La primera Constitución española

Por Arturo del Villar*. LQSomos

El poder estaba compartido por el altar y el trono, apoyados recíprocamente para mantener sus privilegios seculares. El tribunal de la Inquisición, el llamado Santo Oficio, constituía el más claro exponente de esa alianza

Hay falsedades que a fuerza de repetirlas se convierten en certezas. Una de ellas afirma que la primera Constitución española fue la aprobada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, apodada La Pepa por conmemorar ese día la festividad de san José la Iglesia catolicorromana, “única verdadera” según afirma el artículo 12 del mismo texto, que además “prohíbe el ejercicio de cualquiera otra”. Pero ni la confesión catolicorromana es la única verdadera, ni La Pepa fue la primera Constitución española, porque cuatro años antes se había promulgado en Bayona la encargada de redactar a unos notables españoles por Napoleón Bonaparte: ellos sí son los primeros constitucionalistas. Pongamos la historia en claro.

Autocoronado como emperador de los franceses el 2 de diciembre de 1804, en presencia del papa Pío VII, llevado a París con ese motivo, Napoleón tenía unos planes de dominio sobre toda Europa. En España empezó a aplicarlos cuando ordenó a sus tropas que cruzasen los Pirineos con la disculpa de encaminarse hacia Portugal, con autorización del rey Carlos IV de Borbón y de su ministro universal Manuel Godoy. Cuando se enteró de las disputas dinásticas planteadas entre Carlos IV y su presunto pero dudoso hijo Fernando VII, con la intervención del favorito Godoy, considerado amante de la real pareja, pensó que le regalaban el dominio de España. Decidió reunir a la mayor parte de la familia borbónica en Bayona.
Fernando acudió muy gustoso a la cita con el emperador, porque esperaba encontrar en él la confirmación de su ilegal acceso al trono por una extraña abdicación de su supuesto padre. También fueron muy esperanzados Carlos y su mujer y prima, María Luisa de Borbón–Parma, con el propósito contrario. A Godoy lo llevaron a la fuerza, y los demás viajeros constituían la comparsa familiar.

El emperador de Francia sintió asco al ver a la familia real española a sus pies, insultándose mutuamente y culpándose de las mayores fechorías. Su gravísimo error consistió en suponer que el pueblo español experimentaba tanto desprecio como él mismo por aquella pandilla envilecida, lo que le llevó a pensar que aceptaría de muy buen grado a otro rey sin las taras hereditarias de los borbones. No podía imaginar que el pueblo español fuera a levantarse en armas por defender a tales degenerados.

Tres reyes de España

La vergüenza borbónica… La familia de Carlos IV (1800 ) de Francisco de Goya

El pueblo de Madrid, iletrado y fanatizado por las predicaciones de curas y frailes, se amotinó el 2 de mayo de 1808 contra el ejército francés entrado en España con autorización de los reyes y de Godoy. Aquel mismo día en Bayona Carlos IV confirmaba al emperador que la abdicación hecha el 19 de marzo anterior en su presunto hijo era nula, ya que le fue impuesta por la fuerza. En consecuencia, recuperaba la corona para sí. Al día siguiente cedió a Napoleón sus derechos al trono de España y las Indias.
Quedaba un Borbón en Madrid, el infante Antonio, a quien su sobrino Fernando había nombrado presidente de la Junta de Gobierno encargada de regir el país durante su ausencia. Esta Junta no tomó ninguna decisión, porque ignoraba quién tenía la potestad de ordenar, dada la confusa situación dinástica planteada entre el padre y su supuesto hijo. El 3 de mayo también Antonio se trasladó a Bayona.

El día 6 Fernando renunció a sus derechos a la corona de España, a favor de su presunto padre, que ya los había cedido a Napoleón. Por lo tanto, el emperador de los franceses era el único legitimado para ser rey de España, pero el día 10 designó a su hermano José para desempeñar ese cargo. Todo se llevó a cabo en la más estricta legalidad, y por si fuera poco, el día 12 renunciaban a sus derechos como infantes el degradado Fernando, su hermano Carlos y su tío Antonio. Los tres se retiraron con su séquito al castillo de Valençay, al que llegaron el día 18.

