Dentro de Luisiana, no lejos: notas sobre la inflación de las falsas novelas históricas

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

El reyno de España gobernó Luisiana durante cuatro décadas (1763-1803) La enorme Luisiana (un 23% de los EEUU de entonces) fue uno de los incontables obsequios que los Borbones españoles regalaron a Napoleón de modo que su final fue todo menos digno. Pero la “batalla del relato” en la que se esmera la hispana extrema derecha (no hay ninguna moderada), ha perpetrado un esfuerzo más en tergiversarla, esta vez de la mano de la extrema derecha libresca. Así ha nacido una gruesa novela histórica (Luz Gabás [LG], Lejos de Luisiana) En un alarde de imprudencia adivinatoria, habiendo leído sólo 12 páginas de 750, pasamos a glosar.

Año 1763, el Imperio español agoniza pero, aun así, okupa Luisiana

Nos podemos equivocar pero nos parece probable que en esa novela (voluminosa por exigencias de la moda editorial gringa) no se mencione que, cinco años después de anexionarse Luisiana, estalló la primera sublevación contra los ocupantes españoles. Al parecer, fue debida a que el científico y gobernador Antonio de Ulloa quiso imponer en 1768 unas restricciones al mercado y, de paso, cercenar la autoridad del Consejo Superior indígena. Contra ello, los criollos –franceses en su mayoría- se alebrestaron en agosto de 1769 y, para domesticarlos como era su costumbre, Madrid les envió a Alejandro O’Reilly -apodado el Sangriento, el Bloody– quien llegó al mando de 2.000 soldados embarcados en 20 navíos de guerra. Inmediatamente, O’Reilly reclamó la soberanía española y abolió de un plumazo la autonomía del susodicho Consejo. Los principales conspiradores vieron confiscadas sus propiedades y encarcelados –seis, en La Habana. Nicolas de Lafrénière –señalado como el ‘cabecilla’-, y cuatro de sus compañeros fueron públicamente fusilados. El Imperio español estaba en sus últimas pero todavía le quedaba sadismo para asesinar tanto a europeos como a amerindios.

A cambio de esta exhibición de sadismo, es probable que la novelota de marras nos recuerde que, en 1784, 21 años después de anexionarse Luisiana, un gobernador español de Luisiana y de Florida occidental, firmó cuatro ‘tratados’ con los amerindios Chickasaw, Choctaw, Tallapoosa, Alabama y con la Federación Creek. Nunca sobran episodios aparentemente indigenistas -que después nos cuenten si se respetaron, es harina de otro costal.

Genocidio contra los Karanwaka (1778-1789)

Texas al Oeste y Misisipi más Alabama, al Este. Territorios de amerindios costeros como los Karanwaka. Pensacola y Galveston, son lugares ‘hispanics’.

Tampoco es probable que LG nos narre la epopeya de once años que padecieron estos amerindios y, menos todavía, que los gloriosos-y-siempre-invictos ejércitos españoles necesitaron esos 11 años para aplastar al pueblo indígena Karanwaka, asentado a ambos lados de la actual frontera Luisiana-Texas. Lo cuente LG a su manera o de ninguna manera, de aquella guerra de exterminio nació para la Historia una figura imperecedera: el rebelde indígena Joseph María (JMª; ¿-1789?)

La guerra comenzó cuando el capitán Cazorla encarceló al veinteañero JMª acusándolo de haber sacrificado una vaca de la Misión sin el permiso del párroco. El joven indígena coapite/guapite se fugó, pecado mortal por el que fue clasificado como ‘apóstata’, una categoría misionera peor que la de ‘neófito’ pero menos arriesgada que la de pagano. Y el primer acto sangriento sucedió en marzo de 1778: JMª y su hermano José Luis se acercaron al navío Yedra comandado por el ingeniero francés Luis Antonio Andry (? –ca. 1778) a quien engañaron en perfecto castellano asegurándole que le guiarían hasta puerto seguro. Pero lo que hicieron estos Coapite y sus parientes fue exterminar a los 16 tripulantes del Yedra y apropiarse de su armamento -250 años después de un primer encontronazo con Cabeza de Vaca centrado en la frontera Texas-Luisiana. Sólo se salvó Tomás de la Cruz, un joven indígena maya a quien encontraremos más adelante. JMª comenzó su lucha con sólo diez guerrilleros. La que pasó a los anales como “la masacre de Andry” no fue conocida por los invasores europeos hasta un año después.

