último capítulo de la novela, “XXX Escriba esta historia,” la protagonista puertorriqueña, Mariíta, amiga íntima de la española Eulalia, ahora, en el año 2017, una anciana de 97 años residente en la calle San Sebastián del Viejo San Juan; baúl que Mariíta le entrega al narrador-escritor de El espía de Betances para que —aufoficción; novela dentro de la novela— escriba la novela que acabamos de leer:

“Mire este baúl [habla Mariíta]. Ahí, mírelo. Este baúl también salvó mi vida. Eulalia me lo envió hace veinte años, poco antes de morir. Tan pronto usted entró por esa puerta recuperó su antiguo brillo, su extraña y propia luz. Es la señal. Esperaba por usted, señor escritor. Adentro está el espíritu arrepentido y triste del juez que dictó injustamente la sentencia de muerte contra el espía de don Ramón Emeterio Betances. Sí, como lo oye, el espía de Betances. Es ahora suyo. Lléveselo. Contiene documentos muy interesantes para usted, que es historiador y escritor. Olvídese de su tesis [doctoral]. Escriba esta historia. ¡Vale!”

III
Novela de espías; el de Betances, el teniente Juan Ordoñez Villegas, a su vez espiado por el ultraconservador padre Margarito, “¡un diablo con sotana!,” no tarda en desarrollar admiración por Betances, a quien considera su “mejor enemigo.”

Betances y Juan Ordoñez se respetan (son rivales literarios); no obstante, Ordoñez lo desnuda cuando le contesta a Betances, quien le pregunta a Ordoñez por qué los “ayudaba” a los independentistas, que, “en el fondo,” él, Ordoñez, los consideraba “inofensivos”:

“No tienen posibilidad de triunfo [le responde Ordoñez]. Sé que no tienen armas, ni dinero, suficientes. Odio las guerras injustas y tan desiguales. Deshonran.”

Novela de espías; el de Eulalia, en el contexto de los primeros años del franquismo, el capitán Vicente Ordoñez —¡otro Ordoñez!—, es más bien su “perseguidor.” Agente del franquismo que, además de matar al primo de Eulalia y vigilar a su esposo, Francisco Juan Ugarte de la Sierra, la persigue sexualmente; por lo que Eulalia y Mariíta traman un plan para darle lo que se merece: “hay que matar al cabrón.”

Cuando, en el último capítulo, Mariíta le entrega el baúl al narrador-escritor, y le cuenta el plan que tenían, el cual no les resultó como esperaban, para matar al capitán Vicente Ordoñez (Eulalia-Mariíta lo hieren, pero Ordoñez termina dándose la puñalada final a sí mismo frente a la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid), el narrador subraya: “¡Qué de raro tiene una viejita asesina!.” ¿Es Mariíta el único personaje de la literatura boricua que osó matar a un franquista?

IV
Además del peninsular Juan Ordoñez Villegas, Betances tiene, ahora como aliado, otro espía, Juan Libre, “mulato de recia complexión,” “caballista,” a quien Betances acogió, desde que tenía 15 años y era huérfano, como “escudero y guardaespaldas.” Entonces, Betances le puso el apellido, LIBRE; y ahora que tenía a Ordoñez detrás, Betances le asigna a Juan Libre la tarea de espiar a Juan Ordoñez: “Serás mi espía Juan, pero él no lo sabrá.”

Y ello porque Juan Libre le revela a Betances que Ordoñez, para quien el “moreno” trabajaba como palafrenero, le había exigido que le informara de lo que hacía Betances y “con quién se reúne.”

Cuando Mariíta le entrega el baúl al narrador-escritor en el último capítulo, diciéndole que “Adentro está el espíritu arrepentido y triste del juez que dictó injustamente la sentencia de muerte contra el espía de don Ramón Emeterio Betances,” al espía que se refiere Mariíta no es el peninsular Juan Ordoñez Villegas —y claro, este es el primer nombre que salta a la mente— sino el “moreno” Juan Libre, a quien el juez Álvaro Lorenzo Vargas culpa del asesinato de Juan Ordoñez Villegas:

“Acusado, conocido como Juan Libre, el tribunal lo encuentra culpable de asesinar al militar Juan Ordoñez Villegas y lo condena a la pena de muerte por garrote vil.”

Por supuesto, sabemos que a Juan Ordoñez Villegas lo mata con su “daga florentina” el padre Margarito.

