Otra cara de la Querella Argentina

A la lectura de una nota publicada por la organización CGT-Andalucía, a la redacción de LQSomos nos llamo la curiosidad de una nota recogida en la web de “Todos los nombres” publicada por el Financial Times Magazine, en julio de 2003 y a su traducción nos pusimos.

Han pasado diez años, y han cambiado algunas cosas, sobre todo las ultimas novedades con la Querella Argentina, que abre un nuevo espacio para la JUSTICIA. Porque además de asesinar, torturar… robaron y desvalijaron; resumiendo sobre el régimen franquista: ¡ASESINOS Y LADRONES!

– La nota de Coord. RMHSA de CGT-A:

No deja de ser curioso que con todo, y bueno, que se está escribiendo sobre la QUERELLA ARGENTINA, nadie (quizás la culpa sea nuestra, por no ¡¡reiterarlo!!) haya prestado atención o hecho mención, que una parte importante de la querella es sobre «los trabajos forzados del franquismo» y escrito nada sobre estos, entre otros, candidatos a ser convocados por la Juez Servini.

Florentino Pérez, Presidente del Consejo de Administración de DRAGADOS Y CONSTRUCCIONES (ACS).

José Manuel Entrecanales, de ENTRECANALES Y TAVORA (ACCIONA)

Gonzalo Ferre Moltó, Presidente de Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF)

Julio Gómez-Pomar Rodríguez, Presidente de RENFE
Juan-Miguel Villar Mir, Presidente del Consejo de Administración de HUARTE (OHL)

Quizás antes de la personación en los juzgados de Buenos Aires, el 20N, se escriba de estos personajes, que en ningún momento se han dado por aludidos en el asunto del uso, y abuso, de la mano de obra esclava de los presos políticos del franquismo, a pesar de que en el 2003 (Financial Times Magazine, n.º 11, 5-julio-2003, pp. 22-27) ya se les comentó algo a través de los medios (económicos) especializados.

– La traducción del reportaje de julio de 2003:

Los esclavos de Franco, por Leslie Crawford

Traducido para LQSomos por Mónica Oporto.

El hombre de la imagen pasó siete años en uno de los campos de labor de Franco, cortando rocas para el Canal del río Guadalquivir. Su diaria ración de alimentos era una tercera parte de una lata de sardinas y un trozo de pan. Franco hace bastante que murió, pero sólo hoy emergen las historias de los campos de concentración –una historia que demuestra que la España moderna, y las fortunas de algunos de sus más grandes compañías constructoras, fueron erigidas por el trabajo forzado de prisioneros políticos.  Leslie Crawford encuentra que muchos españoles son reacios al conocimiento de esta historia y las empresas no manifiestan el deseo de admitir su participación.

Antonio Roda, de 86 años, volvió a la zona del canal donde él y otros presos políticos fueron forzados a trabajar.  El Canal del Guadalquivir fue el proyecto de infraestructura del general Francisco Franco. Dicho canal tiene 180 km de largo, la construcción demandó 22 años y se construyó con trabajo esclavo. Pisando a través de campos de hierba, Roda se detiene antes de unas losas de cemento ahora abandonadas. “Creo que este era el borde del campo de concentración” dice, mirando a través de las cataratas que nublan sus ojos. Lentamente las formas rectangulares del campo comienzan a tomar forma, sobre losas desechadas de cemento. “Este debería haber sido nuestro dormitorio, y más allá, el cuarto de oficiales y, más al medio, el patio donde éramos contados cada mañana”.

La modernidad ha borrado mucho del pasado de Roda. Una carretera, financiada por la Unión Europea acorta el tramo del canal, justo al sur de Sevilla. Fábricas ubicadas a lo largo de uno de los lados de la carretera, en los suburbios sobre el otro lado. No existen señales o marcas que permitan la Memoria en el sitio que fuera el campo de concentración Merinales que ofició de cadena que aprisionó a aquellos que construyeron el canal del Guadalquivir.

