Ar-Rusafi de Valencia

Ar – Rusafi de Valencia… una selección breve de un poeta árabe.

Para los árabes antiguos el poeta estaba dotado de conocimientos sobrenaturales, recibía su inspiración del mundo invisible y era una especie de mago aliado con los genios o los demonios. Por eso gozaba de una posición influyente; era el oráculo de la tribu, su guía en la paz y su campeón en la guerra. Una de las funciones principales del poeta era preservar la memoria colectiva del pasado, dando un elemento de continuidad y de valor a las realidades, fugitivas e insustanciales del presente.

La poesía dio vida a un ideal de virtud árabe, basado en la comunidad tribal, que acabó convirtiéndose en un lazo entre clanes y formó, a la larga, un sentimiento de comunidad nacional. Así, en los dos principales temas de la poesía, el panegírico y la sátira, el poeta señalaba las antítesis y las sanciones morales que regulaban esta existencia colectiva. Los poetas de las casidas, con relativamente pocas excepciones, expresan e incluso prescriben un elevado tipo de moralidad tribal y evitan toda referencia a los rasgos más humildes y rudos de la vida y circunstancias beduinas. Esto entronca con la afición por el retrato modélico tan característico de la historia árabe, presente sobre todo en las biografías, donde la conducta real del príncipe, educado generalmente según un “espejo de príncipes”, aparece entreverada con la conducta modélica vigente, pero que se refleja igualmente en esta poesía panegírica, cuyo convencionalismo queda patente desde el primer momento al observarse una absoluta falta de escala: el príncipe más importante y el último reyezuelo están elevados a la misma estatura ideal; con frecuencia no hay alusiones concretas que permitan individualizar al personaje elogiado, porque el elogio es el reflejo de lo que debería ser el príncipe, no del príncipe tal como realmente es.

Una significación especial se liga a la sátira, en la cual sobrevivió hasta mucho más tarde, la concepción primitiva del poeta portavoz de fuerzas sobrenaturales. La poesía era una fuente de orgullo y de rivalidad; y el poeta que, por una hábil ordenación de imágenes vivas, de frases ricamente matizadas, podía jugar con las emociones de su auditorio, no sólo era alabado en cuanto artista, sino también venerado como protector del honor de la tribu y como arma poderosa contra sus enemigos. De ahí que los conflictos tribales se desarrollaran tanto o más en las invectivas de sus poetas respectivos que en el campo de batalla; costumbre tan profundamente arraigada que Mahoma, hostil a los poetas, a los que condena en el Corán, XXVI, 221-228, no pudo prescindir de ellos en su vida política. La alianza, en épocas posteriores, de la poesía con el poder es la consecuencia natural del desplazamiento de la civilización árabe desde el desierto a las ciudades y herencia de la importancia política que la poesía tuvo en el mundo beduino. Los poetas se convierten en una especie de propagandistas del poder político y se ponen al servicio de los poderosos que los recompensan e incluso llegan a fijarles una pensión, por los elogios que componen de ellos y de sus familias. Otras veces, los poetas, en busca de protectores dispuestos a pagar por ser alabados, llevan una vida itinerante y recorren las cortes de los príncipes o los palacios de los poderosos recitando sus panegíricos.
 
Si hago hincapié de estas características de la poesía árabe preislamica y del poeta y sus funciones se debe a que tuvieron una importancia capital en el desarrollo posterior de la poesía árabe, en la que subyacen siempre, incluso en los momentos de mayor tensión renovadora, hasta llegar a la época de petrificación y fijación. Sin tenerlas en cuenta no se entendería bien la poesía de al-Andalus, siempre a la zaga de las modas y reacciones orientales, y, en particular, la poesía arcaizante de ar-Rusafi, con sus elogios y sus arrogancias al estilo beduino, como confiesa en algunos de sus poemas.
 
Ar-Rusafi (Abu ŽAb d Allah ibn Galib) nace en la Rusafaf de Valencia y muere en Málaga en el año 1177 (572 de la hégira).Toda su vida, pues, transcurre dentro del siglo XII, en una época particularmente agitada de la historia de los musulmanes de Al-Andalus.
 
