Algunas derrotas censuradas por el invicto ejército español

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Versión francesa de Rocroy: el vencedor duque de Enghien, luego Príncipe de Condé, siempre con caballo blanco –a efectos bélicos, una opción dudosa

Durante el franquismo, los niños estudiábamos que el siempre Invicto ejército español era ejemplo mundial de honor y valor. Nuestros libros de texto sólo recogían victorias aplastantes aunque reconocían que sufrieron alguna rarísima derrota. Por ejemplo, la sufrida en la batalla de Rocroy (1.643) a partir de la cual, los Tercios “siempre invictos” dejaron de serlo. Pues bien, el revisionismo histórico de los fachas no conoce límites a la tergiversación del pasado. En un diario de reciente fecha, los propagandistas monárquicos se han atrevido a negar que Rocroy fuera la definitiva derrota de los Tercios españoles –en realidad, compuestos por mercenarios alemanes, italianos y valones. Sostenella y no enmendalla:

“La verdad sobre Rocroi, la batalla en la que los Tercios de España no perdieron ni el honor ni la hegemonía. A pesar de la propaganda francesa, el supuesto ocaso de la infantería española en el siglo XVII fue una derrota más, como tantas, a la que le siguieron muchas victorias de esos mismos veteranos que seguían causando miedo en Europa” (ABC, 08/11/2021)

¿A quién pretenden engañar? Evidentemente a los españoles puesto que, allende los Pirineos, todos saben que los vencedores de Rocroi fueron los europeos al mando del general Enghien, un avispado jovenzuelo de 21 años. Quiénes sí aprovechan incluso los fracasos más estrepitosos –obviamente, fruto maligno del odio y la envidia que nos tienen los europeos-, son los contemporáneos dibujantes adictos al Invicto. Ejemplo: el acaudalado pintor de batallas Augusto Ferrer-Dalmau (n. 1964), sargento honorario de la Legión, condecorado por el Invicto hasta en las orejas, de quien no queremos incluir ninguna de sus cientos de obras porque están en internet y porque nos duelen los ojos con sólo recordarlas.

De perfidias y derrotas censuradas

Tatuaje que refleja la patriótica psicopatía de los ‘modernos’ españoles

El crecimiento de los Imperios está en relación directa con la traición de la metrópoli contra sus propios aliados; ejemplos recientes: Saddam Hussein, Noriega, Gaddafi. Y conste que, por motivos de espacio, hoy no mencionaremos la colosal perfidia de las Yndias. Convencionalmente, podríamos asegurar que el Imperio español comenzó con la felonía de El Cid contra su amigo Ahmed, soberano almorávide (amazigh, bereber) de Valencia, a quien quemó vivo. No obstante este crimen, para la roñosa historiografía hispana, El Cid sigue siendo paradigma de bonhomía y magnanimidad –olvidando que fue un mercenario, un sádico Señor de la Guerra. Pero, en Europa, es más denostado el tercer duque de Alba quien invitó a los fidelísimos condes de Egmont y de Horn para ‘negociar’ y lo que hizo fue decapitarlos en 1568 en la Grote Markt (Plaza Mayor) de Bruselas pese a que habían rendido a la putrefacta Corona española el inestimable servicio de haber vencido en las batallas de San Quintín y de Gravelinas. Para añadir el agravio a la infamia, el mismo duque de Alba, presumiendo de ser amigo del conde de Egmont, solicitó al rey Felipe II una pensión para su viuda. Pasados los siglos, semejante fue el caso del médico independentista filipino José Rizal, fusilado en 1.896 cuando se entregó para ‘dialogar’ con los frailes y milicos españoles.

El bondadoso Cid y su piadosa esposa Jimena erigen la pira donde quemarán a Ahmed, ‘rey’ de Valencia (1094)

A los niños nos mentían con el Cid, pero también con una de las victorias más concluyentes contra la morisma. Seguro que para impresionar a los tiernos estudiantes, no dudaban en inyectarnos en vena aritméticas imposibles. Así, nos contaron que, en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), las tropas españolas –España aún no existía- ‘ayudadas’ contra el Califato almohade por mercenarios franceses, ‘neutralizaron’ a 100.000 moros sufriendo la Cristiandad sólo 25 o 30 bajas. Un dislate inverosímil que, siglos después, evocarían las fantasiosas “cuentas del Gran Capitán”.

