Francisco Cabanillas*. LQSomos. Junio 2016

Buenos-Aires-LoQueSomosTodo se basa en una impresión que tengo que elaborar,
desarrollar y desplegar para darle una forma,
que esa impresión se transmita en las palabras,
en un lenguaje…
Tomás Abraham

Catón, con gesto seguro y arrogante,
se arroja sobre su espada; yo,
manso, me tomo un barco.
Herman Melville

Análoga al proceso onírico de condensación
es una de las prácticas del barroco…
Severo Sarduy

Del ALCA al Mercosur. Viernes, 6 de mayo. Periplo espiralado; para llegar a la Argentina desde el norte usamericano, partir de una ciudad con nombre ibérico, Toledo, Ohio, y hacer escala en donde se desarrolla La jungla (1906), novela de Upton Sinclair —hoy más relevante que nunca su crítica al abuso corporativo—: Chicago. En el trasborde, evitar confundir la novela con la obra maestra del pintor cubano, Wifredo Lam, La jungla (1942), a quien, desde la diáspora puertorriqueña de Nueva York, el pintor boricua Rafael Ferrer le rinde un tributo musical, Descarga de la jungla (1994), y otro filosófico, Euforia: partida (1994).

De Chicago, ciudad donde se crió el puertorriqueño más brutalizado por el brote islamofóbico desatado a partir del 11 de septiembre de 2001, José Padilla, al igual que donde fue capturado el héroe independentista, Oscar López Rivera, encarcelado desde 1980; de Chicago, hacer escala en Dallas, Texas, ciudad de vaqueros gringos mexicanizados en el estado más republicano de la nación de Howard Zinn, Gore Vidal y Noam Chomsky. Recordar El Alamo de Sam Houston en la Batalla de San Jacinto (1836), al igual que la novela mexicana, El periquillo sarniento (1825), en la que Texas es todavía parte de México. Trompear en lo posible a Donald Trump.

Vuelo directo de Dallas a Buenos Aires; nueve horas, cuatro de las cuales transcurren terminando del libro de José Borges-Lee, Los chinos en Puerto Rico (2015). Estudio histórico y microhistórico que rastrea la llegada a la isla de confinados chinos durante la segunda mitad del siglo XIX, mayormente desde cárceles cubanas, para trabajar en la construcción de la carretera que, serpenteando la cordillera central, conectaba el norte con el sur. Trabajo y realidad no muy diferentes a la del esclavo. Investigación clave, que explica la presencia china, poco entendida y articulada hasta ahora, en la cultura boricua.

Domingo, 8 de mayo. Aterrizar en el aeropuerto argentino de Ezeiza a las seis de la mañana. Pensar en la matanza ocurrida en la década de 1970, cuando Leonardo Flavio, desde la tarima, preparado para recibir y celebrar el regreso de Perón, es sorprendido por la violencia de la represión antiperonista. ¡Matadero! Llegar a Buenos Aires; almorzar temprano una milanesa con papas fritas y pensar en las referencias a la comida en Rayuela (1963), de Julio Cortázar. Ir a San Isidro; leer en un edificio colonial una referencia a la puerta cancel, proveniente de la arquitectura andaluza, y pensar en “El sur” (1956) de Borges.

Volver a Buenos Aires, Avenida Santa Fe, entre Azcuénaga y Uriburu. Abrir la revista de La Nación y leer el artículo sobre una entrevista nunca publicada entre dos estadounidenses llamados David, el periodista-escritor David Lipsky y el novelista suicida David Foster Wallace, “El mundo después de La broma infinita.” Entre periódicos viejos, guardar la caricatura de Rep sobre la realidad de los libros en una biblioteca. Pensar en los programas de televisión sobre filosofía de Juan Pablo Feinman; remarcar, otra vez, la ausencia del filósofo argentino-mexicano, Enrique Dussel.

