El padre del impostor

Nònimo Lustre*. LQS. Mayo 2021

Los impostores componen una fauna no tan exótica como pudiera creerse pues los encontramos en todos los tiempos y en todas las culturas. Son individuos, a veces algo marginales y otras todo lo contrario. Pero no son del todo psicopáticos porque la impostura anhela los beneficios materiales y de prestigio social del Otro. Son plagiarios de personalidades que generalmente necesitan de un padre, tutor, mecenas, cómplice o protector. En estas notas, voy a centrarme en esos padres, especialmente en los frecuentes casos en que son sacerdotes o pastores protestantes –por ello utilizamos padre en el sentido parroquial del vocablo: el Padre Fulano, en guaraní el Pái Mengano.

Rev. Alexander Innes, padre de ‘George Psalmanazar’

Psalmanazar, George. 1704. An Historical and Geographical Description of Formosa, An Island Subject to the Emperor of Japan. Giving an Account of the Religion, Customs, Manners &c. of the Inhabitant –dedicada al Obispo de Londres. Reeditado en Vol. II de la Library of Imposters (N.M. Penzer, ed.), London, 1926

En el mundo anglosajón, el caso ‘Psalmanazar’ es sumamente conocido. Tanto que hasta lo he comentado de vez en cuando. En una antigua ocasión, lo resumí en los siguientes párrafos:

“Al gran Salmanasar le besaban los pies los reyes de Judá. Por otra parte, su fama hizo estragos en Europa, en especial desde que tomara ese nombre uno de los más ingeniosos farsantes que ha conocido el Viejo Continente -lo reseñamos como ejemplo de la influencia que Asiria ha tenido en Occidente. Ese formidable sujeto fue “George Psalmanazar” (nombre inventado, ¿Marsella?, c. 1680 – Inglaterra,1763) quien, después de hacerse pasar por varios personajes, incluyendo un japonés que misteriosamente hablaba latín, publicó en Londres una minuciosa descripción de la isla que entonces se llamaba Formosa y hoy, Taiwan: An Historical and Geographical Description of Formosa (1704), obra cumbre de lo que deberíamos entender por utopía (= sin lugar), de la fantasía y de la imaginación sociológica en la que recoge la lengua y describe minuciosamente un supuesto reino de Formosa. Además de estas excelsitudes, este libro –un best seller de la época-, demuestra que la Europa semi-ilustrada del siglo XVIII era tan estúpidamente crédula como en la actualidad. Sólo así podemos entender que creyeran al Gran Psalmanazar cuando chinos, japoneses, portugueses, españoles y holandeses habían invadido Formosa desde mucho antes de la publicación de ese libro literalmente maravilloso. La imbecilidad europea tiene delito porque, más de un siglo antes de que el eximio ¿marsellés? se hiciera millonario con su alambique oriental, concretamente en 1590, los portugueses ya habían conquistado la isla Hermosa.”

Desde hace tres siglos, los dimes y diretes sobre Psalmanazar son incontables. Pero ahora, gracias a internet, tenemos acceso a los documentos originales cuyas grafías, además, son fácilmente legibles. Hoy, disponemos no sólo de su famoso libro sino también de las menos populares Memorias del protagonista –lamentablemente, de su Reverend Innes, un personaje conspirador y lascivo, no hemos conseguido apenas documentos. En ellas, ‘George’ confiesa que jamás salió de Europa (“Out of Europe I was not born, nor educated, nor ever travelled”, y que “As for my parents and relations they were Roman Catholics”, echando definitivamente por tierra sus imposturas juveniles como japonés, formosano (hoy, taiwanés), irlandés y un tremendo etcétera.

El Padre Nuestro en formosano-salmanasareño

Porque son suficientemente conocidas y porque nuestro interés se ha centrado en el Reverendo, no voy a enumerar las peripecias de ‘Psalmanazar’. Pero si señalaré que, poco antes de que cambiara su suerte, era un soldado ‘escocés’ del montón; es decir, piojoso, putero hetero y prostituto homosexual y, encima, soriático y/o sarnoso. Una calamidad hasta que, en 1702, se encuentra con Innes, entonces capellán de un regimiento del ejército escocés destacado en los Países Bajos.

