Ricardo-Piglia-loquesomosFrancisco Cabanillas*. LQSomos. Agosto 2015

una noche al entrar
en la casa para buscar una manta, había encontrado
un libro que no conocía…
Blanco nocturno

… no se trata [en la literatura de Piglia] de encontrar la ficción
dentro de la realidad sino de comprender
que en la ficción es donde está la verdad.
Ana María Velázquez

…, porque digan lo que digan, esto
[Puerto Rico] es Latinoamérica …
Wilfredo Matos Cintrón

Mayo, 2015. Días después, bajo los efectos de la conferencia de LASA (Latin American Studies Association, celebrada a finales del mes en el Caribe Hilton del Viejo San Juan), el escritorio, salpicado de libros, algunos comprados durante la conferencia, genera su propio campo magnético, del cual se siente, al pasarle por el lado, un tipo de resistencia poética. Hipérbole. Pulsión de leer todos los libros a la vez. Deseo y oposicionalidad. Materialidad; en vez de la carencia, asoma la abundancia.

Entre una novela en inglés, The Barbarian Nurseries (2011), y otra en español, La muerte feliz de William Carlos Williams (2015), se sentía una fricción literaria parecida al roce de un cigüeñal sin aceite. Pura ficción oleaginosa. A una distancia más que prudente, un libro de ensayos, Wanderlust: A History of Walking (2000), ocupaba más, mucho más que el espacio físico desde el que ejercía una imantación irresistible, quizás porque sumaba a su materialidad libresca la presencia virtual de su reciente traducción al español, Wanderlust. Una historia del caminar (2015), cuya lectura provoca esta reseña: “Escribo mientras camino, ya está dicho. Más inusual es que una lectura me haga andar, que avanzar por las páginas de un libro me ponga en movimiento en el espacio y el tiempo como lo hace el ensayo de Rebecca Solnit” [autora de Wanderlust].

Entre los libros ya leídos, algunos de los cuales se mezclan con los recién adquiridos, se establece una lubricidad entre dos títulos, emblemáticos de imaginarios que se bifurcan. Por un lado, un clásico de las letras boricuas, Narciso descubre su trasero: el negro en la cultura puertorriqueña (1975), cuya edición no aguanta una lectura sin deshojarse; y por el otro, la novela ganadora del XVIII Premio Rómulo Gallegos, Simone (2011), libro que se acerca a la isla desde una caribeñidad poco característica: los chinos que trabajan en los restaurantes de comida china en Puerto Rico.

Más voluminoso que los otros libros que tenía a su alrededor, como la novela beliceña Beka Lamb (1982) y el libro de crítica literaria, Novelas bolero. Ficciones musicalizadas posnacionales (2012), estaba la turbulencia, parecida a la bruma de los polvos del Sahara que llegan a la isla en estos días, creada por War Against All Puerto Ricans (2015), libro presentado recientemente en San Juan. Y ello porque este saca a la luz pública cosas nuevas, como el hecho de que el ex gobernador Luis Muñoz Marín, padre del Estado Libre Asociado (1952), optara por la colonia en vez de la independencia por razones ajenas a su voluntad.

Basculación ideológica, argumenta el libro, producto de un chantaje del FBI, que hizo renegar a Muñoz Marín de todo lo que tuviera que ver con Pedro Albizu Campos y la independencia, so pena de desvelar la adicción de Muñoz Marín al opio. Traslación. ¿No fue José Martí el primero en escribirle un poema al hachís?

Pero además, War Against All Puerto Ricans se corría un riesgo adicional: narrar una historia minuciosamente documentada —la de la lucha contra el nacionalismo y la independencia de Puerto Rico durante los años 30, 40 y 50, desde los archivos desclasificados del FBI— como si se tratara, en ocasiones, de una novela. Metahistoria.

Desde esa promiscuidad discursiva, otra novela, puesta bocabajo en la zona sur del escritorio, Blanco nocturno (2010), se siente librescamente imantada a la “guerra contra todos los puertorriqueños.” Proximidad relativa. Novela policial en la que, uno de los personajes, puertorriqueño mulato de New Jersey, partidario de Pedro Albizu Campos, Tony Durán, llega a la Argentina en la década de 1970 detrás de las faldas de las gemelas Belladona a cumplir su destino trágico.

Escritorio; mesa cubierta de libros que parecen, como el Caribe, un archipiélago literario. ¿Cómo se llama el libro que ocupa la geografía de Haití? ¿La invención del Caribe (1997)? Desde su geografía libresca, Blanco nocturno alumbra el resto del paisaje, donde varios libros, entre ellos Narciso descubre su trasero, se sienten interpelados por la ficción detectivesca de la novela de Ricardo Piglia. En las zonas más poéticas del escritorio, lo que sería el área de mayor resistencia, entre libros de cuento y ensayos literarios, se desata un forcejeo epistémico: por un lado, el libro como objeto de arte y por el obro, el libro abocado al servicio del conocimiento y de la palabra. Fricción y ficción. Alta tensión metapoética. Estallido sordo.

