Cincuentenario de Pedro Garfias, poeta republicano

Arturo del Villar*. LQSomos. Mayo 2017

EL 27 de mayo se cumplieron 116 años del nacimiento de Pedro Garfias en Salamanca, y el próximo 9 de agosto se cumplirán 50 años de su muerte en la que consideraba su segunda patria, más acogedora que la primera, en México. Se exilió en ella por su deseo de vivir en libertad, lejos de la dictadura fascista reinante en España, desde el triunfo en 1939 de los militares monárquicos rebeldes contra la República. Él sirvió a la República durante la guerra y en el largo exilio con el arma que sabía utilizar eficazmente, la poesía. A la hora de clasificarla en una escuela o tendencia, como les gusta hacer a los historiadores de la literatura, a Garfias solamente se le puede definir como poeta republicano. Aprovecharemos el cincuentenario de su muerte para recordar algunos aspectos significativos de su vida y de su poesía, ambas puestas al servicio de la República Española.

En 1916 comenzó a cursar los estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla, continuados dos años después en la Central. Pero le gustaba más la poesía que el aprendizaje de los códigos, por lo que se unió al grupo ultraísta, el único movimiento de vanguardia autóctono, y en enero de 1919 firmó el manifiesto de Ultra. El 2 de mayo siguiente intervino en la velada ultraísta organizada por la revista Grecia en el Ateneo de Sevilla. El propósito de los ultraicos, semejante al de todos los vanguardistas, era revolucionario: romper con la tradición de manera violenta, por lo que se enfrentaron al público y disfrutaron de su incomprensión. Es lo que le sucedió al leer en solitario sus poemas el 2 de marzo de 1920 en el Ateneo sevillano, con división de opiniones entre el público. Intervino también en la histórica velada de La Parisiana, en Madrid, el 28 de enero de 1921, donde los escándalos marcaron la ruptura entre la poesía tradicional y la de vanguardia.

Una revista y un libro

Colaboraba en las revistas innovadoras, y con José Rivas Panedas fundó Horizonte, de la que salieron cinco números, cifra muy alta para una publicación juvenil, en los que se acogió a los nuevos poetas y a los consagrados. La redacción se anunciaba en el número 5 de la calle Humilladero, la pensión en la que se alojaba Garfias. El primer número lleva la fecha del 15 de noviembre de 1922, y el quinto solamente la de 1923. Se anunció que iba a editar una colección de libros de poesía, que como es habitual en estos casos costearían los autores.

Fue causa del odio que Gerardo Diego mostró por Garfias desde entonces, y hasta el fin de su vida. Según me relató el poeta, indignado todavía, le envió el original de su libro “Manual de espumas”, junto con el importe del coste previsto por la imprenta, y Garfias ni editó el libro ni devolvió el dinero. Aquellos poetas vanguardistas cultivaban la bohemia extrema.

Quizá la desaparición de Horizonte, revista y editorial, se debiera al traslado de Garfias en 1923 a Osuna (Sevilla), a la casa familiar. Reunido el dinero suficiente, en 1926 publicó a su costa en Sevilla el poemario “El ala del Sur”, sin resabios ultraístas, a tono con la poesía escrita en ese tiempo por los poetas componentes del grupo del 27. Apenas tuvo críticas, lo que tal vez le disuadiera de continuar la escritura en verso. Lo que hizo fue casarse en 1929, e instalarse en La Carolina (Jaén), en donde ejerció el mismo oficio de su padre, recaudador de impuestos municipales. Parecía que al poeta se le había agotado la inspiración.

Con la República

Sin embargo, la historia de España cambió el 14 de abril de 1931, cuando la huida apresurada del rey perjuro y golpista Alfonso XIII dio paso a la proclamación de la República. La ideología de Garfias estaba instalada en la izquierda, a causa de haber observado la miseria de los jornaleros andaluces, esclavizados por los terratenientes. Se puso al lado de los campesinos y los obreros en su afán revolucionario. Deseaba el cambio político y social, que solamente podía llegar con la abolición de la monarquía corrupta. Por ello, deseoso de participar en su realización, ingresó en el Partido Comunista de España, en el que militó hasta su muerte.

