Bernie Sanders entre amigos

LoQueSomos-Bernie-SandersFrancisco Cabanillas*. LQSomos. Noviembre 2015

Es un momento extraño en la historia política de Estados Unidos,
y en un Estado con increíbles poderes de destrucción, eso debe
causar no poca preocupación.
Noam Chomsky

Desde que George W. Bush declaró la llamada “Guerra
contra el Terrorismo” el primero de octubre de 2001, les ha costado
a los contribuyentes aproximadamente 6.6 billones de dólares
y miles de caídos…
Garikai Chengu

Vox populi. Bernie, el ex senador independiente del estado de Vermont, adscrito al Partido Demócrata durante estas primarias presidenciales, pero siempre cómplice del mismo, según Chris Hedges; Bernie se hace cada vez más popular entre la clase media estadounidense, empobrecida y subyugada -¡sodomizada!- por el neoliberalismo que Estados Unidos fomenta desde la década de 1970, cuando hizo de Chile, mediante Pinochet y Milton Friedman, la cuna del experimento neoliberal en 1973.

Boomerang. A partir del 11 de septiembre de 2001, la violencia de clase que a fuerza de pistola Estados Unidos ha implantado en el mundo periférico de América Latina, Asia y África, se vuelca como un torrente sobre Usamérica. La presión del caldero neoliberal crece oligárquica y plutocráticamente en el país de Walt Whitman. Los dados están echados, dicen los economistas liberales como Robert Reich; en un capitalismo trampeado, el pueblo no puede ganar. Reich quiere salvar el capitalismo estadounidense para evitar que se coma su gente. Para el economista Richard Wolff, no se trata de salvar el capitalismo, sino de dejarlo atrás.

La temperatura sube. En el verano de 2015, la militarización de la policía estadounidense estalla en su violencia racista, sexista y de clase. Epidemia que llega hasta el día de hoy (noviembre). La policía no cesa de matar hombres negros; pero también golpea mujeres, jóvenes y niños. Negrofobia, sí, pero empieza a atacar blancos pobres, mujeres y hombres. Y ello porque, como explica Steve Martinot, la militarización de la policía supone una cultura de la obediencia absoluta, en ausencia de la cual se justifica la violencia.

¡Peligro: alto voltaje!

Al empobrecimiento de la clase media gringa, que desde la década de 1970 marca la política doméstica estadounidense -en vez de aumentar salarios a los trabajadores, el crédito “barato” mueve el consumo desde entonces, como no se cansa de decir Richard Wolff-; a esa política neoliberal se suma la pérdida neoconservadora de las garantías constitucionales, impuesta por la llamada Ley Patriota (2001).

Boomerang. Desnudez y precarización; endeudamiento. La desigualdad económica gringa es la más violenta entre los países ricos. En 2012, como senador independiente, Bernie planteó en el Senado que, siguiéndole los pasos a la América Latina dominada por las corporaciones usamericanas durante el siglo XX, Estados Unidos se convertía en la nueva república bananera del siglo XXI. Corporatocracia; tercermundialización del centro. Privatización de la política económica.

A partir de 2001, el Estado corporatizado legitima un poder ilimitado. Orwell y Huxley se revuelcan en la tumba de Hemingway. ¿Por quién doblan las campanas? En 2003, los neoconservadores, comandados por Dick Cheney y Donald Rumsfeld, desatan una guerra sin fin contra el llamado terrorismo islámico, la cual, al cabo de 12 años, desangra las arcas del país de Chomsky y Howard Zinn. Usamérica se muerde la cola. Su capitalismo de amigotes hace mierda al resto del país.

En 2008, Wall Street colapsa; el pueblo asume las pérdidas que, de 2001 a 2008, el presidente Bush transforma en ganancias oligárquicas: traspaso colosal de lo público a lo privado. En 2009, Obama gana la presidencia con la consigna vaga del cambio (un cheque en blanco, según Chomsky): ¡éxito total de la mercadotecnia! Obama se convierte en una marca. También en 2009, la Corte Suprema falla a favor de Citizens United, reivindicando así el flujo ilimitado de dinero en las campañas políticas de USA, que son las más caras del mundo. El dinero habla más alto que nadie.

