Carlos Olalla*. LQS. Agosto 2018

A veces la vida nos invita a mirarnos frente a elementos que, como las fotos de Nicoleta, no son más que el espejo en el que podemos ver el pálido y claro reflejo de nuestra alma. Ella es una hacedora de espejos, de espejos que nada saben de falsedades o mentiras

Muchos, los más, dedicamos nuestra vida a buscar la belleza. Pero hay personas, quizá las elegidas, que han aprendido a encontrar la belleza en la búsqueda. La fotógrafa rumana Nicoleta Lupu es una de ellas. En el universo en banco y negro de sus fotografías es tanto lo que vemos como lo que intuimos. Nicoleta es evocación, evocación de todo eso que llevamos dentro y que, sin siquiera saberlo, nos recuerda que la belleza, la verdadera belleza, es la que habita en nuestro interior, un interior en paz y calma a veces, agitado las más. El fondo negro sobre el que viven sus figuras es una alegoría de la oscuridad que hoy envuelve al ser humano, ese ser perdido en un mundo que le ignora, le ahoga y le oprime y al que, solo dándonos, compartiendo lo que somos, podemos, en ocasiones, iluminar. Buscar la belleza es negar que habita en nosotros, es admitir que tenemos que buscarla fuera. Aprender a encontrar la belleza en la búsqueda, en cambio, es admitir que está dentro de nosotros, aunque muchas veces no la veamos. La verdad más profunda, la respuesta a esas preguntas milenarias que todos, tarde o temprano, nos hacemos, no está en lo que vemos, sino en lo que intuimos, esa pertenencia a un todo que existe desde mucho antes de que naciéramos y que seguirá existiendo hasta mucho después de que nos hayamos ido. Nosotros formamos parte de esa verdad, de esa belleza inasible que solo podemos contemplar cuando, cerrados los ojos, abrimos nuestro corazón a los demás. Es en la entrega, en el dar, en el darnos, donde nace y crece la belleza. Inútil, pues, pretender alcanzarla esperando o exigiendo que los demás nos den, nos la den.

A veces la vida nos invita a mirarnos frente a elementos que, como las fotos de Nicoleta, no son más que el espejo en el que podemos ver el pálido y claro reflejo de nuestra alma. Ella es una hacedora de espejos, de espejos que nada saben de falsedades o mentiras, de espejos que hablan el lenguaje sin palabras del espíritu. Su reciente exposición en el Ramsés, en Madrid, es de las que te llegan dentro, muy dentro. Sus fotografías, sin tener que pedirte permiso, entran allí donde susurra esa voz que siempre te acompaña, aunque muchas veces, el ruido que te rodea te impida escucharla. Y entran para que tú calles, para que puedas escuchar esa voz, para que puedas escucharte y reconocer la belleza que hay en ti. Las desnudas siluetas de actores, bailarinas, pintores, o cantantes recortadas en el profundo negro de ese mundo que iluminan al crear, al seguir el solitario sendero de la creación, nos hablan de todos esos yoes que, como ellos, están en el camino. Es en esas fotos, en esas sinfonías del silencio, donde nos reconocemos, donde entendemos que, aunque los demás no lo vean, no estamos solos, porque en compañía de nuestra soledad encontramos a todos los que forman parte de nosotros, a quienes nos hacen, a quienes nos habitan: los que están aquí, los que ya partieron, los que aún no han nacido. Todos están aquí. La fotografías de Nicoleta son ese espacio sin tiempo donde intuimos que, quizá incluso más allá de la laguna estigia, existe la vida, somos vida. Ella nos ofrece su mirada para que aprendamos a ver que no hay frontera que separe la realidad del sueño, la vida de la muerte, lo que somos y lo que podríamos haber sido.

Viendo la exposición de Nicoleta vinieron a mi mente imágenes largamente dormidas en ese pasado que me habita, en lo que ya se fue pero me sigue creando día a día, noche a noche, muerte a muerte y vida a vida. Eran imágenes de películas de mi adorado Theo Angelopoulos, imágenes que hablan de encuentro, de pérdida, de amor y de belleza. Imágenes de vida, de la belleza de la vida. Y, no podía ser de otra manera, el silencio de sus fotografías, me transportó a la insondable música que siempre acompaña a esas películas, la de Eleni Karaindrou, esa música que nos hace bailar con todos los que llevamos dentro, los que forman parte de nosotros, los que nos habitan y nos hacen soñar…

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