Solsticio de invierno: San Juan, 2008

La cordillera la divide  en dos vertientes de signo opuesto: la vertiente del norte, húmeda; la del sur, seca.
Margot Arce Velázquez

Jueves, 18 de diciembre. Al aterrizar, la noche anterior, en el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín, lo presentí al salir del avión; que no oliera a humedad era una buena señal. Esa noche, en la frontera entre Bayamón y Guaynabo, dormí como un rey sin aire acondicionado.

Esa experiencia de haber sentido el cielo en plena materialidad terrenal, como si toda la isla, pagana, demasiado pagana, fuera bendecida por el Trópico de Capricornio, me colmó. Después que sea más fresco, ¿a quién le importa que, durante el solsticio de invierno, el día sea más corto?

Que el sol se arrope con el aire fresco de la noche y que ésta se muera de frío en el Caribe metropolitano; ante la tiranía de la canícula urbana, una temperatura más acorde con la modernidad, por más medieval que ésta haya sido con la periferia, es siempre bienvenida. ¡Salud y fresco! ¡Todo contra la hegemonía de la humedad tropical! No se persigue la verdad, según dicen los irracionales con proyecto filosófico, sino la experiencia gozosa.

Esa noche, friendo alcapurrias de yuca en una cocina con ventilador de plafón y ventanas abiertas, sin sudar, sin sentirme agredido por el vapor que despiden las paredes y el techo de cemento, me creí libre del ahogo que, en la práctica, acosa la piel en la humedad tropical. Sin embargo, reconozco que, en última instancia, el calor seco, sin ser tan sucio como el húmedo, sin ser tan pesado, es mucho más agresivo, y por eso cortante, con la piel. ¿Qué no? Por más sancochado que uno se pueda sentir en un día de calor boricua, nunca el pegote y la sensación de saberse acorazado y agazapado le rajan a nadie la piel, como sabe hacer el buen calor seco de las megalópolis transnacionales.

Lo malo de la humedad, según los poetas trashumantes de Bebo’s, no es que corte la piel sino que, al contrario, lo empegota todo. ¡Qué hollín!

Ese miércoles glorioso, primera noche en Puerto Rico, fue indiscutiblemente sabrosa; confieso que, como Neruda, he gozado, que todas las noches sean noche de boda —Joaquinito— que todas las lunas sean lunas de miel.

No obstante, a pesar de lo divino, todavía el milagro, por no decir la belleza a pie, a caballo, no se había revelado a plenitud. Faltaba que lo maravilloso, como anacronía literaria, se hiciera paisajísticamente gozoso. Al otro día, en el Viejo San Juan, ocurrió lo inesperado deseado, fuera, sin embargo, de cualquier idealidad kantiana que, como contragolpe, mantuviera una fe carpenteriana.

Desde el islote de la isla al norte, la temperatura de la noche se tornó paradisíaca. En vez de caer, Altazor se elevaba con la brisa amable de la capital. Una verdadera fantasía que, como la estética culinaria, se resolvía en un disfrute efímero (Onfray). Ergo: con la ausencia de sol, San Juan se cubrió de fresco septentrional; la densidad amistosa de la brisa, un aire limpio y claro que acariciaba la piel suave y seca, resignificaba la toxicidad asociada con la intemperie antillana, vista desde el siglo XIX como un musgo que se lo come todo.

Por eso, entre los lugareños del Café Ochoa, sentados alrededor de las mesas redondas en la acera de la Calle Comercio, nadie se sintió abandonado al furor violento y húmedo de los perros. A pelo, sí, pero sin calor pegajoso; lo máximo. De eso se trató esa noche del jueves al caminar, gozoso, por las calles, varias veces coloniales, del Viejo San Juan. De ahí que, como filosofema al garete, todo se sintiera más nuevo, como si la historia se hubiera desideologizado a favor de una amplitud más democrática, según la cual todos, hasta los más enajenados defensores del progreso tardíamente positivista, tuviéramos aire acondicionado gratis, sin aparentes costos económicos ni ambientales.

