Unos chismes racistas ocultan la cárcel y el exilio de un aviador republicano

Nònimo Lustre*. LQS. Mayo 2021

Durante el segundo año de la II República, en 1933, los aviadores españoles Barberán y Collar despegaron en Sevilla, cruzaron el Charco y aterrizaron en Camagüey (Cuba) Aquellos 7.895 kilómetros en 40 horas sin escalas, superaron en muchos aspectos al vuelo en solitario, seis años antes, del filo-hitleriano Charles Lindbergh (Nueva York-París, 6000 kms. en 33 horas) La hazaña de aquellos pilotos a bordo de un sesquiplano bautizado Cuatro Vientos se hizo instantáneamente famosa. En Cuba, se elevaron sonetos en su honor:

“Audaz Cuatro Vientos, tu excelsa jornada
en pos de la ruta que Colón trazó
es el breve arrullo de una patria amada
que al darnos su idioma, su sangre nos dio…”

Pero la epopeya terminó trágicamente cuando el Brueguet XIX Super Bidón, en el corto vuelo de La Habana a México, desapareció en territorio mexicano –o, quizá, en el mar Caribe. Pese a que 30.000 personas rastrearon 300.000 kilómetros cuadrados, lo único que se halló fue un neumático en Chiltepec. Esa especie de salvavidas casero fue reconocido en México capital por el sargento mecánico Madariaga quien no había subido al Cuatro Vientos en La Habana por estar aquejado de una malaria -probablemente adquirida en Alhucemas durante la guerra contra el Rif –en el parágrafo final, volveremos sobre la suerte que Madariaga corrió en la primera represión del “franquismo en Paz”.

Hasta aquí, los hechos nudos que conocemos. A partir de aquí, entramos en el piélago de las especulaciones insensatas. Extraídas de distintos medios nada fiables, las reproducimos literalmente:

En los media universales: el accidente fue causado por <<un explosivo colocado por orden del Presidente cubano Machado como represalia por una relación mantenida por el teniente Collar con su amante. Y también que lo abatieron bandoleros, en la selva, confundiéndolo con el que llevaba las nóminas de los trabajadores de la petrolera El Águila. Incluso que fue derribado por un avión norteamericano, para evitar que en la Exposición de Chicago eclipsasen a su Lindbergh [puestos a disparatar, esta última fábula nos parece la menos disparatada].

Ocho años después de la desaparición, la revista mexicana Hoy, fue advertida [¿por quién?] de que algunos indios estaban vendiendo objetos personales y cambiando divisas que pertenecieron a los tripulantes del Cuatro Vientos. Según esta versión, el avión se habría estrellado y los pilotos sobrevivieron, pero fueron asesinados en algún lugar de la sierra Mazateca. La leyenda negra habla de pillaje, hurto e incluso de canibalismo [añeja acusación misionero-colonial; ya que estos ‘indios’ eran de natural rijosos y diabólicos, tenían forzosamente que ser caníbales, incluso en el siglo XX]

Los medios mexicanos [y los españoles] retomaron la desaparición del Cuatro Vientos y la convirtieron en leyenda apoyados en un supuesto testimonio de un ranchero de nombre Julián Díaz Ordaz, familiar de Gustavo Díaz Ordaz (presidente de México 1964-1970). La información se la proporcionó Antonino Avendaño, gran amigo suyo –quien, dicen, que luego fue asesinado por los indios mientras intentaba defender a los aviadores-. El origen parece estar en las denuncias que una despechada esposa, Dalida Furente, manifestó como venganza por las infidelidades de su marido, precisamente el indio Bonifacio Carrera. El terrateniente aseguró que los aviadores habían caído en un cerro de la Sierra Mazateca y que un grupo de indígenas encabezados por Bonifacio los mató para robarles [vaya, este indígena no sólo era adúltero sino también asesino; ¿por qué no lo arrestaron de inmediato?]

Según la revista mexicana Hoy, el avión cayó al sur de la Sierra Madre Oriental, en pleno territorio mazateco, entre los poblados de Las Guacamayas y Matzantzongo, en las cercanías del rancho de la familia Carrera. No sabemos si lograron intentar un aterrizaje de emergencia. La susodicha revista envió a la Sierra Mazateca al periodista Edmundo Valadés, quien durante varios meses realizó una serie de reportajes semanales sobre el supuesto asesinato que se convirtieron en un gran éxito y que consolidaron la leyenda -incluso fue creída en España… Con el tiempo, sus ‘investigaciones’ fueron alimentadas con nuevas variantes del mito, la mayoría de ellas inverosímiles…

