Mercados marcados: México, Argentina y Nueva York

Mercados marcados: México, Argentina y Nueva York
El primer Pájaro loco que se me perdió en México, era un libro de unas imágenes brutales…
Yván Silén
But don’t discard the possibility that it may had been the case that the Norton, La Poderosa, had a larger role in shaping history than what history books tell us.
Cesar
Pero lo más sorprendente de todo es que el gran «Bird» se presentó en Toronto sin su saxofón, ya que lo había empeñado poco antes en alguna tienda de Nueva York para costearse su dosis de heroína, según cuentan varias enciclopedias del jazz. Por ello, tuvo que acudir de urgencia a una tienda de instrumentos de Toronto, en la cual tan sólo pudieron prestarle un saxofón de plástico.
Israel Viana

México

Los edificios parecen libros
amontonados de silencio
mientras el otoño
se detiene en un funeral de horas
y alguien pronuncia mi nombre detrás de la ausencia…
El pájaro loco (1972)

Sin más, el vuelo del aeropuerto de Detroit al DF encara su teleología: dar con el manuscrito que, a principios de los setenta, perdió un escritor puertorriqueño (Yván Silén) en “la ciudad más transparente” (el DF de Carlos Fuentes). Viaje literario, en más de un sentido. Por un lado, como búsqueda del poemario perdido, El pájaro loco de Silén; por el otro, como traslación afortunada de la poesía puertorriqueña, escrita en Nueva York en español (El pájaro loco, 1972), a la prosa poética de Octavio Paz:

Diego [Rivera] no tuvo el pathos y la furia de [José Clemente] Orozco pero no fue un pintor frío: fue un pintor sensual, enamorado de este mundo y de sus formas y colores. Por esto pensé en el fauvismo al hablar de su amor a la naturaleza y a la mujer. ¿Cómo olvidar la terrestre hermosura de los desnudos de Chapingo? Pero también fue un pintor frío: el Diego Rivera didáctico, discursivo, prolijo (“Revisiones: la pintura mural,” 1986).

Entre librerías del DF, voy y vengo. Recorro el centro histórico, de la Calle Tacuba a la Avenida Juárez. Husmeo. Busco y rebusco entre agujeros y pliegues coloniales; entre edificios y esquinas de papel; “debajo” de las aceras. En las librerías de viejos libreros, pregunto; en las bibliotecas, reviso papeles amarillos (las manos me huelen a tinta). Me planto por un momento en El Zócalo. Oteo. Enfilo hacia el Antiguo Colegio San Ildefonso, donde estudió Paz. Indago en los bares y en las pulperías de la zona. En las librerías de libros usados, manoteo títulos de Enrique Laguerre, Manuel Maldonado Denis, José Luis González, Luis Rafael Sánchez, Rosario Ferré, Ana Lydia Vega.

Finalmente, en una librería de la Calle 5 de Mayo, diciendo que sí como un loco; que, en efecto, tenía unos textos viejos de Silén, el librero con cara de Carlos Monsiváis baja a buscar el tesoro. ¿El pájaro loco? Mientras llega del sótano, hojeo algunos libros de Paco Ignacio Taibo y de Enrique Dussel. La realidad de que el viejo aparezca con el manuscrito de El pájaro loco parece burdamente literaria. Por eso, cuando regresa con algo en las manos, la librería titubea, como si fuera literatura movediza (en el DF todo tiembla).

En vez del manuscrito, el librero llega con dos novelas, La biografía (1984) y La casa de Ulimar (1988); las dos primeras de Silén, publicadas, ciertamente, en la Calzada San Lorenzo, México, DF. Dos novelas metanarrativas, de tapas amarillas, como la antología publicada antes, Los paraguas amarillos. Los poetas latinos en Nueva York (1983). A falta de pan, me digo, galletas. La aparición inesperada de las novelas termina en una compra feliz, que transforma la búsqueda del manuscrito perdido de Silén (a quien cito sin más): “El releer El pájaro loco es infinitamente releer una tristeza y un olvido. Él es un Cristo ebrio que alucina y sabe que la primera vez (de ser él) se perdió a sí mismo entre los cafés mexicanos.”

De la Calle 5 de Mayo, esquina con Palma, hasta el Parque Alameda, me desplazo hacia el oeste. Camino con gusto, como si estuviera recorriendo Nueva España con Los infortunios de Alonso Ramírez (1681) en la mano. Voy hacia el parque que pintó Diego Rivera, en busca de una sombra para sentarme a hojear las novelas de Silén. Llego al kiosco central. Merodeo un poco. Al rato, me alejo del bullicio y me tiro a leer bajo dos sombras diferentes. Una hora después, reemprendo la caminata. Llego hasta la Calle Mora, al otro lado de la cual me topo con algo insólito: el Museo Mural Diego Rivera, frente al cual no puedo sino pensar en Octavio Paz, el de la prosa poética: “¿Cómo olvidar la terrestre hermosura de los desnudos de Chapingo?”