Horrorizados ante la persistencia de la ridícula tradición del sostenella y no enmendalla – convertida en un signo esencial de la esencialísima identidad patria-, hemos repasado brevemente un puñado de derrotas del Invicto ejército español que ni leímos en la escuela franquista ni, peor aún, las leen los actuales niños ‘demócratas’. Seguiremos el orden cronológico pero con una notable excepción que dejamos para el final:

En 1560, la batalla de Los Gelves (hoy Djerba, Túnez) se recuerda con la boca pequeña martirológica pues dícese que “los cadáveres de los muertos españoles fueron empleados para levantar una macabra pirámide de huesos y calaveras recubiertas con tierra de la playa” que fue visible hasta 1.848. Desde Fernando el Católico, la isla de Djerba, supuesta base de los ‘piratas berberiscos’, era una obsesión para los reyes hispanos. En 1.510, una tropa castellano-aragonesa al mando del duque de Alba II –padre del alevoso Tercer duque antes citado- intentó desembarcar en ella pero fue rechazada por el desierto, por la sed… y por la ineptitud del duque de Alba quien pagó con la vida su prepotencia. Asimismo, en 1.541, los invictos intentaron conquistar Argel siendo eliminados por la morisma otomana. Pese a estos antecedentes, Felipe II se empeñó en invadir Los Gelves con la ayuda del Papa, Nápoles, Sicilia, Florencia y la Orden de Malta. Reunió a unos 15.000 soldados y más de 50 galeras pero se demoraron tanto en zarpar que no sólo perdieron el factor sorpresa sino que, además, la chusma alistada sufrió miles de bajas por enfermedad -¿miseria, maltrato? Finalmente, los invasores quisieron construir un fuerte pero entonces llegó Piali Pachá con 86 galeras, ‘neutralizaron’ a 10.000 soldados incircuncisos e hicieron 5000 prisioneros. Derrota sin paliativos. Aun así, Extremadura continúa venerando como Prócer al último en rendirse de los maestres de campo, el septuagenario cacereño Álvaro de Sande quien fue rescatado en Estambul a cambio de 60.000 ducados de oro –es muy caro sostenella…

Desde los Tercios, prosigue la psicopatía patriótica

En el Imperio español “no se ponía el Sol” así que al Invicto le dio por invadir la hoy llamada Camboya en fecha tan lejana como 1.593. Cuatro años después, fue expulsado por los comerciantes musulmanes, malayos y locales. Pero, ¡ay!, la tradición –o la inercia histórica- no se olvida ni se enmienda de manera que, en 1.862, el Glorioso volvió a invadir el sudeste asiático entonces llamado Cochinchina. Fue como auxiliar del Segundo Imperio francés pero, cuando llegó la paz mediante el Tratado de Saigón, sus amos galos no les dieron ni migajas. Es duro el oficio de palanganero militar.
Desde finales del siglo XIX, los descalabros del otrora Invicto fueron tan escandalosos como para ser imposibles de maquillar. Para no hacer leña del indigno caído, nos limitamos a señalar los más obvios: la batalla naval de Santiago de Cuba en 1.898. El Desastre de Annual (Rif magrebí) de 1.921 y la paliza sufrida por la División Azul en 1.941-1.943. Si como palanganeros de París no hubo ganancia alguna, como mamporreros de la Wehrmacht nazi no hubo honor ni humanidad ni dignidad.

La contemporaneidad

La batalla de Najaf (Irak) del 04.IV.2004, ha sido calificada como “el ridículo más surrealista del siglo XXI”. No parece que ridículo y surrealista sean los términos más adecuados para etiquetar a cualquier combate bélico pero, especialmente, cuando aquella escaramuza, tras sustentarse en 200 entrevistas, es definida por el novelista Álvaro Colomer como “una peña de señoritos que juega al cinquillo mientras, a pocos metros, un hombre camina sin su brazo derecho en medio de las llamas y la mugre del combate”. La siempre invicta Brigada Plus Ultra II estaba al lado del 711th Signal Battalion estadounidense, el batallón Cuscatlán II salvadoreño y, pequeño detalle, un montón de asesinos profesionales de la compañía privada militar Blackwater. El emplazamiento de la coalición fue escogido por los espías españoles: un campus universitario situado a pocos metros de un hospital abandonado desde el que los francotiradores tenían a los milicos coaligados en su punto de mira. Los irakíes atacaron y los invasores se ‘defendieron’ asesinando a milicianos, mujeres y niños. La Plus Ultra II se refugió en los sótanos y no hizo nada –salvo negar munición a sus ‘amigos’. Cuando finalmente se retiraron, fueron bombardeados por sus colegas con abucheos, huevos, insultos y silbidos.
Hace años, un españolito de 19 años que ansiaba alistarse en El Invicto me explicó con gran claridad y no menor cinismo qué buscaba en la guerra: “El botín, tío. La paga está bien pero es incomparable con el botín”. –“Entiendo, ¿trata de blancas o de negras, opio, drogas?, pregunté ingenuamente. -“Tío, no seas viejuno, ese tipo de botín da demasiado trabajo: son más rentables las antigüedades, la venta de armas, el espionaje, los datos industriales sean falsos o verdaderos, etc.”.