Recordemos que después de que los almorávides acaben con los reinos de taifas, y tras una temporada de relativa calma en que los conquistadores mantienen su poder frente a los cristianos (salvo frente a Aragón, cuyo rey Alfonso el Batallador conquista Zaragoza en 1118) en campañas nunca definitivas, en el año 519/1125-6 se desencadena la campaña almohade que hará tambalearse al imperio almorávide.
 
Al lado de la aparición del movimiento almohade, los reinos de Portugal y Castilla, con la subida al trono, respectivamente, de Alfonso Enríquez y del emperador Alfonso VII, están ya en condiciones, para estas mismas fechas, de enfrentarse con éxito a los musulmanes, por los que toman la iniciativa contra un poder que entra en franca decadencia y pronto ha de llegar a la ruina. Los almorávides, ocupados en luchar contra el Mahdi Ibn Tumart y después contra Abd al-MuŽmin, no pueden proteger a los musulmanes españoles de los ataques cristianos.
 
A la muerte del segundo califa almorávide, ŽAli ibn Tasfin, en 1143, se inicia un largo período de anarquía en que revive una nueva época de taifas, con numerosos jefes hispanoárabes, rebeldes al poder almorávide, que defienden su independencia frente al nuevo invasor beréber, los almohades. Van a transcurrir treinta años de luchas antes de que estos últimos consigan dominar la rebelión hispanoárbe. El último rebelde, Ibn Mardanis -el Rey Lobo de las crónicas cristianas-, muere en 1172 y recomienda a su hijo que se someta a los almohades.
 
Ninguno de los acontecimientos de la época que tienen por escenario su tierra natal, salvo la llegada de Ábd al-MuŽmin a Gibraltar, pretexto para su elogio, se refleja en el diwan de ar-Rusafi; quizá también sean reflejo de la política los panegíricos a otros señores poderosos de la época, como los dedicados a al-Waqqasi, visir de Ibn Hamusk, el suegro de Ibn Mardanis, al gobernador de Granada, o las alusiones a muertes violentas que aparecen en algunas elegías.
 
No se sabe en que fecha nació ar-Rusafi ni a que edad abandonó Valencia, por la que siempre sintió nostalgia, sentimiento que le inspiró encendidos poemas de amor donde describe los lugares más notables de la región, como la Rusaza, el Puente MaŽam o la Albufera.
 
Si hemos de creer a al-Marrakusi, cuando recitó el elogio de ŽAbd al MuŽmin en Gibraltar no tenía aún veinte años; esto fecharía su nacimiento hacia el 536 (1141-42), y al morir en 1177 no tendría más de treinta y tantos años. Pero ninguna fuente árabe se hace eco de esta muerte temprana y parece lógico descartarla.
 
Tampoco se sabe en qué fecha, ni a qué edad (cuando era niño, dicen las fuentes árabes), ni por qué razón se trasladó su familia a Málaga, ciudad que fue su residencia habitual hasta su muerte, aunque pasase temporadas en Granada, cuyos lugares de recreo menciona en sus poemas (por ejemplo Nayd aparece citado en los poemas 30, 36 y 38); al parecer hizo además algunos otros viajes a Sevilla y al otro lado del Estrecho. Apenas hay datos sobre su vida, salvo que nunca se casó y que era sastre de arreglos, oficio que le permitía prescindir de mecenas y de tener que recurrir a elogiar a los poderosos para ganarse la vida. Fue amigo de los poetas contemporáneos suyos y parece haber disfrutado con las excursiones y tertulias literarias en los jardines y lugares de recreo de Málaga y de Granada.
 
Desde muy joven mostró notables aptitudes poéticas que merecieron el aplauso de sus maestros. La primera actuación en público de ar-Rusafi que conocemos tuvo por marco la recepción dada a los poetas por ŽAbd al-MuŽmin en Gibraltar. El hecho de haber sido convocado por los demás poetas parece indicar que su fama había traspasado los límites de Málaga para legar hasta el califa almohade.
 
