Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, durante una visita al frente del Ebro en 1938. / Archivo Fundación Juan Negrín

Arturo del Villar*. LQSomos. Mayo 2017

El lunes 17 de mayo de 1937 el presidente de la República Española, Manuel Azaña, firmó en Valencia dos decretos históricos: por el primero admitió la dimisión presentada por Francisco Largo Caballero de sus cargos de presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, y por el segundo nombró presidente del Consejo de Ministros y ministro de Hacienda y Economía a Juan Negrín López (Gaceta de la República, número 138, de 18 de mayo de 1937, página 751). Con Largo dimitió todo su Gobierno, del que formaba parte el doctor Negrín, como ministro de Hacienda, desde el 4 de setiembre de 1936.

La dimisión de Largo Caballero era una necesidad, debido a su inoperancia efectiva, demostrada sobre todo en el desempeño de sus funciones como ministro de la Guerra. Es cierto que los militares monárquicos sublevados contaban con la ayuda de combatientes y armamento enviados por la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista, más el dinero recaudado por la Iglesia catolicorromana en sus templos de todo el mundo, pero también que la mala planificación táctica y la desorganización del Ejército Popular favorecían a los rebeldes, ante una falta de autoridad intolerable en aquella situación bélica.

Rebelión en Barcelona

La culminación de la ineptitud de Largo fue la pequeña guerra civil librada en Barcelona entre el 3 y el 8 de mayo de 1937, causa final de su dimisión forzada. Desde el mes de abril existía un enfrentamiento armado entre los anarquistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), por un lado, y el Gobierno de la República y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) por otro, con el resultado de asesinatos y desórdenes públicos. El POUM, que ni era un partido obrero ni marxista, pretendía destruir al Partido Comunista (PC), que sí lo era. Contaba entre sus militantes con fascistas infiltrados para torpedear la actuación del Frente Popular (FP), y en esos momentos decisivos también de las operaciones bélicas.

Era uno de los partidos firmantes el 15 de enero de 1936 del acuerdo constitutivo del Frente Popular, con Izquierda Republicana (IR), la Unión Republicana (UR), el Partido Socialista (PSOE), la Unión General de Trabajadores (UGT), la Federación Nacional de Juventudes Socialistas (FNJS), el Partido Comunista (PC), y el Partido Sindicalista (PS). Conforme a su política independentista, la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y la CNT se mantuvieron al margen, no solamente en la firma del pacto, sino incluso ante las decisivas elecciones generales del 16 de febrero, ganadas por el FP.

La CNT se había apoderado del edificio de Telefónica en Barcelona, desde donde espiaba todas las comunicaciones, incluidas las del presidente Azaña. El 3 de mayo de 1937 se disparó desde sus instalaciones contra una comisión que pretendía entrar en ellas. Fue la señal para una rebelión de la CNT y el POUM, que dividió a la ciudad: el Gobierno controlaba la parte izquierda de las Ramblas, y los rebeldes la derecha.

Una traición a la República

Esa guerra barcelonesa surgida en medio de la guerra española obligó al Gobierno republicano a distraer tropas de los frentes de batalla contra los militares monárquicos sublevados, para enviarlas contra los anarquistas y poumistas igualmente sublevados. La insurrección sólo puede ser calificada de alta traición contra la República y el Gobierno constitucional.

El presidente Azaña quedó sitiado en su residencia, con su familia y séquito, sin poder moverse, porque los sitiadores disparaban cuando alguien se asomaba al exterior. Aprovechó la forzosa inactividad política impuesta por el estado de sitio para revisar La velada en Benicarló, y eso es lo único positivo conseguido por la insurrección.

Desde el gabinete telegráfico de la Presidencia se reclamaba insistentemente al jefe del Gobierno, que se hallaba en Valencia, la adopción de medidas para liberar al presidente, pero Largo no hizo ningún caso de ellas. Por fin Indalecio Prieto, ministro de Marina y Aire, ordenó el envío a Barcelona de un acorazado y dos cruceros por mar, y de cuatro mil guardias de Asalto por tierra. Llegaron el día 6, se enfrentaron a los sublevados, y el día 8 quedó pacificada Barcelona. El 7 un avión trasladó al presidente Azaña al aeropuerto de Manises, en donde le esperaba casi todo el Gobierno, con su jefe al frente. Esta insurrección provocó alrededor de 500 muertos y más de mil heridos.

La crónica de esos días figura en el diario de Azaña, en el llamado cuaderno de la Pobleta, iniciado el 20 de mayo. Se encuentra reproducido en el sexto volumen de sus Obras completas, editadas por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2007, a partir de la página 291.

