La idolatría colombina

Nònimo Lustre*. LQS. Mayo 2021

Pesquisa del comendador Francisco de Bobadilla, fol. 2r, Archivo de Simancas (en Varela y Aguirre, op. cit.)

Aunque parezca mentira, un documento clave para conocer la andadura de Colón en su primer asentamiento en el Caribe, no fue ‘descubierto’ hasta el año 2.006. Hablamos del expediente jurídico que el comendador Francisco de Bobadilla le incoó en 1.500 a resultas del cual, fue destituido de su virreinato y enviado preso a Castilla. En efecto, parece mentira que este proceso no fuera conocido en cinco siglos y es todavía más sorprendente que no se divulgara en 1.992. Aunque, en realidad, no hay motivos para la sorpresa porque el imperialismo español aborrece los trapos sucios y porque la histeria colombina de aquel V Centenario hubiera considerado ofensivo (y apócrifo) el susodicho expediente. Y, sin embargo, el nombre de Bobadilla y el episodio de la prisión de Colón eran harto sabidos -aunque, quizá, no tanto los detalles procesales de su juicio.

De los legajos de Bobadilla, hoy nos interesan los casos de los españoles torturados, ahorcados y/o degollados por Colón y/o sus cortesanos en el Caribe en los ocho años que discurrieron entre 1492 y 1500. Lo que sigue es una relación de quince víctimas –españolas, repetimos. Es una cifra mínima porque Colón no siempre levantó un proceso escrito contra sus adversarios. Y, evidentemente, no incluye a los indígenas de Quisqueya (hoy, República Dominicana y Haití) en cuyo caso la cifra se incrementaría hasta el infinito. A continuación, un resumen (editado por nosotros) de la relación de asesinados que publicaron en 2006 las historiadoras Consuelo Varela e Isabel Aguirre (ver La caída de Cristóbal Colón. El juicio de Bobadilla. Marcial Pons ed., Madrid; ISBN 978-84-15817-33-8)

‘Relación de ajusticiados’ (apud Varela y Aguirre)

A la izquierda, el árbol del ahorcado según Hans Bol

Pedro de Alarcón. Rebelde, compañero de Adrián de Múxica (ver infra) Antes de ser ahorcado, recibió tormento. Su sentencia pasó ante el escribano sin proceso previo. Alarcón “no se avía ydo con intención de ser contra el Almirante ni de matar a ninguno, salvo porque el Almirante le avía vendido un cavallo en mucha quantya de maravedís e otras cosas de ropa al sueldo e que se lo azía pagar en oro, e que pensando remediarse de esta deuda se avía ydo de allí”.

Luis de Comillas. Sufrió proceso –léase, tortura. Según declararon varios testigos, porque gritó ¡Viva el rey! Por pendenciero, antes había sido desterrado al Cibao. Probablemente fue ahorcado porque “avía dicho que, quando se quiso yr a Castilla, el Almirante estuvo ençerrado mes e medio enmendando las sentençias falsas que avía dado para yr a dar cuenta al rey”. Las vivas al rey se entendían como rebeldía contra la política del Almirante. Surgen en muchos procesos, casi siempre especificando denuncias concretas. Por ejemplo, dícese que estando Bernal de Pisa en la Ysabela, “salió en la calle [¿quién o quiénes?] con una lança en la mano diziendo: ‘Viva el Rey, Viva el Rey’, volviendo por la comunidad çerca de los mantenimientos que el Rey mandava dar a la gente, e no ge lo dava el Almirante, e porque no enviava las caravelas que avían de yr a Castilla e las que avían de yr a descobrir e rescatar como complía a serviçio de su alteza; [el Adelantado] mandólo prender dentro en la iglesia”.

Gaspar Ferriz. Ahorcado por sodomita; aragonés. Su caso, ha hecho “correr ríos de tinta” porque “Las Casas, siempre benévolo con Colón, afirmó categóricamente que el almirante no mandó entonces ahorcar a nadie y que ese Gaspar no figuraba en la nómina de condenados que él había visto años más tarde” (Varela, 25-26)

Pedro Gallego. Despensero del almirante. Ahorcado, junto con el mayordomo Vanegas (ver infra), por vender pan de la alhóndiga a algunos cristianos. No hubo ni pesquisa ni proceso pero sí tortura.

Martín de Lucena. Ahorcado porque “havía ydo a buscar de comer”. En el pregón patibulario constaba “porque se avía ydo entre los yndios e avía llevado armas”. En su condena a muerte pudo ser decisivo que, en el tormento, “confesó que avía dormido con yndia”.