Ceder al deseo de leer Moby Dick (1851) en español en los tres tomos traducidos por Página 12: “Si el Niágara fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes millas para verlo?… Y esa idea espacial a la cual me refiero, era la ballena. Sí, la ballena de carne y hueso… de pronto vi pasar un fantasma enorme, con una capucha que le cubría el rostro, era como una montaña de nieve flotando en el aire.”

Entre las reseñas de libros del domingo en el periódico La Nación, esta de Cecilia Macón hace saltar de la silla: “En El espectro del capital [2016] … el filósofo alemán [Joseph] Vogl alude a la misma lógica fantasmal para diagnosticar un estado de cosas en que la abstracción de las operaciones financieras torna difícil imaginar un futuro superador.”

Segundo día en Buenos Aires. Lunes, 9 de mayo. Salir a correr de 10 a 11:30 de la mañana, hecha quizás más agradable, dulce sabor de lo trágico, debido al cambio climático. Poco frío, aunque sin sol. Tono oscuro, pero ágil y llevadero.

Resumen del periplo. A partir de la Avenida Santa Fe, entre las calles Azcuénaga y Uriburu, frente a la inmortal librería Huemul y sus paredes tapiadas de libros viejos,librería-Huemul-LoQueSomos arrancar con trote lento en dirección hacia el oeste (Bosques de Palermo). Varias calles más allá de la Avenida Pueyrredón (antiguamente llamada Centroamérica, según ha contado Borges), doblar a la derecha por la Agüero y bajar hasta la Avenida del Libertador: telos de un periplo que tiene, entre otras finalidades, pasarle por el lado al brutalismo brutal de la Biblioteca Nacional. Correr por Libertador hasta el Monumento de los Españoles y regresar al punto de partida en Santa Fe, siguiendo la misma ruta.

Recorrido. Entre el río de gente que va y viene por la Avenida Santa Fe, fluir sin chocar con nadie. Mantener en lo posible el trote fijo. Aprovechar cuando se abran espacios vacíos que permitan adelantar el paso. Esquivar losas rotas, mojadas, desniveles y heces de perro. Cruzar las intersecciones lo antes posible. Si hay que esperar que pase el tráfico al cruzar, mantener el cuerpo en movimiento, ejercitando las piernas sin correr. Sudar, sudar y sudar. Memorizar el nombre de calles y avenidas que intersecan con Santa Fe de Azcuénaga a Agüero: Larrea, Pueyrredón, Ecuador, Anchorena y Laprida.

En la acera de la esquina entre Santa Fe y Agüero, acontece el primer descubrimiento de la mañana: una pila de aguacates sobre un mantel amarillo puestos para la venta. Pulsión etimológica; viaje repentino a Mesoamércia. Como el tomate, la palta es una fruta que funge de vegetal. Doblar a la derecha en Agüero y dejarse llevar por la breve inclinación de la calle más libresca de la ciudad; más transitada que la Santa Fe, dado que el gentío espectral —¡tantos escritores muertos!— cuenta.

Antes de la intersección de la Agüero con la calle French, en uno de los kioscos de frutas y verduras se produce el segundo descubrimiento: plátanos verdes —que no bananas amarillas —, como si estuviéramos en el Caribe del pintor boricua Francisco Oller.

De la Avenida Las Heras al final de la Agüero, cuadra que ocupa la Biblioteca Nacional, se produce el tercer descubrimiento: tributo a la poesía, muestra de manuscritos modernistas, titulada “Rubén Darío, el modernismo en Buenos Aires,” de marzo a junio. Un afiche de fondo Azul (1888) verdoso, colgando de uno de los costados de la biblioteca, anuncia en grande la presencia del más importante de los poetas nicaragüenses. Según avanza el trote y la figura del bardo va quedando atrás, insistir en las dos caras del modernismo rubendariano de esa época porteña (1893-98): la poesía preciosista y la crónica de corte social. Pensar en la prosa decimonónica de José Martí en Nueva York y de Ramón Emeterio Betances en París.