Ar-Rusafi no quiere llevar la vida de los poetas asalariados, siempre detrás de un mecenas dispuesto a pagarles sus panegíricos. Esto no significa que no haga elogios siempre que le parezca conveniente, pero se enorgullecerá de su independencia frente a los poderosos; de que éstos, movidos por su fama, acudan a él para encargarle sus panegíricos (como sucede por ejemplo, con el elogio de al-Waqqasi, número 47); orgullo que hace pensar en la conciencia crítica de algunos poetas cuando meditan sobre los elogios que han compuesto, por ejemplo, al-Mutanabbi, el poeta que más influencia ejerció sobre los andaluces, y, en la época almorávide inmediatamente anterior, Ibn Baqi. Además, ar-rusafi es consciente de que los poderosos necesitan a los poetas para ser eternizados.
 
Esta postura crítica ante la vida cortesana de los poetas puede quizá entenderse teniendo en cuenta el carácter de ar-Rusafi tal como nos lo pintan las fuentes árabes: tímido, retraído, paciente, con una gran tendencia al ascetismo y un planteamiento ético ante la vida, postura que se encuentra en alguna de sus epístolas poéticas (poemas 58 y 59).
 
Ar-Rusafi tuvo fama de ser el mejor poeta de su tiempo: sus poemas deivos y báquicos eran bastante apreciados y aparecen recogidos en diversas antologías. El lector español puede encontrar algunos editados y traducidos por E. García Gómezen El libro de las banderas de los campeonesde Ibn SaŽid al-Magribí, Madrid, 1942, que Seix Barral, Barcelona, 1977, ha vuelto a publicar recientemente, y en Poemas árbigoandaluces, Madrid, 1940.
 
Los críticos árabes contemporáneos, siempre pensando en las grandes figuras de Oriente, lo comparan con frecuencia con el abbasí Ibn ar-Rumipor sus intentos de renovar las metáforas y de crear nuevas imágenes, si bien hay que advertir que en ar-Rusafi domina la imagen visual sobre el concepto intelectual.
 
Ar-Rusafi corregía y retocaba sus poemas hasta conseguir la perfección deseada; esto quizá se refleja en la artificiosidad de algunos poemas, especialmente en los más largos, por ejemplo, el elogio de ŽAbd al-MuŽmin, que oscurece bastante su comprensión.
 
Los poemas breves se prestan mejor a la ligereza, a la gracia de la imagen y es en ellos donde ar-Rusafi sobresale, acumulando metáforas y comparaciones más o menos originales. Se siente el heredero legítimo de la escuela levantina de Ibn Jafaya y de Ibn az-Zaqqaq. Ya hemos comentado cómo sigue el ejemplo de Ibn Jafaya y cómo su poesía está presente en nuestro poeta.
 
Ar-Rusafi, sin ser uno de los grandes poetas hispanoárabes, es un personaje hasta cierto punto singular. Ya hemos hablado de una de sus peculiaridades frente al modo de vida de los poetas árabes de cualquier época y de cualquier región: el orgullo de tener un oficio con que cubrir sus necesidades vitales y de no verse obligado a poner en venta sus poemas.
 
Otra sería, en una poesía tan convencional como a menudo es la árabe, el ardiente tono nostálgico en que canta a su tierra natal, Valencia, y el acento personal de sus elegías: la insistencia en escribir poemas a la muerte de un tal Yusuf, desconocido para nosotros, deja sentir un pálpito humano poco frecuente en la poesía hispanoárabe en lengua clásica; lo mismo puede decirse de la elegía que en esta traducción lleva el número 44.
 