Por siete años, Roda trabajó junto a cientos de detenidos políticos en lo que llevó a ser conocido como el “canal de los prisioneros”. Fue un trabajo agotador, cada prisionero tenía asignado un cierto tonelaje de tierra y rocas que debía cortar con picos y palas, y luego removerlo sobre sus espaldas desnudas. La ración diaria de alimentos, recuerda Roda, consistió en una lata de sardinas y un trozo de pan para ser compartido entre tres prisioneros. La desnutrición y las enfermedades que se producían como consecuencia: tuberculosis, tifoidea y disentería, eran corrientes entre los detenidos. Los golpes eran comunes, la humillación era la norma.

Desde la muerte del dictador, en 1975, los políticos de todas las tendencias esperaban que el tiempo pudiera borrar este oscuro capítulo de la historia reciente de España.  España no puso en discusión el régimen de Franco, incluyendo el sistema de trabajo forzado que finalizó en la década de 1960, y que esclavizó a más de 280.000 prisioneros políticos. Sin ellos, a Franco no le hubiera sido posible reconstruir un país destrozado por la guerra tan pronto y tan barato como lo hizo. Tampoco habrían podido los contratistas privados, incluyendo algunos grupos líderes en la construcción, alzarse con enormes fortunas como las que gozan hoy.Tal vez por esto es que los contratistas privados están justamente tan ansiosos de olvidar el pasado, tanto como el Estado lo está. No ha habido acto de contrición ni hubo oferta de reparación  moral o económica de parte de aquellos que utilizaron el trabajo de los prisioneros hacia quienes fueron esclavizados por el régimen franquista.

Es sólo ahora, 28 años después de la muerte de Franco, que una nueva generación de historiadores y activistas políticos que han, a veces literalmente, comenzado a desenterrar el pasado. Los enterramientos masivos han sido exhumados a través del país y una gran masa de españoles buscan a sus parientes desaparecidos.

Los sobrevivientes de los campos de concentración de Franco están pudiendo contar sus historias pero ¿está el pueblo español listo para escucharlos?

Roda tiene ahora 86 años. Él era fabricante de sombreros. Se unió al ejército Republicano a comienzos de la guerra civil, en 1936. Ascendió a capitán y estuvo al frente de varias misiones peligrosas que incluyeron espiar a través de las líneas enemigas. Fue capturado por las fuerzas de franco en junio de 1939, después que la guerra había oficialmente terminado, y se enfrentó una corte marcial que lo condenó a muerte. Su condena fue conmutada por 30 años de trabajos forzados, así fue como terminó en el campo de concentración Los Merinales de Andalucía.

El Canal del Guadalquivir fue por entonces la más grande obra de infraestructura que se realizaba en España. Atravesando Andalucía, desde el pueblo de Peñaflor al puerto de Sanlúcar de Barrameda, desde donde Cristóbal Colón partió hacia América. Posee 80.000 has. con irrigación, transformando el paisaje que pasó de una tierra árida a una región rica y fértil para la agricultura. Esto permitió hacer fortunas a los propietarios de las tierras que antes sólo las poseían sólo para el pastoreo.

La pregunta es quién se benefició con al trabajo de cientos de prisioneros políticos es aún una pregunta sensible.

Antonio Miguel Bernal, un profesor de historia económica en la Universidad de Sevilla nos dice: “los terratenientes a lo largo del canal se transformaron instantáneamente en ricos cuando sus posesiones fueron beneficiadas por la irrigación. Sabemos cuáles son las familiares que se hicieron inmensamente ricas, pero ninguno admite que su riqueza fue creada con el uso de trabajo esclavo”.

Bernal decidió presentar su investigación en un congreso de comunidades agrícolas asentadas a lo largo del Guadalquivir. Para su sorpresa, la pregunta de si ellos deberían reconocer la deuda con los prisioneros que construyeron el canal fue recibida con una tormenta de indignación.

“Los terratenientes se levantaron de sus asientos y permanecieron agitando sus puños hacia mí” recordó Bernal. “Se me acusó de hurgar en vidas ajenas y me llamaron sinvergüenza. Ellos me acusaron de reabrir viejas heridas y de querer destruir el consenso democrático logrado en España posterior a la muerte de Franco. Yo sabía que estaba presentando un tema delicado, pero no estaba preparado para la vehemencia de la respuesta”, nos dijo el profesor.