Juan de Luján. Alcaide. Ahorcado –o degollado- por traidor y homosexual, según constaba en el pregón, refiriendo que, “quando dezía ‘sodomético’, callava Luxán, e quando dezía ‘traydor alevoso’ dezía que mentía”. Según otro testigo, fue degollado porque, junto a Bernal de Pisa, había hecho una pesquisa contra Colón.

Cristóbal de Madrigal. Había acudido a las Indias en el segundo viaje enrolado como ballestero. Rebelde del bando de Múxica. Ahorcado en Santo Domingo poco antes de llegar Bobadilla, al parecer porque junto con Bolaños, “tenían ordenado de matar al alcalde Françisco [Velázquez] e juntarse con don Fernando e alçarse con la ysla”.

Cristóbal Moyano. Rebelde, compañero de Múxica. Sometido a tormento. Fue ahorcado en la Concepción. Confesó que se había apartado, “por las sinrazones quel Almirante le fazya”. No hubo proceso pero fue ejecutado porque “avía sacado en los prometidos de las rentas de los diezmos un cavallo, e que después gelo cargó el Almirante en su sueldo e que, como se vio perdido en aquella deuda, que no supo qué azer, que determinó de yrse a Xaraguá”.

Miguel Muliart. Contador, francés. Concuñado de Colón. Murió a consecuencia de las torturas que padeció por haber traducido al castellano una carta de fray Juan, escrita en francés, a los reyes.

Colón llevó a las Yndias la muy europea costumbre de ahorcar a diestro y siniestro

Adrián de Múxica. Alzado contra Colón. Fue ahorcado en la Concepción. Sin proceso. Varios testigos narraron que, cuando le ahorcaron, “dezía que dexaba condenados a muchos que no tenían culpa“. Se dijo que quería liberar a Fernando de Guevara, que estaba preso en la cárcel de Santo Domingo. Otro testigo dijo que “no demandava la vida porque sabía que tales cosas como aquellas avía visto pagar con una muerte”. Otros refirieron que “quería tomar el oro del almirante”. Se apartó de Colón, “por quanto estava muy aborrido de lo que el Almirante le mandava azer e de demandar muchas penas e calunyas a las gentes, e porque veía que todo aquello era contra justiçia e razón, que por eso se quería yr a Xaraguá por quitarse de los inconvenientes fasta que veniese otro mando”.

Pedro Riquelme. Atormentado en Santo Domingo. No quedan claros los motivos de su ajusticiamiento.

Gonzalo Rodríguez de Bolaños. Rebelde del bando de Múxica. Ahorcado en Santo Domingo poco antes de llegar Bobadilla. Según un testigo, fue ejecutado porque, junto con Madrigal, “tenían ordenado de matar al alcalde Françisco [Velázquez] e juntarse con don Fernando e alçarse con la isla”.

Gaspar de Salinas. Escribano de cámara. Era criado de Bernal de Pisa. Fue ahorcado porque Juan Ramírez le había acusado de homosexual. Según otro testigo, fue ajusticiado porque como escribano dio fe de la pesquisa que para los reyes hicieron Bernal de Pisa y Juan de Luján.

Juan Vanegas. Mayordomo de Colón. Llegó al Nuevo Mundo en el segundo viaje colombino. Fue ahorcado el 22.XI.1494 porque, junto con Pedro Gallego, había vendido “çiertos panes de bastimento a los cristianos”. Otros testigos, declararon que “porque se avía igualado de palabras con don Diego”, el menor de los Colón. No tuvo pesquisa ni proceso. El alcaide no quiso firmar “la sentençia porque dezía que no merecía muerte”.

Jorge de Zamora. Ajusticiado por los indios. El Almirante, ordenó al cacique Guayonex que lo matase “porque le yva a espiar” y para que “no se juntasen otros con él”. Había abandonado la Concepción harto de trabajar y medio muerto de hambre, “que no le davan cada día más de media torta de caçabe e syn otra cosa”.

Oro, torturas… y mujeres

Colón, cargado de grilletes, es enviado a Castilla por el pesquisidor Bobadilla. Perdonado por los Reyes Católicos de sus infames delitos, regresó a las Yndias

De la anterior Relación se deduce que Colón arremetió contra toda clase de expedicionarios, lo mismo escribanos que ballesteros, homosexuales –reales o acusados por chivatos chismosos- que contables, españoles que europeos. Teniendo en cuenta que, en los primeros ocho años y entre fijos y volanderos, la población castellana rozó el millar de personas, ahorcar a quince compañeros invasores evidencia una crudelísima autocracia colombina. Mientras los indígenas eran asesinados de mil maneras –desde aperreados hasta suicidados con veneno de yuca/mandioca-, los ‘españoles’ (no existía el nombre de España) eran “desterrados, desorejados, desnarigados e incluso esclavizados”. Ejemplo: “a Arnalte, que osó coger un pez de una canasta que acababan de sacar de un río, el castigo fue enclavarle la mano en la plaza de la Isabela para escarmiento público”. Y la vesania de los Colón se fue acelerando: “En Xaraguá el Adelantado tuvo metidos en un pozo a los dieciséis presos que se disponía a ajusticiar cuando llegó Bobadilla” (Varela, op.cit.)