¡Qué viva la noche seca y fría del trópico que, como la brega, se mueve en una política de matices!
Esta vista es nuestra. Un poco más abajo de la Calle Comercio, desde el tercer piso del Edificio La Puntilla, pasé la noche del jueves mirando, hiperestésico, la Bahía de San Juan, una boca de agua entre Isla de Cabra y El Morro, al final de la cual, pasando el Canal de San Antonio que bordea Puerta de Tierra, moría, del otro lado de los puentes, la Laguna del Condado.

Frente al balcón en La Puntilla, acariciado por el viento y el olor martiano a mar, se imponía el costado izquierdo del muelle de cruceros de La Marina, con su estructura atlética, sus flechas neokantianas y su lona inútil ante la lluvia; una estructura a la que, por la escasez de tela, le dicen El g-string de Sila. En principio, cada cinco minutos entraba o salía la lancha de Cataño; cada quince, iba y venía de San Juan a Hato Rey una de las tres lanchas del aquaexpreso: La Danza (La Salsa y La Plena no se oían).

Un poco más lejos, las luces del Aeropuerto de Isla Grande titilaban en varios colores; las avionetas que despegaban y aterrizaban con regularidad —otras bombillitas en un tablero de luces y colores— parecían moscas obedientes, sin la menor intención de joderle la paciencia a nadie. Al final de toda esta visualidad aparentemente inofensiva, donde terminaba, a lo lejos, el agua de la bahía, la hilera barroca de luces de Los Muelles de San Juan, con su proliferación, apenas visible, de grúas en reposo, parecía arqueada, como si la bahía terminara en un semicírculo. El pedazo de la Avenida Kennedy que se veía a lo alto rompía la continuidad lumínica, pero no la heterogeneidad de colores e intensidades, un chisporroteo eléctrico del que —la luz es más rápida que el sonido— no se había escuchado todavía el estallido.
Entre el movimiento y la quietud y el olor a costa atlántica, la cotidianeidad caleidoscópica que tenía en frente, una multitud de luminiscencias en tenor posindustrial, parecía cercana y distante a la misma vez, dándole al fresco frío de la noche capitalina la capacidad de hacerlo todo más lento y silencioso. También más suave. Como si la profundidad, a pesar de la perspectiva, fuera, en el fondo, chata; como si la felicidad navideña de la isla no tuviera nada que ver con la desgracia de Irak.

A la izquierda del balcón, dejando la bahía al centro, sobresalía sin disonancia, a lo alto, más arriba de la copa de los árboles, el tope art deco del Banco Popular; un poco más a la derecha, la cabeza del Edificio Ochoa, demasiado funcional, no decía mucho. Una mudez para nada emulada por ninguno de los edificios alborotosos que tenía justo en frente; por un lado, vestido de revival arquitectónico español, la Casa de la Aduana, y por el otro, decimonónico, el Antiguo Arsenal de la Marina Española, el mismo que, en 2007, ahora como espacio para lo simbólico, acogió la exposición fotográfica nuyorican de Adal Maldonado, “Blueprints for a Nation.” A la extrema derecha del balcón, dándole la vuelta a la costa, la mirada se encontraba con la realidad última de toda aquella modernidad colonial en multiplicación neoliberal: un fragmento de la US Cost Guard.

El Condado. Más allá del Canal San Antonio, pasando por debajo del Puente Esteves y del Puente San Antonio, la Laguna del Condado surgía, para una mirada diaspórica en plan de religarse, como uno de los fragmentos marinos más solitarios de San Juan. A pesar de estar circunscrita en el corazón del flujo turístico tardomoderno, prolífico en dólares y euros, la laguna parecía triste, aislada, olvidada, ninguneada entre el ajetreo de la Avenida Ashford y el de la Marginal Baldorioty de Castro; sin nada que ofrecer, excepto, darse como objeto de contemplación política para el sabor de una mirada que se deleita en la cultura. Un cuerpo de agua dócil, sin las pretensiones históricas de la bahía, el de la laguna, siempre quieto, fue, sobre todo, tierno: no sólo me dejó tocarlo con el dedo en una esquina vulnerable, sino que me enseñó algo de Puerto Rico que, en cincuenta años, nunca había notado.

