Ian Gibson y la memoria histórica

Gibson-Lorca-LQSomosEmilio Zara. LQSomos. Septiembre de 2014

Si el premio Cervantes, instituido en 1976, tiene por objeto reconocer la obra global de un autor en lengua castellana cuya contribución a la cultura hispánica haya sido decisiva, entre los premiados debe estar un autor: Ian Gibson.

Gibson ha dedicado toda su vida, al igual que otros muchos, a la cultura hispánica. En Dublín se licenció en Literatura Española, después impartió clases en Belfast y Londres, y es allí donde comienza su tesis sobre Rubén Darío, siendo publicada parte de esa investigación por la prestigiosa Revista Hispanoamericana de Nueva York. A partir de los años cincuenta viaja esporádicamente a este país, hasta que, en 1975, se traslada aquí definitivamente. Para entonces ya había publicado, en París, una obra prohibida en España: La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca. Sus numerosos estudios sobre Lorca y su época son los que, justamente, en mi particular opinión, le hacen ser merecedor de tal significación.

García Lorca ha sido, y sigue siendo, su gran pasión aunque, desde luego, no es la única. Basta echar una mirada a su bibliografía, destacándose de modo especial, la novela La berlina de Prim, con la que ganó el premio Fernando Lara.

Lorca es su pasión pero, también, su preocupación. La fascinación por Lorca le ha arrastrado a otras investigaciones, así, ha publicado libros sobre José Antonio, Queipo de Llano, Antonio Machado, Dalí, Calvo Sotelo, Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández, Buñuel… etc., lo extraño es que no se haya interesado nunca por Alberti. Él sabrá el porqué. Y es que, como Gibson sostiene, todo lo que hay alrededor de Lorca es oceánico y hay trabajo para los biógrafos durante siglos.

Al leer a Gibson nos lo podemos imaginar, inmerso en su proceso de creación, viajando de aquí para allá, entrevistando y grabando en un magnetofón las declaraciones, abstraído delante de un archivo público o privado, nervioso por lo que ciertos documentos -a veces ilegibles y guardados desde hace años- le puedan aportar, o nos lo suponemos tomando notas de ciertos detalles, visitando hemerotecas y rebuscando qué noticia sería interesante o esconde el terrible drama. Después, podemos visionarlo en la soledad de su casa, comentándole a Carole, su mujer, los avances del día y, esparcidos los documentos sobre la mesa, escudriñando una a una las fotocopias de los legajos o las palabras o silencios de las entrevistas y entrelazando datos para llegar a ciertas conclusiones, pues sólo a través del análisis pormenorizado puede llegarse a descubrir lo que realmente ocurrió. En alguna entrevista él afirma que la investigación sobre García Lorca le cambió su vida, pero lo que podemos certificar es que, leyendo sus libros, también nos la cambió a nosotros, sus lectores.

Sin embargo, Lorca no es sólo su pasión, es también su dolor, y se trasluce, sobre todo, en la búsqueda de los restos de Federico en la que, por cierto, ni los responsables de la Junta de Andalucía, ni la Asociación para la Memoria Histórica de Granada le han consultado antes de abrir las fosas. ¿Cómo puede ser eso posible, cuando Gibson es el principal investigador de Lorca?

Gibson, con un pesimismo realista, ya ha manifestado que no cree que encuentren los restos de García Lorca porque si se encuentran la atención del mundo se centraría en la guerra civil, tema aún no resuelto. En Andalucía, en el caso de Lorca, han hecho justo lo contrario de lo que debieron hacer: instruirse desde el primer momento con los investigadores y no prohibirles estar presentes en las excavaciones. Para los que no entiendan que se deba luchar por la recuperación de la Memoria Histórica basta una frase de él: no es acrecentar el odio sino apaciguar el dolor.

Se le ha achacado a Gibson por ciertas personas, en concreto por Rafael de Mendizábal, que ha vivido toda su vida de Lorca. Conviene indicar que Mendizábal fue el fundador de la Audiencia Nacional, órgano judicial sucesor del temido Tribunal de Orden Público, creado en pleno franquismo. Pero si Gibson ha vivido toda su vida de Lorca, lo cual no es verdad, como hemos tenido ocasión de ver, Mendizábal sí lo ha hecho de su profesión, la judicatura, siendo tan digna la profesión de juez como la de escritor.

Quizás Ian sea un poco también como Federico, que todos lo admiraban pero, en el fondo, era un ser un marginado o puede que, como decía Unamuno, España sea simplemente una madrastra. De cualquier modo, Gibson tiene otra cualidad: ve gaviotas en los cielos de Madrid aunque muchos ignoren que lejos del mar también viven.

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