A distancia de la Biblioteca Nacional, el espectro del Poeta camina con Leopoldo Lugones por la calle porteña que lleva su nombre: Rubén Darío. En una de las dos paredes que, como si fuera un túnel, marca la Agüero hacia el final, pero del lado de la Plaza Mitre, leer el grafiti que, mediante una oposición simple, encuadra la realidad argentina de este momento: “Patria o Macri.” Leer también el nombre de la pequeña fontana a la entrada de la Plaza Mitre, contigua al grafiti: “Fuente de Poesía.”

Imantación: la presencia insospechada de Darío se colorea de política. En vez de la oda “A Roosevelt” (1904), se escucha el poema inédito y anacrónico, “A los Clinton.”

Cuarto descubrimiento: otra vez en el espacio de la Biblioteca Nacional, justo al doblar a la izquierda al final de la Agüero, pero desde la fachada, de cara a la Avenida Libertador, aparece la plazoleta contigua a la biblioteca con el monumento a Eva Perón, inaugurado en 1999 por el expresidente Carlos Menem, el cual evoca por un lado, desde el soporte que le sirve de trasfondo, la Estructura tubular abstracta (1936) del artista uruguayo Joaquín Torres García. Por otro lado, el monumento a Evita Biblioteca-Naciona-Buenos-Aires-LQSlocupa el espacio que antes ocupaba el Monumento a Rubén Darío. Desplazamiento; breve temblor de tierra. Cada vez más, la ausencia del Poeta se hace presente.

De Agüero a la Avenida Sarmiento; tramo largo por la Avenida Libertador que empieza en la Biblioteca Nacional y termina en el Monumento de los Españoles, tributo a la conquista de la Pampa y los Andes. Zona esta de parques, plazas, jardines, bosques y lagos; de generales, almirantes e intendentes. Tramo que empieza en los libros y termina en las armas y el ejercicio del poder; radiografía de la colonialidad.

Darle la vuelta al Monumento de los Españoles; leer sus inscripciones. Buscar las huellas neoliberales que dejó el conservadurismo de la Sociedad Rural cuando, en 2008, se congregó alrededor del monumento para protestar contra los impuestos o las retenciones que la presidenta Cristina Kirchner le ponía a los grandes bolsillos de la soja. Guerra de clase. En la contigua Plaza del Intendente Seeber, el monumento al General Rosas conmemora la Conquista del Desierto (1833-34).

Regresar a la Agüero por la Avenida Libertador. En la esquina con la calle República de la India, acontece el quinto descubrimiento en la entrada al Zoológico de Buenos Aires: acostado sobre el torno de entrada, pero de espaldas, yace un gato que parece una escultura. Invitación a la literatura, sobre todo a la poesía moderna, la cual, desde Baudelaire, es más felina que perruna. Cámara de ecos que maúllan tinta: “¡Yo que quise ser Dios, no pude! Michu, michu” (Yván Silén).

Imantación. La fábula de Rubén Darío, “Un pleito (1884), es interceptada por la “Oda al gato” (1954) de Pablo Neruda. Desencuentro enmarañado; enredo entre el modernismo y la lírica posvanguardista.

En la calle Lanifur, el poema de Darío, “Diz que dos gatos de Angola / en un mesón se metieron / del cual sustraer pudieron / un rico queso de bola,” se estrella contra la oda de Neruda: “El gato / solo el gato / apareció completo / y orgulloso: / nació completamente terminado, / camina solo y sabe lo que quiere.” Chisporroteo de pelos que parecen plumas. Sinestesia; el choque poético huele a historia con muchas capas de humedad.

