Quijotes del siglo XXI

Por Ángel Escarpa. LQSomos.

Todavía es posible reconocer por esas calles a algunos quijotes: Exhiben viejas banderas reivindicativas y alzan, indignadas, sus voces sobre los elevados rascacielos de las ciudades, sobre los bancos que les exprimen, sobre el humo de los coches, sobre las cúpulas de las viejas catedrales, sobre el duro asfalto donde tantas veces se precipitaron, bajo el peso de las gomas de los “grises”, bajo el peso de cien derrotas; sobre las tentadoras cervecerías y sobre los contenedores de basura donde tantos sueños reposan, junto con los desechos orgánicos de los burgers y de los asaderos de pollos.

Aún es posible reconocerlos: Lucen camisetas desteñidas, barbas descuidadas, chapas de cien batallas; no leen ningún diario; de vueltas de mil promesas; se mantienen a prudente distancia de los oradores; marchan desde hace siglos, por caminar, por no permanecer quietos, contra todo lo que se les pone de por medio. Ya no esperan nada particularmente apasionante y marchan por no detenerse, sabiendo que pararse es la muerte. Algunos, tras dejar de sentir los pasos de la policía tras de ellos, ya sienten el aliento de la muerte en sus nucas, pero no se detienen ni para tomar aliento.

Alegoría republicana, de Mar G. Orozco

“No beben el vino de las tabernas” ni buscan el refugio de las iglesias; se les ve con un libro, sentados en los parques. Descreídos de tantas doctrinas, aman aún las bibliotecas, las películas de Ken Loach y de Víctor Erice, el aroma de la yerba recién segada, las siluetas de las mujeres, preferentemente de espaldas, mientras estas se pierden entre la multitud. Escuchan lo mismo a Mahler que el ”Campanilleros” de La Niña de la Puebla; por igual a Pablo Milanés que un nocturno de Chopin; el “Al alba” de Aute o las canciones de Woody Guthrie y las de Moustaki. Algunos nacieron mientras aún se estrellaban los cascos de la metralla de los rebeldes franquistas contra los muros de sus ciudades; algunos aún conservan en su habitación aquel viejo póster del Che Guevara que colgaron allí en los años sesenta, o el de Angela Davis, el de Pablo Iglesias Posse, el de Durruti, el de Lenin o el de Pasionaria. Insatisfechos, extenuados tras tan larga resistencia, hablan mal de todos los gobiernos, de todos los políticos. Se enamoraron mil veces: de Rosa León, de Donna Reed, de esa chica de los anuncios, de la Revolución de los Claveles, de Pier Angeli, de la ciudad de Lisboa y de las canciones de Brassens y el “Haleluyah” de Leonard Cohen.

Son el resto de aquel poderoso ejército que hace sesenta años salía a las calles para condenar al franquismo; los mismos que saldrían en los setenta, en los ochenta, en los noventa, hoy mismo, para condenar los asesinatos de obreros, estudiantes y abogados en Madrid; para exigir la legalización del partido; para exigir la liberación de Mandela; para tratar de detener todas las guerras; para protestar contra lo de Shabra y Chatila; para exigir el cese de la ocupación del Sáhara; para condenar la violencia contra las mujeres; para gritar ¡Otan no!; para saludar el triunfo sandinista en Nicaragua; para apoyar a los mineros en marcha hacia Madrid; para preservar el sistema público de pensiones, la sanidad, la escuela pública, de esos depredadores que nos quieren con la mano eternamente tendida, sumisos y adocenados en los campos de fútbol; drogados por la televisión y el consumo.

Son los mismos que cantaban la “Internacional” al pie de la fosa del camarada caído; los mismos que corearon potentes ¡no pasarán! en los homenajes a las Brigadas Internacionales; los mismos que siguen coreando el “Himno a la libertad” de Labordeta y leen a Machado, a Saramago y a Eduardo Galeano; los mismos que trabajaron en la construcción, abrieron librerías, pastaron en los arrozales de Lenin, de Lao Tse, de Mao, Proudhom, de Sartre, Ho Chi Minh y de Gandhi.

Figuras grises, anónimas, sin relieve, en un paisaje que ya no es el suyo, su firma no aparecerá jamás al pie de ningún artículo en la prensa, ni serán noticia cuando mueran. Hablan el extraño idioma de los que pudieron ser y no fueron; el extraño idioma de hombres y mujeres que se dejaron la vida entre las calles, los tajos y las asambleas en los locales del partido y del sindicato. Son la ceniza de sueños irrealizados, los rescoldos de una hoguera siempre a punto de extinguirse. Son los héroes oscuros de aquellas obras de Buero Vallejo, Arthur Miller, Kurosawa, Saramago y Max Aub, heridos por siempre por los poemas más radicales de Miguel Hernández. Son la semilla absurda que no encontró surco.

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