Entonces descubrió la razón de ser de la poesía. Su militancia en Ultra le había enfrentado a la tradición lírica, en apoyo de la revolución estética perseguida por los ismos. Resultó inútil aquel esfuerzo, puesto que la sucesión de movimientos vanguardistas significaba su inoperancia. Con la proclamación de la República encontró Garfias un motivo para fundamentar su estética, al servicio de la revolución social, en ayuda del proletariado. Colaboró en la revista comunista Octubre, invitado por sus camaradas Rafael Alberti y María Teresa León. Ejemplo de su compromiso político puede ser su poema “Huelga revolucionaria en Madrid”, escrito en apoyo de los huelguistas contra la represión policial:

Por las esquinas soldados
con las carabinas trémulas
acechando a los obreros.
Sombras, sombras y silencio.
Y los burgueses temblando
tras de los muros de piedra,
ante los cristos oscuros
pidiendo guardias civiles,
guardias de asalto, más guardias,
para que guarden su cuerpo,
para que guarden su casa.

Así era la nueva poesía de Garfias, la que desde entonces se iba a convertir en distintiva de su estilo, una poesía inspirada por su ideología republicana y revolucionaria. Su firma aparece en el manifiesto “En favor de nuestros camaradas. Protestamos contra la barbarie fascista que encarcela a los escritores alemanes”, publicado en la revista Octubre el 1 de mayo de 1933. La barbarie fascista se había instalado también en España, durante el llamado Bienio Negro de la República, y encarceló ilegalmente al diputado Manuel Azaña: en noviembre de 1934 una amplia nómina de intelectuales, entre ellos Pedro Garfias, firmó un manifiesto en contra de esa detención arbitraria, pero la censura impidió que se publicase en ningún medio de comunicación; lo conocemos porque Azaña lo colocó al frente de su memorial de agravios “Mi rebelión en Barcelona” (1935).

Miliciano de la poesía

La barbarie fascista alcanzó su mayor grado de odio a la democracia con la sublevación de los militares monárquicos, iniciada en las colonias africanas el 17 de julio de 1936. Inmediatamente Garfias se alistó en el Ejército leal, para defender la democracia y la libertad. Fue entonces cuando su poesía encontró la motivación definitiva. Su compañero en poesía, en ideología y en exilio, Juan Rejano, escribió un prólogo para su libro “Poesías de la guerra española”, impreso en 1941 en México, D. F., en el que explica el papel preponderante de la guerra en la poesía escrita por Garfias desde entonces, renovada en su esencia y en su efectividad.

Lo cierto es esto: que Garfias apagó su voz cuando había levantado el vuelo. Y lo más cierto, aquello que Garfias dice a quien quiere escucharlo: “La guerra me volvió a la poesía.” ¿La guerra? ¿Guerra y poesía? Los términos se unen en esta generosa vuelta del poeta a la obra, a la vida. La guerra española, desatada desde dentro, apoyada desde fuera, conmovió a Garfias, como conmovió a todo el pueblo, y a defender la patria, traicionada e invadida, se entregó desde el primer día. Con el fusil, primero; con la palabra, después, cuando su palabra fue más precisa que su fusil.

Combatió como miliciano inicialmente en la sierra de Madrid, pero ya en agosto se enroló en las milicias andaluzas y fue destinado a Villafranca (Córdoba), en donde fue nombrado comisario político del Batallón Villafranca, y en donde inició una interrumpida escritura sobre acontecimientos bélicos. Colaboró en revistas militantes como Milicia Popular y El Mono Azul, a la vez que intervenía en mítines para recitar sus poemas, a menudo no leídos, sino improvisados sobre la marcha.

Conquistada Villafranca por los rebeldes el 22 de diciembre, sus habitantes se dispersaron para evitar las sanguinarias represiones habituales. El Batallón Villafranca se integró en la 74 Brigada, con Garfias como comisario político. En agosto de 1937 fue destinado al Comisariado General de Guerra del Subcomisariado de Propaganda, instalado en Valencia.

