Arturo Fernández Domínguez*. LQSomos. Agosto 2016

Un ensayo pedagógico. El Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza de Madrid (Organización, Métodos, Resultados), Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Madrid, 1925. Reproducción parcial (selección) del prefacio

En conmemoración del centenario de la fundación del “Instituto-Escuela” de segunda enseñanza de Madrid (1918-2018).

“El Instituto-Escuela de Segunda enseñanza de Madrid es un centro oficial, creado por Real decreto de 10 de mayo de 1918 y abierto en I. º de octubre siguiente, bajo la dirección de la Junta para ampliación de estudios, con el carácter de ensayo pedagógico, a fin de experimentar nuevos métodos de educación y sistemas prácticos para la formación del personal docente.

El ministro señor Alba, autor de aquel decreto, creyó que para la reforma de la segunda enseñanza podía esperarse más de este método de experimentación y adaptación, caso por caso, que del sistema usual de dictar nuevos reglamentos y planes generales de estudio.
Porque una reforma verdadera tiene que consistir en acrecentar la cantidad y mejorar la calidad de los agentes educadores: selección de personal preparado; exigencia del máximo de su trabajo; clases poco numerosas; insistencia de varios años en cada materia enseñada; métodos de observación y de creación por el niño; trabajo manual, arte y juegos, como actividades formativas; máxima convivencia entre maestros y alumnos; unión de la etapa primaria con la secundaria y superior; formación de un espíritu corporativo que mantenga el honor de la escuela.

El Instituto-Escuela ha hecho ya siete cursos. No habiendo tenido local propio, se instaló provisionalmente en uno cedido con gran generosidad por una Corporación Norteamericana, el International Institute for girls in Spain, que le ha prestado también la cooperación de su personal docente. No habiendo recibido del Presupuesto del Estado recursos suficientes, se ha sostenido gracias al entusiasmo con que las familias de los alumnos se prestaron a cubrir el déficit, costeando los sueldos del profesorado de la Sección preparatoria y buena parte de los gastos del material.

El Instituto-Escuela abarca desde la escuela de párvulos hasta la Universidad; es decir, recibe alumnos desde la edad de cinco años y los retiene, por lo menos, hasta los diez y siete, edad mínima en que puede otorgar el título de Bachiller.

Su personal ha sido elegido por la Junta para ampliación de estudios. Los profesores numerarios dan en el Instituto un mínimo de cuatro horas diarias de trabajo y casi todos dedican el resto de su tiempo libre a estudios de Laboratorio en su especialidad, recibiendo por este concepto una modesta retribución suplementaria.

Contribuye el Instituto a la formación del futuro profesorado, admitiendo aspirantes que comparten con los catedráticos la función docente y completan al mismo tiempo su preparación teórica.

Este aspecto de escuela profesional para el profesorado secundario es uno de los más importantes del Instituto, tanto más cuanto que se ha abordado el problema de un modo nuevo en nuestro país. La preparación se hace en la práctica misma de las enseñanzas y mediante la participación en toda la función educativa. La formación teórica de los aspirantes se completa en laboratorios y clases de diversos centros de Madrid. Se les dan enseñanzas de lenguas modernas, a fin de que cada aspirante llegue a dominar dos de ellas por lo menos. Y, no se les confieren derechos, ni ingreso en el escalafón; de modo que no hay otro interés que el de aprender y adiestrarse.

Ha unido el Instituto la enseñanza primaria y la secundaria, tratando de hacer de ambas un solo proceso de formación del niño, con iguales ideales, pero con la gradual diferenciación de métodos y contenido.

No admite el ingreso de alumnos mayores de once años, ni, por consiguiente, los recibe trasladados de otros Institutos; y por el gran desarrollo de su Sección preparatoria, la inmensa mayoría de ellos entran por las clases de párvulos o las inferiores primarias. Esto permite obtener el pleno rendimiento de los métodos empleados y mantener en la Escuela tradición y ambiente.

Retiene el Instituto a sus alumnos siete horas diarias, y a los que comen en la cantina, nueve. No tienen bedeles ni inspectores; todas las funciones de corrección y vigilancia, de recreo y estudio están a cargo del profesorado.