Transformada en estallido de colores, la intersección felina se plantea, en la calle República Árabe Siria, como lo que es: una oposición feroz, para nada fugaz. Los gatos de Darío, que roban juntos y que al final de la fábula son engatusados por el mono que se come el queso y se les queda con el último pedazo que quedaba, pervierten la ontología solipsista del gato que ensalza el canto de Neruda:

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro

Esencialismo en cuatro patas, apodíctico. De la República Árabe Siria a Ugarteche, cruce que empieza a oler a estro, la oposición ontológica traspasa la filosofía, flechando la dimensión social como si fuera un corazón sarduyano tatuado sobre el pecho de un marinero gai en La Boca. Neruda saca las garras, abalanzándose contra la sociabilidad falsa que Darío le confiere a los gatos pilluelos, dúo que se somete al mono para que, como juez, divida en partes iguales el queso robado: “Aquí tenéis [dice uno de los gatos al mono]… / lo que este compadre y yo / hemos robado hace rato.” Aporía; tal compadrazgo, según la oda, establece un problema de guión. El gato no comparte, dice Neruda, porque desconoce que haya partes.

Al cruzar la Avenida Raúl Scalabrini Ortiz, la oda canta más alto que nunca: “No hay unidad / como él… / es una sola cosa / como el sol o el topacio…”

Homogeneidad, unidad; solipsismo. Egopolítica con rabo, bigotes en cuatro patas. Como “pequeño / emperador sin orbe,” el gato de Neruda, “reclamas / cuando pasas / y posas / cuatro pies delicados / en el suelo,” desconoce cualquier cosa que intente —aunque sea, como en la fábula de Darío, bufa— justicia o equidad: “desconfiando / de todo lo terrestre, / porque todo / es inmundo / para el inmaculado pie del gato” (Neruda).

De la Avenida Scalabrini Ortiz a las calles Jerónimo Salguero y Silvio L. Ruggieri, el lirismo de la oda aumenta el trote; la poesía cruza las calles a la velocidad fulminante de la micropolítica gatuna: “Oh fiera independiente de la casa,” dice la oda para deshacer de un santiamén la diferencia entre lo público y lo privado. Prisa literaria, celeridad derrochada con conciencia de lo que despilfarra la poesía mientras corre por la acera de una avenida, la Libertador, marcada por el privilegio del capital en el contexto de la modernidad/colonialidad.

Mientras más aumenta el paso por la Avenida Libertador, al cruzar la calle Bulnes, la oda corroe el sentido de futuro que la fábula de Darío, mentirosa, demasiado mentirosa, inventa al hablar de la temporalidad felina: “Por no suscitar agravios, saca el mono una balanza / mientras con dulce esperanza / se lame un gato los labios” (Darío).

De la Bulnes a la Sánchez de Bustamente, la poesía atraviesa dos avenidas y una calle —la Avenida Coronel Díaz, la Ortiz de Campo y la calle Billinghurst— sin parar ni mirar para ambos lados antes de cruzar. Trote rápido, ciego, movido por la certeza de un “quizás” zigzagueante, “seguramente no hay / enigma, / tal vez no eres misterio” (Neruda), desde el cual, paradójico, demasiado paradójico, el gato posa como un ser traslúcido al alcance de cualquiera : “todo el mundo te sabe y perteneces / al habitante menos misterioso / tal vez todos lo creen, / todos se creen dueños, / propietarios, tíos, / de gatos, compañeros, / colegas, / discípulos o amigos / de su gato” (Neruda).

Transparencia, certeza que, de la Sánchez de Bustamente a la Tagle, la oda de Neruda voltea al final del poema, haciéndola girar sobre su eje epistemológico:

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.

Certeza socrática, segura de su desconocimiento, firme, el cual, de la Tagle a la Austria, la oda vocifera políticamente, “Yo no conozco al gato,” para que estalle líricamente la certitud hermosa de lo que se puede saber, como “la cáscara irreal del cocodrilo,” “el atavismo azul del sacerdote.” La acera queda cubierta de fragmentos epistemológicos falsos: “pero no puedo descifrar un gato” (Neruda).