Un cuerpo desnudo y manso como el de la laguna, que, aunque muy cotizado, no tenía mucho que esconder, no se dejaba escribir fácilmente; la resistencia, cierta pudibundez a que le tocaran las entrañas, a que la desvistieran aún más, se armaba detrás de una ofensiva que el viajero —sobre todo con poco tiempo— tenía que negociar con las cartas destapadas, desde una intersubjetividad como ésta: lo que me das, en el mejor de los casos, te lo regalo.

Bajo estás condiciones, la semana que pasé en el Condominio Barranquitas, ubicado en una de las callecitas más acriolladas del Condado —una zona transnacional no muy dada a la celebración de lo local— colmó todas las copas del banquete pagano. Una calle pequeña, con el mismo nombre insólito de Barranquitas, en la cual, como si fuera poco, al dar una vuelta en U, pasándole por el lado a la laguna, cambiaba de nombre dos veces. Una callecita polisémica. En la parte curva contigua al agua, con una plazoleta minúscula y dos bancos para sentarse a mirar el paisaje, aparecía la Calle Mayagüez, seguida de la Calle Aguadilla, paralela a la Barranquitas, ambas, la Aguadilla y la Barranquitas, perpendiculares a la Avenida Ashford. ¿La isla en la capital?

A lo largo de la Ashford. De la Calle Barranquitas hacia la izquierda, estaba el brazo más corto de la avenida, algunos dirían que era también el más pesado (entre todos los “robber barons” estadounidenses, Vanderbilt, el más culo, se había hecho en ese lado de la Ashford una casa a principios del siglo XX); un tramo que, de la Calle Barranquitas al comienzo del Puente Dos Hermanos, se caminaba en menos de quince minutos. Un periplo breve entre el sol y la sombra, entre hoteles y condominios que alternaban con mansiones —dos vestigios remozados— del revival español, ahora convertidas en restaurantes, como Chili’s, y otras edificaciones más anónimas, también comercializadas, como casi todo lo que había en la Ashford. Entre esas estructuras quedaban, capciosos, algunos espacios vacíos, pero no por eso baldíos, convertidos, después de la demolición y una inversión mínima, en estacionamientos de automóviles a la intemperie, sin siquiera una lonita que aplacara el aliento inapelable del sol: huecos por donde entraba a sus anchas el rubio que manchaba la acera de blanco. Como si se tratara de un surfer terrero, caminar por este tramo de la Ashford implicaba navegar, parcializado, ente los espacios de sol y los de sombra.

De la Calle Barranquitas hasta el Puente Dos Hermanos, la tensión arquitectónica se tornaba escolar y oposicional, aunque no por eso aburrida. Por un lado, el halón de la sensibilidad moderna se dejaba seducir por la atracción del ojo; por el otro, el dramatismo de la sensibilidad romántica exigía la crítica. Cuadro intrascendente de un caminante sin otro camino que no fuera el paseo. Entre la belleza fácil del condominio Miami en la acera de la izquierda, un art deco de tonos apagados de rosa, azul y blanco; y, a mano derecha, la ruina que quedaba del Hotel Regency, una caja de fósforo vertical, pelada hasta el pellejo, la caminata diaria se nutría de esta dialéctica a pie: al apostar por los seis pisos del condominio Miami, a dos apartamentos por nivel, con un pasillo en el medio que articulaba la estructura en tres partes holgadas, ganaba la proclividad aburguesada, seducida por la geometría, la decoración y el color; si se escogía el camino contrario, el de la carcasa de una estructura minimalista como metáfora del capitalismo neoliberal, ganaba la mirada contracultural de la resistencia (siempre, en estos casos, inevitablemente cómplice).