Lo que hoy sí sabemos [¡cuánta jactancia!] es que ambos tripulantes sobrevivieron, aunque Barberán, situado en la parte delantera de la carlinga, quedó herido. Collar, en el asiento posterior, destinado al piloto, resultó ileso y salió a buscar ayuda entre los lugareños. En efecto los encontró. Entre ellos se hallaba Bonifacio Carrera, quien junto a Reynaldo Palancares y dos de sus hijos socorrieron a los accidentados, los llevaron a casa del primero y les aconsejaron que se dirigieran a Tehuacán, donde atenderían a Barberán y podrían dar parte. En lugar de eso los asesinaron. Con la complicidad de Moisés Martínez, Gabriel Olmos y Horacio Cabrera llevaron los cuerpos a enterrar a la jungla, junto con los restos desballestados del avión [redacción confusa: ¿también enterraron los fierros del avión?] De todo ello fueron testigos Luis Rico, una señora, junto con sus dos hijas, que los vieron pasar con bultos y maletas ensangrentadas [sic] hacia la espesura. Los testimonios de otras cuatro familias confirmaron el hecho.

El diario Excelsior del 31.III.1964 contiene un reportaje de F. Aranzábal, que insistía en que los aviadores cayeron vivos y fueron asesinados. Señalaba que intereses políticos y económicos habían evitado conocer la verdad. Aunque asevera que el avión llevaba valiosos presentes y que Bonifacio había cambiado en Córdoba la cantidad de 30.000 dólares.

En 1982, Bonifacio declaró que vendió su rancho La Guacamaya para huir de la región. En tanto su esposa reseñó que los investigadores que envió el gobierno utilizaron la tortura para que su marido confesara donde enteraron los cuerpos de los pilotos españoles. Asimismo, recordó que en 1933 “su señor” llegó a la casa “con dos maletas de cuero”. Eran de los pilotos del avión que se estrelló en La Guacamaya.
Cincuenta años después del accidente -por orden del Presidente en turno, cuya querencia hispanista nunca negó-, se organizó una gran expedición militar que incluyó un escuadrón de helicópteros. Temerosos de una acogida hostil por parte de los indios, disfrazaron la operación como humanitaria. El punto exacto del accidente fue señalado por dos periodistas de Imevisión gracias a los cuales el general Guerrero pudo entrevistar a los protagonistas y testigos aún sobrevivientes que, de manera cínica y no por ello menos sincera, sabedores de que el delito había prescrito, confesaron el terrible final de la epopeya del Cuatro Vientos.

Muchos años después, el general Maldonado observó en el carnaval de Huatla, capital de la zona mazateca, a un individuo cuya media filiación coincidía con la de Bonifacio Carrera y que iba disfrazado de piloto, con la chamarra y la gorra de cuero y los correspondientes gogles.>>

Las estrepitosas incongruencias que trufan estas ‘noticias’ sólo son comparables en estulticia con la credibilidad que los plumíferos chismosos –no merecen ser periodistas- dan a sus fuentes de información. ¿Cómo vamos a creer en las deposiciones más que tardías de un terrateniente, de unos generales e incluso de unos indígenas sometidos a un asedio permanente?, ¿cómo creer que unos gacetilleros de televisión oficien de guías para el Ejército mexicano?; en medio de un carnaval, ¿cómo un general identifica a un mazateco asesino?, ¿porque viste una chamarra de aviador español? Podríamos seguir preguntando pero vamos a finalizar este parágrafo con una muestra escandalosa y flagrante de racismo: cuando se asevera que los asesinos mazatecos confesaron sus crímenes “de manera cínica y no por ello menos sincera” porque sabían que habían prescrito. No menos sinceramente, nos preguntamos: ¿cuándo prescriben los delitos cometidos por mazatecos? En parte porque son castigados antes de cometerse, nosotros diríamos que nunca. Diga lo que diga la ley.

Los mazatecas

1933: niño mazateca en el mercado

No vamos a explayarnos en su etnografía y/o antropología porque en internet y en las bibliotecas –y no digamos en su territorio-, hay mucha información sobre este pueblo indígena. Así pues, nos centraremos en unos pocos aspectos etnohistóricos.

Sus vecinos –y parientes más o menos próximos-, los Chinantecos, fueron estudiados intensamente por los antropólogos a raíz de su alebrestada oposición durante los años 1970-1980 a un emprendimiento hidráulico: la represa de Cerro de Oro que causó el expolio y la deportación de unas 20 o 30.000 almas, Chinantecos Ojitecos y algunos Mazatecos. Vamos a resumir los intríngulis del mesianismo (así lo califica la antropóloga Barabas) que subyacía a la susodicha oposición:

“En 1972, al indígena Andrés Felipe Rosas se le presentó un desconocido y le dijo:
-¡Oiga mire como se ve desde aquí hasta el Cerro de Oro, ya hay muchas brechas!, ¿Usted dice que se llevará a cabo el trabajo de la presa Cerro de Oro?
Y contestó Andrés: -Yo creo que no, porque este río corre mucho. ¿De dónde viene Usted?
Y contestó el desconocido: -Yo me llamo Ingeniero el Gran Dios. Yo vivo aquí [es el Mesías]

1979: ¡grandes progresos en el territorio mazateco!