Un Gobierno inoperante

Si el desprestigio de Largo ya era grande, a consecuencia de su mala gestión en la marcha de la guerra, se acrecentó después de su probada ineptitud para impedir primero y resolver después la insurrección en Barcelona. El sábado día 15 el PC hizo público un comunicado, en el que proponía una serie de cambios en la política del Gobierno, que Largo rechazó. En cambio, envió a los partidos políticos y sindicatos una propuesta para remodelar el Gobierno. La oferta fracasó, porque solamente la aceptaron la Comisión Ejecutiva de la UGT, el Comité Nacional de UR, y el Comité Nacional de las Juventudes Socialistas Unificadas. El Consejo Nacional de IR respondió con una soflama totalmente extravagante.

El PC, al que se le adjudicaban los ministerios de Instrucción Pública y Trabajo en esa proposición, se negó a aceptarlos, y la Comisión Ejecutiva del PSOE anunció que si los comunistas no figuraban en el nuevo Gobierno tampoco estarían los socialistas. El Comité Nacional de la CNT, a la que se le prometían las carteras de Justicia y Sanidad, exigió otras dos más para integrarse en el Gobierno.
A las seis de la tarde del día 16 se celebró una reunión en Capitanía General, sede de la Presidencia de la República, presidida por Azaña, con la intención de lograr un acercamiento entre las diversas posturas manifestadas por los partidos políticos y los sindicatos. El motivo de las discrepancias radicó en la negativa del PC a que la cartera de Defensa Nacional, en la que se integrasen los tres ejércitos, pudiera recaer en la misma persona que presidiera el Consejo de Ministros. Esta misma opinión fue defendida por otros grupos, pero absolutamente rechazada por Largo, que insistía en reunir los dos cargos, como hasta entonces.

José Díaz, secretario general del PC, en su deseo de alcanzar una pronta resolución de la crisis, propuso aplazar la decisión, para tener tiempo de dirigirse al Comité Central de su partido con la exposición de las discusiones habidas, lo que fue aceptado por todos. A las diez de la noche Díaz comunicó a Azaña que el PC se mantenía en la postura inicial, y no aceptaba que la cartera de Defensa Nacional recayese en el jefe del Gobierno. También le informó de esa resolución a Largo, quien anunció por teléfono al presidente de la República que declinaba los poderes que le había confiado.

El Gobierno de Negrín

A las 12,20 de la mañana del día 17 de mayo salió de Capitanía General el doctor Juan Negrín, con el encargo de formar Gobierno. Se dirigió en primer término a la Ejecutiva del PSOE, para solicitar su aprobación, y una vez obtenida por unanimidad de sus componentes, fue a visitar a Largo, con quien mantuvo una corta entrevista privada de diez minutos. A continuación marchó al palacio del Congreso, para entrevistarse con su presidente, Diego Martínez Barrio. Con posterioridad conversó con los dirigentes políticos y sindicales, para concretar la formación de su Gobierno.

En unas horas consiguió cerrar las carteras, y a las diez de la noche solicitó audiencia al presidente de la República para comunicárselas. La notoria hiperactividad del doctor Negrín quedó confirmada este día. A las 22,40 horas salió de Capitanía con la aprobación de Azaña al Gabinete, y 45 minutos después se hallaba en la sede del Ministerio de la Guerra, sede de la presidencia del Consejo de Ministros, para tomar posesión del cargo, que le confió Rodolfo Llopis, subsecretario de la Presidencia. Junto a él se hallaba Indalecio Prieto, quien prometió su cargo de ministro de Defensa Nacional, en la que se reunían los tres ejércitos.

A las 23,55 llegaron ambos al Ministerio de la Gobernación, en donde estaba convocada la primera reunión en Consejo de los nuevos ministros. Previamente Negrín se posesionó interinamente de esa cartera, en espera de que llegase desde Bilbao su titular, el periodista Julián Zugazagoitia. El Gabinete quedó constituido así: Presidencia, Hacienda y Economía, Juan Negrín (PSOE). Estado, José Giral (IR). Defensa Nacional, Indalecio Prieto (PSOE). Gobernación, Julián Zugazagoitia (PSOE). Justicia, Manuel Irujo (Partido Nacionalista Vasco). Instrucción Pública, Jesús Hernández (PC), Agricultura, Vicente Uribe (PC). Trabajo, Jaime Ayguadé (Esquerra Republicana). Obras Públicas y Comunicaciones, Bernardo Giner de los Ríos (UR).