Las autoridades españolas enfrentaron la previsible sublevación de los Karanwaka primero con diplomacia, luego con deportaciones y, a la postre, con genocidio. Antes de que se supiera nada de la susodicha masacre, la Guerra entre los Invasores españoles y el pueblo indígena Karanwaka había pasado de latente a patente –recordémoslo cuando la propaganda hispano-borbónica quiera enturbiar la Historia haciéndonos creer que aquella masacre sólo fue el catalizador de los 11 años de guerra posterior. Item más, los Invasores no se conformaron nunca con derrotar a los amerindios de la costa de Luisiana-Texas sino que planearon su completo exterminio. Así lo escribieron los prebostes Athanase de Mézières, Domingo Cabello y Robles y Nicholas de La Mathe, en una planificación detallada y explícita. Aparte de estos asesinos confesos, iremos viendo los nombres de otros genocidas, empezando por Rene Robert Cavelier, Sieur de La Salle, quien les atacó al frente de 250 franceses algunos de los cuales le asesinó en Piney Woods –hoy, Texas. Y siguiendo con el barón de Ripperdá, un aventurero que triunfaría en el Palacio Real de Madrid aunque, descubiertas sus trapacerías, huiría a Marruecos donde se hizo musulmán. Ripperdá planeó una “meditada campaña” para asesinar a cuanto amerindio pudiera pero no en guerra abierta sino a través de comandos que hoy llamaríamos ‘anti-terroristas’. Por otra parte, los misioneros en tierra karanwaka se quejaban de que sus pupilos rechazaban la catequesis –se dormían en misa, no se confesaban y despreciaban el catecismo. Y algunos como el P. Escobar optó por solicitar públicamente al gobernador que indultara a los presos mientras que apresaba a nueve ‘neófitos’ y les enviaba a una misión lejana; esperaba que sus familias intentaran el rescate para apresarlos a todos de una vez pero, en efecto, dos meses después llegaron las familias pero, viendo el embeleco, huyeron a sus territorios costeros.

Hubo antecedentes a esta rebelión amerindia: en 1723, durante una bronca, un Karanwaka fue apuñalado y un soldado, flechado. El capitán del fortín La Bahía, trabó a la mitad de los indígenas y quiso ahorcarlos a todos. Preparó cuerdas mientras encerraba a los reos en una choza y los tranquilizaba mediante el lenguaje de signos. Pero, cuando dio la orden fatídica, un Karanwaka le mató hundiéndole una tijera; entonces, dispararon un cañonazo contra la choza pero apuntaron mal y los sorprendidos indígenas escaparon por una ventana –menos tres que no tuvieron suerte.

JMª atacó la Misión Rosario y, aunque no llegó a conquistarla, se hizo con un botín de armas de fuego –un triunfo inédito hasta ese momento. Además, liberó a los novicios –de 31 apresados, 22 huyeron lejos y nunca volvieron. El coronel Cabello (citado supra) se vanagloriaba de introducir en la guerra la modernidad (¿) cuya primera medida de gobierno fue eliminar a todos los perros de las misiones y ciudades –los colonos se opusieron y de ahí que el coronel se ganara el mote de mataperros. Ante semejante indisciplina ciudadana, recurrió entonces a la eterna táctica del ‘divide et impera’ y se coaligó con los Lipan Apaches –una alianza que, años después, tuvo funestas consecuencias para JMª. A estas alturas de los numerosos intentos de ‘solución final’, aparece el capitán Cazorla (vid supra, temprano apresamiento de JMª) quien tuvo la peregrina idea de hacer patrullar por la costa a sus soldados. Los indígenas seguían la marcha de los expedicionarios marcando su ubicación con señales de humo. La moral de los milicos españoles era mínima: el sol les quemaba la piel, los arrecifes cortaban sus botas; Cazorla escribió “los Carancahuazes han perdido el miedo a mis tropas”.