Hallazgo feliz: la pintura de Rivera, sobre todo Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947), con sus personajes históricos, como José Martí y Frida Kahlo, entre tantos otros, evoca la presencia simbólica de Paz, el ensayista, no el poeta ni mucho menos el intelectual público que emergió después de Tlatelolco (1968). Rostro del escritor que, en Los ciudadanos de la morgue (1997), Silén celebró enérgicamente como prosista poético, no como poeta: “Paz es verdadero poeta en la sabiduría de su prosa… es uno de nuestros grandes ensayistas, pero no uno de nuestros grandes poetas… El poeta que Paz exhibe en sus ensayos todavía no posee parangón… poeta del asombro del ensayo.”

Encuentro final: más de tres décadas después del manuscrito perdido, reescrito y publicado en 1972, la editorial Colección Maravilla publica una Edición Conmemorativa (1972-2013) de El pájaro loco, en la cual Silén reitera la poesía del pájaro guevariano en una suerte de prefacio: “La guerra todavía es posible.”

Argentina

La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Julio Cortázar
La moto, muy difícil de dominar con el peso colocado en una parrilla que queda detrás del centro de gravedad, levanta la parte delantera al menor descuido y nos tira lejos.
Che Guevara

De Buenos Aries a Nueve de Julio. Recorro la Provincia de Buenos Aires a través de la Ruta Nacional 5: una línea descendente, de poco zigzagueo, con flujo en dos direcciones. Línea que atraviesa la provincia colindante, La Pampa, donde muere, exangüe. De Luján a Nueve de Julio me tocan cinco paradas a lo largo de la 5: Mercedes, Suipacha, Chivilcoy, Alberti y Bragado, en las cuales, según un crítico literario de San Telmo, Buenos Aires, puede estar el chasis de la moto, Norton 490cc (1947), que manejó Che Guevara en los cincuenta. Una motora literaria que, como las espadas de El Cid, tiene su epíteto: “La Poderosa.”

Entre chatarras carcomidas por la humedad, la indiferencia y el tiempo, me muevo de un galpón a otro, manoteando lo que veo —los dedos me huelen a fierro— como si estuviera en Santurce, Puerto Rico, durante la primera parte de los setenta, llevando mercancía en un carretón de mano por la Calle Las Palmas y la Calle Cerra, frente al reciclado de metal, en la esquina donde Pepe el saquero acumulaba sacos de café para revenderlos (aunque su verdadero negocio era la cocaína).

En Alberti, en un galpón que parecía una metáfora criollista de la primera parte del siglo XX, tratan de venderme los escombros de una Vespa cortazariana. Reculo. ¿Una bicicleta de Antonio Berni? ¿Un fuselaje de León Ferrari? No muerdo. Tampoco acepto la carcasa de un Ferrari que, en Bragado, me aseguran, pertenece a La guaracha del Macho Camacho (1976). Mentiras. La literatura es una cosa y la realidad otra. Ninguno de los cigüeñales que me hicieron tocar en Mercedes, pertenece a los vehículos de “La autopista del sur” (1966), cuento de Cortázar. Tampoco era legítima la puerta del MG que, según Rodrigo Fresán, pertenecía a The Movie Goer(1961), novela usamericana.

En Nueve de Julio, recorro galpones con hierros parecidos: una parrilla de Adán Buenosayres (1948), unos alambres de Respiración artificial (1980), varios tornillos del féretro de Santa Evita (1995), cadenas de Alfonsina Storni y de Alejandra Pizarnik, las herramientas usadas en la Invención de Morel (1940), algunas poleas del peronismo y del kichnerismo  de José Pablo Feinmann…

En fin, una montaña de bolazos literarios, hasta que, en el galpón de una quinta decimonónica, apareció lo inesperado: Don Quijote en motora (1993), libro del historiador Fernando Picó, en el cual Don Quijote, en vez del Che, corre la Norton, esta vez por Puerto Rico, asediado por la criminalidad y el consecuente control de acceso a las urbanizaciones, antes abiertas al tráfico de motoras como la de don Quijote. Norton que, me decían en el galpón, era exactamente la que tenía frente a mis ojos.

Al abrir el libro de Picó, una nota periodística en inglés perfora la página donde se escondía. Lo que leo, parece literatura: interpretación de la experiencia motera del Che por Suramérica que protagoniza el papel de la Norton 490c, según la cual, el viaje en una motocicleta como la Norton, para nada confiable por sus constantes averías, debió haber promovido la sociabilidad del Che con las comunidades donde arreglaban La Poderosa. De haber viajado en una BMW o en una Honda, se plantea, quizás la sensibilidad del Che no habría aflorado como floreció, ya que hubiera tenido menos contacto con la gente y sus problemas. Hallazgo feliz, me digo.

En vez de la Norton de don Quijote, compro el libro de Picó con la nota escondida, cuya ecuación acepto como literaturización sobre ruedas: las malas motos como la Norton producen buenos revolucionarios como el Che.