El texto original de esta traducción es el Diwan ar-Rusafi, editado por Ihsan Abbas en Beirut, Dar at-Taqafa, 1960. No contiene todos los poemas del poeta, pues si bien en su época circulaban recogidos en diwan, éste no ha llegado hasta nosotros; la edición de I. Abbas recoge poemas espigados en diversas fuentes árabes, tanto editadas como manuscritas. Dada la inmensa cantidad de obras que se han perdido y de manuscritos árabes de difícil acceso, es probable que aparezcan más poemas de ar-Rusafi en obras no estudiadas por el editor. Así en el manuscrito de Ihata fi ajbar Garnata de Ibn al-Jatib,que figura en la Biblioteca de El Escorial con el número 1773, en las páginas 59-63, dedicadas a la biografía de ar-Rusafi, se encuentran algunos poemas que no aparecen en el Diwan ar-Rusafi (poemas números 27 y 28), y se completan los poemas números 16, 26, 45 y 46; en la edición de la Ihata de M. A. Enan, estos poemas figuran en el t. II, El Cairo, 1974, páginas 505-515.
 
Se encuentran también poemas inéditos en al-Ikmal wa-l-l`lam fi silat al lŽ lam hi- mahasin al- aŽ lam min ahl Malaqa al Kiram (conocida como Historia de Málaga), de Ibn ŽAskar (m. 1239), manuscrito de una biblioteca particular de Marruecos, que, fotocopiado, obra en poder de doña Soledad Gilbert y don Joaquín Vallvé, que, amablemente han puesto a mi disposición los folios en que Ibn ŽAskar se ocupa de la biografía de ar-Rusafi. De esta biografía, a la cual le falta el principio, y donde se completan los poemas números 12, 15 y 16, he tomado dos poemas deivos, los números 9 y 11.
 
Esta traducción fue en su día el trabajo que presenté como Memoria de Licenciatura en 1972, bajo la dirección de don Fernando de la Granja. Pasados los años, fue María Jesús Viguera quien me convenció y animó a revisar, retocar y casi rehacer la traducción con vistas a publicarla. Mahmud Sobh me ayudó en algunas dificultades; antes lo había hecho Yusuf Salem. Y Mercedes García Arenal me puso en contacto con Jesús Munárriz, que publica estos poemas. Sean estas líneas el testimonio de mi cordial gratitud a todos ellos.

 
 Selección de poemas deivos y báquicos

3
EL GUADALQUIVIR ENTRE ÁBORLES

Entre orillas pendientes, se diría
Que nace de una perla por su pureza.
A la tarde, las grandes arboledas
Lo cubren con su sombra
Que da a las aguas un color de herrumbre.
Azul, con la túnica oscura,
Es como un guerrero tendido
A la sombra de su bandera

7
LA NORIA

Gime con tal tristeza
Que cautiva a las almas.
Al verla entre los arriates
La tierra seca dice: No me toques.
Las flores sonríen cuando llora
Con lágrimas que ignoran las desgracias,
Y de sus párpados sale una espada
Cuya vaina es también su empuñadura

8
EL BAÑO

Mira mis hermosísimos adornos
Que te hacen olvidar la primavera
Si el mar pudiera hacerse de jardines
Habría recogido este vergel admirable.
Me riega Dios con lágrimas de mis ojos
Y el fuego de mi pecho no me protege;
El dolor no lo siento sólo en el pecho
Cuando soy desgraciado todo yo.
¿Qué opinión te merezco,
A Ti que estás en mi interior seguro?
¿No soy acaso el más hermoso albergue?

9
LA MANZANA

Le han regalado una manzana roja,
Del color de sus mejillas.
Ha querido besarla y la manzana
Su boca ha visitado
En contra del deseo de los ojos.
¡Flores de sus pupilas,
Permitid que me acerque a sus mejillas!
¿Por qué viene la manzana
Hasta la margarita de su boca
A llamar a la puerta del deseo?
Acaso había tomado su fragancia
Del aroma de sus labios
Y ahora llega, avergonzada
A devolverles su perfume.

10
EL JOVEN DORMIDO

Delgado como una rama,
La gracia de su cuerpo robada por el sueño
Dormía, la mejilla
Rezumando sudor, y pensé al verlo:
Estas rosas se riegan con su propio rocío.