Poesía para los héroes

Precisamente este organismo editó en 1937 un folleto con quince poemas de Garfias, titulado con gran sencillez “Poesías de la guerra”. Una de ellas está dedicada al “Ejército leal” que defendía la democracia contra los rebeldes fascistas, en el que servía el poeta miliciano con el ánimo atrevido y la esperanza puesta en su victoria contra los agresores de la patria:

Ejército leal,
tronco, raíz y savia,
carne y sangre del pueblo,
tropas republicanas,
la voz de un miliciano
os dice su palabra: […]

El título de ese folleto sirvió de subtítulo para un libro impreso en Barcelona al año siguiente, “Héroes del Sur (Poesías de la guerra)”, con ilustraciones de Martínez de León, muy popular entonces, editado por Nuestro Pueblo. El título se debe a que en buena parte de los poemas se comenta su experiencia en el Batallón Villafranca, y se alaban hechos heroicos debidos a sus dirigentes. También se encuentran elegías, como la inspirada por el martirio de Federico García Lorca, o por la gesta encabezada por Fermín Galán, el heroico capitán sublevado en Jaca en diciembre de 1930 por la República, convertido en héroe popular después de su fusilamiento:

Fermín, si tú vivieras…
Por el suelo de España caballería mora,
germanos arrogantes, italianos
y el Ejército mismo que a ti te traicionó.
Enfrente sólo el pueblo,
solo con su conciencia de clase rediviva.

El 5 de enero de 1938 fue suprimido el Subcomisariado de Propaganda, pero Garfias continuó su tarea propagandística, interviniendo en mítines y emisiones radiofónicas, además de colaborar en las revistas dedicadas a impulsar la moral de los milicianos. No necesitaba títulos para intervenir en el desarrollo de la guerra, pensando en la victoria del Ejército leal.

La Gaceta de la República fechada el 9 de abril de 1938 insertó en su página 176 una orden del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad, con el listado de escritores premiados en el Concurso Nacional de Literatura. Los poetas galardonados representan cada uno de ellos capítulos notables de nuestra historia literaria: Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre, Germán Bleiberg, Emilio Prados, Juan Gil Albert, Arturo Serrano Plaja y Pedro Garfias, a quien se le concedió un premio de 6.000 pesetas por su libro “Poesías de la guerra”.

No era el folleto editado el año anterior, ni tampoco “Héroes del Sur”, que llevó ese mismo subtítulo, sino una recopilación de la mayor parte de sus poemas bélicos, incluidos esos dos títulos. El libro se publicó en México en 1941 por Ediciones Minerva, bajo el título de “Poesías de la guerra española”, con prólogo de Juan Rejano antes citado. Algunos de esos poemas habían sido musicados, y se cantaban como himnos por los milicianos.

En el exilio

México iba a ser el destino final de Garfias, en donde acabó su vida como español libre exiliado de su patria encarcelada por la dictadura fascista. El 12 de febrero de 1939 cruzó la frontera francesa con un grupo de fugitivos del terror fascista. La República Francesa, que había traicionado a la Española impidiendo el paso por su territorio del armamento enviado por la Unión Soviética, encerró a los republicanos españoles en campos de concentración. En uno de los más siniestros, el tristemente célebre de Argelès-sur-Mer, fue internado Garfias, cercado por alambres de espino y custodiado por feroces soldados senegaleses.

El filántropo inglés lord Faringdon consiguió la liberación de varios presos, porque tal es la denominación verdadera de los encerrados en los campos de concentración franceses, y los acogió en su casa de Eaton Hastings. Allí, durante los meses de abril y mayo de 1939, Garfias compuso un largo poema en veinte partes, con dos interpolaciones, sencillamente titulado “Primavera en Eaton Hastings”, con este subtítulo para subrayar su unidad: (Poema bucólico con intermedio de llanto). Aquel tiempo no resultaba adecuado para escenas bucólicas, como el mismo poeta reconoce en uno de los intermedios, “Noche con estrellas”:

[…] y he de llorar a voces este dolor mordido
que brota a borbotones de mi raíz más honda.

[…] solo en medio de un pueblo que duerme en esta noche
yo he de gritar mi llanto.

[…] mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando
mi llanto de becerro que ha perdido a su madre.