Los dos pillastres se hicieron íntimos amigos y, en 1703, se desplazaron a Londres donde Innes le introdujo en sociedad presentándole como un cristiano recién bautizado proveniente de una remota isla llamada Formosa cuyos indígenas eran caníbales, hacían sacrificios humanos -con adultos pero, en especial, con niños- y practicaban ritos espantosos. La alta sociedad londinense quedó tan prendada de estas ‘orientalidades’ que le exigió publicarlas en un libro. ‘Psalmanazar’ no se hizo de rogar y, junto con Innes, pergeñó una monografía exhaustiva de Formosa que fue publicada con enorme éxito en 1704 –año en el que sube al trono de Inglaterra, Escocia e Irlanda la reina Ana Estuardo. Cuando los británicos sospechan que su pálida tez no parece la de un salvaje, Psalmanazar-Innes les explican que es así porque es aristócrata y, allá en Formosa, los nobles viven bajo tierra precisamente para protegerse del inclemente sol tropical. El volumen An Historical and Geographical Description of Formosa, obtuvo un éxito inmediato. Fue traducida al inglés –recordemos que fue escrita en latín, una prueba más de la intervención de Innes-, francés y alemán y fue un bestseller hasta 1716.

Notándose cercano a la muerte, ‘Psalmanazar’ escribió sus Memorias en las que nunca reveló su verdadero nombre pero sí narró a calzón quitado la verdad de sus imposturas: Memoirs of ****: Commonly Known by the Name of George Psalmanazar, a Reputed Native of Formosa. Dublin, 1765 (edición póstuma; la ilustración de arriba pertenece a esta edición)

El capellán escocés

Como hemos ido viendo, el nombre de Innes permea la fantasía formosana desde que el Reverendo topa con el mozo piojoso. Pero el pastor no es tan caritativo como para alojar al milico en un hospital sino que se siente atraído por el descarriado no sabemos por qué –¿por su apostura, su desenvoltura, su cuasi glosolalia, su exotismo de japonés ducho en latinajos?-. Fuera por lo que fuera, Innes huele el oro. Aun así, toma sus precauciones y descubre rápidamente la falsedad de ‘Psalmanazar’ cuando le pide que le traduzca al japonés un texto de Cicerón. Días después, le pide que repita la traducción. Enseguida observa que las dos piezas no se parecen en nada. Pero, lejos de denunciarle por falsario, Innes simplemente le aconseja que sea “more vigilant in the future”. Desde ese primerísimo momento, el Reverendo toma en sus manos todo el proceso de impostura (Keevak, 4), ergo pasa a ser el impostor principal y ‘Psalmanazar’ en el pupilo obediente. Quizá por sus enseñanzas, resulta que “From the perspective of modern linguistics, of course, Psalmanazar’s language is just a little too regular to be genuine” (ibid, 69) La ortodoxia clerical tiene sus desventajas lingüísticas.

Además, ‘Psalmanazar’ escribió en latín su opus major pero unos detalles de la traducción al francés sugieren que Innes fue más allá que inventar al personaje: puede que incluso co-escribiera la Description of Formosa. Veamos: en los títulos de crédito de la susodicha traducción, figura “le Sieur N.F.D.B.R.” quien pudiera ser un colega del traductor al inglés, un tal Doctor Oswald identificado como un “Scottish minister”. No resulta extraño que “N.F.D.B.R.” consulte a diario con ‘Psalmanazar’ puesto que hemos aventurado que este pillo era francés pero también pudiera ser que sea en realidad el mismo autor. Pero hay más: asimismo es plausible suponer que Oswald era el Reverend Innes: “Similarly, one cannot help but wonder whether this Oswald is really Psalmanazar’s cohort Innes, and thus to what extent he might have participated in the composition of the Description from the start” (ibid, 29) Siguiendo a Keevak, un autor que frecuentemente introduce a Innes en su libro, está claro que el Reverendo es quien decide personalizar a ‘George’ como formosano como mejor manera de evitar preguntas incómodas y hasta le bautiza al ex pagano japonés. Una vez más, me asombra que fructificara una impostura ubicada en una isla desconocida pero que había sido invadida por los portugueses en 1590 y luego colonizada por chinos, japoneses, portugueses, españoles y holandeses.

