Palabras que no se pronuncian

Juan Gabalaui*. LQS. Febrero 2021

La construcción de la idea de la clase media ha servido para mantener la esperanza de un ascenso cuando es clase asalariada, dependiente de un salario y en la misma cuerda floja que las personas más empobrecidas

Hay debates que no existen. Palabras que ya no se pronuncian. Ideas sobre las que ya apenas se piensa. En una sociedad de múltiples identidades se habla de todas menos de una. La identidad de clase no solo ha desaparecido de nuestro vocabulario sino que no la reconocemos. No nos reconocemos como parte de la clase trabajadora a diferencia de una marcada identidad de clase de las élites económicas, que son muy conscientes del antagonismo y perseveran en sus privilegios. Somos otras cosas, formamos parte de otros grupos y nos enfrascamos en debates sobre quiénes somos en los que la clase trabajadora es casi un concepto viejo, pasado de moda, aburrido o intranscendente. Las élites no tienen ninguna duda sobre quiénes son y qué lugar ocupan en la sociedad. La defensa de sus intereses es agresiva y no vacilan a la hora de desplegar cualquier estrategia que les sirva para mantener sus beneficios y el control de los medios de producción. Gran parte de su éxito se encuentra en la hegemonía del relato. El control de las industrias culturales les permite difundir, por distintas vías, una narrativa a través de la cual nos cuentan quiénes somos y qué queremos. Modelan nuestra identidad y condicionan nuestros sueños.

Los miembros de la clase trabajadora ya no sueñan con el control de los medios de producción sino con acceder a una clase superior que les permita disfrutar de privilegios. Sueñan con escupir desde el palco a los que se encuentran en la platea del teatro como en la película Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore. La fuerza motriz es escapar de la realidad que les ha tocado vivir, del precariado social y laboral, de la servidumbre laboral y de la incertidumbre incorporada. La idea de la movilidad social ascendente forma parte de la narrativa de la élite que permite anclar a la clase trabajadora en el lugar que consideran que les pertenece. La sociedad estadounidense y el sueño americano se asientan en este concepto. Empezar de botones y convertirse en propietario de un conglomerado de hoteles. Es una ficción muy seductora que pone el acento en la capacidad para esforzarse. Si no lo consigues es porque no te has esforzado suficiente. No es el sistema de privilegios en el que has crecido. Eres tú. Esta idea lejos de construir un escenario de oportunidades, solidifica las diferencias sociales y económicas de clase. Lo más habitual es que se produzca una movilidad social descendente provocada por múltiples motivos. La pérdida de trabajo, un divorcio, un empleo precario o la perdida de la vivienda por el impago de una hipoteca. Es lo que tiene andar constantemente en la cuerda floja.

La clase media pretende simbolizar el ascenso a una posición superior. Una fase por la que hay que pasar. Mira fascinada hacia las de arriba y se esfuerza por diferenciarse de las de abajo

La colonización mental de la narrativa elitista se puede reconocer en lo que pensamos si fuéramos millonarias. La imaginación nos traslada a una vida llena de privilegios en la que no nos privaríamos de aquello que consideramos debe tener una persona rica. Coches de alta gama, mansiones con piscina, joyas, viajes alrededor del mundo y estancias en hoteles de lujo. Soñamos despiertas. En realidad nuestros sueños son la réplica de un mundo lleno de desigualdades. Nuestros sueños producen los mismos monstruos que las acciones de las élites. Esta similitud no es casual. Construimos una realidad [im]posible a partir de las ideas que han diseminado en nuestras cabezas a través de las revistas, las películas y las series, los contenidos de los programas de televisión o las redes sociales. Lejos de conjurar estas ideas, las asumimos como parte de la meta que debemos alcanzar. La posibilidad de transcender se convierte en formar parte de aquellas personas que se encuentran en la cúspide de la pirámide. Han depositado en nuestro interior la semilla que permite la reproducción interminable del sistema que nos domina y la negación de la identidad de clase es el cepo que nos mantiene atrapadas y ciegas a esta realidad.

La construcción de la idea de la clase media ha servido para mantener la esperanza de un ascenso cuando es clase asalariada, dependiente de un salario y en la misma cuerda floja que las personas más empobrecidas. Quizás una cuerda más gruesa pero igual de inestable. La clase media pretende simbolizar el ascenso a una posición superior. Una fase por la que hay que pasar. Mira fascinada hacia las de arriba y se esfuerza por diferenciarse de las de abajo. La mirada hacia arriba está definida por la admiración y el objetivo y la mirada hacia abajo por la confrontación y la división. La incapacidad para reconocernos como sujetos con los mismos intereses favorece el mantenimiento del estado de las cosas. La movilidad social ascendente es una tarea individual en la que no necesitamos a los demás. La idea de la solidaridad y la lucha colectiva es una de las víctimas de la individualidad exacerbada que trasladan las élites a la sociedad. Esta individualidad va dirigida a fomentar la división lo cual se contrapone con la solidaridad entre las élites y la lucha colectiva para el mantenimiento de los privilegios. Si hay una clase solidaria consigo misma es la de las élites económicas. Prefieren situarnos en la indefinición y en la soledad. Es la manera de neutralizar la amenaza a sus intereses.

Al final nos encontramos que las que han maniobrado para fragmentar la identidad de la clase trabajadora en múltiples añicos, poseen una poderosa identidad de clase dirigida a defender sus intereses contra la clase antagónica. Las que han maquinado para neutralizar la lucha colectiva y la solidaridad en la clase trabajadora, son las que actúan de forma solidaria y al unísono para conseguir sus objetivos. Pero lo más perverso es que han conseguido modelar las esperanzas y sueños de las personas que trabajan para que puedan seguir manteniendo sus privilegios. Se han colado en nuestras cabezas. Cuando se miran entre ellas, se reconocen. A nosotras, mientras, nos cuesta enfocar la mirada.

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* El Kaleidoskopio

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