De esta manera quedaba resuelto el pleito dinástico dentro de una absoluta legalidad, y España se libraba de una dinastía tarada que solamente le había dado disgustos, problemas y guerras. Aquel año histórico de 1808 la Deuda pública española ascendía a siete mil millones de reales, por causa de los derroches de los reyes y de la pésima administración de los gobernantes designados por ellos. El todopoderoso Godoy, un soldado inculto pero muy guapo, había sido nombrado secretario de Estado, cargo equivalente al actual de jefe del Gobierno, a sus 25 años, el primero de los muchos títulos con los que fue recompensado por satisfacer a la real pareja, hasta el supremo de príncipe de la Paz. Solamente le faltó el de rey, que pensaba conseguir con la partición de Portugal.

Efectos revolucionarios

A comienzos del siglo XIX el pueblo español era analfabeto y carecía de la menor instrucción. Como consecuencia inevitable, le dominaba un fanatismo idolátrico. En esa época no existían los sindicatos, y no se había difundido la conciencia de clase. El poder estaba compartido por el altar y el trono, apoyados recíprocamente para mantener sus privilegios seculares. El tribunal de la Inquisición, el llamado Santo Oficio, constituía el más claro exponente de esa alianza. Las noticias que llegaban de Francia a partir de 1789 producían el mismo desasosiego a los dos estamentos.

El rey temía que el ejemplo de la Revolución Francesa animase al pueblo español a cortarle la cabeza en busca de libertad. El clero recelaba de cualquier cambio en la sociedad, por suponer que sería perjudicial para sus intereses. Así que se blindó la frontera con Francia, se impuso la censura de Prensa, se prohibió la importación de libros extranjeros, y se encargó a la Inquisición que redoblase su celo en la persecución de herejes, una palabra con amplísima repercusión, aplicada a los disidentes de la monarquía.

La Revolución Francesa proclamó los Derechos del Hombre y del Ciudadano, tomó como divisa la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, y guillotinó al rey Borbón, a nobles y eclesiásticos. Era preciso impedir que los españoles se contagiasen de tamañas ideas, contrarias al mantenimiento del derecho divino sobre todas las cosas, y en primer lugar del rey consagrado por el mismo derecho.

Visto el guirigay dinástico, los obispos, los curas y los frailes sospecharon que la continuada peregrinación a Bayona de la familia real iba a tener como resultado un cambio en el trono. Eso no le convenía al altar. Era sabido que los revolucionarios franceses habían abolido la religión cristiana, sustituida por el culto a la diosa Razón. Muchos clérigos perdieron la vida por el simple hecho de serlo. En consecuencia, sus colegas españoles abominaban de la Revolución Francesa. El Imperio no mejoró las relaciones con la Iglesia, porque Napoleón limitó sus privilegios y quitó al papa Pío VII sus poderes como rey de Roma.

Los obispos, los curas y los frailes españoles tenían que hacer cuanto estuviera en su mano para impedir que el trono de España lo ocupase Napoleón o alguien designado por él. Necesitaban a los borbones, que garantizaban la sumisión del pueblo al oscurantismo, para sustentar su poder ilimitado. Por lo tanto, se pusieron a predicar una cruzada contra los franceses, que culminó con su rechazo del rey designado por el emperador.
Y el pueblo analfabeto se dejó conducir por aquellos curas trabucaires, los mismos que más tarde alentarían a las masas incultas a defender el absolutismo del llamado rey neto, el infame Fernando VII, y tras su muerte a alistarse en las tropas al servicio de su hermano Carlos porque representaba el absolutismo. Y el pueblo ignorante siguió las arengas de la clerigalla, y se lanzó a la lucha en contra de sus libertades.

