Mientras, que deje en paz a los pueblos, que los respete sin amenazarlos ni invadirlos ni bloquearlos. Con eso nos daríamos por satisfechos, pero nos tememos que ni quiere ni le van a dejar. Él no es de los nuestros, por más afroamericano que sea.
Jorge López Ave

Las bases de Obama parecen ser las de un demócrata centralista, tal vez no como Clinton. Un análisis más detallado tendría que considerar caso por caso.
Noam Chomsky

En una democracia textualizada para que el ciudadano no vote, de modo que, como es sabido, los intereses privados se encarguen de la política, el desprecio a Bush abrió las puertas del milagro eleccionario en cuestión: los amarres se soltaron, la gente ejerció el derecho al voto y eligió al candidato que el estado corporativo había aprobado: Obama. El efecto Barak es precisamente eso: la ilusión de sentir el poder de una democracia que no es sino una sombra triste, una mueca de la libertad que tiene el pueblo para eligir su futuro.

Un gran circo de emociones: el efecto Barak hizo a la gente llorar de alegría. Por un lado, y sobre todo, la felicidad de echar a Bush justificaba todas las lágrimas; al pueblo no le gustó el sabor del excepcionalismo americano, y, como el que toma de su propia medicina, lo escupió. Por otro lado, la alegría de haber superado ipso facto el racismo y las diferencias étnicas justificaba el llanto más feliz de un pueblo maltratado por una elite furiosa; la experiencia de sentir que el ciudadano podía ser más que un consumidor individualista emocionó a la gente, que se sintió fuerte y cohesionada, unida y contenta de que la democracia, esa convergencia entre blancos, negros y latinos, había prevalecido, como no perdió tiempo en señalar Obama al comienzo de su discurso triunfal.

El efecto Barak es lo que le permite al pueblo maltratado celebrar su triunfo democrático, sin reparar en que esa victoria ha sido, como plantea Ralph Nader, relativamente fácil: el triunfo de un demócrata de centro-derecha, Obama no era Kucinich ni Edwards, que gana la presidencia sin serias demandas específicas por parte de los sectores interesados en una agenda democrática: el obrero, la comunidad afroamericana, los latinos, los grupos feministas. Nada; a Obama lo dejaron competir sin la presión que ejerció la derecha sobre MaCain. Ilusión de triunfo: para Nader, el efecto Barak encubre la autodestrucción de la comunidad progresista, un serio golpe a la democracia.

Pero el efecto Barak también hizo llorar a los extranjeros; el mundo celebró el triunfo de una victoria fácil, en la que también lloró de alegría la derecha abiertamente lúgubre de Estados Unidos, como Colin Powell, un negro claro manchado de rojo, no sólo rojo iraquí sino también panameño (1989). Una emoción transnacional; sí, el efecto Barak ha hecho llorar de alegría al mundo que Bush y Colin Powell hicieron llorar de tristeza, penuria y muerte, nublando en la alegría del gozo el triunfo del denominador común, Powel y la derecha lúgubre, una victoria que no debe hacer reír al mundo.

Embrujo de una victoria fácil endosada por la elite y trabajada por el pueblo, el efecto Barak enfatiza la victoria del primer presidente negro, logro del primer político afroamericano que no hace de la asimetría racial un objetivo de la campaña. Para muchos afroamericanos, como Jessie Jackson, triunfó el negro, esa dimensión de la victoria que nunca enfatizó Obama: todo menos la memoria de Malcom X! En el discurso triunfal, el eco de Martin Luther King Jr. fue claro: ahora el “nosotros” que apuesta llegar a la cima incluye a los blancos. El efecto Barak produce un espejismo de clase: nosotros contra la élite corporativa, ilusión de una campaña política que sabe claramente de dónde viene el dinero que le cae a borbotones. El efecto Barak trasviste la historia; celebra el triunfo de lo racial a la vez que nubla la continuidad de lo político: con Obama vuelven a ganar muchos de los ganadores del binomio Clinton-Bush, intereses que nunca pierden. Quizás por eso el discurso de MaCain fue tan civilizado: después de todo, su pérdida política no se traduce nunca en una derrota de clase (de ahí que Obama lo invite a trabajar juntos por una “América” unida, sin fricciones de clase).

Termómetro de Usamérica, del efecto Barak resalta esta radiografía. El primer presidente negro de los Estados Unidos no comparte una historia afroamericana; como si nunca hubiera pasado, en el cuerpo de sus ancestros nadie va a encontrar las huellas de la esclavitud. La negritud de Obama no sólo está limpia del pecado puritano, sino que además está bendecida con lo blanco. Por eso, a pesar de la piel oscura —Berlusconi le llamó quemada—, el efecto Barak se aseguró primero que nada de no asustar a los blancos, tampoco su política le podía hacer mella al Pentágono. Con Obama triunfa un profesor de derecho constitucional que nunca subrayó la precariedad en la que se encuentran los derechos civiles de los estadounidenses, un tema serio, trascendental, que alarma a Gore Vidal, colérico ante la manera en que Bush ha terminado con lo que quedaba de la república. Obama es el espíritu comunitario de un trabajador social que, antes de los cincuenta años, ha escrito dos autobiografías; es la lucha por el cambio desde unas elecciones ostensiblemente multimillonarias; es la promesa populista imantada en-tu-cara hacia el campo gravitacional de la derecha de Joe Biden. En sus momentos más preclaros, pues, el efecto Barak plantea que la negritud no se debe confundir con el pacifismo; que la necesidad de replantear el juego no implica abandonar el Destino Manifiesto.