Con el tiempo, ‘Psalmanazar’ perdió en Londres a Innes cuando éste consiguió una bicoca como capellán del ejército inglés en Portugal y se largó sin despedirse de la casa de ambos. A partir de ahí, el rencor o la edad le abrieron los ojos. Sus Memorias constituyen un memorial de agravios contra su Creador, un desalmado sacerdote al que ahora denuncia por sus ‘notorias y descaradas inmoralidades’ así como su “almost insurmountable propensity to wine and women”. Mientras, ‘Psalmanazar’ continuó siendo “very much the Formosan ‘regular’, whose only vice, he repeatedly says, was vanity.” (ibid, 110) (cf. Keevak, Michael. 2004. The pretended Asian: George Psalmanazar’s eighteenth-century Formosan hoax. Wayne State University Press, ISBN 0-8143-3198-X)

[La impostura del cura y el formosano sigue obnubilando a muchos escribidores. El último libro que conozco es: Graham Earnshaw. 2017. Formosa Fraud: The story of George Psalmanazar, one of the greatest Charlatans In Literary History; Earnshaw Books. Esta autoedición es perfectamente desechable porque no añade nada a las innumerables obras publicadas sobre ‘Psalmanasar’]

El fraile luso-hispano y el Pastelero de Madrigal

El caso del pastelero de Madrigal ocurrió a finales del siglo XVI. En España, es todavía una de las imposturas más pregonadas. Y tan polémica que aún se debaten detalles de su proceso y tan oscura que, medio milenio después, no sabemos si fue una conspiración portuguesa o, a nuestro juicio, uno de los muchos complots urdidos por el rey Felipe II. En toda circunstancia, es evidente que estuvo en juego la independencia de un Portugal entonces sujeto al designio del mal llamado rey Prudente -apodo puesto por los tiralevitas de ayer y de hoy que no cuadra con la caprichosa beligerancia de su caótico reinado.

La superficie del episodio está en cualquier manual o enciclopedia –por ende, no lo voy a detallar sino a gruesas pinceladas. Empieza en 1578 cuando el rey don Sebastián de Portugal se volatiliza tras haber sido derrotado en la batalla de los Xerifes (ver infra, MFG) Dos años después, Felipe II se apropia o usurpa el trono portugués. Y, enseguida, brota el sebastianismo –creencia milenarista en que el rei desejado reaparecerá en toda majestad. Anacrónicamente, este movimiento popular encontró su biblia en unas Trovas escritas en 1540 por el zapatero Bandarra, unos sueños proféticos que hoy tildaríamos de regeneracionismo imperialista. Un ejemplo: “Portugal é nome inteiro, / Nome de macho, se queres: / Os outros Reinos mulheres, / Como ferro sem aceiro.” Estas Trovas languidecieron desde 1640, fecha de la Independencia de Portugal, hasta que fueron exhumadas y propaladas por Pessoa, sebastianista confeso, quien llegó a comentarlas con incitaciones como “Libertemos o nacionalismo dos seus agregados espúrios. O verdadeiro patrono do nosso País é ese sapateiro Bandarra. Abandonemos Fátima por Trancoso” -el pueblo de Bandarra.
En 1594, llega a Madrigal de las Altas Torres (Ávila) “el personaje al que se apunta como urdidor del plan que debería llevar al pastelero Gabriel de Espinosa [hoy diríamos panadero, empanadillero u hornero] a ceñirse la corona de Portugal: es Fray Miguel de los Santos, agustino portugués y vicario de un importante convento en Madrigal, que había sido confesor en la corte del rey Don Sebastián, habiendo apoyado al Prior de Crato en sus intenciones de suceder al desaparecido rey. Por ello había sido deportado a Castilla por Felipe II” (apud wikipedia) Espinosa encuentra a María Ana de Austria, prima del finado don Sebastián, sobrina bastarda de Felipe II y monja traviesa en el convento regido por fray Miguel. A partir de entonces, se ‘descubre’ que estos tres personajes están conspirando para que el pastelero –muy parecido físicamente al rei desejado- recupere el trono de Portugal. Son procesados (ver legajos E.172 y E.173 del Archivo General de Simancas) y los dos varones son ahorcados en 1595 mientras que la sobrina monja es sólo recluida en un convento de clausura [Cuando Espinosa estaba en el patíbulo, el Padre Descalzo le apretó el crucifijo en la boca, impidiéndole pronunciar sus última palabras]

