Leopoldo María Panero «gran poeta maldito»

Éste es un país de sudorosos
obsesionados con el fútbol
y con los toros
por culpa de la represión sexual
L.M.P.

Ha muerto Leopoldo María Panero, nuestro "gran poeta maldito", nuestro Baudelaire particular. En el instituto lo estudiábamos junto a Quevedo o Lorca, y eso, ingresar en el "parnaso lírico español en vida" es mucho.

Dedicatoria

Más allá de donde
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar
como un rey su agonía,
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.

Dirán que intentó suicidarse, que intentó matar a su madre en repetidas ocasiones, que no tenía respeto por la vida (eso es verdad), que era sodomita, ex alcohólico, heroinómano experimental, adicto a la Coca-Cola… pero nadie dirá nunca, porque no han leído su obra, que ante todo era un intelectual, que conocía como pocos la lengua y la literatura francesa y la norteamericana, que su obra está salpicada de guiños a la cultura cinematográfica, y sobre todo, que exploró los límites del ser humano y que también detectó, mejor que sus psiquiatras, enfermedades de la sociedad española.

Himno a Satán

Sólo la nieve sabe
la grandeza del lobo
la grandeza de Satán
vencedor de la piedra desnuda
de la piedra desnuda que amenaza al hombre
y que invoca en vano a Satán
señor del verso, de ese agujero
en la página
por donde la realidad
cae como agua muerta.

Esto es una despedida de no-amor.

El loco

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que  mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

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