Segura de su paso y de su pose, “Todo lo sé,” sobre todo cuando llega a un ángulo importante, como es la otra esquina de la Biblioteca Nacional, contraria a la Agüero, en la intersección de la Austria con la Avenida Libertador —esquina de alta contigüidad rubendariana, zona de cambios y transformaciones—, la poesía da un salto cualitativo.

El gato indiferente de Neruda, “sus ojos tienen números de oro,” se reconcilia con los gatos engatusados de Darío, cuya fábula termina así: “el mono se guarda el queso / y a los gatos les responde: / –Esto [último pedazo de queso] a mí me corresponde / por los gastos del proceso [con lo cual se ha quedado con todo el queso].” La oda se apiada de la fábula. Crece en magnanimidad. Se sale de los libros, pero mantiene el lirismo de los poetas callejeros.

De la calle Austria a la Agüero, aumentar el trote. Respirar profundo, hasta hiperventilar. En vez de ir por la vereda, subir la Agüero por el césped para aminorar la resistencia del cemento. Ir a toda velocidad, hasta que termina la breve inclinación que nunca llega a ser una gran cuesta. En ese momento, buscar el afiche de Darío a mano derecha. Al pasar la Fuente de Poesía, del lado de la Plaza Mitre, volver a leer el grafiti más relevante del momento: “Patria o Macri.”Pza-Mitre-Buenos-Aires-LQSomos

Pasar por el Café del Lector de la Biblioteca Nacional y escuchar los “gatunos alaridos” de Macedonio Fernández, metafísica que marca la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX, según la cual “el Ser se identifica con la Sensibili¬dad. La Realidad no es otra cosa que ‘Realidad sentida’. Fuera del ámbito del sentir, nada es, nada acontece. Todo el Ser es psíquico, no existe ningún correlato material y externo” (Sonia Vicente de Álvarez).

Llegar a la Avenida Las Heras y apreciar los adoquines de la cuneta. Cruzar con cuidado. Aligerar el paso en la subidita; concentrar en el flujo aparente de la acera, sin perder de vista el edificio negro en la otra vereda ni el Colegio San Agustín, “Porque los versos y la poesía los puedo yo convertir en vianda sabrosa” (San Agustín), hasta topar con la calle Juan María Gutiérrez, cruce errático que hace saltar la crónica al espacio de la novela que inaugura un tipo de escritura: “Hasta ahora, sin embargo, el cachalote, científico o poético, no habita del todo en ninguna literatura. Entre todos los cetáceos que se cazan, el cachalote tiene una vida que no ha sido escrita” (Moby Dick).

Recuperar el discurso, mantener la respiración profunda. Volver a las referencias gatunas; rememorar, después de la calle José Andrés Pacheco de Melo, la foto de Julio Cortázar con su gato, llamado “Teodoro W. Adorno.” Gato interesado, como su dueño, en la dimensión formal del ensayo: “Para la academia, toda moción expresiva en la exposición es, para el instinto de purismo científico, peligroso para la objetividad, que saltaría a la vista solo después de la retirada del sujeto. De la ‘Cosa’, se hablará mejor cuando menos uno se apoye en la forma” (Adorno).

A partir de la calle Peña, soltar a “Teodoro W. Adorno” y dejar que el gato marque el ritmo del trote. Seguirlo hasta que, al llegar a la French, saca las garras frente al ensayo, Über jazz (1936), que el filósofo judío alemán (Adorno) escribió contra la música que tanto le gustaba a Cortázar: el jazz, considerada por aquel como música de la “cultura de masas” sin otro fin que el de divertir, algo de lo que Adorno renegaba, pues, según decía, “Divertirse significa siempre que no hay que pensar.” Faceta horrísona de la modernidad eurocéntrica.