Ruptura. Desplazamiento fractal. Breve giro de tuerca. Cambio momentáneo de espacio y tiempo. Regreso fugaz a la presentación de un libro de ensayos, Del escándalo al asombro (2014), celebrada en la Librería Isla de Río Piedras, de la cual llegan ecos frescos del escritor y profesor Félix Córdoba Iturregui, pidiéndole a la literatura y la crítica puertorriqueñas más atención a la dimensión material del libro: dónde y bajo qué condiciones se produce. Intersección feliz del sindicalismo en el espacio de la literatura.

Reciprocidad. La novela de Ricardo Piglia, Blanco nocturno, se reposiciona. Frente a varios libros de la mesa, La revolución deseada (2015), La vida es una enfermedad sexualmente transmisible (2015), Darwin para principiantes (2004), los cuales trazan, respectivamente, un arco desde Cuba, Puerto Rico-República Dominicana y Ecuador, Blanco nocturno se reafirma: única novela argentina con un personaje puertorriqueño, Tony Durán, de cierta centralidad simbólica. Inevitablemente, el espejismo de la novela colombiana, Que viva la música (1977), resplandece como la luz de un poema nuyorican.

Desde Cali, Que viva la música irrumpe con fuerza en la historia literaria de Colombia e Hispanoamérica. Novela del postboom, llena de músicos puertorriqueños (reales) marcados por la melomanía salsera; pero también, como en el caso de la boricua amiga del gringo que iba en busca de hongos alucinógenos, María Lata Bayó, con personajes marcados por la violencia, las drogas y el sexo. ¡En el fondo de Tony Durán está la abundancia episódica de María Lata Bayó!

Saldo de cuentas. Blanco nocturno mitiga la asimetría literaria entre Argentina y Puerto Rico, ostensiblemente exacerbada en el contexto culinario: ¿cuántos restaurantes puertorriqueños hay en Buenos Aires? También en el contexto musical: ¿cómo se llama el Tony Croatto —músico argentinopuertorriqueñizado— de Argentina? Asimetría que por su parte mitiga, ¿más que la editorial Viterbo?, Corregidor, editorial presta a difundir, como en el caso de Simone (2011), la literatura puertorriqueña en las bibliotecas del Cono Sur.

Esputo intempestivo: ¿qué fue primero, la llegada de Corregidor a las librerías de Río Piedras o el triunfo de Simone en 2014?

Enredos. Primera intersección fugaz de libros revueltos. Como si soplara una ráfaga de viento metaliterario, las páginas de La muerte feliz de William Carlos Williams (2015), ”No quiero salir de ese mundo, quiero vivirlo en esta parte de la novela de la madre del poeta,” revolotean ante la cercanía de Blanco nocturno, cuyo personaje puertorriqueño, Tony Durán, diáspora de New Jersey, “Déjeme decirle que él era un exiliado, había tenido que abandonar su país, con su familia, porque era un independentista puertorriqueño,” se engancha con la diasporidad de la madre puertorriqueña de William Carlos Williams, poeta moderno estadounidense cuya literatura no se puede separar de Patterson, New Jersey, ni de su madre boricua: Yes, Mrs. Williams: A Personal Record of My Mother (1982).

¿Leía Tony Durán, ahora definido con más precisión, “pretexto-riqueño” de Blanco nocturno, “Era extraordinario ver a un mulato tan elegante en ese pueblo de vascos y de gauchos piamonteses, un hombre que hablaba con acento del Caribe pero parecía correntino o paraguayo,” leía Tony cuando se iba de farra con las gemelas Belladona, “un donjuán… un cazador de fortunas que había venido atrás de unas herederas suramericanas,” o leía cuando se refocilaba homoeróticamente con el Japo?, “El japonés lo conducía en una dirección inesperada… se bañaban desnudos en la laguna a la hora de la siesta… Yoshio era bello, frágil, parecía hecho de porcelana. Y al lado de Durán, alto, mulato, eran una pareja realmente rara.”

Tony Durán: pretexto-riqueño de una novela policial: “Un yanqui que no parecía yanqui pero era un yanqui.” Revoloteo de páginas en un paisaje de tropos: “se vio llegar a Durán, manejando el cupé descapotado del viejo Belladona, con las hermanas sentadas con él en el estrecho asiento de adelante…” Remolino: “Era raro ver juntas a las hermanas, salvo en situaciones extraordinarias, y era extraordinario verlas porque eran las únicas mujeres en el lugar.”

El mulato de Puerto Rico, “criado como norteamericano en New Jersey,” cumple su papel de blanco metanovelístico. Pretexto privilegiado, sin duda, ¡convivir con el emblemático detective Emilio Renzi!, en una novela que para algunos corona la obra narrativa-ensayística de Piglia. Tributo a la presencia boricua de la Universidad de Princeton, New Jersey, donde Piglia trabajó con Arcadio Díaz Quiñones.