De Nueve de Julio regreso a Buenos Aires. La Ruta 5 se disparaba como una Norton ebria, zigzagueante a lo largo de una línea mayormente recta. Durante el recorrido, las referencias literarias, cada vez que un camión con reses pasaba por el lado, resultaban dramáticas. “El matadero” (1830/40), cuento de Esteban Echeverría, hacía pensar en la sociología de Charles Wright Mills (1916-62), a quien Carlos Fuentes dedicó La muerte de Artemio Cruz (1962): sociólogo en motocicleta (BMW), para quien el activismo fue una faceta esencial de la sociología, por lo que marcó la izquierda de 1960 en Estados Unidos.

La posibilidad de articular, en un viaje de regreso, algún fragmento de Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta (1974/2008), resultó incómodo: “Sin quitar la mano del manillar izquierdo de la moto, puedo ver en mi reloj que son las ocho y media de la mañana. El viento, aun yendo a cien kilómetros por hora, es tibio y húmedo.”

En una vía como la Ruta 5, no era fácil mitigar la violencia de la razón instrumental con la imaginación cálida del arte, a la manera zen, pues el menor descuido del volante prometía ser fatal, como en la “Noche boca arriba” (1956), otro cuento de Cortázar, en el que un moteca mesoamericano sueña que ha tenido un accidente en motocicleta.

Nueva York

Porque después del paso de Johnny por el saxo alto no se puede seguir oyendo a los músicos anteriores y creer que son el non plus ultra…
Julio Cortázar

Como en toda aventura, la de dar con el saxofón de plástico que Charlie Parker usó el 15 de mayo de 1953 en Toronto, Canadá, depende por un lado de la suerte —¿no la tuvo Hernán Cortés en 1519?— y por otro lado, de que el lenguaje esté listo a enfrentar los retos literarios de esa búsqueda en Manhattan, donde Parker se latinizó tocando con Machito a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. Justo cuando Nueva York se hacía centro del mundo (y Fernando Botero se daba cuenta que la ciudad del expresionismo abstracto le cerraba las puertas a su pintura).

Recorridos el Bronx, Harlem, El Barrio y Loisaida sin el más mínimo indicio del plástico blanco del saxofón de Charlie, la búsqueda se amplió al saxo amarillo que salía en la carátula del CD, South of the Border (1995), recopilación de temas latinos que Parker tocó de 1948 a 1951, entre los que destaca, para el hedonismo melómano, “Un poquito de tu amor,” de Xavier Cugat.

En El Barrio, la aparición del saxofón que había tocado Tito Puente antes de pasarse a los timbales, abrió una cadena de contigüidades que fue imposible detener. Entre otros saxofones que pasaron a ser objetos del deseo literario, los de la poesía nuyorican, como en Snaps (1969), ejercieron considerable presión a la hora de negociar realidades concretas; y de tramitar recursos limitados.

La ausencia del saxofón de plástico de Charlie Parker devino, en una librería de Times Square, en otro hallazgo afortunado: la aparición de Dizzy (1992), compilación de fotografías de Dizzy Gillespie, trompetista a quien, en 1953, en Toronto, Parker acribilló con el saxofón ad hoc, de plástico, que le prestaron para tocar esa noche. Libro que recoge, como en el CD de Parker, momentos clave en la latinización de Dizzy, padre del cubop, con Mario Bauzá. Momentos como el que Dizzy sale tocando un trío de congas negras; las cuales, según Izzy Sanabria, alias Mr. Salsa, llevan años abandonadas en un sótano de El Bronx, junto a un saxo tenor de Chombo Silva (citado en el poemario de Victor Hernández Cruz, Snaps) y una trompeta de Jerry González.

Por su conexión afrocaribeña, la foto de Dizzy desbordó aún más la búsqueda de saxofones caribes, como el tenor de David Sánchez, el alto de Miguel Zenón; los que, por contigüidad boricua, remitieron al piano neoyorquino que Rafael Montañez Ortiz, fundador del Museo del Barrio, destrozó en los sesenta; al trombón de pistones de Juan Tizol, tocado en “Caravan” (1937), un clásico al cuadrado; a los timbales que el artista Rafael Ferrer usó en una instalación de los setenta, Untitled. Las ofertas que iban surgiendo en la búsqueda (en la brega) —como la trompeta que había sido de Cortázar, las teclas de un piano de Felisberto Hernández, la guitarra de un poema de Borges y el piano de una novela de Silén— proliferaron al estilo neobarroco de Severo Sarduy, cuyo poemario, Mood índigo (1970), trataron de vender en Harlem como si hubiera sido una coproducción con Duke Ellington.

Proliferación, condensación y sustitución; intensidad sarduyana que duró hasta que apareció en una covacha de Loisaida llena de ratas silenistas, el alto de Paquito D’Rivera, Mi vida saxual (2001), metido en un estuche de saxofón que había sido de Leonardo Acosta (etnomusicólogo de la cubanía zonera-sonera-jazzística).

Hallazgo doblemente feliz. Del saxofón de Paquito saltó un poema escatológico de Martín Espada:

The apparition of a salsa band
Gleaming in the Liberty Loan
Pawnshop window:
Golden trumpet,
Silver trombone,
Congas, maracas, tambourine,
All with price tags dangling
Like the city morgue ticket
On a dead man’s toe.

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LQSRemix

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