Cazorla necesitaba ocho grandes canoas para saquear la costa; ordenó construirlas pero sólo disponía de dos carpinteros de ribera y los dos fueron enseguida asesinados por los indígenas. Desesperados por apresar a JMª y a su lugarteniente Mateo, el gobernador Cabello ideó varias tretas para eliminarlos: desde convocar a falsos parlamentos de paz hasta sobornar a otros líderes indígenas para que se los entregaran pasando por fingir un naufragio en el que, teóricamente, caería la “pérfida banda” de JMª. Lo único que consiguió fue que el Héroe Rebelde liberara a Tomás de la Cruz, el maya que sobrevivió a la masacre de Andry.

En 1779, los Akokisas, Cocos y Mayeyes llegaron a territorio karanwaka protestando ante milicos y misioneros que ellos no eran amigos de los archienemigos de los españoles –y franceses. Los invasores se confiaron y, pocos meses después, los no-tan-sumisos indígenas vendieron a los Apaches las armas conseguidas en las misiones. El teniente Joseph Santoja se percató de ese comercio y persiguió a la tríada de bandas indígenas. Un Karanwaka murió flechado cual alfiletero por los yanaconas Aranama. Por primera vez, los invasores cantaron ¡victoria! Este enésimo intento de genocidio logró que Santoja fuera reprendido por sus superiores pero fue una sanción dictada con la boca pequeña pues, a la postre, los soldados eran adoctrinados en que “no debían dejar vivo a ninguno de esos indios que habían cometido tantos asesinatos”. También en 1779, Athanase de Mézières sustituyó a Cabello pero no del todo pues, al poco rato, este diplomático y lingüista francés murió de gonorrea. Los invasores planearon entonces confinar a los Karanwaka en las islas que salpicaban la costa. Sólo les dejaron llevar sus arpones de pesca en la esperanza de que morirían de hambre y tendrían que volver a tierra firme pidiendo perdón “de rodillas”. Léase, el genocidio continuaba.

JMª había logrado unificar a la mayoría de los ‘indios costeros’ cuando un barco medio desmantelado arribó a lo que se conoce como Mustang Island. Al tercer día, setenta guerrilleros -una quinta parte de los posibles ejércitos amerindios- lo rodearon y asesinaron a toda la tripulación –entre ella, el capitán Montezuma. Y su audacia creció hasta el punto de robar 175 caballos del fortín La Bahía que estaban siendo vigilados por 14 soldados. Las propiedades de los invasores continuaban siendo la principal fuente de aprovisionamiento de los guerrilleros.

En los años 1777 y 1778, una epidemia de viruela y de cólera arrasó los territorios indígenas. Entre los Bidais murió la mitad de la población. JMª supo que debía pedir paz. En octubre de 1780, desde el Sur llegó a los Karanwaka otra ola de viruela que también afectó duramente a los Apaches. José Luis, hermano de JMª, informó a los europeos quienes, en agradecimiento, le encarcelaron tres años y luego le deportaron a La Habana en lo que era una pena de muerte diferida. Nunca se sabrá pero se calcula que esta epidemia mató a 200 Karanwaka –entre ellos, el lugarteniente Mateo quien murió con horribles dolores estomacales. Llegaron multitud de aventureros con planes mágicos para completar el genocidio. Ejemplo, el buhonero francés Nicholas de La Mathe presentó un plan de 40 páginas con 56 párrafos en el que garantizaba la ‘solución final’ y se ofrecía a ejecutarla personalmente. Sólo necesitaba buenas maderas pero, como no las consiguió, su figura y su plan fueron olvidados.

