La corrupción crea puestos de trabajo

Un PSOE que negocia con un acosador sexual para desbancar al PP de una alcaldía el mismo Día Internacional de la Mujer y un Rey promiscuo que mantiene a su íntima amiga en una finca del Patrimonio Nacional, mientras la clase política mira para otro lado, es la imagen obscena de la legalidad vigente. Desventurado país de zopilotes que asiste impasible a la iniquidad circundante mientras la plebe festeja la tortura y el sacrificio de animales, artes mortuorias que los padres de la Patria han catalogado como bien cultural. Otra vez las víctimas sirviendo de estribo bípedo a los verdugos, la fórmula con que se urdió la transición.
 
Entre los muchos efectos criminales de la crisis está la de formular salidas que convierten a sus víctimas en escudos humanos de quienes la provocaron. De esta forma los verdugos y sus socios mediáticos y profesionales, que no previeron el terremoto financiero por tener su culo pegado al padrino de turno, auguran ahora un radiante porvenir en cuanto el desastre humanitario en curso culmine sus últimos y devastadores objetivos. Paro, desinversiones públicas, desahucios, precariedad laboral, exclusión social, emigración forzosa y cotas de desigualdad nunca vistas, serían según los púlpitos del poder la purga necesaria para disfrutar de una nueva primavera de crecimiento, empleo, pan y circo. La corrupción del sistema, que ya es lo mismo que el sistema de la corrupción, sigue creando puestos de trabajo impasible el ademán.
 
Lo cierto es que esta forma de inmolación siempre ha presidido el sistema como medio para inocular la servidumbre voluntaria. Aprovechando la buena prensa que tenía el estado de Bienestar, que no ha sido más que la tarjeta de presentación de la sociedad de consumo, desde el poder se lograron niveles de resignación, indiferencia y pasividad legendarios. Como aquellos “kapos buenos” del Holocausto, que salvaban el pellejo a costa de hacer el trabajo sucio de los guardianes nazis, una parte de la población en el capitalismo desarrollista asumió la conciencia de su patrón para no significarse. De ahí surgen formulaciones tan absurdas, terribles, inhumanas y caníbales como la suicida aceptación de industrias letales, los trabajos insalubres, las humillantes rebajas salariales, las jornadas extenuantes o la regresión de derechos laborales y sociales bajo promesa de creación de empleo.
 
La pelea por la instalación de un yacimiento de residuos nucleares o la porfía para evitar el desmantelamiento de una central atómica obsoleta, no son más que los episodios más kafkianos de esa cruel doma de la especie ciudadana. De ahí que la catástrofe de Fukushima, con todo su correlato de mentiras científico-tecnológicas y escenas de “samurais” autosacrificados al becerro de oro, haya sido contemplada por el respetable como la vida misma. Varios Hiroshimas y Nagasakis, allí donde los sufrieron, al fuego lento de los reactores en ebullición metabolizados urbi et orbi como el lógico tributo al maná de la sociedad de la abundancia.
 
Por eso hoy, al despertar del sueño de una sociedad alegre y confiada, y observar la repulsa sin freno de los indignados, los jefazos y sus sicofantes en plantilla arremeten cínicamente denunciando que lo que ocurre es que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, que es el equivalente democrático de aquella inculpación de la dictadura sobre sus víctimas que presumía “algo habrán hecho”. Y sí, algo de razón tienen con esa regurgitación. Nada hacia prever que las posibilidades del individuo en sociedad pasaran por hipotecarse hasta los ojos siguiendo la estúpida propaganda de unos banqueros ávidos de carnaza, ni que los dadores y receptores de las acciones preferentes, unos por la comisión que recibían con su venta y los otros por la suculenta renta prometida, se convirtieran en los tontos útiles de la máquina de picar carne humana del mundo de los negocios.
 
Se suponía que esas prácticas mafiosas en el sector de la construcción y en el bancario deberían haber creado muchos puestos de trabajo, dando por bien empleada la orgía de corrupción sistémica que las mismas significaban. Y sin embargo, a cada cerdo le llega su San Valentín, ahora resulta que buena parte de la crisis social que padecemos está directamente relacionada con la debacle de las inmobiliarias y financieras y los despidos masivos que esas quiebras trajeron. Por encima de nuestras posibilidades a menudo implica por debajo de nuestra dignidad. Y tampoco es cierto el argumento de que los excesos de ayer exigen austeridad mañana, y que eso de que “cualquier tiempo pasado fue peor” tiene ya fecha de caducidad. Con seguridad que de nuevo harán una revisión a su entera conveniencia. Añejo en el tiempo pero inolvidable éticamente era, por ejemplo, esa costumbre del movimiento obrero durante la II República de no colaborar en actividades económicas degradantes, que llevaría en Madrid al sindicato de la Construcción de la CNT a negarse a construir cárceles.
 
Es más viejo que la mierda: los vicios privados producen virtudes públicas. El confortable aposento de Corinna ha propiciado carga trabajo entre los obreros que han construido piscinas y canchas deportivas en la finca anexa a La Zarzuela. La toma del ayuntamiento de Ponferrada por el PSOE, a buen seguro que también creará empleo entre la corte del nuevo edil socialista. No hay remedio: sus fines justifican sus medios. Lo dijo Aznar en memorable ocasión: “Había un problema y los hemos solucionado”, cuando metió en un avión devueltos a su país a un puñado de sin papeles convenientemente narcotizados. Lo afirma Rubalcaba: “Nos hemos equivocado. Hemos rectificado y punto”. Y lo proclama el nuevo alcalde socialista tras ser ungido por el maltratador más famoso de España: “Este es un día histórico para el socialismo”. Folgueral, que así se llama el gachó, citó a Confuncio para justificar su hazaña. Un tipo muy leído.
 
 

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