V
En el plano de lo mágico, Juan Libre es el personaje más volcánico de El espía de Betances; y no solo porque haya sido, en el buen sentido de la palabra, el espía de Betances, sino además porque, al enfrentar con estoicismo su injusto devenir político —ser acusado de un crimen que cometió su oposición política (a través del padre Margarito, el estado colonial español)—, abona en la sustancia humana que al morir le permitirá reencarnar (“su destino”) en el puertorriqueño más importante de la primera mitad del siglo XX: Pedro Albizu Campos (1891-1965).

En su diario, la entrada que hace Simplicia el 27 de marzo de 1867 termina revelando algo clave que le dijo Valentina, esposa de Juan Libre, la última vez que Simplicia la vio:

“Me dijo entonces algo que aun no comprendo. Estas fueron sus palabras: ‘No te aflijas. Dile al doctor [Betances] que no esté apenado. Juan está tranquilo porque sabe que cumplirá dignamente con su destino. Sabe que será ejecutado. Sabe que cuando retorne a la vida, con una nueva misión, su nombre será Pedro’.”

Si Juan Libre es el personaje más volcánico, los personajes de Mariíta, Eulalia y Simplicia le dan dimensión política femenina transatlántica al antifranquismo en España y al anticolonialismo español en Puerto Rico. El puente entre el antifascismo español y el anticolonialismo español en PR lo cruzan sobre todo Mariíta (como profesora de literatura en la Universidad de Puerto Rico durante la segunda mitad del siglo XX; María de las Mercedes Busó Berríos) y Simplicia (como escritora del diario en la última mitad del siglo XIX). Lo peor, la fusión de lo malo y lo siniestro la emblematiza el padre Margarito: asesino, colonialista y fundamentalista católico.

VI
Leer El espía de Betances, un “contrapunteo” entre el naciente franquismo español y el tardío colonialismo español en Puerto Rico, provoca una reacción doble. Instinto literario; reflejo intertextual. Por un lado, la novela de Betances evoca la de Emilio Díaz Valcárcel, Figuraciones en el mes de abril (1971), en la cual, al final de la década de 1960, en vez de desplazarse como muchos textos de esa época entre Puerto Rico y Nueva York, Figuraciones lo hace entre Puerto Rico y España.

Por otro lado, la centralidad femenina de El espía de Betances (Eulalia, Mariíta y Simplicia) imanta hacia sí tres novelas haitianocéntricas que reemplazan la figura clave del negro esclavo, Ti Noel, en la canónica novela de Alejo Carpentier, El reino de este mundo (1947), por tres figuras femeninas. Zulé, en la novela de Mayra Montero, Del rojo de tu sombra (1992); Amabelle, en la de Edwidge Danticat, The Farming of Bones (1998); y Zarité, en la de Isabel Allende, La isla bajo el mar (2009).

Apertura hacia una narración de la historia desde voces femeninas, que el diario de Simplicia dramatiza; El espía de Betances (2021) y Yo no he visto a Linda (2022) de Daniel Nina enlazan la novela boricua actual, escrita por narradores masculinos, en una política de género que destaca la agencia femenina en el devenir histórico de la isla. En el caso de Yo no he visto a Linda, mediante la participación de mujeres boricuas en la Guerra de Corea (1950-53).

VII
Breve periplo bibliográfico; de María Madiba (2014) —novela del mismo autor, la cual, en la entrevista mencionada antes, Lozada Pérez considera “mi mejor novela y temo no superarla” (2016)— a El espía de Betances, novela bien lograda que, como la magna opera, tampoco ostenta romperle los esquemas novelísticos al lector, sino intersubjetivizarlos. De una novela a la otra, pues no estamos ante una sensibilidad vanguardista, se vislumbra una sensibilidad de respeto a las normas que quizás, tentativamente, se pueda denominar neo-neoclásica.

Sensibilidad basada en la ética-estética de construir una novela “bien escrita,” que honre la tradición mediante una continuidad en la que las variaciones no destronan los modelos canónicos. Escritor respetuoso de la historia y de la literatura, el de María Madiba y El espía de Betances reverencia la tradición.