11
EL JOVEN ESBELTO

Alegre sobre el arenal, esbelto,
Su propio aire lo cimbrea
En el jardín de la juventud.
La noche es tan oscura como sus rizos,
¡ojalá su presencia disipase
Las tinieblas de la oscuridad!
Les digo: Ha cometido un crimen contra mí,
Mas, ¿dónde está mi sangre? ¿dónde sus armas?

12
EL CARPINTERO

Me dijeron un día al verlo, esquivo
Como una gacela jugando con su manada:
“Es carpintero.” Y repliqué:
Quizá su oficio haya aprendido
Aserrando corazones con los ojos.
¡Desgraciadas las maderas que va a tallar!
Corta unas veces y otras golpea.
La madera recibe ahora el castigo
De robarle, cuando es rama,
La esbeltez de su talle.

13
EL CALDERERO

Me dijeron un día que lo vieron
Manejando el cincel ensimismado:
“Es un orfebre.” Y repliqué:
Del amor es metáfora su oficio
Desde aquella mañana en que la miró arrobado.
Convierte el cobre rojo en oro fino
Al fundirlo, extenderlo y golpearlo:
Su rubor es indicio de vergüenza,
Su palidez, del temor al reproche.

15
EL QUE TRABAJA LA SEDA

Aquel a quien sólo nombro
Con alusiones e indirectas
Es igual en belleza a las gacelas;
Con él pueden usarse las metáforas
Que con ellas usamos:
Es un joven esbelto
Que con la boca coge la seda
Igual que la gacela muerde la hierba.
Mi pecho envuelve, como un manto,
El ascua de pasión que hay en mi alma.
Mi corazón es su morada
Por más que viva en otra casa.
¡Bendiga Dios cualquier lugar que habite!

16
EL TEJEDOR

Dicen y me censuran porque lo amo:
“Ojalá no quisieses a ese joven
De condición humilde!” Y yo respondo:
Si tuvieses poder sobre el amor
Así lo haría, mas no lo tengo.
Los instintos se humillan ante la hermosura,
La belleza es un rey que reina donde hace alto.
Lo amo por las perlas de su boca fragante,
Por su tez nacarada y por sus negras pupilas.
Te dirige, al volverse, si lo observas
Sus miradas de tímida gacela.
Lejos de mí querer sustituirlo,
¿por quién lo cambiaría?
Y si se le reprocha el quehacer de su mano,
Nadie es mejor que él cuando descansa.
Es una gacelilla cuyos dedos
Tejen cual si siguieran
Del amoroso pensamiento el hilo;
Alegres, juguetean
Con el telar sus dedos,
Como juegan los días con los reinos
Y si sus dedos se cansan,
Yo le rescataré de su fatiga.
La trama oprime con las manos
O pisa con los pies, como gacela
Que lucha entre los lazos del cazador.

17
EL JOVEN GUERRERO

Con la loriga de batido hierro,
Orgulloso, en la mano la espada,
En medio del combate parecía
Untar que vierte en arroyos
La sangre de los valientes.

18
UNA RAMA DE SAUCE

Una rama de sauce contemplaba
Los movimientos de su talle.
¡Cuánto se esfuerza la brisa
Por imitar su gracia sin lograrlo!

19
EL NECTAR DE SU BOCA

El néctar de su boca
Se escancia en copas de perlas.
El Can ladra envidioso y, deslumbrado,
Acusa al sol cuando amanece:
Con la saliva aún brillan más las perlas
Y su fulgor aumenta las tinieblas.
El que no entiende ignora que su rostro
Es un jardín con arrayanes y amapolas;
Con estas flores, se diría, lo apedreo
Y me sonríe apartando las mejillas.

21
EL SUEÑO

Marchando por la noche presurosos,
Unos a otros, sin copas, se pasaron
El vino del letargo;
Doblados sobre el lomo del camello,
Parecían besar sus patas.
Rechazaron el sueño que era dulce,
Hasta que como el vino
Se les subió a la cabeza.