Capitalismo no, sino coporatocracia. Chomsky dice que los nuevos republicanos son ultraestadistas, que se apropian radicalmente del Estado.

En septiembre de 2011, estalla Occupy Wall Street en Manhattan, Nueva York. La juventud estadounidense le confirma al mundo que no se duerme en las pajas de la brutalidad neoliberal. La clase media se tira a la calle. Relevo; turbulencia que llega del mundo a Estados Unidos y que de este regresa al mundo. ¡Occupy! ¡Occupy! ¡Occupy! Obama vuelve a ganar las elecciones de 2012, pero antes acaba con la presencia ostensible de Occupy Wall Street en el país de Malcolm X y Martin Luther King.

Tras la segunda victoria de Obama, el filósofo afroamericano Cornel West se emputece con el primer presidente negro de los Estados Unidos de Amnesia, según decía Gore Vidal. West no tolera el neoliberalismo de Obama, primer presidente negro de Estados Unidos que no hace nada por los negros pobres del país de James Baldwin. Fricción entre el filósofo y el presidente; separación y enemistad.

Por su parte, los mexicanos brutalizados por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), firmado por Bill Clinton en 1994; esos mexicanos que a raíz de ese convenio neoliberal tuvieron que cruzar la frontera a quemarropa, desplazados por la desaparición del la agricultura campesina, estipulada por el TLCAN, ellos, en pelotas, dicen que Obama, el presidente que más mexicanos ha deportado, ha sido peor que Bush. Nadie lo duda. ¿Se equivocó Carlos Fuentes cuando escribió la colección de ensayos, Contra Bush (2004)?

En 2015, todo empeora para el grueso de los estadounidenses. El índice de pobreza alarma en el país más rico de la historia. La distribución de la riqueza parece surreal. Insólita. Todavía se escucha el grito de Michael Moore ante el empuje del 1%: ¡se lo quieren llevar todo! Entre la desindustrialización y el desempleo, tanto para la clase trabajadora como para la profesional, el cinturón lo aprietan desde muy arriba. La recuperación económica de la que hablan los números usamericanos, no llega a la gente, confirma Richard Wolff. La nueva ganancia se queda en los bolsillos de los que están de más arriba.

¡República bananera! El puño neoliberal asfixia a la clase media gringa, cuyos alumnos universitarios son los más endeudados del mundo.

Por eso, la propuesta social demócrata de Bernie, su llamado al socialismo democrático, resuena cada vez más entre la clase media empobrecida. Lo impensable empieza a acontecer. Vuelta de carnero: algunos republicanos de la clase trabajadora, desde 1980 seducidos por el Partido Republicano de Ronald Reagan, comienzan a acercarse a Bernie. La violencia económica y el desamparo político aproximan los opuestos.

A partir de este verano (2015), Bernie y Donald Trump polarizan las primarias presidenciales. Hilary Clinton y Jeb Bush merman, aunque ella se considera la candidata oficial del Partido Demócrata (ala azul de Wall Street). Jeb se hunde en la garantía fallida de su apellido neoliberal y neoconservador.

Nadie espera que Bernie gane, ha dicho Ralph Nader, ni siquiera el propio Bernie, quien sabe que su función en el engranaje político de Usamérica no es ganar sino encauzar a los demócratas más progresistas, encabronados con Wall Street y el Complejo Militar Industrial, hacia el Partido Demócrata, el cual, desde Bill Clinton, se mueve progresivamente hacia el neoliberalismo que los republicanos emblematizan a quemarropa. Lo ha dicho muchas veces Chomsky: el Partido Demócrata constituye hoy lo que antes era patrimonio ideológico de los llamados republicanos moderados. Hillary, por supuesto, está a la extrema derecha del partido; justo en la línea donde se disuelven las diferencias con los republicanos.

Fiesta. Entre mis amigos literarios gringos, a los que leo con regularidad, la mayoría ve con buenos ojos la gesta de Bernie. Solo uno, periodista y escritor, Chiris Hedges, se opone categóricamente a jugar el partido político que Bernie, como otros antes que él (Jesse Jackson), ha puesto sobre la mesa durante esta campaña electoral, en una época que Chomsky considera extraña en la “historia política” de Estados Unidos.