¿Por qué tanta tiranía? Por el oro que era lo único que interesaba a los Colón. Olvidemos la hueca palabrería de que el Almirante buscaba llevar la Civilización y la Cristiandad a aquellas almas descarriadas. El genovés –gallego, catalán o lo que quieran endilgarle-, sólo tenía ojos para el vil metal. Evidencia: en los escasos escritos auténticos del Almirante, la palabra oro, se repite 77 veces.

Las mujeres. En el año 1.500, sólo ocho mujeres blancas residían en aquella isla maldita. Entre ellas, dos gitanas (egipcianas) homicidas: Catalina de Egipto y María de Egipto. En La Española había por lo menos una casa de citas, que era regentada por Teresa de Baeza y su marido Pedro Daza. En aquel burdel debía de trabajar una mujer casada que había tenido quehaceres con el Adelantado. Enterado don Bartolomé Colón, ordenó castigar a la alcahueta cortándole la lengua. Pero no fue el único caso de deslenguamiento y azotamiento contra las féminas; de hecho, en el expediente de Martín de Lucena consta que “Yten, dize que el Adelantado, andando de noche azechando por las casas, [e] que oyó dezir a dos mugeres, que la una se dezía Teresa de Baeça e la otra Ynés de Malaver, que el Almirante e el Adelantado heran de baxa suerte e que don Diego, su hermano, aprendyó texedor de seda, e que por ésto les mandó cortar las lenguas e açotallas, e que lo sabe porque lo vió” (Ibidem)

El Faro a Colón. Hoy, postal. Ayer, letal manía colombina

Segunda parte: Colón, matando siglos después

La psicopatía colombina sigue haciendo estragos hasta la actualidad. Que semejante culto a la personalidad haya impedido que se estudie la realidad cotidiana de la Invasión, es casi lo de menos. Porque, cuando escribimos ‘matando siglos después’, nos referimos a muertes físicas durante los siglos XX-XXI y no a dolencias académicas y/o simplemente protocolarias. En suma, nos referimos a vidas humanas y destrozos ambientales.

La idolatría colombina tiene muchos templos pero sólo nos vamos a centrar en uno: el Faro a Colón, colosal mamotreto que fue planeado en los años 1920’s –siendo Joaquín Balaguer el canciller del sátrapa Trujillo- y que, finalmente, fue inaugurado en 1992 por el mismo Balaguer, ya ascendido a presidente de República Dominicana [la sinuosa peripecia de Balaguer sólo tiene un interrogante: ¿cuánto le dio a Vargas Llosa para que escribiera en el año 2.000 La fiesta del chivo denunciando a toda la corte de Trujillo pero salvando de la quema a su heredero y mayor verdugo, el presidente ciego que todo lo veía?]

Monumento en Felidia (Cali, Colombia) a los tres aviones que se estrellaron en los montes cercanos

En una América Latina empobrecida, el proyecto de mega Faro iba viento en popa hasta que, en 1937, un accidente aéreo dio al traste con sus megalómanas perspectivas: sucedió que, en ese año, cuatro aviadores latinoamericanos, hicieron un periplo por América del Sur y Caribe para recaudar dinero para su construcción –en esos años, todavía relegada a los planos de papel. Por desgracia para los pilotos y copilotos, tres de aquellos aviones se estrellaron y sus siete tripulantes murieron en los Andes. Un cuarto avión sobrevivió gracias a que su piloto hizo caso de los locales quienes advirtieron que la ruta escogida por los otros tres, serpenteando entre desfiladeros andinos, era demasiado peligrosa.

Décadas después, el (ex) sátrapa Balaguer expolió al pueblo dominicano para finalizar el maldito Faro. Los quisqueyanos, hambreados, fueron obligados a la emigración masiva pero el monumento fue abierto aunque hoy esté semi abandonado. Y con razón porque su museo interno está plagado de piezas ridículas propias de las tiendas de los aeropuertos y nadie se atreve a utilizar sus lóbregos corredores para celebrar en ellos ni siquiera alguna ceremonia protocolaria.

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