El breve libro se acabó de imprimir en México, D. F., por cuenta de la editorial Tezontle, el 30 de abril de 1941, con Garfias instalado ya en la capital de los Estados Unidos Mexicanos, gracias a la generosidad de su presidente, Lázaro Cárdenas. Había conseguido reunirse con su esposa, también presa en un campo de concentración francés, y embarcar en el puerto de Sète en el barco Sinaia, uno de los encargados de trasportar a republicanos a su segunda patria acogedora. Colaboró en el diario impreso a bordo bajo la dirección de Juan Rejano, de gran valor literario y artístico, y compuso uno de los poemas con los que se formó un álbum en agradecimiento al presidente Cárdenas. El Sinaia terminó la singladura en el puerto de Veracruz el 13 de junio de 1939, y entonces comenzó la de Garfias y su esposa en su nuevo mundo, instalados inicialmente en el Distrito Federal, en una casa próxima a la ocupada por León Felipe.

Pensando en la Unión Soviética

Los exiliados republicanos continuaron sus disputas en México. En lo único en que estaban de acuerdos las diversas facciones socialistas y las republicanas, además del grupo anarquista, era en rechazar el diálogo con el Partido Comunista, en el que continuó militando Garfias.

El 2 de febrero de 1943 es una fecha histórica, porque marcó el inicio de la derrota total del ejército nazi que había conquistado a casi toda Europa. Ese día feliz los invasores nazis se rindieron al Ejército Rojo, comandado directamente por Stalin, en las ruinas de lo que fue Stalingrado, heroicamente defendida hasta ese momento por los militares y ciudadanos soviéticos deseosos de mantener su libertad. La gran victoria que devolvía la esperanza al mundo inspiró a Garfias una “Oda a Stalingrado”, espléndida, pero demasiado larga para reproducirla aquí, a la que pertenecen estos versos:

¡Hombres de Stalingrado,
de piedra y viento y agua endurecida,
de hierro y de ceniza caldeada,
qué roja flor de siglos vuestra sangre,
qué raíz de futuro vuestra gloria!
………………………………………
Alta ciudad de Stalin, que los siglos
te ciñan a las sienes su corona
y en la memoria de los hombres vivas,
mientras el río lleve al mar su aurora.

Lo incluyó en un folleto impreso en el Distrito Federal en 1943, integrado por cuatro poemas bajo el título del primero, “Elegía a la presa de Dnieprostroi”. Esta presa en el río Dnieper era el orgullo de la ingeniería soviética, y en un acto heroico de patriotismo fue volada durante la invasión nazi para impedir que el enemigo la aprovechase. Es lo que canta Garfias:

Y no tembló la mano. Acaso tembló el mundo.
Y se hizo la explosión.
Y fue como una aurora
que pariese la noche con dolor

Otro poema está dedicado “A la muerte de José Díaz”, el que fuera secretario general del Partido Comunista de España durante sus momentos más duros, y el cuarto es un excelente “Canto a Stalin”, una oda inspirada en el trabajo del dirigente soviético para potenciar su país en la paz, sacándolo de su atraso secular durante el zarismo, y defenderlo en la guerra:

Sólo tu nombre, Stalin, hace vibrar las sienes
y endereza los hombros de esta tierra abatida.
De no ser por tu fuerza, por tu vigor honrado,
por tu sencilla forma y tu paso seguro,
¿dónde la luz que abriese las rutas de mañana,
dónde la luz y el trino que anunciase la aurora?

La gran guerra patria, según fue llamada en la Unión Soviética la animosa defensa que todo el pueblo hizo para expulsar al invasor nazi, acabó con la triunfal entrada del Ejército Soviético en Berlín, luchando casa por casa para vencer la resistencia desesperada de los nazis. Y el mundo se salvó, gracias a la Unión Soviética, del régimen que pensaba esclavizarlo.