El ejidatario Rosas dice que el Ingeniero El Gran Dios trae una Virgen de Guadalupe en la espalda [es la Mesías]. Y, en 1973, no fue el Ingeniero El Gran Dios, sino la propia Virgen de Guadalupe la que apareció, y dijo: -Habla con Diego [D. Lorenzo, presidente municipal de Ojitlán], y dile que, como quería una prueba, me presento yo; y que procure hablar con el presidente municipal de Tuxtepec para que la presa no se haga, porque no va a aguantar el Cerro y al poco tiempo se va a reventar…
En el último mensaje, ante la infructuosidad de la mediación, se rompe el pacto y la Virgen decide no proporcionar pruebas de su aparición.” (cf. Alicia M. Barabas, 1977, “Mesianismo chinanteco. Una respuesta político-religiosa ante la crisis”, pp. 66-75; en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.1977.88.72665 )

La guerra contra los indígenas que estalló con la represa de Cerro de Oro, nos permite una comparación relativamente plausible con los chismes desatados por la desaparición del Cuatro Vientos. En aquella ocasión, entre Chinantecos y Mazatecos surgió una rebelión que podría definirse como mesiánica –un término que preferimos no usar. Sin embargo, cincuenta años atrás, entre los Mazatecos lo que hubo fue murmuración, hablillas… y racismo. Claro está que las consecuencias de uno y otro incidente son absolutamente dispares pero, aun así, el hilo cronológico nos demuestra que, entre indígenas vecinos pero diferentemente ‘conflictivos’, el sendero causal no va siempre en una sola dirección. Sostenemos, por tanto, que sería inútil ver en los chismes del Cuatro Vientos una pulsión tecnofóbica –el avión como pájaro letal e invasor- como la que algunos despistados creen poder achacar a Cerro de Oro –donde lo que hubo fue sólo defensa del territorio.

Modesto Madariaga Almendros (Corral de Almaguer, Toledo, 1904 – Buenos Aires, 1974)

El hábil mecánico Madariaga

En los años 1920’s, Madariaga fue un mecánico de vuelo al que se rifaban los aviadores más poderosos –y aventureros. Por eso, fue seleccionado para cuidar el Brueguet SuperBidón. Como apuntábamos al principio de esta nota, el 20.junio.1933, en La Habana, cuando el Cuatro Vientos despegaba hacia México, Barberán le dijo a Madariaga que se fuera con la Panamericana en el vuelo regular a Ciudad de México, ya que en el avión con ellos, ubicado detrás del observador, iría muy incómodo, además del malestar producido por las fiebres. Y con ello le salvó la vida.

Pontifica la caprichosa –por decir lo menos- Real Academia de la Historia (RAH) que “El 18 de julio de 1936 se encontraba en activo… Procuró incorporarse al interior del aeródromo de Getafe, pero no lo consiguió, teniendo que colaborar involuntariamente [sic, nuestras cursivas] en los sucesos de Cuatro Vientos de los primeros días de la Guerra Civil… Al finalizar ésta era teniente mecánico y responsable del Comité del Socorro Rojo en Los Alcázares [Evidentemente no se salvó de las represalias posteriores porque], aunque, en 1939, durante el consejo de guerra al que le sometieron los ganadores del conflicto quedó claro que había actuado quedándose en la zona gubernamental para proteger a su familia, fue condenado a treinta años, conmutados más tarde por catorce y disminuidos finalmente por años de trabajo, hasta quedar en libertad condicional, restringida a residir a más de 400 kilómetros de Madrid. En total, pasó más de dos años en las prisiones militares de Totana, Castillo de Galeras, Los Alcázares y Alcalá de Henares.

Salvo en su pueblo natal, España no recuerda a Madariaga

Una vez en libertad vigilada, “le surgió una magnífica oferta del empresario Ramón Arúe Bengoechea, para trabajar en la República Argentina. Solicitó permiso y pasaporte, pero no se le concedió y no quiso escapar, sino conseguir el indulto, ya que no se avergonzaba de nada que hubiera hecho [la RAH padece subjetivismo agudo y crónico] Por fin, en 1948, consiguió el indulto total y, en febrero de 1949 marchó, primero solo a Argentina. A los nueve meses, se reunió con su hijo y su esposa. Falleció por cáncer hepático en junio de 1974, reposando sus restos en el cementerio del Partido de Quilmes en Ezpeleta.”

Hoy sigue siendo bastante conocido el episodio del Cuatro Vientos, truculento y chismoso como pocos, pero, ¿quién recuerda al mecánico Madariaga?

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