En 1778, JMª se presentó casi solo en Misión Rosario para pedir perdón. A cambio, se comprometía a traer de vuelta a la ‘civilización’ a todos los guerrilleros fugados. Las autoridades no le creyeron. En 1785, con su tropa a la defensiva, la coalición urdida por JMª se estaba fracturando –en parte por la represión militar y en parte por los cambios estacionales de las migraciones. Dos años después, en junio, JMª llegó a la ciudad de San Antonio (hoy, Texas) para entablar los enésimos diálogos de paz o, al menos, un armisticio temporal -incluso comulgó. Sin embargo, los buenos tiempos habían terminado: su esposa, Mª del Rosario, no quiso seguirle y, peor aún, cuando el sargento Pedro Pérez, intentó mediar en una disputa interna karanwaka, Chepillo –un indígena borracho-, le disparó en la cabeza; la riña continuó hasta que Mathías, un indígena yanacona (auxiliar, no es un etnónimo), asesinó a dos Karanwaka con sendos tiros de fusil.

En febrero de 1789, tuvo lugar la última batalla de la guerra ‘de los Karanwaka’. En La Bahía, Manuel Espadas, nuevo capitán español creyó que unos 400 ‘indios costeros’ estaban haciendo señales de humo para ‘provocar’ a las tropas invasoras. Espadas alistó a 89 soldados y les acometió. Los dos bando tenían armas de fuego pero muy distintas –modernas las españolas y decrépitas las indígenas. Balance final: murieron 11 Karanwaka y dos soldados españoles resultaron heridos.

En aquellas mismas semanas, cuando cundía una relativa paz entre indígenas e invasores, una banda de Lipan Apaches asesinó a JMª y a su hijo (vid supra, “funestas consecuencias” del trato con los Lipan) Debemos subrayar que los Karanwaka de JMª imaginaban una costa en la que vivieran con los españoles. Pero la ‘justicia’ de los invasores había satanizado al líder Coapite –un semi-mestizo- acusándolo de abusar de la confianza de los Invasores, de secuestrar a los neófitos de las misiones, de comerciar con la muerte, de esclavizar a los marginales, de asesinar a los yanaconas esclavizados por los españoles e incluso de “matar a su propia madre de un arponazo”. Una de las muchas enseñanzas de este cruel episodio es que, habitualmente, los académicos creen que las razzias indígenas son consecuencia de su nomadismo pero no es el caso de los Karanwaka pues eran sedentarios. Otra, que los invasores inventaban delitos sin pruebas –ayer y hoy, especialidad de los asesinos de cuello blanco (vid Tim Seiter. 2021. “The Karankawa-Spanish War from 1778 to 1789: Attempted Genocide and Karankawa Power”; pp. 375-410, en Southwestern Historical Quarterly: 124, 4, doi.org/10.1353/swh.2021.0026)

Para la enciclopedia de costumbre, los Karankawa (auto-etnónimo, Auia; otro nombre exógeno, Clamcoëhs; clanes Capoques (cocos), Kohanis, Kopanes y Kronks) son “ahora extintos” -¿seguro?. Eran más altos y más robustos que unos invasores carcomidos por el escorbuto. En los años de JMª, como genuinos indígenas de una costa enrevesada y todavía pésimamente cartografiada, se habían especializado en saquear los barcos embarrancados y en los pecios subsiguientes –a la hora de comerciar con las mercancías ‘recuperadas’, así evitaban la competencia de los indígenas intermediarios.