Entre literatos, como Toni Morrison y Ariel Dorfman, el efecto Barak produce visiones interesantes, como la de ver en el presidente a un poeta, metáfora que, según relató Dorfman en Página 12, se ancla en la capacidad verbal del político para invitar a imaginar mundos mejores. Sin embargo, entre poetas, como Galeano, el efecto Barak socava el modo subjuntivo: Obama parece un “ojalá” difícil, incapaz de creer en los espejismos de la victoria. Entre periodistas como Iñaki Errazkin, el efecto Barak se disuelve: Obama no es Malcom X, una comparación que, desde hace algún tiempo, Cornel West, uno de los aliados más críticos de Obama, propuso como una ecuación ilegítima: dado el contexto histórico, Obama no puede ser Malcom X.

El efecto Barak confunde al presidente con el poeta y al político con el visionario. Siempre precavido de no quemarse los dedos con la negritud profética y política de Jeremiah Wright, siempre cuidadoso de no acercarse mucho al Islam del que —como su negritud— no se puede separar; siempre atento de mantener al ex presidente Jimmy Carter, crítico de Israel, en off, Obama se ha movido con la astucia del jugador inteligente y eficaz que convierte en oro todo lo que toca, un paradigma que, a pesar de los traspiés, heredó de Clinton, a quien Toni Morrison bautizó —¿no fue una idea descabellada?— como “el primer presidente negro de los Estados Unidos.” ¡Clinton, qué horror! De la campaña política de Obama se habla como de una ecuación perfecta; un master plan de cómo un afro-africano de la centro-derecha demócrata, con experiencia en trabajo de base, profesor universitario, puede ganar unas elecciones en el momento más patético del imperio: justo cuando la casa se viene abajo con todo.

El efecto Barak no deja ver claramente que la metáfora del presidente como poeta de una realidad mejor es, a pesar de la corta pero “progresista” trayectoria de Obama trazada por Stephen Zumes en AlterNet, hiperbólica. Por eso los debates con MaCain, fórmulas patéticas para mantener la ilusión de diferencia, fueron tan poética y proféticamente pobres. Por eso la contienda electoral pareció en tantas ocasiones ridícula; lo que ha debido ser, como dijo Nader, una paliza, se tornó, sobre todo a partir del protagonismo de Sarah Palin, reencarnación de Dan Quayle, en una contienda reñida. Esperpéntico. Del efecto Barak saldrá, una vez se aclare el teatro eleccionario, la imagen de un Obama más real: un administrador —¡nunca un poeta!— inteligente, organizado, calculador, eficaz, que quiere poner las cosas en su sitio para que el sueño americano recupere su credibilidad, tanto a nivel nacional, donde tendrá que mitigar de alguna manera notable por lo menos uno de los egoísmos más grotescos del estado corporativo, como a nivel internacional, donde luchará por los intereses del imperio de una manera más inteligente que la propuesta y ejecutada por los neoconservadores de la New American Century, un equipo estratégicamente torpe. Por eso, Naomi Klein le recuerda al público extático con el triunfo que no pierda el tiempo: que le envié a Obama lo más pronto posible la factura del plan de rescate que, en contra de las mejores recetas progresistas, apoyó en medio de la campaña electoral, uno de los fraudes más indecorosos que, según Klein, de no enfrentar una oposición seria, afectaría adversamente las posibilidades reales que tendría Obama para emprender el cambio hacia un Estados Unidos verde.

Para que el efecto Barak no confunda el pragmatismo eleccionario con la continuidad de la violencia a la que se ha sometido a la clase media usamericana de Reagan a Bush, Cornel West prometió fiscalizar de cerca al señor presidente, una propuesta que vale la pena seguir con la misma proximidad que se le siguen los pasos a Obama, cuyo efecto ha empezado a aclararse con el nombramiento de Rahm Emanuel.  En la misma mesa donde ha invitado a comer a Colin Powel, un tipo con las manos sucias y un apetito transnacional, Obama ha hablado de invitar a Robert Kennedy Jr., un ambientalista con fe de que, bien llevado, el libre mercado funciona para todos, incluida la naturaleza. Por eso Chomsky, cuando endosó a Obama, “un cheque en blanco,” habló de hacerlo fuera del efecto Barak: sin la ilusión que distorsiona el triunfo del afro-africano con la política del demócrata centro-derecha.

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Ilustración de Adolfo Payés

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