Monarquía, debilidad democrática y necesidad de más cosa pública

Está fotografía representa milimétricamente lo que supone la existencia de una monarquía en estos tiempos y su relación con la democracia.  Se trata del palco principal del Teatro Real de Madrid. Con una altura de dos pisos, ocupa el mejor sitio del teatro y es un espacio en el que podrían disponerse en dos niveles de algo más de 30 butacas.
 
Pero se trata de un espacio reservado para la Familia Real y eso significa que se pasa la mayor parte del año vacío, algo que resulta a todas luces irracional; por la inaccesibilidad a la cultura que representa ese coto vedado y por el derroche de recursos que supone en un teatro que en estos momentos pasa por estrechuras económicas.
 
La existencia de ese palco es un síntoma de medievalidad. La etimología de la palabra privilegio lo explica perfectamente: privado de ley. Mientras el progreso ha legislado los avances sociales  que han ido dibujando las conquistas de la ciencia y la razón, siguen existiendo espacios “sin ley”.
Ese palco vacío explica y representa muchas cosas y es el eje central sobre el que se sustentan numerosos privilegios; los vacíos de la democracia, esas zonas de sombra, esas caras ocultas, donde la ley y el poder de la ciudadanía no deciden ni gobiernan, donde se disfruta de recursos públicos a perpetuidad.
 
En los últimos meses estamos viviendo una operación de restauración monárquica. Las estructuras sociales y políticas que se dedican a la protección a la Corona está hiperactiva. La batería de preguntas de Centro de Investigaciones Sociológicas dejó de ocuparse de la  monarquía cuando suspendió como institución en la nota que le daban los encuestados. Paralelamente la Casa Real hablaba de aumentar la transparencia. Desde hace unas semanas TVE emite un informativo semanal sobre la actividad de la Familia Real (otro de tantos gastos que no se imputan a su presupuesto); y el próximo viernes se emitirá un especial por el 75 cumpleaños de Juan Carlos de Borbón, una programación que está anunciando TVE con tanto énfasis como si dependiera de ello el futuro de todo un país.
 
En medio de esta degradante crisis económica la Familia Real se ocupa y se preocupa fundamentalmente de su futuro, de recuperar su imagen de marca, de que el heredero no tenga que recoger el relevo del suelo.
 
Está crisis está demostrando que el emperador y su corte estaban desnudos, vestidos con la tela transparente de los privilegios. El rey clama por lo que llama “alta política”, con referencias a la transición, que fue el proceso por el que las víctimas de la dictadura se echaron a la espalda el daño que les causaron los verdugos. Ahora se pide lo mismo para la transición a una sociedad sin burbuja inmobiliaria.
 
La altura a la que se refiere el Rey es quizás la de ese palco sin ley, la de esa demostración de fuerza, la de esa exhibición de privilegios frente al que no puede acceder a la cultura, por mucho que la necesite.
 
La respuesta la crisis debe ser el empoderamiento de la ciudadanía, el desarrollo social, el fortalecimiento de la cosa pública y el fin de los espacios sociales ajenos a la ley. Una democracia en la que en ese palco esté ocupado por treinta asientos para buenos estudiantes de música con pocos recursos. No es un sueño imposible; es simplemente algo que ya se hizo en tiempos de las Misiones Pedagógicas.
 

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