A un segundo nivel, la dialéctica del art deco suponía un panorama mucho más feo que la precariedad abrumadora de un edificio, como el Hotel Regency, abandonado. El condominio Miami resultó el más paranoico de todos; el único inmueble en lo que vi de la Avenida Ashford, en el que, para poder entrar, había que pasar por un portón doble, en medio del cual quedaba, entre rejas, en un espacio angosto, el intercom. A su vez, a este segundo nivel dialéctico, la carcasa en pelotas del edificio desnudo suponía una panorama mucho más hermoso que el de la paranoia de clase del condominio Miami: toda una piel cedida en sus paredes desnudas al tatuaje del graffiti, una presencia recuperadora de los juglares pictóricos que merodeaban por la Ahsford y sus alrededores, tipos ágiles, como los gatos de la noche, de un tumbao demasiado antillano para confundirse con las tachaduras de la globalización. Cuerpos oscuros que, desde su propia noche, pintaban cuando nadie los veía, para que los graffitis nos miraran, durante el día, a nosotros.

De la Calle Barranquitas hacia la derecha, el periplo por la Ashford se hacía más largo y heteroglósico; la oposición entre la modernidad hermosa y acrítica, y el romanticismo feo y crítico, otra de las islas que se repiten en el Caribe, se desdoblaba en una multiplicidad de narrativas establecidas, desde 1952, por el Estado Libre Asociado, entre las cuales los poetas de Bebo’s destacaban,  entre sopas de plátano y botellas de Medalla, estas tres: la de clase, la literaria y la neofolklórica.

Los homeless. Caminar hacia la derecha de la Avenida Ashford, antes de las siete de la mañana, supuso continuidades inesperadas y rupturas previsibles. A esa hora, cuando los obreros de la construcción en el hotel Condado Vanderbilt se encontraban trabajando, cuando la clase media y la alta de la zona salían a hacer ejercicio o a pasear el perro, cuando los más excluidos y maltratados por el sistema dormían a la intemperie, a esa hora dominaba el protagonismo de los más empobrecidos, una función con tiempo limitado y para un público local.

Ruptura previsible; frente a la vitrina de la casa Louis Vuitton, estaba siempre el gringo cincuentón, un hippie rezagado y maltratado por el American Dream, sucio, borracho, pero aparentemente contento, tomándose una Coors Light de botella. ¿Y por qué no? ¿No era la cerveza parte integral del desayuno medieval? Desde una mirada estrellada en una sonrisa enajenada, con los ojos, igual que los de un cordero desamparado, en llamas, la propuesta muda del gringo jamás resultaba amenazante. ¿Empezaba —este hippie catapultado del mainland cada vez más republicano— la juerga temprano en la mañana, o, por el contrario, no había terminado la bebedera de anoche?

No era fácil adivinar; lo que sí  tenía sentido, una continuidad inesperada, era que, en la zona de la opulencia transnacional boricua, se vieran, a toda hora, gringos bregando en la calle, como los taxistas en bicicleta que salían por la tarde a llevar turistas alrededor de la Ashford y la Calle Magdalena. En un mundo globalizado, asimétricamente hibridizado, el boricua de la segunda diáspora (1979) que regresa a Puerto Rico y se queda una semana en el Condominio Barranquitas del Condado, donde vive y alquila la clase media, ¿tenía el derecho histórico de ser llevado en una bicicleta pedaleada por un gringo a lo largo de la Ashford?

Al pasar la Plaza las Nereidas, en cuyos bancos yacían otros caídos de la noche neoliberal, justo en la entrada del primer local, a mano derecha, dormían dos homeless criollos, acurrucados en el sucio de la entrada de un local clausurado; cuerpos tirados sobre cartones que nadie, vestido de blanco, osaría despertar. ¡Qué duerman hasta que los despierte el comercio! A lo largo de la Ashford, hasta la Calle Washington, se veían otros tumbados durmiendo en la calle, como si la era de Ronald Reagan, desde la severidad del individualismo calvinista, tan prolija en la producción de homeless, estuviera de vuelta. ¡Los pobres son los únicos responsables de su pobreza! Cuando los obreros trabajaban y otros caminaban temprano en la mañana, el lujo de los homeless rompía los esquemas del free market: dormían.