Soledad del exiliado

Ese mismo año de 1943 Garfias y su esposa se trasladaron a Monterrey, porque el poeta fue nombrado secretario del Departamento de Acción Social Universitaria de la Universidad de Nuevo León. Fundó revistas culturales y colaboró en otras, y dio charlas radiofónicas sobre diversos temas divulgativos, de los que da idea el título con el que fueron recogidas algunas en 1983, editadas por el Gobierno de Nuevo León, “De España, toros y gitanos”. A Garfias le gustaba ese espectáculo primitivo de las corridas de toros, y cultivó la amistad de toreros, en España y en México.

La Universidad de Nuevo León editó en 1948 su libro “De soledad y otros pesares”, en realidad una antología, porque su primera parte se forma con los viejos poemas de “El ala del Sur revisados”, la segunda es “Primavera en Eaton Hastings”, y solamente la tercera contiene 22 poemas nuevos, bajo el título común de “Coloquio de las torres de Écija”. El poeta exiliado seguía contemplando la geografía española en el espíritu.

Parece que el bohemio de sus años juveniles reapareció en ese mismo 1948, porque abandonó la comodidad de su trabajo universitario en Monterrey, donde era apreciado por todas las clases sociales, y se dedicó a viajar dando recitales y conferencias, sin dejar de participar en los actos republicanos. De hecho se separó entonces de su esposa, aunque el divorcio se formalizó en 1954.

Su biografía a partir de aquí no es brillante. Vivía de las invitaciones de sus amigos y correligionarios, y bebía con exceso. Pero no olvidó su militancia comunista. En 1950 compuso un “Romance de Stalin”, no recogido en libro, para felicitarle en su 72 cumpleaños y ponerse a sus órdenes:

Mírame en la fila, Stalin,
ni paso alante ni atrás.
Ven a pasarme revista,
Capitán.

Otros poemas pacifistas, como “Corea y la paz” o “La paloma de Picasso”, confirman su oposición al imperialismo que devoraba al mundo durante la llamada guerra fría a comienzos de los años cincuenta. De 1952 es uno de sus mejores poemas, “A Lenin”, demasiado extenso para reproducirlo, del que servirán como ejemplo estos versos:

Blando con el mundo bueno,
duro con las injusticias.
Corazón de pecho entero
y ojos de mirada limpia.
De haberte yo conocido
mi pan alimentarías
dando frío a mi calor
y llamas a mis cenizas.

En estos años compuso muchos poemas de circunstancias, repentizados, al mismo tiempo en que se editaban antologías de los antiguos: “Viejos y nuevos poemas” (Ediciones Internacionales, 1951, con prólogo de Juan Rejano), sólo tiene cuatro nuevos, y “Río de aguas amargas” (edición privada, 1953, con prólogo de Arturo Rivas), incluye doce poemas recientes, y es la última publicación hecha durante su vida.

Y la muerte

El resto es triste. Alcoholizado, se le internó en un hospital en 1954, sin que se pudiera curar el alcoholismo crónico. Padecía soriasis, que le trataron con cortisona, un medicamente que deformó su cuerpo, y especialmente su cara, por lo que dejó de afeitarse. En mayo de 1967 volvió a instalarse en Monterrey, ya muy enfermo, atendido por los amigos y los camaradas del Partido. Allí se encontró con la muerte el 9 de agosto. El Gobierno de Nuevo León costeó los gastos de su entierro y sepultura. Sobre el féretro se colocó una bandera tricolor, por la que había combatido en España.

En 1971 la dictadura fascista permitió la publicación en Madrid de la antología “De soledad y otros pesares”, con prólogo de Margery Resnick, por cuenta de Helios, mientras en México aparecían otras antologías: “Lo que Pedro nos decía” (Guadalajara, Colegio Internacional, 1971); “Recién muerto y otros poemas” (Monterrey, Sierra Madre, 1975) y “Pedro Garfias, poeta” (Guadalajara, Ayuntamiento, 1985).

Un acontecimiento memorable fue la aparición en 1989 de sus “Poesías completas”, en edición preparada por Francisco Moreno Gómez, por cuenta del Ayuntamiento de Córdoba, con un prólogo muy bien documentado y numerosas notas a los poemas, en 496 páginas, que he seguido en este itinerario. Esta edición nos permitió conocer a un gran español y gran poeta, durante años prohibido en su patria, a causa de haberla defendido con las armas y con las palabras.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio

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