“La Guerra Civil Española no terminó en 1939”, dijo José Luis Gutiérrez, otro historiador y colega de Bernal. “El régimen nunca habló de paz; habló de ´el primer año de la victoria, el segundo año de la victoria´ y así. España se convirtió en una inmensa prisión dentro de la cual los vencidos fueron puestos al servicio de los victoriosos”. Los prisioneros políticos fueron organizados en batallones militares y puestos a trabajar para la grandeza y la gloria  del régimen –en las fundiciones de acero de Bilbao, en las minas de carbón de Asturias, en la construcción de canales y presas para electricidad, en reparación de líneas de ferrocarril, academias militares, iglesias y otras construcciones destruidas durante la guerra.

Después de la derrota de la fuerza militar de la República, Franco permaneció obsesionado en rastrear a los españoles que habían luchado del lado de los “rojos”. Las leyes pasaron, con efecto retroactivo para perseguir a quienes habían simpatizado con el gobierno Republicano. Como resultado, maestros de escuela, masones, sindicalistas, profesionales liberales y muchos otros se encontraron en la cárcel por haber apoyado al gobierno elegido democráticamente. Roda recuerdo haber compartido la celda de la prisión en Madrid con los poetas Antonio Bueno Vallejo y Miguel Hernández. Durante su encarcelación, Hernández escribió canciones de cuna para su hijo al que jamás encontró. El poeta murió de tuberculosos a los 32 años en la cárcel de Ocaña cerca de Toledo.

La guerra civil dejó medio millón de personas muertos, y un cuarto de millón de españoles en el exilio. A esto Franco le añadió 280.000 prisioneros políticos –muchos de los cuales fueron obligados a construir sus propias cárceles como Carabanchel en el sur de Madrid, y campos de concentración como Merinales en Andalucía.

A causa de la escasez laboral entre 1939 y 1945, el profesor Bernal estima que el 10% de la fuerza laboral de los varones españoles se hallaba en la cárcel –el régimen comenzó a catalogar a los prisioneros de acuerdo con su profesión y habilidades.  En 1941, los burócratas de Franco tenían archivos de 103.369 prisioneros, incluyendo 10.000 mujeres, agrupados en 24 industrias y 602 ocupaciones y profesiones. Esto le permitió al régimen el trabajo directo donde fuera requerido, ya fuera extraer carbón, trabajar el cemento o el acero. El régimen también comenzó a atender las necesidades del sector privado de empleadores que no podían encontrar mano de obra calificada en el mercado libre.

Jamás Franco quedó satisfecho por su aplastante victoria, él necesitó una justificación moral para la continuación de las persecuciones de la población civil. Lo encontró en las enseñanzas de José Agustín Pérez de Pulgar, un obispo jesuita. Después de la guerra, Pérez de Pulgar había defendido la educación de trabajadores como el mejor antídoto para el crecimiento de la influencia anarquista sobre el sindicalismo y contra las nociones marxistas de lucha de clases en España. Él enseñó a los electricistas en el instituto Católico de Artes y Artesanías en Madrid y, como graduado en ciencias y electricidad, fue uno de los primeros en proponer una red nacional de energía en España.

Cuando su instituto fue quemado por los anarquistas, Pérez de Pulgar se fue al exilio en Bélgica. Desde allí volvió al norte de España que se rindió a las fuerzas nacionalistas de Franco casi al inicio de la guerra civil. Pérez de Pulgar trabó amistad con el general que administraba las prisiones franquistas,  y juntos  idearon la justificación moral, intelectual y económica para la esclavitud de cientos y cientos de españoles.

“Hasta ahora, algunos sistemas legales han buscado la rehabilitación de los prisioneros, pero ninguno ha considerado redimir las cualidades de trabajo –una nueva y genial idea que fue conjurada desde las entrañas del dogma cristiano, por el mismo Generalísimo”. Pérez de Pulgar escribió muy atento a la “solución que España ofrece al problema de sus prisioneros políticos”, en 1939 este panfleto fue publicado por Publicaciones Redención en Valladolid.

Franco, en una entrevista garantizó a Manuel Aznar, un periodista y abuelo del actual Primer Ministro José María Aznar, explicando el razonamiento detrás del nuevo dogma: “nosotros no podemos devolver elementos dañinos a la sociedad, pervertidos que están envenenados moral y políticamente”, “pero la redención es posible a través del trabajo. Esto aun requiere una profunda transformación del sistema penitenciario, y me parece que la redención a través del trabajo corresponde al profundo concepto cristiano el cual es, en suma, socialmente irreprochable”.

