Carlos Olalla*. LQS. Octubre 2018

Me habló de la marihuana, de la heroína, de los hongos, de la yaguasa. Por medio de las drogas llegaba a Dios, se hacía perfecto, desaparecía. Pero yo prefiero mis viejos alucinantes: la soledad, el amor, la muerte

Pocos poetas como él han sabido reflejar el misterio que habita la vida, el amor y la muerte, porque para él vida, amor y muerte son inseparables. ¿Somos un fugaz instante entre dos nadas o somos algo más? Todas las preguntas están en su poesía, libres en sus versos, encerradas en su silencio. Pocos poetas como él han sabido llegar al alma de su pueblo, un pueblo, el mexicano, que le ama sin remedio. Leer a Sabines, adentrarte en el universo mágico de sus poemas, es ponerte frente al espejo de la vida, ese espejo que refleja la soledad y el inexorable paso del tiempo que nos convierte en quien somos, un puñado de sueños y poco más. Sus poemas nos hablan de la soledad del que se sabe solo, del amor que es, del que fue y de los que quizá vendrán a recordarnos que seguimos vivos, que en el atardecer de nuestros días no nos hemos secado todavía. Sabio como era, para él el amor era el aprendizaje de la muerte y la vida nunca fue más que el deseo, una vida que amó profundamente y que devoró en la eternidad que habitó cada instante que vivió: “¡Qué hermosa es la vida! ¡Cómo nos despoja todos los días, cómo nos arruina implacablemente, cómo nos enriquece sin cesar!”

Amante de la soledad, de la noche y las estrellas, para él “la luna será siempre el resplandor que sale de nosotros en la noche y en la soledad” Conocedor como pocos de la esencia del alma humana, nos dejó escrito que “La canción no es el canto. Al canto lo conocen los mudos” Volvámonos mudos entonces para escuchar la canción que cantan algunos de sus poemas de amor:

Entresuelo

“Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá de la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí no hay una mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra,
Lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años;
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada
Sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.”

Otra carta (fragmento final)

“…Quisiera hablar de ti a todas horas
en un congreso de sordos,
enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.
Quiero darte a nadie
para que vuelvas a mí sin haberte ido.
En los parques, en que hay pájaros y un sol en hojas
por el suelo,
Donde se quieren dulcemente las solteronas que miran
a los niños,
te deseo, te sueño.
¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!
(Te invito a comer uvas esta tarde
o a tomar café, si llueve,
y a estar juntos siempre, siempre, hasta la noche)”

Digo que no puede decirse el amor

“Digo que no puede decirse el amor.
El amor se come como un pan,
se muerde como un labio,
se bebe como un manantial.
El amor se llora como a un muerto,
se goza como un disfraz.
El amor duele como un callo,
aturde como un panal,
y es sabroso como la uva de cera
Y como la vida es mortal.
El amor no se dice con nada,
ni con palabras ni con callar.
Trata de decirlo el aire
y lo está ensayando el mar.
Pero el amante lo tiene prendido,
untado en la sangre lunar,
y el amor es igual que una brasa
y una espiga de sal.
La mano de un manco lo puede tocar,
la lengua de un mudo, los ojos de un ciego,
decir y mirar.
El amor no tiene remedio
y sólo quiere jugar”

Autonecrología  (5)

“Te quiero porque tienes las partes de la mujer
en el lugar preciso
y estás completa. No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.
Colocada en tu alma,
dispuesta a ser rocío en la yerba del mundo,
leche de luna en las oscuras hojas.
Quizás me ves,
tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada,
en un rincón del cuarto donde duermes,
soy una mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo.
Quizás me reconoces
como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas
con el cuerpo cerrado y sin respuesta.
Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.
Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza,
para secar tus lágrimas que lloro.
¿En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo? Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba.
Recoge mi cabeza. Guarda el brazo
con que amé tu cintura. No me dejes
en medio de tu sangre en esa toalla”

Poemas sueltos

“Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
Esta mortal ternura con que callo
te está abrazando a ti mientras yo tengo
inmóviles mis brazos.
Miro mi cuerpo, el muslo
en que descansa tu cansancio,
tu blando seno oculto y apretado
y el bajo y suave respirar de tu vientre
sin mis labios.
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
y me pongo de veras triste y solo
y te beso como si fueras tu retrato.
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí y haces tu llanto
sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.
Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas
se ponen a escuchar lo que no hablamos.”

Su inquietud por conocer el alma humana fue una de las constantes de su poesía. Poco o nada le importó escribirla en verso o en prosa porque siempre supo que la música de la poesía también habitaba en la prosa. El paso del tiempo, lo que hacemos de nuestras vidas, las pequeñas cosas que nos hacen sentir vivos, fueron los caminos en que dejó que su mano escribiera lo que su alma le dictaba.

