Esas gafas negras

Si en algo ha avanzado el Derecho, indudablemente tiene que ver con la discriminación, cada vez más precisa, de la responsabilidad personal de cada sujeto, de modo que, según las sociedades se han ido civilizando, atrás quedaban los tiempos en los que toda una nación era estigmatizada por el comportamiento de uno solo de sus miembros. Un clan padecía vergüenza eterna por una falta cometida por uno sólo de sus ancestros, una familia era expropiada y enviada al exilio por el delito de un progenitor… Prácticas que hoy nos parecen salvajes e inapropiadas cuando se contemplan de modo superficial, sin entrar al meollo del asunto. No hay persona en el mundo que actúe de manera totalmente independiente y, por ende, tanto sus culpas como sus méritos, en buena medida, obedecen al entorno que los encubre o fomenta según sea el caso.

Con todo, digo “avance” por cuanto participo de la idea de que la responsabilidad, si bien no acaba en el individuo, no puede no empezar sin su concurso. Las culturas primitivas no entendían esta idea nuestra de “individuo” y por ello el comportamiento de un solo miembro afectaba al grupo entero, por entender que es el grupo el que ha de velar en primera instancia por su correcta educación, su vigilancia y, si fuera el caso, su castigo, de modo que, si aún así se diera el caso de que un individuo tuviera un comportamiento tipificado socialmente como malo y el sujeto en cuestión no fuera reprendido en primer término por sus más allegados, por sus vecinos… si no fuera primero denunciado por su clan, puesto en evidencia y descubierto en su fechoría por su tribu, llevado ante la justicia por sus propios familiares, la sociedad entendía que el malhechor había actuado con la complicidad, el amparo, la ayuda de aquellos entre los que había nacido, formado y educado, a quienes se les transfería tanto la culpa moral como las posibles condenas que el acto mereciera. Con ello, se perseguía que el colectivo estuviera siempre alerta por el comportamiento ejemplar de sus miembros, sabedor del contagio que para el conjunto podía suponer la mala actuación de todos y cada uno de sus integrantes, medida que hacía innecesaria tanto el exceso de leyes como de policía.

Ahora, en cambio, somos de la opinión de que lo que hace una persona no ha de tener consecuencia alguna en quienes le rodean o con quienes convive, planteamiento igual de desacertado cuando comprobamos que de su mal comportamiento el grupo se beneficia sin preguntarse cómo ni por qué cuando no arropando, justificando y alentando la situación, conocedores de que en el peor de los casos sólo paga un “cabeza de turco” por todos los pecadores.

El caso de Marta del Castillo es abiertamente sangrante a este respecto. Pero en el ámbito institucional financiero no le anda a la zaga el caso Urdangarín. Cierto es que un suegro no tiene nada que ver en principio con la moralidad de un yerno, ahora bien, cuando el suegro es el “capo de familia” y el yerno es una rama del tronco familiar, la situación de dependencia liga el comportamiento del yerno a la imagen de una institución como es la Casa Real, cosa que obliga al suegro a tomar cartas en el asunto si no quiere que la entera sociedad le contemple como encubridor necesario de lo sucedido, si no por acción, si por omisión.

Todos podemos desviar la mirada creyendo que con ello engañaremos a la diosa que lleva tapados los ojos. Pero la luz del sol que todo lo ilumina con más fuerza que la hoguera de las vanidades, evidencia la inutilidad de esas gafas negras que intentan desesperadamente proteger de la verdad de su acción a quien dice no conocer y saber menos que Sócrates, como si la mano izquierda no supiera lo que hace la derecha cuando ambas desean la impunidad lavándose mutuamente con el agua cristalina que mana de la Constitución. Mas como quiera que no hay más ciego que el que no quiera ver, las gafas negras resaltan ante el público la oscura mirada del “impostor de impostores” que rehúye los focos para que no trascienda en el lenguaje no verbal lo que la verdad esconde. También debería entonces ponerse guantes para ocultar la mano que mece la cuna, de no firmar de inmediato un cheque por valor de lo robado para reintegrarlo a los ciudadanos de Baleares, en inequívoco signo de desaprobación y arrepentimiento de todo el clan, máxime cuando sus nietos son todavía herederos perceptores de aquel infeliz menorquín que legó a la Casa Real su fortuna, al parecer, pecata minuta para esta gente acostumbrada como está al derroche a troche y moche.

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