No examina el Instituto alumnos libres, ni ha creído necesario, para juzgar y clasificar a los alumnos oficiales, establecer un sistema de exámenes de los que se hagan depender de un modo definitivo e invariable las decisiones del profesorado. Se basan éstas en las observaciones que la convivencia y el trabajo diario con los alumnos sugieren a cada maestro.

Tampoco usa el Instituto-Escuela estímulos de emulación en forma de premios, castigos, notas, puestos de honor u otros intereses ajenos a las materias mismas enseñadas. Trata de evitar que los alumnos mejores se crean dispensados de mayor esfuerzo y los menos dotados se desalienten. No compara a unos niños con otros; compara la obra que cada uno hace con la que el mismo podría hacer intensificando su esfuerzo o mejorando su método de trabajo.

Se educan en el Instituto, como en los restantes centros españoles de segunda enseñanza, niños y niñas reunidos, aunque por restricciones impuestas al ceder el local que provisionalmente ocupa, ha habido que separarlos en algunos grupos.

Las enseñanzas son dadas a clases que no pasan de 30 alumnos en las teóricas ni de 15 en las prácticas, por cada maestro.

El plan de estudios tiende a la insistencia, durante varios años, en cada una de las materias enseñadas, especialmente en las más esenciales, que no abandona el niño en todo el tiempo de su escolaridad.

Hay estudios comunes y obligatorios hasta los quince años de edad, y una posibilidad de especializaciones, más o menos pronunciadas, en los dos últimos cursos. Pero la elección de materias que hagan los niños y las familias necesita la aprobación del profesorado.
Se permite también un cierto margen de preferencia o vocación individuales, dentro de los estudios obligatorios, porque el avance de los alumnos y su certificado final son acordados por el profesorado, compensando la menor eficiencia en unas materias con el nivel más alcanzado en otras.

El avance en los estudios va acompañado de la promoción de unos grados a otros. Se llaman grados las agrupaciones de alumnos que tienen el mismo nivel de preparación y edades muy aproximadas. Se ha sustituido con esa denominación la antigua de “años”, porque en el Instituto-Escuela no se obliga a cada alumno a permanecer todo un curso en el mismo grado, sino que pasa a uno superior o es llevado a uno inferior, según el nivel de desarrollo mental y conocimientos que alcance.

Considerando que la segunda enseñanza no tiene como fin único suministrar una cierta dosis de conocimientos, sino formar el carácter, despertar las aptitudes y ejercitar al máximo las fuerzas de los niños en una etapa de su vida que tiene especiales características fisiológicas y anímicas, el Reglamento no ha querido que el grado de bachiller se tome antes de la edad en que ese ciclo pueda darse como concluso para abrir el de los estudios superiores y profesionales.

La misión del Instituto-Escuela es, por consiguiente, asistir y favorecer lo más intensamente posible el desarrollo físico, moral e intelectual de sus alumnos hasta la edad mínima de diez y siete años, sin que pueda abandonarlos antes porque hayan aprendido bastante. Hay, pues, un nivel mínimo de conocimientos para conferir el grado de bachiller; pero no un límite máximo que autorice a anticiparlo.

En el plan de estudios figuran todas las materias que se enseñan en los otros Institutos, muchas de ellas considerablemente ampliadas y otras nuevas, como el griego, el número de lenguas modernas (francés, inglés y alemán), las enseñanzas artísticas y manuales y la música.

Aunque la mayor parte de las enseñanzas se destinan a la preparación para ingresar en las Universidades y Escuelas Superiores, hay algunas extrañas a esa finalidad. Así, los trabajos manuales, la música y los juegos organizados ocupan una considerable proporción del horario.

Tienden las enseñanzas a poner al alumno en contacto directo con las cosas mismas y, en la medida posible, a hacer al niño activo y constructor. Se leen los autores clásicos y modernos para enseñar las lenguas; redactan los alumnos sus resúmenes, problemas y traducciones en cuadernos, que son revisados por los profesores; hacen manipulaciones de Laboratorio; construyen aparatos, mapas y modelos; disecan plantas y animales; dibujan, pintan y modelan.