Diario semanario y Poemas en prosa (Fragmentos)

“Leyendo a Tagore pensé en esto: la lámpara, la vereda, el cántaro, el pozo, los pies descalzos, son un mundo perdido. Aquí están las bombillas eléctricas, los automóviles, el grifo del agua, los aviones de propulsión a chorro. Nadie cuenta cuentos. La televisión y el cine han sustituido a los abuelos, y toda la técnica se acerca al milagro para anunciar jabones y dentífricos.
No sé por qué camino, pero hay que llegar a esa ternura de Tagore y de toda la poesía oriental sustituyendo a la muchacha del cántaro al hombro con nuestra mecanógrafa eficiente y empobrecida. Después de todo, tenemos las mismas nubes, y las mismas estrellas, y, si nos fijamos un poco, el mismo mar.
A esta muchacha de la oficina también le gusta el amor. Y entre el fárrago de papeles que la ensucian todos los días, hay hojas de sueños en blanco que guarda cuidadosamente, recortes de ternuras a que se atreve en soledad.
Yo quiero cantar algún día esta inmensa pobreza de nuestra vida, esta nostalgia de las cosas simples, este viaje suntuoso que hemos emprendido hacia el mañana sin haber amado lo suficiente nuestro ayer.”

“A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol de los calendarios.
Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido esposa, ¿cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo el que pierde el tiempo? Y si yo mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme, si me pierdo a mí mismo?
El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre; el día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.
A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer)”

A veces -no siempre, pero a veces-

Alguien nos dicta, nos conduce
de un acto a otro,
somos un instrumento,
nada más un muñeco con hilos invisibles.
¿Quién es, o quiénes son,
o quiénes somos?
Caballo de la noria dando vueltas
igual ayer que ahora,
¡qué hermosa libertad la del surco!
Me transito, quiero decir, recorro
de sorpresa en sorpresa mis lugares,
me tomo de las manos nuevamente.
Para vivir no hay que tener memoria.
Para amar hay que olvidarlo todo.

Canciones del poxo sin agua
IV

“Como la sombra de los pájaros
pasan los días.
Tengo sueño de vivir.
Mi corazón es un hambre olvidada.
Igual que la arena entre los dedos
se va la vida
y la tierra florece con flores y con niños.
Tengo sueño de amar,
quiero dormir cantando, como si fuera a nacer
o a morir”

“Todas las voces sepultadas en el enorme panteón
del aire que rodea la tierra
revivirán de pronto para decir que el hombre sólo es eso
un sonido extinguiéndose, una risa, un lamento,
penetrando en su muerte como en su crecimiento.
Esqueleto de una sombra
estructura de un vuelo,
rastro de una piedra en el agua,
deseo, sólo deseo, sueño, sólo sueño.
Con los ojos cerrados miro lo que quiero
y lo que quiero no existe”

“Las casas duran un poco más que los hombres,
pero también las casas un día desaparecen,
las ciudades, los pueblos, las generaciones.
Todo se hace historia,
memoria y olvido,
más olvido que otra cosa, más olvido.
Ése es el estupendo secreto de la vida:
comienza precisamente hoy, nos espera”

Mi cama es de madera

Mi cama es de madera
y cruje bajo el peso del amor jadeante,
pero mi cama es un barco inmóvil
que me lleva adonde quiero ir.
Carga mi soledad mejor que yo mismo
y conoce mis sueños
y se compadece de mí.
Mi cama es casi una nube,
es una alfombra para las pisadas de mi corazón.
A media luz, o a obscuras,
en mi cama encuentro a mi mujer, mis hijos, mis libros,
mis recuerdos y mis cigarros.
Y encuentro a Dios, a veces,
en la luz de una tarde como ésta,
que besa con la yema de sus dedos los párpados cerrados.
Amo mi cama porque en ella reposo como en mi muerte
y en ella siento que la vida puede ganarse aún.
Estoy agradecido porque tengo una cama
y es lo mismo que si tuviera un río,
lo mismo”

Del mito

“Mi madre me contó que yo lloré en su vientre.
A ella le dijeron: tendrá suerte.
Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.”

