Elogio a la intolerancia

Juan Gabalaui*. LQS. Abril 2019

Nos hablan de ciudadanía y de democracia para defender que nos quedemos quietos y callados. Si protestas activamente y te organizas contra los discursos antisociales y contraderechos, te quitan puntos en el carnet de ciudadanía y de demócrata

No, no soy tolerante. No tolero el fascismo, los discursos almibarados o agresivos que atentan igualmente contra derechos fundamentales. No tolero los privilegios ni las desigualdades, ni a los mentirosos ni a los hipócritas. No tolero a los que se manifiestan contra los derechos de los demás ni a aquellos que se inventan el derecho a disfrutar de espectáculos donde se tortura a animales. No tolero a los que miran a otro lado mientras mueren personas en el mediterráneo o se les enjaula en campos de refugiados y centros de internamiento. No tolero a los que utilizan a otras personas para alcanzar sus deseos, atentan contra su dignidad y se aprovechan de su vulnerabilidad. No tolero a los que defienden dictaduras fascistas y deforman la historia para justificar la vileza de aquellos que consideran héroes aunque no sean más que criminales. No tolero a los que pervierten el lenguaje para seguir acumulando y manteniendo posiciones de poder. No tolero a los que se aprovechan de los que nada o poco tienen, ni a los que les culpan y desprecian. No tolero a los expertos que nos dicen cómo tienen que ser las cosas para que todo siga igual. No tolero a los fascistas de botas militares y excesos verbales ni a los que se esconden detrás del traje y la corbata y cuidan el discurso. No tolero a los autoritarios ni a los amantes de la fuerza bruta y del golpe encima de la mesa. No tolero a los que gritan libertad mientras la atropellan. Su libertad es nuestra cárcel. No tolero a los que aman la tolerancia porque son los mansos que permiten el actual estado de las cosas.

Estoy harto de los biempensantes que nos piden moderación. No hay ni puede haber moderación ante los discursos que atentan contra libertades y derechos fundamentales. La oposición activa y la desobediencia son las herramientas para desactivar este juego. Nos dicen que todo el mundo tiene derecho a expresar libremente sus ideas. Y es verdad. Las pueden expresar. Pero si ponen en riesgo los derechos de las personas, si los quieren eliminar o recortar, nos deben tener enfrente. Es un imperativo moral. Lo contrario nos convierte en cómplices o en idiotas. Nos llamarán terroristas, delincuentes y reaccionarios pero nosotros no hemos cometido terrorismo de estado, ni hemos robado las arcas públicas ni manipulado las más bajas emociones, instigando al odio y a la confrontación. Nos hablan de ciudadanía y de democracia para defender que nos quedemos quietos y callados. Si protestas activamente y te organizas contra los discursos antisociales y contraderechos, te quitan puntos en el carnet de ciudadanía y de demócrata. Prefieren que normalicemos estos discursos estableciendo un debate de igual a igual como si la historia no hubiera demostrado que esto es estéril. Quieren que nos quedemos en casa viendo los debates televisivos. Nos quieren inofensivos. Nos quieren mansos. Nos quieren tolerantes. Pero somos antifascistas y nos tendrán enfrente.

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