De la calle French a Juncal, como crítica a la crítica de Adorno, se intensifican las referencias al jazz. El gato de Cortázar se eriza al llegar a la intersección, esquina del restaurante Pizza & Espuma. Transmuta en cronopio: “Un mundo que hubiera empezado por Picasso en vez de acabar por él, sería un mundo exclusivamente para cronopios, y en todas las esquinas los cronopios bailarían tregua y bailarían catala, y subido al farol del alumbrado Louis [Armstrong] soplaría [la trompeta] durante horas haciendo caer del cielo grandísimos pedazos de estrellas de almíbar y frambuesa, para que comieran los niños y los perros.”

Pasando el cruce de la calle Antonio Beruti, Macedonio Fernández reaparece para sumarse a la oda jazzística de Cortázar: “Cuando un poco más tarde cayó la primera bomba atómica, la banda de Gillespie estaba ya lista para comenzar a actuar, y la
catástrofe se reflejó en forma fantasmal en ́Things to come ́, el Apocalipsis en jazz de Gil Fuller, presentado en la versión Parker-Gillespie, con sus frases convulsivas, precipitadas y moribundas.”

Detenerse en la calle Arenales. Mantener el ritmo profundo de la respiración. Esperar que el cronopio cortazariano regrese a su identidad gatuna. Mientras tanto, pensar en el poema felino de Borges, “A un gato” (1972): “eres, bajo la luna, esa pantera / que nos es dado divisar de lejos… / tuya es la soledad, tuyo el secreto. / Tu lomo condesciende a la morosa / caricia de mi mano… / En otro tiempo estás. Eres el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño.” Cruzar Arenales con ambos gatos, el de Cortázar y el de Borges, sueltos.

En la Avenida Santa Fe el poema de Borges recula sin cagarse. Doblar a la izquierda y mantenerse en el lado zurdo de la Santa Fe, avenida que en “Ding dong” (1969) Leonardo Favio tildó de “calle.” A mitad de cuadra, entre Santa Fe y Laprida, saltar, desde una cita extensa, del poema al cuento de Borges, “El sur” (1953):

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como Avenida-Pueyrredón´LQSomosseparados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

Cruzar Laprida, Anchorena y Ecuador. Pensar en la relación de Borges con Perón primero y después con Pinochet. Al llegar a la Avenida Pueyrredón, pasar al lado derecho de la Santa Fe y seguir hasta Larrea, donde esta cita muy conocida de Macedonio Fernández hace resbalar: “Nací porteño y en un año muy 1874. Todavía no, pero un poco después empecé a ser citado por Jorge Luis Borges, con tan poca timidez de encomios que por el terrible riesgo a que se expuso con esta vehemencia, comencé a ser yo el autor de lo mejor que él había producido.”

Volver al origen de la travesía. Punto de salida y de llegada: Avenida Santa Fe, entre Azcuénaga y Uriburu, en el cual, frente a la vieja librería Huemul, se apagan dialécticamente las referencias literarias. Oscuridad clara; silencio sonoro. En su lugar, moviendo la cola y ronroneando, otros gatos argentinos se acercan. Por un lado, con pelaje gastronómico, el espectro del Gato Dumas maúlla; por el otro, con pelaje jazzístico, el del Gato Barbieri gruñe. Las “papas quiméricas” y los “espaguetis negros” del Gato Dumas lo hacen gravitar hacia el universo literario de Macedonio y Borges; el saxo tenor y el latinoamericanismo del Gato Barbieri lo acercan a Cortázar.

Entrar al edificio #2264. Subir en el ascensor hasta el cuarto piso. Abrir la puerta; ir al cuarto. Buscar el poemario de Alfredo Maya, Escenas de la vida cosmográfica (2016), y leer hasta encontrar lo buscado: “Yo no digo, / transcurre la conciencia, / el ruido del silencio. / Yo no digo, / ni siquiera es claro / lo que piensan mis pies.”

Tercer día en Buenos Aires. Martes, 10 de mayo. Salir a correr de 10 a 11:30 de la mañana…

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua española, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014)

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