Esta impostura, ¿fue realmente maquinado por ese trío o el fraile, el panadero y la monja cayeron en un complot realmente urdido por Felipe II? Obviamente, a los felipistas –rama eterna del monarquismo español- les horroriza creer en un rey más maquiavélico que Prudente pero otros disienten y subrayan algunos de los sangrientos contubernios de Felipe II: “cuando Gabriel de Espinosa fué ahorcado, ya habían muerto el príncipe don Carlos y la reina Isabel de Valois, Juan de Escobedo y don Juan de Austria, que habían sido degollados los condes de Horn y de Egmont, y asesinado el príncipe de Orange; que Montigni habia sido secretamente agarrotado en un calabozo…” (ver infra, el folletín de 1862) En cualquier caso, veremos más adelante que Felipe II estaba obsesionado con conservar Portugal por lo que bien pudiera haber tramado la impostura del pastelero para limpiar sus posesiones de espías lusos y de desafectos de toda laya.

En este episodio, quien me interesa es el (supuesto) urdidor de la trama, es decir, Fray Miguel de los Santos (¿Santarém ca.1537?–Madrid,19.X.1595) No me interesan los legajos procesales porque –por propia experiencia- sé que los sumarios abiertos por la Justicia (¿) no son de fiar. Así pues, recurriremos a la literatura comenzando por uno de sus géneros más acreditados y más tendenciosos: los legajos de los Jesuitas. E iré al final del proceso para que las almas sensibles se solacen con el tremendismo del cadalso. Según descubrió Galán García en el Archivo Histórico de la Provincia de Toledo de la Compañía, tal fue el final del fraile ¿sebastianista?:

<<Llegados los verdugos, que de fuera habían venido, comenzaron por Fray Miguel de los Santos, poniéndole delante el potro y los demás instrumentos y amonestándole que sin necesidad de llegar a usarlos deslindase y declarase. En efecto, lo que no pudieron sacar del fraile los juramentos, lo vinieron a sacar los cordeles. Tomando su declaración desde el principio dijo lo siguiente: que nunca había podido tragar que su nación estuviese en poder de quien estaba, y que siempre había andado maquinando de cómo sacársela de las manos y ponerle en las de don Antonio [de Portugal, Prior de Crato, fallecido poco antes, en agosto de ese mismo año], para lo cual había intentado diversos modos, y la que últimamente se resolvió fue buscar un hombre astuto y sagaz, que quisiese y supiese fingirse el rey don Sebastián, dándole él traza y modo como pudiese salir con ello, que la afición de los suyos a tener rey era grande, y que con su autoridad y con pocas señas que el hombre fingiese, podía persuadir a que lo creyesen, haciéndosele cosa muy fácil el camino necesario al rey nuestro señor, que de fuerza o de grado hiciese dejación del Reino…
[Continúa involucrando al pastelero] Y por lo que dijo Espinosa, no entró diciéndole que parecía, sino que era don Sebastián, y tratándole como a tal y quejándose de quererse encubrir tanto tiempo; con lo cual astutamente le persuadió a que se parecía al rey don Sebastián y le dio el ánimo para atreverse a cosa que de por sí parecía tan descaminada. Pareciéndole que el negocio iba guiado de tal manera por fray Miguel, que podía él jugar seguro, poniéndose a ganar un reino sin peligro de perder nada. También le persuadió fray Miguel de los apoyos que habría que conseguir: primero en Francia y el principal de don Antonio, asimismo de Antonio Pérez, y los dos Baldomar, por lo cual toda Francia clamaría que era el rey don Sebastián y con eso y con los que en Portugal estarían prevenidos y persuadidos no habría quien dudase…

… Estando la iglesia llena de gente de todo género, oyó la sentencia cuyo tenor es el que se sigue: condenamos a que sea degradado, a la pérdida de todos sus bienes, a ser llevado por las calles públicas con pregón, y a ser ahorcado en la Plaza Mayor de aquella villa>> [de Madrid] ( cf. Agustín Galán García. 2003-2004. Historia de Gabriel de Espinosa, de su prisión y otras cosas notables, Valladolid, septiembre de 1591; Universidad de Huelva)

Otrosí, el juez ‘de instrucción’ creyó que fray Miguel tenía ascendientes judíos –portugués y judío hubiera sido el candidato perfecto para la tortura y la horca- pero no consiguió pruebas. Mientras que para el juez Santillán era el mismo demonio encarnado, para la gente de Madrigal era uno de los apóstoles. En todo caso, fray Miguel fue torturado durante diez meses y por fin confesó lo que le exigían los sayones, obispos, familiares del Santo Oficio, jueces…. y Felipe II. Al pie de la horca proclamó que había creído firmemente que el pastelero era el rey. Su cabeza enviada a Madrigal.