22
DEL ALMENDRO LA FLOR

Del almendro la flor cogió un etíope
Cuando el vino llenaba nuestras copas,
“Descríbelo”,me dijo un compañero.
Y respondí: “La noche
De estrellas se ha cubierto.”

24
TARDE EN LOS JARDINES DE MUSA IBN RIZQ. II

No hay lugar como tu huerto, Ibn Rizq:
Jardín brillante, arroyo presuroso,
Es una página escrita por tu mano,
Pues la belleza brota de su suelo.
La tarde viste su pálido manto,
Se envuelve el cielo en delicadas nubes,
Y nos colma de una íntima alegría
Mientras la noche intenta separarnos.
Escancia en esta tarde la última copa
Pues se ha cumplido el destino del sol:
Se ha puesto, y tu derecha no puede devolverlo.
Y ahora me gustaría, Musa,
Que tú fueses Josué.

25
ERA UNA TARDE CLARA

Era una tarde clara que pasamos
Entre copas de vino;
Al descender, el sol
Unía su mejilla con la tierra,
Alzaba el céfiro los mantos de las colinas
Y el cielo era una espada refulgente.
¡Qué buen lugar para beber,
Donde sólo nos ven esas palomas,
Las aves que gorjean
Y una rama cimbreante,
Mientras la oscuridad se bebe
El licor rojo del crepúsculo.

26
UN AMIGO TE INVITA

Un amigo te invita,
Cuando el crepúsculo es como un enfermo
Cuya vida se acaba,
A la vera de un río de aguas rápidas,
Cual tu conciencia, límpidas,
Y como un carácter dulces.
Del céfiro la alada brisa unge
Las colinas, y oculta, palpitante,
Sus plumones y plumas.
Se habían reunido, como estrellas
Desde distintos horizontes
Y signos del Zodíaco, generosos mancebos.
En el momento mismo en que el relámpago
En la vaina del cielo penetraba
Y en sus ojos brotaban lágrimas de lluvia,
Al jardín dirigí una mirada
Y por verlo aparté mi copa del copero.
Te recuerdo en las líneas de alhelíes
Que inclinan sus cabezas para verte;
Detente cual si fueras el amado:
Éstas son las señales de un aman te
Que sufre por tu ausencia;
Acércate a sus flores, amarillas,
Que parecen, mojadas por la lluvia,
Ojos de enamorado.

27
¡VUELVE A LLENAR LAS COPAS!

¡Vuelve a llenar las copas!
La nube muestra la espada del relámpago
En los mechones de los torrentes;
Sereno como un bello pavo real
Está el jardín sobre el que sopla el viento
Diciendo, cuando el arco iris se dobla
Bajo el negro ropaje de las nubes:
“Tomad vuestras provisiones
Hasta que el tiempo se serene,
Pues he prestado mis alas a la lluvia”

Poemas de amor

ERA UNA NOCHE CUYA NEGRA SOMBRA
Era una noche cuya negra sombra
Cubría la tierra
Y el cielo azul ardía en luminarias.
…Nos despedimos entonces,
Las entrañas ardientes de deseo.
…No he vuelto a disfrutar, después de separarnos,
Y la vida me deja indiferente.

QUE NUESTRO AMOR RIEGUE CON LLANTO
¡Qué nuestro amor riegue con llanto
Los lugares de Nayd,
Con lágrimas que suplan a la lluvia!
…¡Arboleda del arenal!
Nada ha cambiado entre nosotros
Salvo el Destino; vuelve,
Quejémonos juntos del Hado.
No queda en mi vivir más que un aliento
Que cuando busca unirse a ti siento de nuevo.
¡Cuántos jardines hay en an-Naqa,
Agobiados del peso de las flores,
Donde los vientos se ungen de perfume!
¡Cuántas fuentes que juegan con el eco
Cuando la sombra se cierne sobre ellas!
…La frescura del céfiro
Al recordarlo se deshace en ayes
Que parte un ardiente corazón.
Son tantos los anhelos de mi pecho
Que el alma está angustiada.

