Ni arcabuces ni caballos: ¡los perros!

Nònimo Lustre*. LQS. Noviembre 2019

España está inundada por la propaganda de Hernán, una serie mexicano-española -o viceversa- sobre Hernán Cortés. No he visto ninguno de sus capítulos pero sí varios trailers y docenas de fotos del rodaje o de la propia serie y en ninguna parte he visto perros. Quizá esto no signifique nada, quizá aparezcan en algún capítulo en cuyo caso rectificaré con sumo gusto esta mi primera sensación: que, una vez más, los perros son los grandes excluidos de la Invasión de las Yndias. Por ello, toda crónica que no los incluya e incluso destaque, es intrínsecamente mentirosa.

Las armas de fuego no fueron especialmente decisivas durante los primeros años de la Conquista. Y no sólo lo sostiene servidor sino un soldado invasor: “en contextos húmedos las escopetas, mosquetes y arcabuces eran ineficaces, lo que obligaba a estar en constate alerta con los perros: ‘ya hemos visto en repentinas emboscadas no poder encender la cuerda, ora sea por la humedad o por la prisa, y otras veces, aunque lo estén encendidas, no tomar fuego el polvorín y ya que lo tomase no disparar el arcabuz por la humedad de la pólvor'» (Vargas Machuca, cit. en Los perros en la conquista de América: historia e iconografía, por Alfredo Bueno Jiménez, de quien tomamos las siguientes citas)

En cuanto a los caballos, me sorprende e incluso alucina que todavía se sostenga que ‘los indios creyeron que los españoles eran centauros’ o que los caballos, bestia desconocida, causaban pavor entre los aborígenes. Por favor, un poco de sentido común: los caballos eran valiosos para desplazamientos rápidos pero ahí terminaba su utilidad bélica porque el caballo es frágil -por su volumen, objetivo fácil para un arquero, hondero, lancero o macero-, nervioso e incapaz de subir montañas. Esa majadería de los centauros se acabó el día en el que los invadidos vieron descabalgar a los jinetes -es decir, el primer día. Y tampoco es cierto que fueran absolutamente desconocidos puesto que el Hiparión, caballito salvaje autóctono, existió hasta el año 8.000 bC, es decir que los amerindios le conocieron -y, probablemente, le exterminaron. Podemos creer que desde su ‘extinción o exterminación’ hasta la Invasión pasaron miles de años. De acuerdo, pero los recuerdos míticos duran también miles de años y que se encuentren muy pocos o que no haya un corpus que recoja esos mitos ecuestres sólo significa que los mitógrafos coloniales no han sido suficientemente expurgados.

Antes de la Invasión, los perros domésticos eran comunes en todas las Yndias, islas caribeñas incluidas. Claro que eran unos cánidos muy especiales: pequeños, lampiños en muchos casos, mudos y, en definitiva, aptos para el consumo humano. Para Sahagún, los perros mexicanos tenían cuatro nombres: chichi e itzcuintli, o tetlamin y teuítzotl. Pero, para otros autores, también había otras razas que se llamaban xoloitzcuintli, tlalchichi y los inmediatamente exterminados techichis o “perrillos comestibles”. En cuanto al Perú, esos perrillos mudos eran conocidos como ollcos en quechua o anocaros en aimara aunque existía otra variedad, los apuurcos, cuya carne sólo era consumida por los más pobres entre los pobres (apud Bueno, op. cit.)

Por tanto, las culturas amerindias conocieron a los cánidos indígenas -todavía pueden verse en todas la Américas- pero no les especializaron en matar al prójimo. Así pues, eran civilizaciones que, seguramente adrede, no utilizaron todos los recursos naturales. Sacrificaban a los enemigos, cierto, pero guardaron una pizca de sensatez a la hora de perfeccionar su arsenal bélico. Y así les iba… hasta 1493.

“Los canes peninsulares fueron introducidos en el segundo viaje de Cristóbal Colón en 1493, siendo el capellán real y deán sevillano Juan Rodríguez de Fonseca, el encargado de equipar la flota, a la cual proporcionó hasta un total de 20 mastines y galgos de pura raza… desde los típicos alanos, que en muchas ocasiones aparecen en la documentación histórica indistintamente como lebreles, tratándose de nombres genéricos para referirse a los perros de guerra, independientemente de la raza canina a la que pertenezcan… El lebrel español (galgo), probablemente fue uno de los perros más usados por sus buenas cualidades para la caza mayor y captura de piezas menores; el mastín, raza de perro boyero de gran tamaño…; el podenco, de aspecto semejante al chacal, fue muy utilizado para la caza de piezas pequeñas; el sabueso, más vinculado con el rastreo y búsqueda de presas por su gran capacidad olfativa.” (Bueno, op.cit.)

