Vincent Van Gogh en el cine: retratos varios

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez. LQSomos.

La filmografía sobre Van Gogh se está haciendo más que copiosa, interminable. No hace nada que se nos presentaba un filme compuesto plano a plano por obras pictóricas suyas, antes se habían realizado otros aproximaciones, entre ellas la primera película “pintada” en base a sus propios cuadros.

Anteriormente hubo un clásico dirigido por Vincent Minnelli, considerado como uno de los grandes “pintores” detrás de la cámara de Hollywood. Fue realizada en 1956, y en su momento fue admirada y aplauda. Todo el mundo recuerda las interpretaciones de Kirk Douglas, Anthony Quinn, Pamela Brown, James Donald, Everett Sloane, y se la considera un clásico, se trata de El loco del pelo rojo o Lust for Life. Es una película muy útil para entender la paradoja existente en prácticamente toda la variada filmografía de este aristócrata del Hollywood de la posguerra mundial: cómo se las arreglaba para situar en los terrenos más bajos a las más altas cuestiones y, a la inversa, cómo llegaba a ennoblecer materias de baja estofa.

Nuevamente, la dolorosa vida de Vincent van Gogh, cuya zona adulta intenta narrar Minnelli en este filme, oscila entre lo terrible y lo delicado, entre lo mugriento y lo sublime, y la primorosa caligrafía minnelliana se pega a las curvas del camino sobre el que discurre invirtiendo curiosamente esas opciones.


Lo duro, lo trágico, lo terrible de Van Gogh, aquella su búsqueda de Dios a través de una loca fiebre por el color absoluto, es banalizado, hasta bordear los límites de la blandura, por Minnelli. Recuérdese la, casi penosa, secuencia del deslumbramiento del pintor la mañana que despierta bajo la cegadora luz sureña de Arlés: produce pena desvelar la incapacidad de Minnelli para decir con imágenes lo que no encuentra dificultad para enunciar mediante conceptos. La parte que Minnelli destina a la exploración de las alturas del genio de Van Gogh, es baja: el cineasta mira las luminosas cumbres del pintor desde la oscuridad del valle. Por el contrario, la zona del filme en la que su director representa la baja y mugrienta vida de un infortunado holandés demente, que vivió su corta y dolorosa vida a finales del siglo XIX, alcanza una apasionante altura y conduce a un delicado ejercicio de luminosidad: el cineasta observa los abismos del pintor desde, este sí, un deslumbrador dominio de los mecanismos del melodrama.

El paso de los años, un filtro sin piedad, sobre Lust for Life ha acentuado tanto las virtudes como los defectos que se observaron en el filme en su estreno, pero con desequilibrio de la balanza a favor del platillo de lo defectuoso, pues los ejercicios de intromisión de Minnelli en la fiebre de absolutos del pintor son superficiales, triviales incluso. Lo que quiere contar, ese qué menospreciado, por Minnelli, es muy superior a las cualidades alquímicas que el cineasta depositó esta vez en su cómo. Lo mejor del filme es su comienzo: la lúgubre prehistoria del genio pictórico de Van Gogh, sus tardíos años de aprendizaje, en los que Kirk Douglas, amigo como Minnelli del exceso, se mueve con energía, en órbita de mayor alcance que la de Anthony Quinn en su composición de Paul Gaugin. Por lo que ganó un Oscar. Es esto lo que da peso al platillo de las bondades de esta irregular película.

El listado de películas sobre el célebre pintor no ha hecho más que crecer en los últimos tiempos. A mi parecer entre todos, el mejor sigue siendo el Van Gogh de Maurice Pialat.

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