Por ejemplo, un filósofo como Cornel West, cuya solidaridad con el presidente Obama se vino abajo al final del primer término presidencial, después de cuatro años en los que West no se cansó de criticar la complicidad del presidente con el neoliberalismo y su consecuente dejadez ante el abandono económico de los pobres; un filósofo como West, enemigo declarado de Obama, ha endosado la candidatura de Bernie, la cual ha tildado de profética, sobre todo por su crítica a Wall Street y su deferencia ante el empobrecimiento de la población.

A su vez, el economista marxista Richard Wolff, como West, se acerca al revuelo político de Bernie con buenos ojos, sobre todo porque su mensaje, el de Wolff, después de 40 años de marginalidad académica y mediática, a raíz del empobrecimiento cada vez más dramático de la clase media estadounidense, se hace también, como el mensaje de Bernie, progresivamente más relevante.

El surgimiento de Bernie en estas primarias y su creciente auge entre los gringos maltratados por sus capitalistas, se asemeja a la popularidad reciente del economista marxista, quien, tras jubilarse de la academia hace algunos años, no da abasto con sus charlas por el país, sus programas de radio semanales, el vídeo mensual, sus columnas periodísticas y sus libros, en los cuales, como Bernie, Wolff arremete contra la corporatización de la economía y la destrucción de la democracia usamericanas.

Woff ve en la popularidad de Bernie su propia acogida entre la clase media, lo cual atestigua la necesidad de cambio por la que grita la gente en el país de Mark Twain. Por esa realidad dramática que sufren 50 millones de estadounidenses, considerados pobres, otro de mis amigos, aunque no tan cercano, el teórico urbanista, activista e historiador Mike Davis, apoya críticamente a Bernie. Igual que el apoyo de Cornel West a Obama en 2009, el que le ofrece Davis a Bernie es un apoyo crítico que, de no cumplirse lo prometido, se tornaría en crítica feroz.

Desde la izquierda, mis amigos que apoyan a Bernie se ciegan, plantea el crítico más voraz de Bernie, Chris Hedges, periodista, escritor y ministro presbiteriano; ninguno reconoce lo que no se puede dejar de subrayar, dice Hedges: a saber, que la alianza de Bernie con el Partido Demócrata invalida ipso facto la posibilidad de cambio que predica y que la gente quiere desesperadamente escuchar, pues, a partir de Bill Clinton, el Partido Demócrata se entregó a las demandas de los oligarcas y plutócratas de Wall Street, traicionando a la clase trabajadora.

En eso, Hedges es firme: el cambio solo puede darse fuera de la política orquestada por el 01%, a la cual responde como un perro faldero el Partido Demócrata de Bernie y Hillary Clinton. La rebelión a la que llama Hedges, uno de los críticos más feroces de la corporatocracia usamericana, también llamada “totalitarismo invertido,” promueve la resistencia pacífica pero implacable ante el estado neoliberal. Rebelión que Hedges promueve desde el cuerpo políticamente desobediente, inapelable en su determinación ética, que se enfrenta a la enormidad de la oligarquía usamericana, convencido de que la lucha contra la opresión desatada del sistema es la única salvación posible.

Por eso, la rebelión de Hedges no cree en los llamados a la revolución que ha hecho Bernie durante las primarias, pues Hedges sabe, como decía Gore Vidal, que en Estados Unidos hay un solo partido político, el de los ricos, con dos alas. De ahí que Hedges le ponga coto al ritual electoral de estas primarias: el cambio solo se dará fuera de los partidos del poder.

Por esa complicidad del Partido Demócrata con el neoliberalismo feroz usamericano -fuerza a la que Chomsky, en su política exterior, llama “el imperio del caos”-, a Bernie lo dejan que hable de revolución en los debates junto a Hillary Clinton, quien a su vez aprovecha la proximidad de Bernie para llamarse a sí misma “progresista,” algo que ni ella ni él son, según Hedges.

Ergo. Mientras que la revolución de Bernie ni siquiera persigue socializar los medios de producción, lo que debería inquietar al economista Richard Wolff, cuyo marxismo persigue, siguiendo el ejemplo de Mondragón en el País Vasco, la democratización del trabajo en sí, la rebelión de Hedges le costó su trabajo en el New York Times, al criticar la invasión de Irak en 2003.