AQUÍ EN MI PECHO
¡Qué buen albergue tienes
Aquí en mi pecho!
¡Ojalá se pudiera
Prescindir del adiós!

CELOS
El crepúsculo tuvo celos
Al verme con mi amado
Y envió al agua para separarnos
Y al viento como espía.

PALOMA, AGITA TUS ALAS
Paloma, agita tus alas
Igual que corazones palpitantes;
Pósate suavemente en estos árboles
Como lágrimas que caen incontenibles
Y pregunta, en la rama
Más fina de su copa frondosa,
Si es posible disfrutar tras mi partida
Bajo su noble sombra.
Cuando saludes al amigo añorante,
Cuida, hermana del aire,
De ese enfermo de amor hasta que sane,
Y su hospitalidad de amante insomne
Te ofrecerá sus rojas lágrimas.

TÚ QUE CABALGAS
Tú que cabalgas, a tu izquierda dunas
Y a la derecha tamarindos,
Hacia Nayd, un camino que atraviesan
Los ojos del céfiro,
Saluda de mi parte, cuando llegues
A un amigo cuyos ojos
Son las espadas más penetrantes,
Y di en un valle, junto a un bosque
En cuyas ramas las palomas zurean:
¡Ay bosque, las palomas padecen
Los sentimientos del que triste añora;
Si las palomas sintiesen
Lo que mi pecho siente
Quemarían la rama ñeque se posan.”

Elegías

ELEGÍA A LA MUERTE DE YUSUF. I
Reciba lluvia, vida eterna y saludos
La sangre rociada en el sendero.
Gota a gota se derramó
Y con ella se han ungido la tierra.
…Nadad hay más triste que mi llanto por Yusuf
Y las lágrimas que vierto sobre su tumba

ELEGÍA A LA MUERTE DE YUSUF. II
No preguntes por mí tras la muerte de Yusuf.
Mi corazón está mellado, como sus armas.
Si hubieses contemplado mis ojos
El día en que pereció
Habrías pensado que lloraba
Por una de sus heridas.

TRAS LA MUERTE DE YUSUF
Rosa, don generoso de su mano,
Por ti corren mis lágrimas
Y crece mi tristeza.
Roja, perfumada como la brisa,
Me pareces robada de la suave
Mejilla de una joven en sazón.
A recordarme vienes
La sangre de un amigo que este mundo
Bebió como si fuera las primicias del vino.
Con pasión la he besado diciéndole a mis lágrimas:
Es la sangre de Yusuf que devuelve la tierra.

EN MI SUEÑO AGITADO
En mi sueño agitado dije a su espectro:
“Esta noche has pasado de la tumba
A un corazón, ¿cómo has podido
Desgarrar estas tres oscuridades?”1
1 La tumba, la noche y el corazón.

ELOGIO DE IBN MANSUR
Si yo no pronunciase tu alabanza
Perdería tu amparo y tu favor,
La mano de Ibn Mansur y yo somos,
Como suele decirse
La nube y el jardín;
Sobre sus verdes beneficios
Canta mi gratitud como palomas
Posada en las ramas
…Entre los dones, con tu amor me basta,
Él es la auténtica riqueza,
No lo que ven las gentes.

RESPUESTA A UN AMIGO QUE LE HABÍA ENVIADO UN CUCHILLO
Está claro el augurio
Del cuchillo que me envías;
Mis presagios y agüeros
Me dicen la verdad:
En el cuchillo leo
Que vives en mi alma
Y porque corta temo
Una separación y un abandono

* Traducción e introducción de Teresa Gárrulo
Poesía Hiperión (Colección dirigida por Jesús Munárriz)
Ediciones Peralta
San Fermín, 65. Pamplona
Apartado de Correos, 33.010 – Madrid.
ISBN: 84-852/2-57-9
Depósito legal: M-8.532-1980

** Imagen “Mujer soñando” de Antonio Marín Segovia

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