“El Olivo”, nuestras raíces en la tierra

el_olivo-loquesomosjpgCarlos Olalla*. LQSomos. Julio 2016

“El olivo”, la última película de Icíar Bollaín, es una verdadera maravilla que nos cuenta la historia de una familia enfrentada por la decisión de vender o no vender un olivo milenario que ha pasado de generación en generación a lo largo de la historia. Abuelo y nieta forman un frente común negándose a que vendan y trasplanten el olivo, mientras los padres, defendiendo la parte práctica, apuestan por venderlo y sacar su buen dinero. Son tantas las metáforas y las imágenes que encierra esta película… la defensa de la naturaleza frente a la avaricia que todo lo arrasa; el amor a la tierra, a nuestras raíces, a un modelo de vida en armonía con la naturaleza, totalmente ajeno a la especulación, las prisas y demás mentiras con las que nos adocenan; el placer de la contemplación de la belleza sin ánimo de poseerla; el respeto a los que nos antecedieron y a los que vendrán; la barbarie globalizada que cree que puede tintar de auténtico lo que es falso; el burdo interés en dar pátina de Historia de los que viven del cuento; la necesidad de arrancarnos de nuestras raíces para llevarnos a un mundo sin sentido; la resistencia que podemos y debemos oponer a la ignominia y la abyección; la lucha del débil frente al poderoso; ver que, allí donde hay una chispa de esperanza, puede llegar a encenderse un faro; la fuerza de la determinación y el compromiso como único elemento de defensa; el desequilibrio de fuerzas entre el Norte, su Norte, y el Sur, nuestro Sur…

Y viendo la película no he podido menos que pensar en la metáfora que esa historia tiene con el 15-M en el que los jóvenes, la nieta en ese caso, defienden los ideales frente al materialismo del sistema que defiende la generación de sus padres, y toma como referencia única a su abuelo que, como ella, cree que los valores y la dignidad deben estar por encima del dinero. Sin duda vi en ese abuelo la figura de José Luis Sampedro o de Eduardo Galeano, referentes indiscutibles de los jóvenes del 15-M, y también vi en los padres a mi generación, la de los cincuentones que no hemos sido capaces de ser un referente para nuestros hijos, quizá porque, cegados por la adormidera que supuso el estado del bienestar, renunciamos a nuestros propios valores y a defender un mundo más justo e igualitario para nuestros hijos. La fuerza de las redes sociales que hábilmente 5manejan las amigas de la nieta también es otro referente que acudió a mi mente recordando el 15-M mientras veía “El olivo”. Preciosa película de final incierto en la que vemos reflejado lo que está ocurriendo en nuestra sociedad hoy en día, en ese mundo que quisimos cambiar y acabó por cambiarnos a nosotros. “El olivo” es un bello y necesario canto a la vida, a la naturaleza, a la defensa de lo que nos hace ser seres humanos por encima de las leyes del mercado y demás cadenas que nos esclavizan. Y, por encima de todo, el símbolo que es ese olivo milenario arrancado de su tierra para ir a ocupar el hall de una multinacional cualquiera del norte de Europa. El dinero, en ese mundo que hemos permitido que creen, lo compra todo, todo menos la dignidad de una nieta y de un abuelo, menos la generosidad y la solidaridad de unos jóvenes capaces de acampar en la Puerta del Sol para gritar que otro mundo es posible.

A lo largo de la película vamos conociendo a una serie de personajes que se nos antojan muy cercanos. En la nieta vemos, sin duda, la mirada de esos jóvenes a los que les han robado su presente y su futuro, que han dicho ¡Basta ya! y que se han puesto a caminar. En el abuelo reconocemos la fuerza y el arrojo de quienes perdieron una guerra pero nunca se rindieron. En el tío, a todos los que creyeron en un sistema que todo se lo robó. En el padre a ese individuo que ya ni recuerda cuándo se vendió; en el camionero a ese callado amigo que pase lo que pase ha estado siempre a nuestro lado… Es toda nuestra sociedad la que está reflejada en esta película. Somos tú y yo con nuestros defectos y virtudes, con nuestros miedos, con nuestros sueños, con todo lo que, si nos atrevemos, aún podemos ser…

Pocas películas reflejan como ésta la dicotomía a la que nos ha enfrentado este mundo de la estulticia globalizada, esa dicotomía en la que, lo queramos o no, tenemos que elegir entre el “bienestar”, esa cruel mentira con la que nos adocenaron, o el “buenser”, la recuperación de unos valores hoy depauperados que nos hacen ser seres humanos y que son los únicos en los que, a veces, en contados instantes, quizá podemos intuir lo que es la felicidad. Es mucho, demasiado, el daño que la promesa del “bienestar” ha provocado en nuestra sociedad. Y lo más triste es que todavía está haciendo más el miedo que nos han inoculado a perderlo. Antes nos vendimos, renunciamos a ser lo que somos, por una falsa promesa de “bienestar”. Ahora nos vendemos y renunciamos a ser lo que podríamos ser, por el simple miedo a perder algo que jamás tuvimos. La perversión del sistema y nuestro grado de idiotez no tienen límite y nos han llevado, sin siquiera darnos cuenta, al borde del precipicio. A fuerza de no querer ver, hemos permitido que arranquen nuestro propio olivo, nuestras raíces… Y lo siguen arrancando cada día mientras nosotros miramos a otro lado y nos contentamos con aplaudir los goles que marcan el Madrid, el Barça o la selección. Lo siguen arrancando mientras nos embelesamos viendo el anuncio del coche que jamás podremos comprar. Lo siguen arrancando y nosotros seguimos creyendo que somos libres y que algún día llegaremos a ser felices. Lo siguen arrancando mientras hacemos cola en el puesto de lotería de la esquina convencidos de que esta vez nos tocará. Lo siguen arrancando porque nos han arrebatado la capacidad de pensar y nos contentamos con repetir lo que nos dicen más veces o nos gritan más alto. Lo siguen arrancando mientras despreciamos a quienes renuncian a sus mentiras para vivir con menos y a criminalizar o calificar como “buenistas” e ilusos a quienes salen a las calles para defender nuestros derechos. Esa es la tragedia de nuestro tiempo, que nos están arrancando nuestras raíces y nosotros, en nuestra ignorancia, les aplaudimos.

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