Razón tenía el mocoso. Privatizar la guerra no se reduce a la antes denominada Blackwater –luego Xe, luego Academi y hoy migrada a un nombre clandestino. Como bien saben los museos hegemónicos y las industrias culturales de los invasores, en la destrucción de Irak jugó un papel secreto pero sustancioso el saqueo del patrimonio mesopotámico. Por ser los vencedores reales, los EEUU fueron los mayores saqueadores pero ahora se lavan la cara restituyendo a Irak una ínfima parte de su botín –acaban de devolver la famosa tabla de Gilgamesh, una tablilla cuneiforme de 3.500 años que narra una de las primeras epopeyas de la historia. Y presumiendo de que redimirán -¿cuándo?- los 17.000 objetos arqueológicos que fueron ‘exportados’ a los países hegemónicos. Por su parte, el Reino Unido afirma haber devuelto unas 5.000 piezas pero ¿quién cree a este Reyno si recordamos que la dizque arqueóloga Gertrude Bell fue la primera, en 1926, en planear el latrocinio de las joyas sumerias, asirias, mesopotámicas e islámicas? Por tradición imperialista, el UK es un ladrón compulsivo y siempre lo será.

El caso es que la España mimética y palanganera de los Invasores se ha visto obligada a iniciar la pantomima de la restitución patrimonial. En este caso rigurosamente actual, Irak reclama a España el retorno de la colección Lippmann, comprada en 1.999 por la Real Academia de la Historia –caray con la RAH, siempre se nos aparece y casi nunca revestida de ciencia-. Esta colección está formada por 339 tablillas del periodo sumerio y dícese que la RAH pagó 13.000 libras por ella. Aunque tomemos a beneficio de inventario esa cantidad, es obvio que el mocoso de marras sabía muy bien las ventajas colaterales de alistarse en el Invicto.

Guerra del Rosellón, de la Convención o de los Pirineos (1793-1795)

Caricatura difamatoria de un sans-culotte

Como avisamos al principio, dejamos para el final la más grotesca de las ocultaciones de sus derrotas que ha perpetrado el Invicto. Sólo con leer los tres nombres con los que se denomina esta guerra se comienza a sospechar que hay gato encerrado. Lo hay. Desde que triunfó la Revolución francesa, el conde de Floridablanca –entonces valido real y hoy Héroe del libertarianismo hiperneoliberal de la carcundia hispana- se enfrentó a París militarizando los Pirineos, endureciendo la censura y restableciendo la Inquisición. Floridablanca fue sustituido por Godoy pero la Corona española siguió atacando obsesivamente a los revolucionarios franceses y hasta quiso invadir Francia dividiendo su Invicto en tres columnas: por el saboteo de euskaldunes y aragoneses, dos no llegaron a cruzar los Pirineos y la tercera, tras cruzarlos en Catalunya-Rosellón sólo pudo internarse unos míseros kilómetros en territorio galo –hasta Peyrestortes. La contraofensiva de los sans-culottes fue inmediata; vertiginosamente ocuparon Euskadi legando hasta Miranda de Ebro. ¿Huelga añadir que la razón del fracaso borbónico y del éxito revolucionario fue la misma: la oposición activa del pueblo materializada en el sabotaje local contra las tropas monárquicas y, a la inversa, en la adhesión a la Revolución francesa de los proto-republicanos españoles?