“Las prisiones no serán lugares lúgubres” prometió Franco. “habrá talleres y los prisioneros serán libres de elegir su actividad. Después de un tiempo, si observamos que su conducta es de sincero arrepentimiento, y que ha incorporado verdadero patriotismo en sus acciones, luego la libertad será suya”.

A poco de esta entrevista, la Verdad para la Redención de las Sentencias de Prisión –una especie de bolsa de trabajo para prisioneros políticos- vio la luz. Pérez de Pulgar fue uno de sus directores. Los compañeros del obispo no acompañaron inicialmente el entusiasmo con el cual el Jesuita abrazó sus nuevas responsabilidades. Preguntado el prelado qué tenían en común las prisiones con la enseñanza de la electricidad, Pérez de Pulgar contestó: “obediencia”.

La Verdad fue concebida a fin de permitir a los prisioneros “redimirse” a través de trabajo forzado del “pecado” de haber simpatizado con la República Española. La analogía seudoreligiosa permitió a Franco formar un sistema de trabajo esclavo dando la imagen de una rehabilitación moral y política de sus enemigos. Aunque la imagen de la represión e ideología difirió en cada caso, la “solución” de Franco para sus prisioneros Republicanos tuvo mucho en común con el régimen de trabajo forzado adoptado en la Alemania de Hitler. Las cualidades para redimirse a través del trabajo fueron ensalzadas en los campos de trabajo nazis (“arbeit macht frei” el trabajo los haría libres), en los gulags soviéticos y en la práctica de enviar intelectuales a trabajar con los campesinos durante la Revolución Cultural China.

En lo que Pérez de pulgar llamó “una admirable pieza de jurisprudencia cristiana”, el voluntarismo para el trabajo permitía a los prisioneros acortar su sentencia de prisión, a veces por un día por cada día trabajado, a veces mas. Si el prisionero estaba casado y tenía niños pequeños, un pequeño estipendio en teoría se le pagaba para la familia. “Es que los prisioneros deberían, con su trabajo, reparar el daño hecho con su cooperación a la rebelión marxista”, escribió.

El obispo jesuita estaba preocupado porque los prisioneros no representaran una injusta  competencia con el trabajo libre. Por eso propuso que los contratistas privados podrían pagar al gobierno el salario completo que un prisionero podría de otro modo haber recibido en el mercado libre. Pérez de Pulgar escribió: “el Estado debería recibir compensación por el costo de sostener prisioneros y sus familias”. Él también creyó que el Estado estaba justificado al emplear trabajo en prisión para trabajos públicos dado que debido a “las penurias en el Tesoro sería imposible financiar estos proyectos si fuera obligado a contratar trabajadores libres”.

Los historiadores españoles han logrado consenso en cuanto a la contribución económica del trabajo de los prisioneros franquistas, a pesar del hecho de que la Verdad para la Redención de las Sentencias a Prisión mantuvo meticulosos archivos del número de prisioneros empleados en trabajos públicos o alquilados al sector de negocios privados.

A finales de 1940, de acuerdo a los registros de La Verdad, había 280.000 prisioneros políticos en España y más de 100 batallones de labor a lo largo del país. En 1943, La Verdad alquilaba más de 17.000 prisioneros por mes, con más de 8.320 en talleres en prisión. El Canal del Guadalquivir sólo absorbió 5.000 prisioneros por mes. La Verdad quedó satisfecha con el celo puesto en el trabajo de los prisioneros. En 1948 un informe enviado al Generalísimo decía: “en todas las categorías profesionales empleadas, la labor de los prisioneros han excedido gratamente la productividad del trabajo libre”.

Isaías Lafuente, autor de Esclavos por la Patria (Slaves for the nation), un horroroso relato de las vidas de prisioneros Republicanos, utilizó los registros de La Verdad para estimar que entre 1939 y 1946 los prisioneros contribuyeron como mínimo con 22.6 m días de trabajo a la economía. Lafuente estima que la contribución económica ascendió a 612 millones de Euros basado en el salario mínimo corriente, aunque admite que es una medida corrientes acerca del valor agregado generado por la fuerza de trabajo.