El pastelero de Madrigal en la literatura

De la pseudo-literatura jesuítica me traslado a la literatura laica en cuya enumeración evitaré a muchos autores confortablemente instalados en los manuales. Por motivos inconexos entre sí, sólo escogeré a tres en cuyas fichas seguiré el acreditado orden cronológico:

En 1706, en plena Guerra de Sucesión [1702-1713; Austria, Reino Unido, Países Bajos, Portugal, Saboya, Dinamarca y Aragón lucharon contra Castilla y Francia] el escribidor José de Cañizares (1676-1750) perpetró el enésimo bodrio panfletario sobre el Pastelero de Madrigal. Cañizares era monárquico absolutista, cortesano profesional (fue nombrado fiscal de comedias, comisario de las fiestas reales, compositor de Letras Sagradas de la Real Capilla, etc.) y, sobre todo, acérrimo partidario del joven borbón Felipe V. Obviamente, “su drama condena toda tentativa de conjuración y rebelión en la turbulenta corte del Borbón, agitada por los contrastes entre la insumisa nobleza española y la nueva elite gobernante francesa” (Renata Londero, 2020) Aunque la ¿obra? versa sobre unos Habsburgo, la beligerante adulación al Borbón que comenzó en 1702, ha logrado que el susodicho bodrio haya sido reeditado recientemente (ver Cañizares, José de, El pastelero de Madrigal, rey don Sebastián fingido [1706], ed. Rafael Lozano Miralles, Parma, Zara, 1995)

José Zorrilla escribió el drama Traidor, inconfeso y mártir (1849) por el que obtuvo un éxito casi clamoroso. Para una aproximación convencionalmente académica, sin investigación primaria ni siquiera secundaria, a la repercusión literaria de la obra de Zorrilla, cf. III Parte, pp. 242-319, en especial pp. 274-277, en Catalán Romero, Noemí. 2016. El tratamiento del personaje histórico en la literatura del Romanticismo: reyes, impostores y revolucionarios; Universidad de Alicante (tesis doctoral, https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/53745/1/tesis_noemi_catalan_romero.pdf)

El atrevido folletín de 1862

El pastelero de Madrigal. Memorias del tiempo de Felipe II (1862), folletín escrito por Manuel Fernández y González (en adelante, MFG), fue la obra más popular entre el rimero del madrigalismo –dícese que vendió más de doscientos mil ejemplares ¡a finales del siglo XIX! La hemos escogido porque, a diferencia de las dos obras antecitadas, dedica un cierto espacio a Fray Miguel de los Santos y, especialmente, por sus expresiones anti-felipistas –portuguesistas si se prefiere. Dudo mucho que esos párrafos fueran hoy tolerados por el bunker de la historiografía española y, desde luego, por los ‘creadores de opinión’ que asolan la otrora cultura popular patria –hoy un vertedero monárquico.

MFG comienza su bestseller con el episodio de la gresca en la que desapareció el rei desejado: “Aquel día entre el Lukos y el Mokazem, sobre la llanura que se llama de Alcazar-Kibir, se dió la terrible batalla de los Xerifes [ver supra], en que murieron tres reyes y Portugal fué vencido…

[Saltamos a Espinosa y a fray Miguel] …De repente, la ronda del alcalde que estaba efectivamente compuesta de hombres de pelo en pecho, cayeron sobre el bachiller, le sacudieron, le quitaron la espada, le amarraron codo con codo, con una destreza y una serenidad admirables, y le tiraron á puntapiés y bofetadas dentro de la pastelería. Aquella gente brava no sabia prender de una manera más suave. Eran verdaderos perros de presa…