Ni se imaginaba el nuevo valido Manuel Godoy que unos desharrapados ‘sin calzones’ derrotarían al Invicto pero la debacle de las tropas monárquicas estaba cantada. El joven de 25 años, putero de altas camas, tuvo que firmar la Paz de Basilea, mal llamada así pues no fue un Tratado sino una capitulación de España quien perdió territorio –dos tercios de la otrora Española, ahora llamada Haití; y casi casi Euskadi- y estuvo sujeta durante años al pago de indemnizaciones. Sin embargo, Godoy fue nombrado ‘Príncipe de la Paz’ y, en el colmo de la tergiversación, esta guerra desapareció de la historiografía española o fue y es presentada como un triunfo cortesano en sus raras resurrecciones.

Sans-culotte con gorro frigio, sable y leyes

Aviso a los navegantes: en esta guerra, Wikipedia es descaradamente borbónica. No sólo miente cuando dicta que las columnas vasca y aragonesa sólo buscaban “defender la frontera” –falso, no pudieron cruzarla- sino que entra en el chismorreo inverificable cuando afirma que “Muchos franceses fueron agredidos y linchados y muchas casas de comerciantes de esa nacionalidad asaltadas y quemadas. En la propia Madrid, en marzo de 1793, se desató la galofobia tras difundirse el rumor de que los franceses planeaban envenenar el agua de la capital.” Siendo esos hechos básicamente ciertos aunque exagerados, la susodicha enciclopedia no menciona sus causas: ¿quién promovió ese patrioterismo chovinista? Obviamente, los estamentos más odiosos, el clero, la innoble nobleza, Palacio y gobierno.

Como no terminaríamos nunca de enumerar los desmanes wikipédicos, nos centraremos en un episodio relativamente menor que pregona Wikipedia: el 22.VII.1795, “las tropas de la Convención Francesa invadieron Miranda de Ebro y el frente de guerra se detuvo. Los mirandeses impidieron entonces que las fuerzas invasoras traspasasen la barrera natural del río, volviendo los franceses sobre sus pasos. Este hecho fue uno de los principales causantes de la firma de la Paz de Basilea”. Falso de absoluta falsedad. Los mirandeses no detuvieron el avance republicano sino que, al revés, se unieron a él. Y esa escaramuza menor no ‘causó’ la firma de Basilea que ya estaba cocinándose. En puridad, los sans-culottes tampoco fueron ‘invasores’ puesto que ocuparon buena parte de la España septentrional sin apenas disparar. Y lo que hicieron en Miranda fue avisar a Godoy que, en pocos días, podían plantarse en Madrid. El padrote extremeño quería ahorcar a los sublevados de la primera conspiración republicana española –la de San Blas- y los revolucionarios galos le insinuaron que, si se atrevía, el siguiente gañote encordelado sería el suyo. Godoy lo entendió y -suponemos que con harto dolor de su corazón-, deportó al presidio de La Guaira al inmenso Juan Bautista Picornell y a sus compañeros. Era condenarlos a una muerte lenta pero tampoco pudo cumplir su deseo. Al contrario, Picornell escapó de aquella cárcel de exterminio y encabezó en Venezuela la enésima conspiración independentista.

Estampa de las guerras carlistas en Miranda de Ebro. Año 1835: isabelinos y chapelgorris (carlistas desertores) practicando su oficio favorito -hacerse trampas con los naipes

Finalmente, el 19.julio.1936 tuvo lugar la última batalla de Miranda de Ebro, esta vez entre republicanos y golpistas franquistas. Ganaron los asesinos. Algunos de los leales consiguieron escapar por la orilla del Ebro donde fueron tiroteados por los adictos al cura de Zambrana. Otros terminaron enterrados en las fosas comunes de La Pedraja, Estepar, Pancorbo, Zambrana, Sobrón, La Pilastra, Bayas y Armiñón. Asimismo, el alcalde Emiliano Bajo Iglesias (46 años) y otros 42 republicanos fueron fusilados en Burgos (18.IX.1936) y arrojados a unas fosas comunes donde todavía está la mayoría. Otrosí, por el campo de concentración de Miranda de Ebro pasaron casi 65.000 prisioneros –miles fueron fusilados en las innobles sacas nocturnas.

“Solía escribir con su dedo gordo en el aire:
“¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”,
De Miranda de Ebro, padre y hombre”
(César Vallejo, España aparte de mi este cáliz, 1937)

Otra miserable victoria del Invicto, el glorioso ejército nacional que oculta sus innumerables derrotas a cambio de alardear de las infinitas aniquilaciones que ha perpetrado –y perpetra- contra su propio pueblo.

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