VIII
El espía de Betances; novela histórica que se vale de la ficción para insistir, ahora desde el diario de su esposa, en la grandeza de Ramón Emeterio Betances en el Puerto Rico de la segunda mitad del siglo XIX. Novela que no vela el respeto al héroe, si bien, desde el diario de Simplicia, lo baja de los pedestales para que el lector conozca al gigante desde la cotidianidad amorosa-familiar-revolucionaria, siempre revolucionaria, que vivió de 1855 a 1869.

Distancia entre el héroe de la estatua y el gigante de la calle que, en el mapa biográfico-guía turística de Liliana Cotto Morales, La ruta de Betances (2015), la autora también procura mitigar de modo que el lector —¡ahora sin espías!— viaje con Betances en sus recorridos por el Caribe y por Francia (París, Toulouse, Grisolles y Montpellier).

El espía de Betances; novela histórica que se vale de la ficción para que un lector como Ricardo Rodríguez Santos, en “La llamada del pasado” (2022), atestigüe que la leyó pendiente a deslindar las fronteras entre la realidad y la ficción; lectura que, desde otro ángulo, supone también rastrear cuando la realidad del ahora —que vivimos hoy— atraviesa, perforándola, la ficción del pasado, lo cual acontece en dos momentos de la novela.

Primero, cuando, al planear la muerte del franquista Juan Ordoñez en el apartamento de Eulalia en la Plaza Mayor de Madrid, Mariíta promete defender a su amiga con un bate de béisbol en las manos:

“El baúl se abrió. Eulalia entendió la señal.
Mariíta salió apresuradamente del estudio con un bate en las manos. Eso sorprendió a Ordoñez. Intentó desenfundar su arma.
Eulalia le enterró la daga por el costado derecho.”

Al final de la Guerra Civil Española (1939) y durante los primeros años del franquismo (violentamente) triunfador, la aparición de un bate en las manos de una boricua que vive en Madrid mientras su esposo estudia medicina irrumpe desde el ahora puertorriqueño (los españoles no son, ni antes ni después de la Guerra Civil, beisboleros).

Segundo, cuando Simplicia, en el ajetreo de buscar con su esposo en San Germán, Yauco, San Sebastián, Lares y Ponce dinero y armas para la revolución, le agradece “en silencio” a Emeterio, en una hospedería frente a la plaza de Ponce en la que Juan Libre le acaba de informar a Betances que Juan Ordoñez Villegas le había ofrecido trabajo como palafrenero y como espía; cuando Simplicia le agradece a su esposo que no fume dentro del cuarto, el ahora antitabaquista irrumpe en el presente de un 1865 en el que quizás a nadie se le habría ocurrido pedirle a un fumador que no prendiera en la habitación:

“Emeterio se apartó un poco y fue a sentarse en una silla cerca de la ventana. Estaba cavilando. Pensé que debería estar molesto con Juan. Sacó de su bolsillo un cigarro, lo miró, lo olió y volvió a guardarlo. Le agradecí en silencio que no fumara dentro del cuarto. Se decidió por aguardiente.”

IX
Más allá de las referencias al espíritu que habita en el baúl y al espiritismo de Mariíta, quien habla con los muertos; más allá de la investigación histórica, ¿la vestimenta?, El espía de Betances registra un malabarismo lingüístico lúdico, demasiado lúdico. En el contexto del contraespionaje de Juan Libre, que Betances y Simplicia monitorean, el espía de Betances le pasa documentos falseados a Juan Ordoñez Villegas sobre las actividades subversivas de Betances, relacionados con sus “flanes de guerra”; ocurrencia de Simplicia, flanes, no planes, que politiza la falta de escolaridad formal de Juan Libre para despistar a Ordoñez Villegas.

X
Al terminar, de jueves a sábado, las dos lecturas de El espía de Betances,

“Mamá, Emeterio quiere que le prepare un mofongo y yo no sé cómo hacerlo. Envíame con Juan la receta. Te adora, tu hija Simplicia,”

aumenta la tentación de releer María Madiba (2014):

“Desde San Juan, vino una orquesta de mulatos, a la cual se le exigió la ejecución de piezas de vals y contradanza, del minué y el rigodón. Los esclavos usaron levita y guantes blancos para servir los trozos de lechón asado, lonjas de jamones importados, quesos manchegos, las morcillas limpias del país, el vino y la confitería. Asunción preparó el arroz con perico, majarete y horchata de almendra.”

XI
Entre la noche del Betances que pintó Rafael Tufiño y el sol del Betances de Pablo Marcano García, El espía de Betances literaturiza la historia sin romper la verdad…

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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