… Fray Miguel de los Santos es el fautor de todo esto, y todo esto lo hace en provecho de don Antonio de Portugal, no del rey don Sebastian, que sabe él muy bien que murió: como que predicó en las honras del rey don Sebastian, en la iglesia de Belén en Lisboa…

[el fraile en el cadalso] “el arzobispo de Oristán le degradó en forma, quitándole sus hábitos, en cuyo lugar le pusieron un sombrerillo y un ferreruelo negro, viejo, sacándole luego á la puerta de la iglesia, donde fué entregado al brazo secular de la justicia… fué sacado de la cárcel y llevado por las calles más públicas de Madrid, á son de pregonero que voceaba los delitos por los que se le llevaba á ahorcar, auxiliado por dos frailes franciscos y otros dos de la Compañía de Jesús, llevado del cuello con una soga por el verdugo, y rodeado de arcabuceros y alguaciles… fué subiendo la escalera con grande ánimo, y llegó el notario de la causa de parte de su majestad, a preguntarle algunas cosas que no se pudieron entender por hablar bajo… y con esto acabó de subir la escalera, y mientras el verdugo le ponía los cordeles, estuvo con grande entereza y valor abrazado de un crucifijo, con muestras de grandísima devoción, hasta que el verdugo le echó de la escalera, y en muy poco tiempo le ahogó… fray Miguel muere con el valor de un mártir. El misterio, pues, queda en pié sobre un lago de sangre. La verdad aparece ahogada por el dogal del verdugo.”

[MFG defiende que no sabemos la verdad del caso de Madrigal pero comienza a dar pistas] “cuando Gabriel de Espinosa fué ahorcado, ya habían muerto el príncipe don Carlos y la reina Isabel de Valois, Juan de Escobedo y don Juan de Austria, que habían sido degollados los condes de Horn y de Egmont, y asesinado el príncipe de Orange; que Montigni habia sido secretamente agarrotado en un calabozo…” (cf. supra el fraile luso-hispano)] Y concluye con una meridiana acusación contra un Felipe II que está dispuesto a seguir confabulando, mintiendo y asesinando si con ello conserva Portugal:

“¡Ah! ¡mi reino de Portugal!… ¡Arrebatarme mi reino de Portugal!… ¡Separarle de mis reinos!… ¡cuando mi deseo, mi mas grande deseo, ha sido unir el Portugal á mi coronal Unido está, y mientras el rey don Felipe viva, permanecerá unido á la corona de España, y tan domado le dejaré, que aunque el príncipe de Asturias, cuando Dios sea servido que me suceda, tenga las manos débiles para las riendas de tantos reinos, Portugal no se escapará de sus manos. ¡Ah! ¡aunque sea necesario poner las horcas más espesas que las encinas de Balsain!” (MFG, op. cit.)

En cuanto a su querencia política, aunque portuguesista declarado, MFG es escéptico pues no cree que los lusos –confabulados o no- tuvieran en aquel entonces ninguna posibilidad de emanciparse del yugo castellano. Lo cual no le impide que sean contundentes sus calificativos sobre el Habsburgo de turno: “Aunque el Gabriel de Espinosa hubiese sido realmente el rey don Sebastian, aunque todos los portugueses hubiesen arrostrado el martirio, resueltos á morir por reconquistar su independencia, peleando como héroes en nombre de su rey, nada hubieran podido hacer. Portugal tenía sobre sí la guerra sangrienta del león de España: estaba aherrojado, atado, y el duque de Alba, que aunque no necesitaba excitaciones, estaba continuamente excitado por el sombrío Felipe II, apretaba las ligaduras incesantemente, sordo á los alaridos de Portugal… Fué necesario que Felipe II muriese; que pasase el reinado de Felipe III; que llegase el débil y desastroso reinado de Felipe IV, y que tuviesen lugar las torpezas, las miserias y las traiciones del conde duque de Olivares, para que Portugal recobrase su independencia, después de setenta años de tiranías y de sufrimientos” (ibid)

Dos casos (y medio) transatlánticos

Debo a Javier Villa-Flores estos últimos párrafos sobre la preponderancia de los padres de los impostores. Ahora, allá en los confines del Imperio hispano, los impostores no tienen necesidad de hijos interpósitos puesto que son curas y frailes ellos mismos:

<<En el siglo XVII la emergencia de un género literario enteramente nuevo, el Libro de impostores, reflejaba no solo una creciente preocupación con la figura del impostor como agente de disolución social, sino también una continua fascinación con la impostura como fuente de lo extraño y lo prodigioso. Era frecuente encontrar relatos de impostores al lado de otros «prodigios» tales como nacimientos monstruosos, cometas, cambios de sexo, terremotos, inundaciones y ventriloquia… los comisarios falsos eran normalmente miembros de la Iglesia… [en cuanto a los castigos que les infligieron] generalmente consistían en una severa reprensión por parte de los inquisidores, penas monetarias, confinamiento en un convento, y suspensión de todo tipo de funciones como sacerdote o fraile…

[Primer caso] …un fraile mercedario llamado Lorenzo de Torquemada, de 23 años, quien recorrió Chiapas y parte de Guatemala entre 1641 y 1642 portando un desgastado traje clerical y colectando caballos, gallinas y comida a expensas de indios y españoles… [Al ser descubierto y apresado] Torquemada tuvo la extraña idea de cortarse ambos párpados con una navaja, sufriendo en consecuencia pérdida parcial de la vista. Portando una vela verde en las manos (signo de que sus acciones se consideraron heréticas) y desnudo de la cintura hacia arriba, el reo fue sentenciado a servir tres años como galeote sin salario…

[Segundo caso] un clérigo de órdenes menores de 21 años, llamado Isidro Ávila Zepeda, recorría varios pueblos indígenas de la misma región en compañía de otros dos hombres y pidiendo dinero y otros bienes como ministro del Santo Oficio. Ávila era un hombre delgado de cabello rubio y tonsura, ojos azul pálido y con el rostro picado de viruela (acaponado) [al ser encarcelado] …la Inquisición recibió una carta de fray Miguel de Ávila Zepeda, pidiendo al tribunal clemencia para su «loco» hermano y arguyendo que «si cometió algún delito fue más por su corta capacidad que [por] malicia». Después de un año los inquisidores sentenciaron al impostor. En marcado contraste con la severidad mostrada hacia Torquemada por un crimen similar, los inquisidores simplemente condenaron a Ávila en junio de 1646 a recibir una dura reprensión en el Santo Oficio y a ser enviado a Guadalajara con sus parientes. Se le dio una patente en la que se indicaba que no había sido apresado por crímenes religiosos…

Otro caso ligeramente distinto pues su protagonista no es fraile, es el de… Hernando Cortés de Tolosa, un barbero de 45 años que pretendió ser comisario en la región central de Hidalgo en 1666 [cuando fue descubierto su fraude] el impostor informó a Bolívar que había sido enviado a Ixmiquilpan a castigar a algunos «amancebados» (es decir, individuos viviendo en concubinato) e indios brujos. Cortés había ordenado alzar una horca en la plaza principal… la utilizaba para amenazar a los indígenas con que morirían ahorcados si no pagaban sus multas. Tiempo después, en sus declaraciones frente al Santo Oficio, Cortés argumentaría que los agustinos estimaron loable su proceder porque los indígenas no faltaban a misa desde entonces [sin embargo, la mayoría de los testigos y los estudiosos de la comarca afirmaron que] la erección de una horca no produjo mayor asistencia a misa sino un abandono del pueblo por parte de los indígenas… Los agustinos de Ixmiquilpan no cuestionaron sus acciones ni lo denunciaron pese a que sabían que la Inquisición no tenía jurisdicción sobre los indígenas (mis cursivas)

En 1668, el ex barbero escuchó “su sentencia en un auto de fe, desnudo hasta la cintura, y abjurar públicamente de levi (es decir, por ofensas no heréticas); además se le condenó a recibir doscientos golpes de látigo, a restituir lo que había obtenido en forma fraudulenta (lo cual probablemente ascendía a doscientos pesos de acuerdo con sus propias declaraciones) y a servir ocho años como esclavo en una galera sin goce de sueldo.”>>

Evidentemente, una condena leve obtenida gracias a los agustinos quienes, entre otros testimonios exculpadores, le salvaron de ser condenado por herejía. (cf. Javier Villa-Flores. 2004. “Tribulaciones de una nariz: impostores inquisitoriales en la periferia de la Nueva España en el siglo XVII”, pp. 11-43 en Historica XXVIII; accesible en http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/historica/article/view/8679)

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