Conforme a lo que sería habitual en la incansable energía del doctor Negrín, la reunión concluyó a las 2,30 de la madrugada del día 18. Entre los principales acuerdos aprobados destaca la supresión del Consejo Suprior de Guerra, sustituido por el Gobierno en pleno, y el reforzamiento del Estado Mayor Central. Se hizo pública una declaración de ocho puntos, en los que se resumió su política a aplicar inmediatamente, haciendo constar “la más viva protesta contra las restricciones que el Pacto de no intervención supone para sus derechos de gobierno legítimo”. A las doce de la mañana el Gobierno cumplimentó al presidente de la República, y seguidamente se reunió de nuevo en Consejo, para continuar las deliberaciones.

Una consigna certera

Las presuntas democracias firmantes del Pacto de No Intervención siguieron impidiendo a la República recibir ayuda de otras naciones, con las únicas excepciones de la Unión Soviética y los Estados Unidos Mexicanos, que no toleraron la iniquidad de esa decisión injusta, mientras ignoraban la injerencia de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista a favor de los militares monárquicos sublevados.

Ya que el Partido Socialista Obrero Español solamente responde a la realidad del nombre en el hecho de hallarse siempre partido y aun repartido, el presidente Negrín debió intentar congeniar las tres facciones en que estaba escindido entonces, capitaneadas por Prieto, Largo y Julián Besteiro. A pesar de todas las dificultades, incluida la negativa de la República Francesa a permitir el paso por su territorio de las armas enviadas desde la Unión Soviética al Gobierno leal, la guerra continuó, y el presidente lazó una consigna acertada: “Resistir es vencer.”

Sabía Negrín, como otros dirigentes mundiales, que las agresiones constantes de Hitler no podían continuar, y se hacía inevitable una declaración de guerra contra Alemania. Cuando eso ocurriera, sin tardar mucho, los firmantes del Pacto de No Intervención en España lo desactivarían, para a partir de entonces colaborar con la República Española contra el enemigo común.

Otra rebelión fascista

Así hubiera podido ser, y la suerte de España otra, si el coronel Segismundo Casado no hubiera imitado a los militares monárquicos sublevados en 1936, sublevándose a su vez el 5 de marzo de 1939, con la colaboración de militares traidores y de individuos pertenecientes al PSOE, la CNT, la UGT, IR y UR. Formaron un Consejo Nacional de Defensa que entregó Madrid, inexpugnable hasta entonces, conocida como la Capital de la Gloria, a los primeros rebeldes, con lo que terminó la guerra el 1 de abril. Conforme a la predicción de Negrín, cinco meses después, el 1 de setiembre, comenzó la guerra en Europa contra las naciones nazifascistas.

Sería incomprensible en otro partido lo que hizo el PSOE, al considerar un héroe al traidor Besteiro, el que habló por Unión Radio y Radio España aquel nefasto 5 de marzo, pero en el PSOE resulta natural. Lo mismo que los acontecimientos posteriores, solamente lógicos en un partido absurdo siempre dividido en facciones irreconciliables.

El presidente Negrín ordenó reunir las incautaciones de dinero y joyas hechas a los fascistas, para enviarlas a México, en donde se había refugiado la mayor colonia de republicanos exiliados. Las embarcó en el yate Vita, que había sido propiedad de Alfonso XIII con el nombre entonces de Giralda. Con ese dinero pretendía fletar barcos para seguir recogiendo a los exiliados y transportarlos a México, en donde el presidente Lázaro Cárdenas había ordenado que se aceptase a todos los republicanos españoles supervivientes del desastre. Pero en Veracruz una mala jugada de Prieto le permitió apropiarse del cargamento. Desde entonces Prieto distinguió con su odio a su antiguo presidente Negrín. En agosto de 1939 imprimió en París un libro con la correspondencia cruzada entre los dos socialistas enemigos, que continúa reeditando la Fundación Indalecio Prieto con el título de Epistolario Prieto-Negrín.

Dada la importancia adquirida por Prieto en el exilio, consiguió que el 23 de abril de 1946 el PSOE expulsara de su militancia al doctor Negrín, algo sólo admisible en ese partido cainita. Hasta el 5 de julio de 2008, en el XXXVII Congreso del partido, no se readmitió a Negrín, en tanto se organizaban homenajes al traidor Besteiro. Fue un político demasiado importante como para pertenecer a ninguna de las facciones supuestamente socialistas, aunque no lo es ninguna.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio

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