Las Constituciones imposibles

Lo que me pregunto es el porqué de que en España la cosa pública y, como consecuencia lógica la privada, está condenada al albur de la paradoja, al purgatorio de las maldiciones, a la cuadratura del círculo o quizá al limbo de las premisas falsas. Sin duda los caciquiles casinos del farias y la copa de solysombra, las dehesas del latifundio y escopeta nacional, la religión costrosa e inquisitorial y retrógrada, las supersticiones grabadas a buril, la torería burocrática y todos los énfasis del costumbrismo de peladura patatera, la política de esencia nepótica, el barroquismo sectario que fatiga las nuevas ideas hasta esterilizarlas: porque si algo no se me ha ocurrido a mi mejor echar tierra encima; no se le vaya a ocurrir a otro, se lleve el mérito y le pongan a él los galones. España está tarada por demasiado peso arcaico, está fondona, vieja, achacosa, maniática, psicótica, insoportable. Y aún pretende ser una flor de lirio permanente, a costa del gasto considerable en cosmética y en pastillas contra la depresión.

Empezando por la base, la misma ley de leyes: la Constitución. La Llave de lo que se puede y no puede hacer, legalmente hablando. Un asunto muy candente, cuando los catalanes insisten perentoriamente en su independentismo. Y los vascos caminan en la misma dirección.

Sucedió, lo dice la Historia, que el pueblo español, en su ignorante vehemencia, se sublevó en 1808 en Madrid, se desangró por la independencia del francés y a favor del absolutismo borbónico. Al inútil de Fernando VII se lo pusieron en bandeja. Enseguida abolió la Constitución “La Pepa” (promulgada en 1812), deshizo las Cortes de Cádiz y continuó con la acostumbrada tiranía de la dinastía Bourbon. Borbón igual a maldición. Vivan las caenas.

A los pensadores partidarios de la Ilustración se les colocó el rótulo de “afrancesados”, se les hizo la vida imposible y alguno incluso decidió suicidarse, como fue el triste caso de Mariano José de Larra.

Napoleón había invadido España. Pero Francia era la ilustración y la modernidad. Una República que usó la guillotina a tiempo para erradicar la arrogancia explotadora de la aristocracia. Los españoles prefirieron profundizar en el atraso, el hambre, la ignorancia, la explotación vil y el derecho de pernada. Las costumbres sempiternas de la patria monárquica. Pero dizque eran independientes ¿de qué? De seguir siendo parias de la tierra y famélica legión. Los fusilamientos de Goya hablan de víctimas, mientras el monarca borbónico vivía como dios en un exilio dorado.
Expulsado José Napoleón y otra a vez en el poder, Fernando VII volvió por sus fueros. Pocos monarcas disfrutaron de tanta confianza y popularidad iniciales por parte del pueblo español. “El Deseado” pronto se reveló como un soberano absolutista, y uno de los que menos satisfizo los deseos de sus súbditos, que lo consideraban sin escrúpulos, vengativo y traicionero. Rodeado de una camarilla de aduladores, su política se orientó en buena medida a su propia supervivencia. Los españoles son unos a la hora conjugar el pasado y el presente de los verbos. Ahora repetimos historias con “El Campechano”.

Por cierto, fue el líder conservador Antonio Cánovas del Castillo dijo la frase lapidaria y fatalista de que “español es el que no puede ser otra cosa”.

Y sigue el “déja vu” de la política española de ayer, de hoy y de siempre. Antonio Cánovas del Castillo fue una de las figuras más influyentes de la política española de la segunda mitad del siglo XIX, al ser el mayor artífice del sistema político de la Restauración borbónica de Alfonso XII (1874-1931: hasta la Primera República). Cánovas está considerado como uno de los más brillantes políticos conservadores de la historia contemporánea española; aunque fue criticado por sus detractores por crear una falsa apariencia de democracia mediante el «turno de partidos»; por suspender la libertad de cátedra en España o por su postura favorable al esclavismo. Se denomina «canovismo» a la corriente política que tiene por fondo la implantación de una democracia no revolucionaria y tradicional al modelo británico. Ésta, sustentada en la monarquía, creía en el bipartidismo y la alternancia del poder. ¿A qué nos suena esto?

Sin embargo, persistimos empecinados en la obcecación y en el error de dejar que nos mangoneen la vida las oligarquías y sus lacayos. Después del golpe de estado monárquico y nacional-católico contra la Segunda República en 1936, tras cuarenta años de dictadura fascista, se ha vuelto a cerrar el bucle. Se pactó a espaldas de los de abajo y aún estamos pagando la factura de las consecuencias de dejar el entramado del Régimen intacto. Así pues, 70 años más tarde de la sublevación popular de los arcabuces y los navajones de Albacete, las fuerzas políticas de la llamada izquierda, claudicaron ante los baluartes oligárquicos del franquismo. Aceptaron la actual Constitución de 1978. Santiago Carrillo y Felipe González fueron las principales estrellas de esa película continuista. Aceptaron la entronizacion de Juan Carlos I de Borbón, el elegido por Franco. La propaganda lo vendió y lo sigue vendiendo ese proceso como modélica Transición. Kissinger y la CIA no andaban lejos. Y en ella y su corrupción generalizada, empezando por la propia Casa Real, nos hallamos instalados en el estiércol de la ausencia de moralidad.

Para que no hubiese dudas ni suposiciones, el rey es absoluto e incuestionable jurídicamente. A despecho de cualquier principio democrático, nadie le puede juzgar. Juan Carlos I está por encima del bien y del mal por la gracia de Dios. Puede delinquir o hacer lo que le venga en gana porque está por encima de la ley.

A mi modo de ver no hay diferencia de fondo. Esto de hoy es un nuevo absolutismo disfrazado. No se diferencia sustancialmente de su antepasado Fernando VII. Tan sólo es una cuestión de estilo, pero en un caso u otro la Constitución está lastrada de invalidez democrática. Carece de legitimidad. Al menos Fernando VII no disimulaba.

No hay que olvidar que España es el portaaviones geoestratégico de EEUU para controlar Oriente Próximo y las reservas de petróleo. Franco pactó en su día con los americanos. El PSOE tenía en su programa electoral un imposible: la no entrada en la OTAN. Kissinger, premio Nobel de la Paz en el bombardeado Vietnam, no anda nunca muy lejos.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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