Alcanzan un extraordinario desarrollo las enseñanzas de historia, arte y ciencias, dadas en los Museos, en el campo y en excursiones, no sólo a ciudades vecinas sino, para los alumnos mayores, a remotas regiones españolas, desde los Pirineos a Andalucía. Diariamente, incluso los domingos, se dan así varias clases fuera del local de la Escuela. En el último curso han pasado de 500 las excursiones y visitas realizadas. En la preferencia concedida a este método pocos centros docentes de Europa igualarán al Instituto-Escuela.
Han servido además esas excursiones, en que conviven niños y niñas, profesoras y profesores, de medio eficaz para crear espíritu corporativo. Hasta en el orden material han sido costeadas de un fondo acumulado con cuotas de los niños.

Hay dos Residencias, una para niños y otra para niñas, donde viven los alumnos que no tienen familia en Madrid.

El Reglamento del Instituto-Escuela concibió éste como dotado de un espíritu orientador que le prestase unidad, y lo creyó tan esencial, que autorizó la eliminación del profesorado que no se acomodase a él, aunque no se ha dado el caso de tener que hacerlo.

Hubiera sido absurdo buscar esa unidad en la coincidencia de opiniones entre los profesores. Han sido elegidos de las tendencias más varias y sin exigirles profesión de fe filosófica o pedagógica. Han tenido una plena iniciativa y libertad en sus métodos y programas. Han elegido sus libros. Han dado el beneplácito, cuando no buscado directamente, a sus colaboradores como aspirantes al Magisterio. Han participado en las deliberaciones y tomado acuerdos en todos los problemas de carácter general y régimen interior.

El espíritu del Instituto-Escuela no ha consistido, por tanto, ni en un cuerpo de dogmas pedagógicos reconocidos por todos, ni en la imposición autoritaria de determinadas normas.

El espíritu del Instituto-Escuela se ha formado precisamente por la negación de esos dos sistemas de unidad, sustituyéndolos por este otro: la subordinación de todos al éxito de la obra educadora, la conciencia de los defectos, la inquietud por remediarlos, la disposición favorable al ensayo y a la reforma, el deseo de inspección y colaboración, vengan de donde vinieren, y la atención especial prestada a las observaciones de las familias.

Este humilde deseo de acertar ha dado al Instituto el carácter de un laboratorio pedagógico, donde no hay hipótesis que se rechace sino después de ensayada, ni ayuda que no se acepte y agradezca.

Bien se comprende que esta posición había de ser censurada por aquella parte del profesorado que no sienta la necesidad de reformar los métodos, o la fe en la multiplicación de los ensayos, o que en el nombre del “espíritu del cuerpo” rechace toda cooperación extraña. Otra parte, al contrario, creerá que un gremio profesional, teniendo como fin supremo la perfección de sus funciones, cobra tanta mayor vitalidad cuanto con más avidez recoja aportaciones de fuera.

Los primeros rechazarán el Instituto-Escuela aunque ha sido la obra de un grupo de profesores oficiales alabada como un éxito por propios y extraños. Los segundos los aplaudirían aunque hubiera sido una iniciativa privada, y aunque la bondad de la intención no hubiera logrado resultados tan notorios.

Frente a esas divergencias entre el profesorado aparece una coincidencia, casi unánime, entre las familias de los alumnos del Instituto. Se revela con elocuencia en el hecho de llevar a él sus hijos a pesar de las restricciones para admisión, la lentitud y el coste de los estudios y el rigor en las eliminaciones; más todavía: en el hecho de haber cubierto con sus cuotas el déficit considerable del presupuesto oficial del Instituto; y, finalmente, en el ofrecimiento de sostenerlo enteramente si el Gobierno no diera recursos para mantener la intensidad de sus enseñanzas.

Falta por conocer otra opinión, tan importante como la de las familias, a saber: la de los directores y profesores de los centros de enseñanza superior donde ingresen los bachilleres del Instituto-Escuela. Ellos dirán si la formación, los conocimientos y la capacidad de discurrir y aprender de esos alumnos revelan un progreso con relación al nivel medio de los demás…”

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* Hijo del Exilio republicano y socialista español e “institucionista”. Doctor en Derecho y ex-Profesor Titular interino de Historia del Derecho Español de la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga, y Secretario Judicial

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