¿Ladrón, perista o monaguillo del obispo?

Nònimo Lustre*. LQS. Junio 2020

El expolio en España fue algo escandaloso. Yo he visto camiones cargados con todo tipo de enseres, muebles, bancos del siglo XV, que habían sido vendidos por un sacerdote. Fue un descontrol…

Durante mi dilatado trabajo de campo en los talegos españoles conocí a media docena de marchantes de arte. Algunos eran propietarios de afamadas galería de arte, otros eran herederos, otros delincuentes exquisitos e incluso hubo algún funcionario tarambana que pagaba una noche loca. Ninguno dellos hubiera admitido jamás que se dividían en tres clases: los peristas, los suertudos y los explotadores del obreraje artístico. Y, por supuesto, jamás habían tenido relación alguna con el hoy recientemente fallecido Erik el Belga. Claro está que media docena no es significativa a efectos estadísticos lo cual, entre otras nimiedades, no descarta que alguno de los distinguidos reclusos la hubiera realmente mantenido –o no.

René Alphonse van den Berghe (1940-2020), más conocido como Erik el Belga (en adelante, EB), ha sido definido como “el mayor ladrón de obras de arte del siglo XX” –un titular descompuesto porque trabajaba obras mayormente medievales, no obras contemporáneas-. Pero esa etiqueta es falsa. Mejor le cuadraría la de haber sido, simplemente, ‘un intermediario de peristas’. Y, mejor todavía, de intermediario entre obispos prevaricadores y aristócratas de nueva y vieja laya. Ni siquiera fue perista (receptador, pera en jerga taleguera) puesto que no compró objetos robados sino que se los pagó a sus guardianes legales para, minutos después, entregárselos a los empingorotados clientes que se los habían encargado de antemano: dicho por él mismo “porque para que alguien se lleve estas piezas únicas tiene que haber una persona dispuesta a comprarlas”.

Pero, antes de seguir con EB entendido como perista secundario, tenemos que subrayar un hecho que constituye el mayor de sus delitos: durante dos años, fue mercenario en el Congo ex belga. Comparados con esa ignominia, todos sus supuestos robos son insignificantes. Un poco de historia: esos mercenarios a los que la pésima propaganda les apoda “los patos salvajes”, cometieron el segundo genocidio de congoleses. El primero lo hizo Leopoldo II, hoy parcialmente defenestrado–hay 400 estatuas suyas en Bélgica-. En el segundo, asesinaron a Patrice Lumumba y sembraron unas semillas de odio que todavía rebrotan. En el primero, Europa hizo la vista gorda; en el segundo, intervino la ONU a través de los humanitarios cascos azules –que ya habían ayudado a los gringos en la guerra de Corea. En ambos casos, como nietos de Leopoldo, los mercenarios emularon a ese rey en salvajismo. Así pues, que no me canten aquella popular canción española “Qué pasa en el Congo / que a blanco que pillan / lo hacen mondongo”. Porque fue al revés.

Pero volvamos al “mayor ladrón de arte”. EB fue un aprendiz de los auténticos ladrones del patrimonio español. Un robaperas que habría ocupado el puesto nº tropecientos en la nómina de villanos como W.R. Hearst y como A.M. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America. Hearst es el Ciudadano Kane de Orson Welles. Huntington es el esposo de la Anna Hyatt, perpetradora en 1955 de un monumento que contemplan a diario los estudiantes de la Complutense, la escultura Los portadores de la antorcha -enfrente de la Facultad de Medicina. Está relativamente documentado que ambos, Hearst y Huntington, saquearon literalmente hasta las piedras de media España pero menos se nombra a quienes fueron sus mamporreros hispanos y no se dice porque eran la flor y nata de los filántropos, museógrafos e historiadores del arte: José Pijoan, el marqués de la Vega-Inclán, Ricardo Madrazo, José Gestoso, etc. Unos bandoleros de cuello blanco cuya tradición se continúa hoy por el método de las exportaciones ilegales. Por citar una de las más cercanas, la ocurrida en 1981: 2.001 láminas originales de la expedición Sesse y Mociño a México –en el siglo XVIII, Nueva España- fueron ‘adquiridas’ por Instituto Hunt de Pittsburgh. Oficialmente, fueron compradas a los hermanos Torner Pannochia por una cantidad inferior al precio de aquel venerable papel antiguo: 2.000 pesetas c/u. ¿Qué dice al respecto el organismo que autorizó el expolio, la Junta de Calificación, Valoración y Exportación presidida entonces por Eduardo Ripoll? NS/NC. Dicho sea sin mencionar a quienes ahora son los mayores delincuentes: los franquistas expoliadores. Recuerden que no fue ninguna casualidad que la Nietísima Carmen Mtez-Bordiú Franco se casara en 1984 con el anticuario parisino Jean-Marie Rossi.

El fraile cartujano A. de M. perdona los latrocinios

Pero, como esa casta es amplísima, aunque todos ellos fueron buenos clientes receptadores de EB, hoy nos vamos a circunscribir a quienes más negociaron con EB que son exactamente quienes más beneficios monetarios obtuvieron de sus chanchullos: el clero hispano. Es lógico que los mayores ladrones hayan sido los obispos. Habituados a estafar al común de los mortales vendiéndoles parcelas en el Cielo, se ejercitan en el delito porque lo justifica su doctrina. Por ejemplo, en la “Instruccion de sacerdotes en que se les da dotrina … para conocer la alteza del sagrado oficio sacerdotal, y para exercitarle deuidamente: sacada toda de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia” (1657), el fraile cartujano Antonio de Molina les autoriza a negociar con los activos de su diócesis, advirtiéndoles de que si pecan… pues serán pecadores. Sabia tradición que ahora se desvirtúa cambiándoles de los lugares de autos, sean internados infantiles sean sagrarios de pedrería –excesivo castigo para delitos tan leves.

