Sin marco [social y crítico]

Juan Gabalaui*. LQS. Junio 2020

La aceptación resignada de la realidad es uno de los efectos del proceso de desmovilización y descrédito de los marcos sociales de interpretación de las corrientes de izquierda

Solemos pensar que alguien que pertenece a un sindicato es una persona de izquierdas pero no tiene por qué ser así. Es cierto que hay una mayoría en los sindicatos mayoritarios españoles, CC.OO y UGT, que tienen una sensibilidad de izquierdas pero ser de izquierdas y tener sensibilidad son dos cosas diferentes. Esta confusión ha sido promovida fundamentalmente por los partidos socialdemócratas que rechazaron la idea de transformar la sociedad y optaron por las reformas puntuales, especialmente en el campo social, sin modificar los principios en los que se sostiene el capitalismo. Las reformas, con el apellido de progresistas, se pueden definir como una manera de suavizar las aristas sin quitarlas. Siguen siendo hostiles pero se hacen más llevaderas. En el siglo XIX y principios del siglo XX algunas huelgas eran resueltas por los patronos cerrando las fábricas. Todos a la calle. Ahora nos echan poco a poco, casi sin ruido o nos convencen de que las condiciones miserables y las imposiciones son naturales. Es lo que hay. También ha evolucionado la psicología, la psiquiatría y la farmacología de tal manera que nos permitan continuar sobreviviendo en contextos agresivos y adversos. Forzar la voluntad y no encontrar escapatoria se suaviza con benzodiazepinas.

Ser de izquierdas o tener sensibilidad social no es lo mismo. La sensibilidad social es una capacidad o una habilidad mientras que ser de izquierdas es tener una ideología, un marco de interpretación social y económico dirigido a la transformación de la sociedad desde el examen y el análisis crítico de las estructuras de poder, los procesos económicos, laborales y sociales y las estructuras profundas que acogen dichos procesos. En este sentido no podemos afirmar que pertenecer a un sindicato, autodenominado progresista, y ser de izquierdas es lo mismo. Las personas que forman parte de CC.OO o de UGT pueden ser sensibles a la lucha contra la discriminación laboral de la mujer pero no tener ningún planteamiento de transformación real de la sociedad, más allá de la aprobación de unas leyes, que en muchos casos ni siquiera se cumplen. El aparato de estos sindicatos, blindado frente a ideologías que persiguen la transformación radical de la sociedad, ha destacado por el pactismo con las estructuras de poder y la inmovilización y el sometimiento de veleidades transformadoras. Y esta política de actuación se ha deslizado a capas inferiores y contaminado a los sindicados que tienden al pactismo y al discurso derrotista e inmovilizador. Estas características son las que convierte a los sindicatos mayoritarios y desideologizados en prescindibles como agentes de cambio.

La aceptación resignada de la realidad es uno de los efectos del proceso de desmovilización y descrédito de los marcos sociales de interpretación de las corrientes de izquierda. Vivimos una época en la que se ha extendido la idea de que el socialismo, el comunismo o el anarquismo son ideologías criminales. Y esto es un éxito de ese proceso propagandístico de los sectores conservadores y de las personas alojadas en las estructuras de poder del capitalismo. Pero no solo es propaganda. Han construido una realidad donde sus profecías se cumplen y provocan en muchas personas lo que en psicología se conoce como indefensión aprendida. No se encuentra una alternativa a lo que tenemos por lo que la aceptación de la realidad no deja de ser un proceso natural relacionado con la capacidad de adaptación a contextos adversos. La crítica también se limita hasta lo que se considera que es posible. Esa posibilidad está condicionada por las restricciones que hemos asimilado y aprendido acríticamente. Hay cosas que son como son y no se puede hacer nada. Todo ello conduce a la pasividad o, en todo caso, a la pelea por pequeños logros dentro del marco de lo posible, definido por el capitalismo, y que consiste en la idea de cambiar para no cambiar nada.

Esto no significa que leyes que luchen contra la discriminación étnica, contra el cambio climático o contra la violencia de género no sean necesarias, o no puedan ayudar a las víctimas, sino que no son suficientes para la transformación radical de la sociedad sino se cuestionan las estructuras de poder, económicas y sociales. Seguiríamos en sociedades desiguales, jerárquicas y autoritarias que no cesarían de reproducir experiencias de abusos y discriminación. Si seguimos manteniendo lógicas basadas en la productividad, la competitividad, el consumismo o el crecimiento ilimitado, continuaremos fortaleciendo una sociedad depredadora e irracional que va devorando poco a poco a las personas y a la naturaleza. Si no modificamos el modo de producción, la relación entre salario y trabajo, y la servidumbre de la deuda seguiremos siendo unos modernos esclavos que se creen ingenuamente libres. De esta forma la sensibilidad social sin un marco social crítico con vocación emancipatoria se queda en un atributo personal. Loable pero, en términos prácticos, vano. Esta indefinición es un caldo de cultivo para la proliferación del fascismo, que viene a dar forma a un deseo impreciso. Además de ayudar al mantenimiento de las estructuras capitalistas. La ausencia de marcos nos convierte en lienzos en blanco que pintan otros y después, estos mismos, nos dicen que es nuestro dibujo. Y nos lo creemos.

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