Algunas de las compañías y contratistas privados que emplearon mano de obra esclava de prisioneros están aun activas. Aún en España –no como en Alemania, donde el Estado y el sector privado levantaron una fundación de 5 billones de Euros  para compensar a sobrevivientes de los campos de esclavitud del régimen nazi- la cuestión de la reparación –moral o financiera- nunca había sido discutida.

La actitud de de las grandes compañías españoles es primero de negar cualquier participación y rechazar responsabilidad sobre lo que podría haber ocurrido en el pasado.

Dragados, un grupo líder en la construcción, es uno de los casos.Verdad para la Redención de las Sentencias a Prisión rogó a la compañía en varios reportes anuales por el uso judicial de trabajo de prisioneros y la construcción de represas hidroeléctricas,  presupuesto y programación de tareas. En el reporte del año 1952 se nombró a Dragados como “uno de los grupos líderes en la construcción que ha hecho uso del trabajo de prisión por los pasados 12 años”.

Cuando fueron contactados por el Financial Times, la reacción de Dragados fue hostil. La compañía negó haber usado mano de obra esclava y cuestionó al periódico por tener interés en revolver el pasado. La pregunta acerca de compensación financiera a los sobrevivientes del sistema de prisión de Franco, nunca salió a la luz, dijo la compañía.

Contactados nuevamente, esta vez se les presentaron copias del registro anual de La Verdad , Dragados respondió fríamente: “tal como indicamos, la compañía no tiene informes de los hechos que ustedes mencionan, nos causa mucha sorpresa despues de más de 50 años de ocurridos los hechos. Como resultado, es imposible obtener información acerca de los trabajos públicos de las personas que mencionan”.

En una situación sorprendente de memoria selectiva, no obstante, la compañía reclamó que existía “evidencia demostrable del gran trabajo realizado por Dragados al alquilar trabajadores, administradores y también directores que tenían prontuario, que hubieran  sido discriminados en otras empresas a causa de su ideología contraria al régimen”.

Entrecanales, otro gran grupo de la construcción ahora con el nombre de Acciona, construyó algunos de los campos de concentración de Franco en Andalucía. La compañía no respondió a las cartas enviadas por el Financial Times preguntando si los directores de Acciona y sus accionistas había alguna vez considerado reconocimiento de su deuda a los prisioneros Republicanos.

Otras compañías que hicieron uso del trabajo de prisioneros incluyen Babcock & Wilcox, el grupo de ingeniería, en Bilbao; Cementos Portland-Iberia en Toledo, Cementos Asland en Córdoba y docenas de grupos de minería, ingeniería y construcción que ya no operan en estos días. De los hombres de negocios que erigieron fortunas sobre la espalda del trabajo esclavo, quizás los más famosos fueron dos hermanos catalanes, Juan y José Banús, que no sólo construyeron al mausoleo de Franco en el Valle de los caídos, pero también acogieron prisioneros políticos para levantar edificios estatales, puertos, ferrocarriles, plantas industriales y el Puerto Banús una lujosa marina cerca de marbella que llegó a ser el lugar para el jet ser internacional en las décadas de 1960 y 1970.

El profesor Bernal cree que las empresas españolas nunca rendirán cuentas. Él explica que “en Alemania, las compañías llegaron a ser parte del esfuerzo de guerra, fueron militarizadas, y por supuesto, utilizaron trabajo esclavo. Después de la Segunda Guerra Mundial, los sobrevivientes fueron liberados. En España, ninguno fue liberado, España mantuvo enormes barracas militares, una gran cárcel”.

Aunque existen unas pocas asociaciones de prisioneros políticos, la reparación financiera no forma parte de sus demandas. La mayoría de sus miembros tienen ahora aproximadamente 80 años,  la asociación dice que sería inútil iniciar acciones legales que llevan años, o décadas para ser resueltas. Además, existe un estigma asociado a haber sido un prisionero Republicano. Los prisioneros se mantienen como parias, sin acceso a ciertas profesiones o privados de sus derechos.

“Franco instaló un profundo miedo en la sociedad española, y ese miedo está aun presente con nosotros todavía”, dice el historiador Gutiérrez. Él habla desde su experiencia personal. Su suegra, una viuda, recientemente habló de las circunstancias de la muerte de su esposo. Él había sido baleado en Cádiz por uno de los escuadrones de tiro de Franco. Le tomó a ella más de 50 años armarse de coraje para brindar este testimonio.