“Pasa el lunes y pasa el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere
dormir,
La estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón
aturdido,
la vida pasando como estas palabras:
lunes, martes, miércoles,
enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida.
La vida yéndose sin sentido, entre la borrachera
y la conciencia,
entre la lujuria y el remordimiento y el cansancio.
Encontrarse, de pronto, con las manos vacías,
con el corazón vacío,
con la memoria como una ventana hacia la obscuridad,
y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en dónde estuve?
Sombra perdida entre las sombras,
¿cómo recuperarte, rehacerte, vida?
Nadie puede vivir de cara a la verdad
sin caer enfermo o dolerse hasta los huesos.
Porque la verdad es que somos débiles y miserables,
y necesitamos amar, ampararnos, esperar, creer
y afirmar.
No podemos vivir a la intemperie
en el solo minuto que nos es dado.
¡Qué hermosa palabra “Dios”, larga
y útil al miedo, salvadora!
Aprendamos a cerrar los labios del corazón
cuando quiera decirla,
y enseñémosle a vivir en su sangre,
a revolcarse en su sangre limitada.
No hay más que esta ternura que siento hacia ti,
engañado,
porque algún día vas a abrir los ojos
y mirarás tus ojos cerrados para siempre.
No hay más que esta ternura de mí mismo
que estoy abierto como un árbol,
plantado como un árbol, recorriéndolo todo.
He aquí la verdad: hacer las máscaras,
recitar las voces, elaborar los sueños.
ponerse el rostro del enamorado,
La cara del que sufre,
la faz del que sonríe,
el día lunes, y el martes, y el mes de marzo
y el año de la solidaridad humana,
y comer a las horas lo mejor que se pueda,
y dormir y ayuntar,
y seguirse entrenando ocultamente para el evento final
del que no habrá testigos.”

“Igual que los cangrejos heridos
que dejan sus propias tenazas sobre la arena,
así me desprendo de mis deseos,
muerdo y corto mis brazos,
podo mis días,
derribo mi esperanza,
me arruino.
Estoy a punto de llorar.
¿En dónde me perdí, en qué momento
vine a habitar mi casa,
tan parecido a mí que hasta mis hijos me toman
por su padre
y mi mujer me dice las palabras acostumbradas?
Me recojo a pedazos,
a trechos en el basurero de la memoria,
y trato de reconstruirme,
de hacerme como mi imagen.
¡Ay, nada queda!
Se me caen de la mano los platos rotos,
las patas de las sillas, los calzones usados,
los huesos que desenterré
y los retratos en que se ven amores y fantasmas.
¡Apiádate de mí!
Quiero pedir piedad a alguien.
Voy a pedir perdón al primero que encuentre.
soy una piedra que rueda
porque la noche está inclinada y no se le ve el fin.
me duele el estómago y el alma
y todo mi cuerpo está esperando con miedo
que una mano bondadosa me eche una sábana encima”

Fueron muchas las cosas que Sabines heredó de su familia. Su padre, de origen libanés, se unió a la revolución mexicana y fue quien le enseñó a amar la literatura. Su influencia sobre el poeta fue enorme, tanto que le hizo mantener una bella tradición que él había iniciado: la de que los nombres de su familia empezaran por la letra “J” Su padre se llamaba Julio y los nombres que eligió para sus tres hijos fueron: Juan, Jorge y Jaime, tradición que mantuvo el poeta al bautizar a los hijos que tuvo de varios matrimonios como: Jaime, Julio, Judith, Julieta, Jazmín, Jorge, Juan… y Susana Sofía, la última con la que rompió la tradición. La muerte de sus padres fue un duro golpe para Sabines, golpe que se reflejó en los poemas que les dedicó:

Algo sobre la muerte del mayor Sabines  (IX)

“Te fuiste no sé a dónde.
Te espera tu cuarto.
Mi mamá, Juan y Jorge
Te estamos esperando.
Nos han dado abrazos
de condolencia, y recibimos
cartas, telegramas, noticias
de que te enterramos,
pero tu nieta más pequeña
te busca en el cuarto,
y todos, sin decirlo,
te estamos esperando”

Doña Luz (XVII)

“Lloverás en el tiempo de lluvia,
harás calor en el verano,
harás frío en el atardecer.
Volverás a morir otras mil veces.
Florecerás cuando todo florezca.
No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella,
la semilla del viento en el agua,
el esqueleto de las hojas en la tierra.
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,
en el corazón de los árboles la palabra amor.
No somos nada, nadie, madre.
Es inútil vivir
pero es más inútil morir”

Algunos de sus versos encierran verdaderas reflexiones sobre la vida y el papel que nos toca jugar en este extraño mundo. Su profunda inquietud religiosa se ve reflejada en muchos de esos versos: “En la tarde quieta las sombras de los árboles juegan a esconderse. En mi corazón juegan las penas, los sueños, los deseos”, “El secreto de Dios: Acercó sus labios a mi oído…y no me dijo nada”, “Me habló de la marihuana, de la heroína, de los hongos, de la yaguasa. Por medio de las drogas llegaba a Dios, se hacía perfecto, desaparecía. Pero yo prefiero mis viejos alucinantes: la soledad, el amor, la muerte”, “Testamento a mis seres queridos: les dejo la vida” Eso es lo que nos dejó el maestro Sabines: su profundo amor a la vida.

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