No los caballos ni los centauros ni los arcabuces sino estas bestias cánidas eran las que realmente causaban pavor entre los aborígenes “pues sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas: sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillo… Son muy fuertes y robustos, no están quietos, andan jadeando, andan con la lengua colgando” (Sahagún, cit. en Los perros de la guerra o el “canibalismo canino” en la Conquista, Ricardo Piqueras; obra de la que, junto con la de Bueno, provienen las citas posteriores)

Y, en efecto, los perros eran temibles. Sin ellos, la conquista hubiera sido mucho más difícil. En docenas de páginas se lee que un perro de guerra equivalía a diez o veinte soldados. Pero lo que hoy nos interesa no es tanto su cotización militar sino el criminal, genocida -y olvidado- amaestramiento al que fueron sometidos por sus amos. Porque las Crónicas están plagadas de narraciones no sólo laudatorias de su utilidad bélica -que también-, sino de la crueldad con la que fueron azuzados por los invasores.

Comencemos por los infanticidios: “en una provincia de la Nueva España, yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando qué cazar, parecióle que tenían hambre los perros, y toma un muchacho chiquito a su madre, y con un puñal córtale a tarazones los brazos y las piernas, dando a cada perro su parte, y después de comidos aquellos tarazones, échales todo el cuerpecito en el suelo a todos juntos” (Las Casas)

Otrosí, en cuanto a su papel como torturadores y verdugos de adultos: “Estaba por allí un español que tenía el perro por la cadena; y, como el perro vía al cacique con la vara y mucho menearse, cebábase muchas veces a querer arremeter a él, como estaba en desgarrar indios tan bien amaestrado, y con dificultad el español lo podía refrenar. Y dijo a otro español “¿Qué cosa sería si lo échasemos?” Y dicha aquella palabra, él o el otro revestidos del diablo, dijo al perro: “Tómalo”, burlando, creyendo poderlo tener. Oído el perro “tómalo”, arremete con tanta fuerza como si fuera un poderoso caballo desbocado, y lleva tras sí al español, arrastrándolo; y, no pudiéndolo tener, soltólo, y va tras el cacique y dale un bocado de aquellos ijares; y creo, si no me he olvidado, que le asió de las tripas, y el cacique huyendo a una parte y el perro con ellas en la boca y tirando hacía otra, las iba desliando” (ibidem)

Hubo perros cuyos nombres pasaron a los anales: Becerrillo, Leoncillo, Amadís, Bruto, Turco, Calisto… y el verdugo del héroe indígena proto-venezolano Tamanaco, destrozado por Amigo, que le “separó del cuerpo la cabeza, sirviéndole las garras de cuchillo para fatal instrumento del degüello” (Oviedo y Baños)

“En la casa de este encontró Vasco llena de nefanda voluptuosidad: halló al hermano del cacique en traje de mujer, y a otros muchos acicalados y, según testimonio de los vecinos, dispuestos a usos licenciosos. Entonces mandó echarles los perros, que destrozaron a unos cuarenta” (Mártir de Anglería)

Y, el colmo del sadismo: “se consiguió tener en Popayán carnicería pública de indios para los perros; y se consintió ir a cazar con ellos indios para cebarlos y darles de comer” (Andagoya)

¿Cuánto duró la vesania cánida? Pues no mucho, menos de 50 años, puesto que enseguida hubo tantos -900 formaron parte del ejército que invadió el País de la Canela- que se asilvestraron y pasaron a convertirse en una plaga: “porque los perros bravos que servían en la guerra y habían sido sepultura de muchos reyes y caciques, faltándoles este alimento, comían los hatos enteros de ovejas y puercos con notable sentimiento de la ciudad hasta que se remedió este daño por orden del cabildo mandando, so penas graves, que cada uno tuviese atados sus perros en casa” (Antonio de Remesal) O también, “Los perros han en tanto exceso multiplicado que andan manadas de ellos, y hechos bravos hacen tanto mal al ganado como si fueran lobos, que es un grave daño de aquellas islas” (José de Acosta) Triste final para los más prolíficos asesinos de la Invasión. Después de haber sido comidos por sus amos en períodos de hambruna, por irracionales fueron exterminados por sus no menos irracionales amos, asesinos por delegación pero más pragmáticos.

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