Cambio tecnológico y futuro laboral

Hay dos comodines que siempre figuran en los documentos superficiales de la izquierda y, sobre todo, del movimiento sindical, a la hora de sugerir alternativas económicas: el primero es la apelación a un “nuevo modelo productivo” y el segunda la súplica para que se incremente la inversión en investigación y desarrollo.
Al observar estas reclamaciones, uno tiene la impresión de que no se acaban de reconocer los efectos perniciosos que las nuevas tecnologías industriales han tenido históricamente sobre los trabajadores.
Para comprender esta problemática, es suficiente leer el capítulo de El capital dedicado a la aparición de la gran industria y la máquina. Muchas de las consideraciones que Marx hizo allí, tuvieron validez en períodos posteriores, al analizar, por ejemplo,  las consecuencias de la electricidad y de las computadoras. Y ahora lo siguen teniendo viendo el impacto de los robots. En todos esos casos, los trabajadores y trabajadoras tienen que soportar  los efectos de la introducción de nuevas tecnologías en sus medios de vida, en  las condiciones de empleo, en las formas de trabajo y en la distribución del ingreso.
Es cierto que en algunos casos, los trabajadores se rebelaron frente a la máquina y otros inventos, pero por lo general no se pronunciaron en contra del cambio tecnológico, aunque tampoco lo reclamaron, pero sí que estuvieron preocupados, y con razón, por el uso capitalista  de las nuevas tecnologías.
Según los economistas neoclásicos, la tecnología permite a las empresas obtener mayores beneficios que maximizan sus opciones. En cuanto al mercado laboral y a la economía en su conjunto, afirman que el único efecto importante del cambio tecnológico es el aumento de la productividad con lo que se presupone que las empresas serán más competitivas y al final esto acabará por beneficiar a los trabajadores. Por lo tanto, no hay  por qué preocuparse y sólo se trata de esperar a que finalmente emerjan los beneficios.
Existen multitud de ejemplos históricos  que nos alertan de que las cosas no funcionan así. Una parte de ellos los tuvimos con la introducción de la máquina de vapor, con lo que los trabajadores se convirtieron en  apéndices de unas máquinas que además  sustituyeron a una parte de ellos condenándoles al paro. Otros los hemos podido contemplar repetidamente cuando el aumento de la productividad ha permitido reducir el valor de la fuerza de trabajo y aumentar así la tasa de explotación.
Afortunadamente, algunas personas están expresando el mismo tipo de preocupaciones que los trabajadores más conscientes han venido planteando a lo largo de la historia.
Uno de ellos es Robert Skidelsky, un profesos británico, miembro de la Cámara de los Lores, celebre, entre otras cosas, por su monumental biografía de John Maynard Keynes. En un artículo titulado  el ascenso de los robots se interroga sobre el papel pernicioso del progreso tecnológico, pero al final unicamente es capaz de proponernos una solución: la reducción de la jornada laboral acompañada de la distribución del trabajo.
Es evidente que la reducción de la jornada laboral debe ser una reivindicación del movimiento sindical como ya lo fue en el pasado. Pero mientras exista el modo de producción capitalista será imposible evitar que un pequeño grupo de capitalistas capture cada vez una cuantía superior del valor creado por los trabajadores y que una de las herramientas que se emplee para lograrlo sea precisamente  el cambio tecnológico.

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