Perdones en Navarra con evasión fiscal

El René Alphonse que justificaba sus crímenes en Congo aduciendo que él sólo era un “mercenario de la belleza” (¿negra?) se transmuta en Erik, un consumado charlatán maestro en adaptar su otrora discurso colonialista a su nuevo oficio ‘artístico’. Su argumentario alcanzó desde el “soy católico y la Iglesia es de todos los católicos, luego lo que es de la Iglesia también es mío” hasta el socorrido “si yo no hubiera salvado esa pieza de la carcoma ahora no existiría”. Iguales sofismas utilizaron los misioneros en Yndias -después de haber quemado los códices mayas y vendido a los mayas propiamente dichos.

Continúa EB: “El expolio en España fue algo escandaloso. Yo he visto camiones cargados con todo tipo de enseres, muebles, bancos del siglo XV, que habían sido vendidos por un sacerdote. Fue un descontrol, aunque yo creo que el dinero no era para los párrocos porque yo volvía a hablar con ellos tres meses después y seguían llevando la misma sotana raída.” Pues claro que, si el latrocinio era cuantioso, el párroco se quedaba sin botín. ¿O es que hemos olvidado que donde hay patrón (obispo) no manda marinero (cura de pueblo)?

Curas hay muchos pero obispos, no tantos. Por ello, con centraremos en la figura del obispo burgalés Abilio del Campo y de la Bárcena (1908-1980) Su ‘voz’ en Wikipedia es un modelo de desinformación porque nos cuenta que, en 1964 fue condecorado con la cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort (gran cosota), quién era el primo de su cuñado… y nada de lo que todos sabemos.

A partir del libro ‘autobiográfico’ de EB –no daremos más datos de esa estafa literaria-, el periodista y teólogo J.M. Vidal, nos resumió en 10.III.2012 el caso del eminentísimo Abilio con una soltura y una veracidad que nos ahorra el trabajo de mayores investigaciones. Velay la versión Vidal:

La arqueta de sant Martiriá (siglo XV), otro expolio

<<“Que el señor obispo vende toda la diócesis de Calahorra”. Erik recibió esta llamada en su almacén de antigüedades de Bruselas. Llamaba Antón, un anticuario de Zaragoza. Fue el detonante para el viaje en coche, cruzando a España por Roncesvalles, y la cita en un hotel de la capital aragonesa: “Mire, señor Erik, es un asunto delicado para marchantes importantes. Lo que vende el obispo es buen género y vale muchos millones. Aquí, en España los del negocio no tenemos tanto dinero”. Las palabras de Antón, el anticuario, y el acuerdo sobre la comisión que recibiría, el 10%, precedieron al viaje. “…Finalmente llegamos a Calahorra y el anticuario me condujo al Palacio Episcopal. Allí, un curita joven con pinta de seminarista nos llevó con rapidez a presencia del obispo», relata Erik el Belga, “que nos recibió en un gran despacho atiborrado de recargados muebles tipo renacimiento español”. -“Mire caballero, no se trata de que usted seleccione algunas piezas. Este obispo vende los fondos completos de la Diócesis, todas las piezas”. El obispo [Abilio del Campo y de la Bárcena] hablaba de sí mismo en tercera persona, según EB. Antes de mostrar el lote en venta, el obispo quiso cerciorarse de la solvencia de su interlocutor. “Porque si la suma que yo considero adecuada no está a su alcance no es necesario que vea las piezas”. El prelado reveló finalmente la cifra de referencia, cien millones de pesetas, una cantidad astronómica para la época… Los tratantes terminaron en un inmenso almacén. “Había material para varios museos… tallas policromadas, retablos a medio desmontar, pilas bautismales de piedra, altares completos, artesonados, ropa de ceremonias”. Durante más de cuatro horas Erik repasó las piezas. “Hay mucho del XVII y XVIII, pero también piezas únicas; cálices, custodias, incensarios, candelabros… algunos góticos”… El regateo rebajó los cien millones iniciales a una oferta de 80 y contraoferta de 85. El trato estuvo a punto de romperse por la comisión de Antón, el anticuario, más de 8 millones de los que el obispo no aceptaba pagar la mitad. -“Nuestro amigo Antón, que es un buen cristiano, se conformará con la comisión que ustedes le den. Le conozco. ¿Usted se conformara, verdad Antón?”. El anticuario asintió y el trato quedó cerrado en 82 millones de pesetas. Las gestiones para reunir tal cantidad de dinero le llevaron varios días a Erik, quien precisa que el pago se hizo mediante un talón nominativo del Banco Exterior. El obispo fijó también finalmente el modus operandi. “No cargará ni un aguamanil de mis fondos hasta que no tenga el dinero en metálico”, advirtió. Preparados los camiones para el transporte, “Antón, el anticuario, me proporcionó un par de hombres y el obispo, por no ser menos, me ofreció un grupo de monjitas para que me ayudaran. Las santas mujeres estaban dispuestas incluso a cargar muebles, tan serviciales como son ellas”. Finalmente, los hombres fueron sacando los arcones, los muebles y las piezas más grandes, “mientras las monjitas embalaban con papel todas las obras pequeñas”. El obispo extendió una factura para la exportación y el anticuario cobró una comisión más reducida, el 5% ”>>

(Factura legal por extenderla un doctor de la Iglesia, en nuestras negrillas) Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón, dice el proverbio hispano. ¿Hemos de creer a un pringao que presume de ladrón o a un doctor de la Iglesia? Ya que, según su inveterada costumbre, la Justicia no ha respondido, otros lo hemos hecho por ella.

Imagen de portada: Tapiz de Roda de Isabena, una de las “intermediaciones” de Erik el Belga.

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