La Constitución de Bayona

Napoleón quiso dotar a España de una Constitución, la primera que iba a tener, porque al absolutismo de los monarcas había hecho innecesario hasta entonces ese acuerdo entre el poder y los ciudadanos que es una carta magna. Así que convocó en Bayona a una serie de notables españoles, cuyo número varió durante las sesiones, pero se estima que fueron 93, para que elaborasen el primer texto constitucional español. Las sesiones de esas primeras Cortes Constituyentes de nuestra historia se celebraron entre el 15 de junio y el 7 de julio de 1808, en territorio francés, pero con españoles.
El texto resultante fue todo lo avanzado que era aceptable en la época, y significó la incorporación de España al mundo contemporáneo cuando se iniciaba una nueva era en la historia. En su preámbulo resaltaba que era el resultado de un acuerdo entre el monarca y sus súbditos:

Hemos decretado y decretamos la presente Constitución, para que se guarde como ley fundamental de nuestros Estados, y como base del pacto que una a nuestros pueblos con Nos, y a Nos con nuestros pueblos.

Sus 146 artículos garantizaban la libertad individual y la de imprenta (artículos 39 a 48), regulaban las reuniones de Cortes al menos una vez cada tres años, compuestas por representantes de la nobleza, el clero y el pueblo (título IX), aseguraban la independencia judicial en sus funciones (97), suprimían todos los privilegios existentes en matera fiscal (118), establecían la inviolabilidad del domicilio particular (126), regulaban cuidadosamente la detención de personas (127 a 132), abolían los tormentos (133), prohibían que se exigiera la calidad de nobleza para los empleos civiles, eclesiásticos o militares (140), y en resumen, democratizaban a España todo lo que era posible a comienzos del siglo XIX.

Napoleón designó rey de España a su hermano José el 10 de mayo, pero no hizo la proclamación hasta el 4 de junio. El día 7 llegó José a Bayona, y se entrevistó con su hermano. Finalizada la redacción de la Constitución, el 8 de julio las Cortes celebraron una sesión solemne, en la que José juró fidelidad al texto legal, y los diputados le juraron fidelidad como rey de España, con el nombre de José I. Al mismo tiempo el nuevo rey dio a conocer los nombres de quienes integraban su primer Gobierno, compuesto por ocho secretarías, equivalentes a los actuales ministerios. El ex–rey Fernando de Borbón se apresuró a enviar su felicitación al iniciador de la nueva dinastía. Era un cobarde nato y procuraba resguardarse.

El día 20 entró en Madrid José I, el primer rey constitucional de España, entre la frialdad de la población, predispuesta contra el monarca por los clérigos. Tres días después se publicaba una real orden que amnistiaba a quienes tenían problemas con la Justicia, lo que delata su afán por congraciarse con el pueblo.

Superior a todos los borbones

No fue posible el entendimiento. A José se le apodó El Rey Intruso, porque era francés. El pueblo español, que ignoraba por completo la historia de España, no sabía que el primer Borbón llegado a reinar en Madrid, Felipe V, duque de Anjou, se había criado en Versalles a la luz de su abuelo Luis XIV, apodado El Rey Sol, el monarca más absolutista que ha habido en la historia europea. El acceso al trono de Felipe V le costó a España doce años de guerra que menoscabaron su ya decrépita economía, y la pérdida de parte de su territorio nacional y de sus dominios en Europa, y una colonia en América. Mal comienzo para un pésimo reinado.

Felipe V era francés, no hablaba ni una palabra de castellano, desconocía la historia y la geografía de España, y padecía una neurosis incurable. Cuando su abuelo se despidió de él le dijo: “Ahora sois rey de España, pero no olvidéis que sois francés”. No lo olvidó porque no le importaban nada las cuestiones españolas, lo que obligó a los cortesanos a afrancesarse, ya que el rey no se españolizaba. Murió loco, lo mismo que su hijo y sucesor Fernando VI. Su otro hijo y sucesor Carlos III padecía melancolía depresiva, era un fanático religioso, y sólo se interesaba por la caza. Su nieto Carlos IV era imbécil. Todas las taras se juntan en la dinastía borbónica.