La enésima novela ‘histórica’

Huelga subrayar que todos los premios Planeta son meras operaciones comerciales diseñadas por unos empresarios que, como herederos del peor franquismo cultural, a veces, cuidan más su política que su cuenta de resultados. Así declara LG la génesis de su novela: “en Zenda me pidieron un relato sobre el papel de España en la independencia de EEUU y ahí empecé a refrescar ideas y, de repente, lo vi. Veía el contexto, el sitio, a los españoles en reuniones con los nativos, a una joven criolla… Di con una leyenda de un indio nativo kaskaskia que se enamoraba de la hija de un comerciante francés, se fugaron, los pillaron”. Agotado el ‘heroísmo’ de los Conquistadores y de los Cowboys, los industriales de la novela recurren al idilio entre Invasores e Invadidos –paradigma de lo políticamente correcto. En consecuencia, “surge el amor de Suzette y de Ishcate, una relación mestiza que no por frecuente en la época dejaba de estar mal vista entremezclada con la relación puramente económica de los matrimonios concertados”. LG cumple a rajatabla las ‘sugerencias’ de la editora pero su neofranquismo –fue alcaldesa por el PP- queda patente cuando expresa en mil entrevistas sus convicciones políticas: “no podemos juzgar el pasado con criterios del presente” (manido negacionismo del genocidio contra los amerindios y contra los republicanos), “en España no hay conflicto”, “más lectura y menos política”, “Intento cada vez más en mi entorno despolitizar la vida y relativizar, porque si no vamos a perder la amabilidad» [dicho desde un partido que no sabe qué carajo es la amabilidad], etcétera. Rezan las 12 págs. que hemos leído en internet:

“El corazón de Ishcate… convertido de repente en la tensa piel de un tambor [símil para gorilas]… A sus catorce inviernos pasaba los días corriendo por los bosques… se deslizó hasta dar con la espalda en el tronco. No estaba a mucha altura del suelo, pero se había quitado de encima la posible amenaza de un buen número de depredadores. [¿no sabía que muchos osos trepan?] Nada podría hacer si lo atacaba un indio de una tribu enemiga… Los sioux habían expulsado a sus antepasados de sus tierras originales cerca de los Grandes Lagos. Los iroqueses habían destrozado Kaskaskia y matado a muchos de su tribu en el pasado; los fox también, pero indios y franceses juntos los habían echado. Los chickasaw eran pocos, pero muy intrépidos; con los cherokee, habían atacado el país de los illinois durante la última guerra entre europeos del lado de sus amigos ingleses. Ah, los ingleses. A esos sí que había que temerlos… [tiene que] apartar las tentaciones del diablo, imaginado ahora —según las enseñanzas del padre Meurin— con una larga cola terminada en punta, cuernos retorcidos y un tridente… Rezó entonces al Gran Espíritu en su lengua… y, por si acaso, también al Dios cristiano en las pocas frases que sabía en francés… El padre Meurin dirigía la misión y, además de enseñar agricultura a los indios, se empeñaba en que aprendieran la religión de los franceses… [a Ishcate] le gustaba la cuestión específica de la libertad. ¿Cómo sería su esposa? India, desde luego, con el cabello oscuro y las facciones definidas. Francesa jamás, eran demasiado flacas y flojas.” (nuestras cursivas)

La trama argumental está servida. Leídas tan pocas líneas, podemos asegurar que sus descripciones son estereotipadas y su lengua castellana, tosca y jibarizada. Pero ya se otea la esencia del relato: jesuitas adorables, ingleses malos y, capítulos adelante, suponemos que españoles altruistas. Un producto de encargo para ser vendido (también) en los EEUU y una pulla a la Pérfida Albión. Aun así, es curioso que esta pieza de propaganda del imperialismo hispano, no sigue la tradición española puesto que en LG escasea la figura del otrora ubicuo Bernardo de Gálvez (1746-1786) -sospechamos que no era comercial insistir en este invasor de Portugal y genocida contra los Apaches, dos mercados subalternos pero jugosos.

Los kaskaskia

Ocho amerindios y un muchacho afroamericano. Uno de los indígenas es un Ishak-Kaskaskia con un tocado de plumas y tatuajes faciales, porta un calumet ceremonial (pipa de la paz) Alexander de Batz, Desseins de sauvages de plusieurs nations, New Orleans, 1735. Peabody Museum, Harvard.