Caracoles. De la Avenida Ashford a lo largo de la Calle Magdalena, la caminata se hacía más académica. Entre casonas del revival español bien mantenidas y toda una gama de edificios más nuevos, desde los más funcionales hasta los más lujosos, la sensación de moverse anodinamente a lo largo de la historia oficial del siglo XX puertorriqueño, parecía una clase de economía política. Por eso, en una zona dominada por el moderno colonialismo gringo, se evocaba tanto la presencia de España.
Al pasar la Calle Luisa, la gravedad de la caminata se hacía más densa; en el cruce de la Avenida Condado, uniéndose al conjunto de fuerzas culturalmente hegemónicas, el Restaurante Buenos Aires, rodeado de árboles, se mantenía callado, como si el neoliberalismo de los noventa no hubiera incrementado la presencia de argentinos en Puerto Rico.

De la Avenida Condado a la Calle Caribe, la visualidad se abría de repente a un estacionamiento de automóviles, una horizontalidad inevitable —¿un desperdicio de tierra?— en una isla con poco espacio y con muchos carros, presencia indudable del dinero relativamente nuevo y un tanto miope: ¿por qué no hacer un estacionamiento subterráneo?

Fin de todo lo prosaico; a partir de la Calle Caribe empezaba lo poético, un tramo dialéctico que, desde esta dirección, empezaba en el busto de Cervantes y terminaba en la cita de Carpentier inscrita en las losetas, espacio dentro del cual quedaba circunscrita la Plaza Antonia Quiñones, otra de las metáforas del Condado. Una plaza dedicada a la primera mujer, maestra y benefactora de niños, que se hizo Juez de Paz en el Puerto Rico usamericano; una plaza con un busto de Cervantes en el lado de la Calle Caribe y una cita de Los pasos perdidos (1953) en el lado de la Calle Cervantes, interceptados por la escultura de Juan Bobo, imagen de una puertorriqueñidad superada, y la de la ninfa que celebra la feminidad clásica de Antonia.

Centro ceremonial de la palabra, plaza de plazos largos, del Siglo de Oro a lo real maravilloso; entre la sombra plácida de los árboles y el eco de tantas textualidades, la cita de Los pasos perdidos abogaba por una mirada transcreadora: “Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema…”

¿Los zapatos de Van Gogh? Después de mucho andar por la Calle Magdalena, ésta venía a morir, como subalterna que era, en la Avenida Ashford; pero antes, había que doblar a la izquierda en la Calle Washington, a lo largo de la cual se extendía, como columna vertebral del siglo XX, el Hospital Ashford Presbiteriano, frente al que estaba siempre, resemantizando la antropología clásica, el zapatero boricua que trabajaba en la acera. Un tipo clave en la identidad de aquel ecosistema, quien, a fuerza de un minimalismo limpio y funcional, se había ganado su espacio en la Calle Washington, nombre del ilustrado que, según Max Weber, creía en la inmanencia del dinero.

Sobre una base de cartón levemente piramidal, el zapatero ponía, como si fuera un florero, la caja de limpiar los zapatos, al lado de la cual se sentaba en una silla moderna, irradiando desde su quietud una sociabilidad lista siempre a hacerse cargo de lo que fuera necesario en la calle, energía que naturalizaba su diminuta pero necesaria presencia frente a la mole del hospital: allí, en su equinita, estaba la cura decente para todo el que necesitara limpiarse los zapatos.

Seguro de que en ese fragmento de la acera donde se ubicaba su quiosco invisible nadie podía competir con él, el zapatero minimalista pero profesional, firme y seguro de su alteridad, reclamaba su modernidad anglorriqueña.

Fotografía de: http://arsa54.googlepages.com/webshots4

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