En memoria de todos los trabajadores muertos en las trincheras..

en-la-memoria-angel-escarpa-lqs…de aquella vieja guerra de hace cien años.

Ángel Escarpa Sanz. LQSomos. Febrero 2015

¿Arriba… qué?

Cuánta devastación, cuánta miseria cultural, cuánto hambre y cuánta sangre vieja; cuánta fosa sin nombre, cuánto libro hermoso quemado, cuánta lágrima y cuánto acero inútilmente sembrado en la carne y en la tierra yacen bajo las ruinas de estas letras, bajo el ¡HEIL, HITLER!, bajo la aparentemente ecologista marcha verde marroquí, bajo la operación plomo fundido, bajo las palabras tormenta del desierto, o libertad duradera, bajo el ¡BANZAI! del joven combatiente japonés, antes de lanzarse éste en picado con su Zero sobre el navío de guerra norteamericano.

Cuánta viuda y cuánto huérfano, cuánto, hombre perdido, cuánta ruina, cuánto lienzo, cuánto edificio estérilmente quemado o reducido a escombros, cuánta cruz sembrada donde en otrora crecían los trigos y la lluvia y el sol pintaban amapolas, margaritas, girasoles, el heno, el torvisco, la frutal zarza y el manzano.

Cuánta campana destrozada por el brutal cañoneo y condenada al silencio su canción, mientras en la campiña el tiempo teje un sudario de silencio y de paz entre dos guerras. Cuánto poema abortado, cuánto amor infantil destrozado y cuánto hombre tullido (moral y físicamente).

Cuánta ruina sobre las palabras: te amo, Juan; … regresa pronto, hijo: papa murió y te necesito más que nunca; los campos están reclamando tus brazos, Richard…, espero un hijo tuyo, Santiago; …tal vez pronunciadas al pie de aquella fuente, el Cupido de piedra de aquel parque tragado por la guerra, al pie de aquel árbol, de aquel banco del bulevar desaparecido o en aquel merendero donde se bailaba al ritmo de la vieja música interpretada por el desaparecido acordeonista, tal vez devorados también por las llamas provocadas por un bombardeo.

Cuánta vocación truncada, cuánta bestia inútilmente sacrificada; cuánto hijo sepultado bajo las ruinas de aquel monasterio benedictino reducido a escombros por el acero de los Krupp; cuánto miembro amputado por los snapell, por las pavas, por las bombas laffite; cuánto miembro yerto, cuánta mano amputada: la que escribía tiernos poemas a la amada, la que tejía labores, la que acariciaba el seno femenino, la que labraba la piedra, la que cernía la harina en la fresca sombra del sobrado, la que amasaba el pan y alimentaba a las bestias antes de dirigirse al casino o al mercado, a la iglesia, a la casa del pueblo.

¿Por qué determinados apellidos son sinónimo de muerte y destrucción? ¿Por qué determinadas playas, en el pasado sembradas por las alambradas y las bombas, serán eternamente maldecidas por las madres, la Historia y los hombres de paz? ¿Por qué las aguas de aquel punto, aquella coordenada en el mapa, serán eternamente recordadas en los libros por el submarino hundido, por el barco torpedeado, por los hombres chapoteando inútilmente en torno al portaaviones hundiéndose lentamente en el Atlántico, mientras la aviación enemiga pasa una y otra vez acribillando a los supervivientes.

Quizás el día en que todos los verdugos del mundo -desde aquel que hace 69 años dio la orden para que el infierno descendiera sobre los tejados de Hiroshima y Nagasaki, hasta estos que hoy firman una orden de desahucio en la España de Mariano Rajoy- se reúnan en cónclave y decidan por unanimidad pedir perdón por sus crímenes. Quizás ese día me resuelva yo a manifestar en público mi profundo asco por las sumarias ejecuciones de Paracuellos del Jarama.

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