Hedges no les permite a sus lectores la ilusión del engaño; la lucha contra la corporatocracia usamericana es a muerte, dice: o vence la rebelión que desafía el sistema desde el cuerpo desobediente, o gana el neoliberalismo y el sistema destruye la clase media. No hay punto medio.

Junto a Ralph Nader, consumado defensor de los derechos de los consumidores desde 1960, Hedges habla de Bernie en el contexto del Partido Demócrata, cuya estrategia Nader conoce tan bien como Hedges. Dos veces veces aspirante a la presidencia de Estados Unidos como candidato independiente (2004 y 2008), candidatura que ambos partidos oficiales, Demócrata y Republicano, socavaron y sacaron de contienda de una manera poco democrática, Nader sabe en carne propia que el Partido Demócrata es parte del problema, no de la solución.

Por eso, Nader le dice a Hedges, quien trabajó en el equipo político de Nader cuando este se postuló como candidato independiente, que Bernie es una fantasmagoría, no una realidad, pues no está ahí para ganar las elecciones. Para Nader, Barnie es un mal actor, pues deja que se le vean las costuras.

Desde el principio, Hedges se opuso al teatro presidencial de Bernie, algo que su amigo de luchas recientes, una amistad política que empieza a partir de Occupy Wall Street (2011), Cornel West, no ha hecho, como se ha establecido antes. Discrepancia esta que establece una oposición irreconciliable en la praxis política de los amigos, ambos partícipes de un cristianismo zurdo -Hedges, que desde hace poco trabaja para TeleSur en inglés, entrevistó a West en sus primeros programas, pero no planteó el tema de Bernie-; discrepancia cuyo desarrollo está por verse: ¿podrá Hedges articular su profunda descalificación del Partido Demócrata con sus frecuentes demostraciones políticas junto a West?

De profético, como lo define West, a embaucador, como lo consideran Hedges y Nader, el surgimiento inesperado de Bernie en estas primarias presidenciales, en las cuales cabe decir que, tomando también en cuenta el circo político de los candidatos republicanos como Donlad Trump, Ben Carson, Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz y Carly Fiorina -¡horror que asusta al espanto!-, la realidad supera la ficción; el surgimiento de Bernie provoca una respuesta más entre mis amigos literarios, que considero la más interesante: a saber, la de Chomsky, cuyo acercamiento a Bernie se enfoca no en las elecciones, sino en la creación de un movimiento que trascienda las elecciones.

Chomsky le da el beneficio de la duda a Bernie, pero lo pone a prueba: si le interesa dirigir una revolución socialista en Usamérica, plantea Chomsky, entonces Bernie tiene que demostrar que tiene la voluntad de darle seguimiento al furor generado durante las elecciones. Qué pierda las elecciones, pero que continúe su protagonismo público contra la plutocracia. De otra manera, el fenómeno Bernie se queda en una cuestión personalista, algo que el propio Bernie ha desmentido, subrayando que el protagonista de todo esto no es él sino el pueblo que responde a la realidad que él verbaliza.

La propuesta de Chomsky es interesante también porque, sin quererlo, involucra retrospectivamente a Nader, quien, en total, ha aspirado a la presidencia del país cinco veces, primero como demócrata (1992), después con el Partido Verde (1996 y 2000) y las dos últimas veces (2004 y 2008) como candidato independiente. También Nader debió seguir el consejo de Chomsky en 2004, pero no lo hizo; en vez, después de levantar mucho vuelo entre los demócratas encabronados con la derechización del partido, Nader perdió en 2004 -yo lo voté- y se alejó de la fiscalización pública de la política de George W. Bush, lo cual fue un error. Tiempo de relativo silencio público; Nader se recluyó a escribir un libro que publicó en 2009: Only the Super Rich Can Save Us.

Entre mis amigos, los que apoyan a Bernie se engañan si piensan que el presidente de Usamérica puede cambiar el neoliberalismo, algo que solo la rebelión popular pude hacer. Hedges, quien sabe español, lee el título del libro de Nader, Solo los super ricos nos pueden salvar, y se aleja. Nader se equivoca, dice: solo la rebelión frontal de la clase media empobrecida nos puede salvar…

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua española, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014)

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