“Esta parte de la historia no está olvidada”, dijo Gutiérrez. “Es quizá silencio, pero queda dentro de cada uno de los que vivió estos hechos”. La sociedad española podría

ser más sana, piensa él, si se permitiera que estas memoria salieran a la luz. La realidad es que una parte de España está aun tratando de suprimir la memoria colectiva de los prisioneros Republicanos.

El Profesor Bernal dice que “los políticos ponen fecha de vencimiento a los problemas. Durante la transición post franquista, los partidos de la izquierda estuvieron de acuerdo en que no debería haber juicios por derechos humanos, ningún ajuste de cuentas después de 40 años de dictadura”. Aunque la izquierda inicialmente argumentó por la “ruptura”, un espacio de ruptura con el pasado, el Partido Socialista, liderado por el joven Felipe González, aceptó que la transición pacífica de la dictadura a la democracia debería ser posible solo si conllevaba las instituciones del régimen previo. En este sentido sería mas difícil para los franquistas repudiar las reformas democráticas. Tal vez el momento definitorio vino durante un encuentro secreto a principios de 1977, entre Adolfo Suárez, primer ministro de España en el gobierno de transición, y Santiago Carrillo, el líder histórico del Partido Comunista en la clandestinidad. En esa reunión Carrillo aceptó la monarquía del rey Juan Carlos, la bandera nacional (en lugar de la Republicana) y la unidad de la nación. A cambio, Suárez legalizó al partido Comunista. Los historiadores aceptan que este fue uno de los eventos cruciales de la transición – y uno de los que ayudó a tender un velo sobre el pasado.

Veinticinco años más tarde, Bernal argumenta que es aun difícil para la izquierda romper este acuerdo no hablado. “la historia reciente de España está aún como el avispón en el nido –la mejor izquierda no hace disturbios” dijo.

Los prisioneros perdieron todo –su libertad, su salud, aun el derecho de practicar su anterior profesión o tarea. El final de la sentencia de prisión fue frecuentemente seguido de una “paz con destierro” o exilio interno. Como resultado, muchos prisioneros continuaron trabajando para el empleador que había utilizado su tarea como esclavo en prisión.

Roda no fue uno de esos. Después de haber sido liberado del campo de concentración de los Merinales, él había tenido suficiente con el canal del Guadalquivir. En febrero de 1946, tuvo libertad bajo palabra y fue a trabajar a una planta de salazón de anchoas en Málaga, “perdí los mejores 10 años de mi vida  y nunca conseguí una pensión militar apropiada como oficial porque estuve del lado de los vencidos” dijo.

Con el tiempo llegó a ser un hombre de negocios, consiguió una cadena de negocios de muebles y se mantuvo fiel a los principios igualitarios Republicanos y revolucionarios de su juventud: “elegí limitar a 10% mis ganancias y compartirlas con mis empleados” nos explica.

“Perdí la guerra” dice Roda “pero gané siete victorias subsecuentes contra el enemigo capitalista. Gané suficiente para enviar seis niños a educarse, a la universidad, y construí un negocio de mi propiedad. Con cada propiedad que adquirí me dije: otro límite al franquismo”.

Roda no está interesado en reclamar reparación económica. Él sabe que su salud está fallando, y que es mejor pasar su tiempo escribiendo poemas de amor –a su esposa, a la hermosa mujer de Sevilla, y a su Mercedes Benz.

En el año 1990, el gobierno socialista pasó una ley autorizando compensaciones para prisioneros políticos que hubieran pasado más de tres años en prisión.  La compensación era por la “pérdida de la libertad” no por sus años de trabajos pesadas.

Roda recibió 1,3 millones de pesetas (unos 7.813 Euros) por sus siete años dentro del campo de concentración Los Merinales. Él no está amargado como muchos compañeros prisioneros, porque él aprecia que existieron algunas formas de expiación para las injusticias cometidas en el pasado.

– Fotografias de José Manuel Navia.

Traducido para LQSomos por Mónica Oporto

* Nota original: Financial Times Magazine, n.º 11, 5-julio-2003, pp. 22-27

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