Como pincelada literaria que es, “hablaba un español arcaico, lleno de modismos inesperados (chévere, cuál es la vaina, estoy en la brega) o de frases o palabras deslumbrantes en inglés o en español antiguo (obstinacy, winner, embeleco),” Tony Durán estalla en la brevedad que ocupa en la novela: un Caribe suelto, rebosante de una testosterona que con las páginas se muerde la masculinidad. “Te ano” (Yván Silén).

Puertorriqueño mulato, diáspora que, desde sus excesos venéreos, ¡pura apariencia tropical!, aporta otra referencia literaria a la caja de resonancia intertextual, instalada con precisión borgeana en Blanco nocturno. Claro punto de articulación tácita con otro mulato de la historia literaria, esta vez argentina: Adán Buenosayres (1948). La novela de Piglia se transforma en mapa de la literatura argentina.

Sin embargo, Tony Durán se sale de las páginas del texto, desobedeciendo al autor, quien nunca escribió lo que sigue. Seducido por el espacio infinito de la pampa, Tony se arroga un protagonismo que no le corresponde. Por un lado, trae de Puerto Rico a su propio Adán (1991), instalación blanca de Nick Quijano, hecha de suelas de zapatos recicladas como basura que llega a la orilla del mar; por el otro, siguiendo la tradición del peregrinaje secular de Wanderlust: historia del caminar (2015), camina por la pampa húmeda.

Viaje en el tiempo y el espacio. Tony Durán y sus dos Adanes se dirigen al siglo XIX, en busca del cuento que cualquier mulato de las Américas que transcurra por la historia literaria argentina necesita leer: “El matadero” (1838-40). Testamento de la mejor negritud conosureña. Narración que se mueve en el remolino, ¿un oleaje?, que deja la transición del romanticismo libertario al realismo esperpéntico.

Vértigo: Tony Durán se marea en la política decimonónica entre unitarios y federales argentinos. ¿Se hace vegetariano el boricua carnívoro (y omnívoro)? Desfase que a su vez lo desfasa: “Muy bien educado, Durán hizo las inclinaciones de rigor y se acercó a saludar al Viejo [Belladona], con las formas de respeto que usan habitualmente en el Caribe español.” Grieta: “Pero eso no funciona en la provincia de Buenos Aires, porque aquí son los sirvientes quienes tratan de ese modo a los señores… los únicos que mantienen las maneras aristocráticas de la colonia española…” Blanco nocturno ilumina el ruido de la noche intercultural.

Dimensión metapoética. Blanco nocturno se mira en el espejo de la novela policial: “No había hechos nuevos, sólo otras blanco_nocturno_alemania_lqsinterpretaciones.” Narcisismo literario: “En el canasto de mimbre de la ropa sucia encontramos una novela de Ben Benson.” La imagen que ve en el reflejo le gusta. Cuerpo de una novela con carnes duras, cuyas curvas seducen al lector que la toca: “Por eso cuando Tony llegó supieron que había otra partida en juego además de una historia sentimental. ¿Para qué iba a venir hasta aquí un norteamericano si no era para traer plata y hacer negocios?”

Prosa de líneas cortas: “[Luca] Odia el campo, la quietud de la llanura, los gauchos dormidos, los patrones que viven sin hacer nada, mirando el horizonte bajo el alero de las casas…” Escritura que se sabe ficción: “Al final de la tarde había recogido toda la información disponible y se preparó para escribir la crónica. Se instaló en su pieza del hotel y consultó sus notas, hizo una serie de diagramas y subrayó varias frases en su libreta negra.”

Ficción que se reconoce parte de una tradición: “Mi madre dice que leer es pensar—dijo Sofía—.” Blanco nocturno se queda con la noche luminosa, “libreta negra,” de los libros: “No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros.”

Metaficción anclada en la poesía: “Se trata —dijo—, claro, de una metáfora, de un símil, pero también de una verdad literal.” ¿Verdad literaria? Blanco nocturno se desnuda frente a los libros que, salivosos, sienten su luminosidad de cerca: “Porque nosotros trabajamos con metáforas y analogías, con el concepto de igual a, con los mundos posibles, buscamos la igualdad en la diferencia absoluta de lo real.” El reclamo epistémico de la novela no se hace esperar: “El conocimiento no es el develamiento de una esencia oculta sino de un enlace, una relación, un parecido entre objetos visibles… Por eso, sólo puedo expresarme con metáforas.”

Autorreflexiva, Blanco nocturno se repiensa desde cero: “Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica. Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos. El criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto. Nadie comprende lo que está pasando; las pistas y las tensiones son contradictorios y mantienen las sospechas en el aire, como si cambiaran con cada interpretación.” En la ficción paranoica, “La víctima es el protagonista y el centro de la intriga: no ya el detective a sueldo o el asesino por contrato.”

Vuelta al epígrafe de Ana María Vázquez: “Piglia explicó que en verdad [en Blanco nocturno]… usó la historia policial porque es el género ideal para reflexionar sobre el lugar de la verdad.”

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua española, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014)

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