Viñeta que alude al falso alcoholismo de José Bonaparte

En cambio, José I era un hombre sensato, un europeo civilizado que intentó democratizar y modernizar a España. Por explicarlo con sencillez, era un hombre normal, y simplemente por eso resultaba superior a todos los borbones juntos, porque forman una dinastía tarada. Entró en España con la primera Constitución de nuestra historia, se hallaba libre de fanatismos, y como heredero de la Revolución Francesa no estaba dispuesto a doblegarse a las órdenes de obispos, curas o frailes. Precisamente por eso fue rechazado por los clérigos, ya que les interesaba mantener a la gente ignorante y fanatizada, para someterla a sus intereses de dominio.

La Iglesia catolicorromana contaba con un instrumento criminal para imponer sus normas a la sociedad entera: el inicuo tribunal de la Inquisición, utilizado también por los monarcas para sujetar a los descontentos. Las acusaciones de herejía, sodomía o brujería no necesitaban ser probadas, se obtenían confesiones mediante los más atroces tormentos, y se quemaba vivos a los reos. Lo primero que hizo Napoleón al llegar a Madrid, el 4 de diciembre de 1808, fue abolir esa institución sanguinaria.

Se comprende el enfado de quienes habían tenido sometidos a todos los españoles, excepto el rey, a tan inicuo tribunal de injusticia. Gracias a la nueva dinastía Bonaparte se libraba España del terror catolicorromano dominante en el país desde 1480, cuando los llamados Reyes Católicos implantaron el fatídico tribunal del Santo Oficio.

Sus planes eran positivos

El populacho engañado por los clérigos apodó Pepe Botella a José I, y le inventó chascarrillos por este estilo: “-Pepe Botella, baja al despacho. –No puedo ahora, que estoy borracho.” Es una falsedad comprobada, porque era sobrio en todo, incluida la bebida. La motivación del apodo se debió a un accidente ocurrido cuando la intendencia francesa viajaba hacia Madrid. Un carro que transportaba toneles de vino para la tropa se rompió, lo que hizo que se derramase el vino. El intendente ordenó requisar las barricas de los cosecheros riojanos, para abastecer a la tropa. Los cosecheros, heridos en su negocio, clamaron contra la medida, y lanzaron la calumnia de que todo el vino se lo iba a beber el rey.

Otro apodo que se le impuso fue Pepe Plazuelas, debido a que ordenó derribar varios conventos de los muchísimos que llenaban las calles de Madrid, para hacer plazuelas que facilitasen el paso de personas y carruajes. En vez de alegrarse de ver su ciudad engrandecida, los madrileños criticaron al rey. Claro está que los frailes desahuciados habían puesto el grito en el cielo, donde fueron menos escuchados que en la tierra.
José I aprobó leyes sociales en beneficio de la educación, de la sanidad y de la justicia, aunque no siempre fue posible cumplirlas, dadas las anómalas circunstancias de aquellos años. Intentó pacificar el país, enviando mensajeros con propuestas sensatas a la Junta Central Suprema que lideraba la insurrección desde Sevilla, y a algunas juntas provinciales, pero fracasó en su empeño porque ni siquiera leían sus planes.

Se opuso a la partición de España que intentó su hermano, quien deseaba incorporar al Imperio francés parte de Cataluña, Navarra y el País Vasco. Se comportó como un rey español contrario al intento anexionista de una potencia extranjera, pese a ser la gobernada por su hermano, al que debía el trono, y a ser francés él mismo por su nacimiento. Intentó ser un español, olvidando que era francés, lo contrario de lo que aconsejó Luis XIV a su nieto Felipe V. Pero los clérigos no lo admitieron, y el pueblo se dejó manipular por los enemigos de la libertad para humillarse ante Fernando VII.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio
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