Los protagonistas: Suzette Girard es la novia francesa –Girard es un apellido frecuente en Luisiana desde que el naviero y banquero Esteban Girard se especializó en colocar sus mercancías en el mercado de Nueva Orleans. El novio indio es “Ishcate, indígena Kaskaskia”. Los Kaskaskia (KAS) vivían desde ‘antaño’ en el suroeste de Luisiana y el en sureste de Texas. Probablemente, eran los Han que rescataron a Cabeza de Vaca cuando éste naufragó en 1.528. Para algunos etnohistoriadores apresurados, estos amerindios Han (¿KAS?) fueron de los primeros amerindios en donde los Cronistas registraron la tolerancia ante los ‘transgéneros’ y los matrimonios no heterosexuales. Narra el náufrago, explorador, autodesignado chamán:

“También quiero contar sus naciones y lenguas, que desde la isla de Mal Hado hasta los últimos hay. En la isla de Mal Hado hay dos lenguas: a los unos llaman de Caoques y a los otros llaman de Han… entre éstos [indios costeros]vi una diablura, y es que vi un hombre casado con otro, y estos son unos hombres amarionados, impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres, y tiran arco y llevan muy gran carga , y entre éstos vimos muchos de ellos así amarionados como digo, y son más membrudos que los otros hombres y más altos”. (Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios y comentarios, cap. XXVI)

Sus vecinos Choctaw llamaban hattak apa—antropófagos- a los Kaskaskia. Más tarde, había en Luisiana tantos criollos (Creole Indians) que, actualmente, muchos dellos todavía conservan rasgos visibles de sus antepasados africanos. Aunque no están reconocidos federalmente como natives o como first nations, conservan parte de su identidad étnica.Indígenas Kaskaskia llevando al misionero Marquette y a Louis Jolliet por el portaje del río Chicago en septiembre 1673. Chicago: monumento del año 2012.

La vieja carta de un milico gringo nos enseña por qué no tienen ningún estatus legal merecedor de tal nombre: “Una expedición contra los Kaskaskia será sumamente ventajosa pues costará muy barata… Con sólo unos barcos y unas canoas cargadas con 40 días de bastimento podemos derrotarlos en batalla porque no sabrán defenderse… se verán abocados a la certeza de que deberán abandonar su territorio o morir de hambre con sus familias porque no conseguirán nada de comer” (general G.R. Clark, año 1.777)

En 1.735, el conde de Maurepas se opuso a los matrimonios entre franceses e indígenas argumentando que “estas alianzas son indignas y afectan a la paz de la colonia… los hijos resultantes de estas nupcias son más libertinos que los salvajes”. Tres años después, en 1.738, René Tartarin SJ, escribe desde Illinois a los funcionarios coloniales de Nueva Orleans defendiendo los matrimonios inter-étnicos entre franceses y amerindios. LG, fiel defensora de los jesuitas, ¿se agarró a este dato para articular la rosácea anécdota de Suzette e Ishcate?

APÉNDICE FOTOGRÁFICO

Exposición Universal, Saint Louis 1904.

Un siglo y un año después de que los EEUU compraran Luisiana a Napoleón Bonaparte –cuando sólo era Cónsul, no el emperador que luego fue-, los alegres USA conmemoraron el centenario de la regalada purchase con una Exposición Universal (Saint Louis, Misuri, a orillas del río Misisipi) No era para menos: por unos 23 o unos 15 millones de US$, consiguieron un territorio mayor de 2 millones de kms2 que llegaba desde el Caribe hasta el sur de Canadá. Estaba habitado por sólo unos 35.000 caucásicos al mando de incontables indígenas y afroamericanos -ayer esclavos de iure y ahora esclavos de facto. Esta Exposición de 1904 marcó una sentido de la universalidad que perduraría hasta hoy: fue entendida como pretexto para mostrar exotismos varios, sobre todo de indígenas ya ‘domesticados’ –exterminados en muchos casos- por el Gran Hombre Blanco.

Negros en pleno apartheid

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