Enganches culinarios

Francisco Cabanillas. LQS. Agosto 2019

Ñam- Ñam. En la carne blanca
Los dientes negros –ñam-ñam.
Las tijeras de las bocas
sobre los muslos—ñam-ñam.
Luis Palés Matos

I

La imantación gastrocéntrica entre el poema de Luis Palés Matos, “Menú” (1942), y el cuento de Ana Lydia Vega, “Historia de arroz con habichuelas” (1982), una proximidad entre el “restorán” poético y la fonda narrativa, altera el presente voltaico (2019) de la literatura puertorriqueña; transfigurada, por ejemplo, en la hambruna posapocalíptica de Caja de fractales (2018), novela cienciaficcional de Luis Othoniel Rosa:

Año 2028…Hablan sobre lo que sucede en Nueva York y en Bolivia. Alfred quiere hablar sobre la huelga de maestros que está por aprobarse. Trilci y Alice dicen que la huelga no va a funcionar si cierran los comedores, que los comedores tienen que seguir abiertos, que lo más importante de la escuela ahora mismo no es la educación o las condiciones laborales de los maestros, sino que los niños tengan algo que comer. Alice se le ocurre que pueden proponer… que los maestros, durante la huelga, se hagan cocineros, que ella los ayuda en la cocina… Alice saca del bolso un botellón de compota de berenjenas avinagradas y le ordena a Alfred que las intercambie por cervezas en el bar mientras ella reparte lo que sobra por las mesas, porque esa gente tiene hambre.

Desde la poesía nuyorican épica de finales de los sesenta y mediados de los setenta, el Obituario puertorriqueño (1973) de Pedro Pietri mete la cuchara en el plato: “Juan, Miguel, Milagros, Olga, Manuel… todos murieron / odiando los supermercados / que les vendían falso bistec / arroz y habichuelas a prueba de balas…”

Fuera de la literatura boricua, un libro de cuentos como Sopa de Kafka (2005) de Mark Crick, “ventrílocuo literario” que escribe pastiches al estilo de los maestros que elogia con sus cuentos (Raymond Chandler, Jane Austen, Franz Kafka, Irvine Welsh, Marcel Proust, John Steinbeck, el Marqués de Sade, Virginia Woolf, Homero, Graham Green, Harold Pinter, Geoffrey Chaucer), se mete en la cocina de la literatura latinoamericana.

De la de Gabriel García Márquez, Crick cocina, en “Coq au vin,” un gallo al vino como última cena para un asesino condenado a muerte:

“Puso a calentar una cacerola con aceite de oliva y añadió las cebollitas francesas enteras. Troceó menuda la panceta ahumada y la echó también a la cazuela. Cuando todo estuvo rehogado, con gran cautela y muy despacio, fue introduciendo los trozos de El Jaguarcito [el gallo], que comenzaron a chisporrotear al entrar en contacto con el aceite ya caliente. Cuando los tuvo dorados, Tobaga [la mulata cocinera] cubrió aquella carnicería con el adobo de vino tinto y El Jaguarcito quedó silenciado para siempre.”

De la de Jorge Luis Borges prepara, en “Filetes de lenguado al estilo de Dieppe,” un cuento que, entre otros malabares literarios, juega con el canibalismo: “Al acabar el festín, presentaron en la mesa la cabeza y las manos del muchacho [que, sin saberlo, y como castigo de un tirano, había sido ingerido por su padre].”

¿”Carnivorismo”? En Puerto Rico en la olla: ¿somos aún lo que comíamos? (2006), el historiador Cruz Miguel Ortiz Cuadra conecta la proclividad del puertorriqueño por la ingesta de carne con la abundancia de la misma experimentada en la isla entre los siglos XVI y finales del XVIII; fecha a partir de la cual la alimentación cárnica de [el Viejo] San Juan, transformada en “ciudad garganta,” trastocó patrones ganaderos que antes había facilitado al pueblo el consumo de carne:

“’Carnivorismo’… En términos del acceso a los recursos cárnicos, el último cuarto del siglo XVIII marca una ruptura en los hábitos que hasta entonces habían predominado. Para los pobladores más rurales, y para los miles de inmigrantes, ya ilegales, voluntarios o involuntarios, desertores o desterrados, que tanto contribuyeron al crecimiento poblacional en esta etapa de la historia de Puerto Rico, obtener carne será una actividad cada vez más difícil en la medida en que los ganados empezaron a vigilarse para mantener alimentada a la ciudad capital… dependiente cada vez más de los recursos alimenticios de las serranías extramuros en tanto aumentaba la población libre, esclava y militar de sus murallas.”

II

Entre el “carnivorismo” y el canibalismo la literatura puertorriqueña se mira en su tinta gastroliteraria. Periplo literario; de una novela, Exquisito cadáver (2001), rayana en lo poético desde el lenguaje y la estructura, a un poemario del mismo autor, Cannibalia (2005) de Rafael Acevedo, en el cual el primer poema, “De los caníbales,” plantea una antropofagia con ángulo lingüístico (¿fricción?):

Con los cinco huesos, huesos humanos,
el doctor [Diego Álvarez] Chanca me hace un caníbal
adornado de plumas de la mano
de otro caníbal

Relamo los huesos del doctor y las tiras
de carne de Pedro Mártir [de Anglería]
que tuve guardadas
en la cocina

aderezadas, lamentablemente,
sólo entre palabras como especias,
palabras como especias
de un continente recién descubierto
crudamente

Metapoesía con hambre epistémica:

y esta serie de asedios
este catálogo de acercamientos
esta enumeración de caminos
culmina en tu mordida
suavemente caníbal
danzando
en el olor a biblioteca quemada
–carne, saber—
que es el mundo.

Apetito omnívoro; el hambre de Cannibalia se come la entropía: “Todo es la distancia / entre la ocasión y el ocaso. ¿Acaso?”

Voracidad poética: “¿Cómo llega el agua a ser el agua / a la frescura / de su estilo simple?… / ¿Cómo finge el agua una palabra / y dice tanto con su voz de fantasma blanco?”

Ingesta con múltiples hambres, como la temporal (“Muerdo / con gusto / la fruta que trae / la sazón del tiempo”); la ontológica (“Estoy colmado / de la esquina. / Y sin embargo, / ya no paso por allí”); la sexual (“Ambientalista yo / prefiero la supervivencia de tu bosque lluvioso, / a mi precariedad / de animalito sediento”); la geopolítica (“En los ojos de los niños de Kabul / hay terror / Saben que debajo de su piel hay / escondido un esqueleto”); la caníbal (“Amin Dada se comió a su chófer… / almorzó a su jardinero… / Una vez se tragó a aquella bailarina”); la mítica (Si tardas será evidente. / Soy de barro. / Llueve”); la antineoliberal (“Siete comensales invitados a la Cena / enrojecidos con sus propios cuerpos / financieros. Van a comerse el mundo / por si las moscas… / En la televisión se les ve… / tras el vidrio saborean los cadáveres / bien aderezados / mientras los huerfanitos mascan coca”)…

Del canibalismo literario, la voracidad del poema “Té con te,” por la complicidad con el de Palés Matos, “Ten con ten” (1932), sobrecoge desde la intensidad autofágica del lenguaje:

Dos hojas de eucalipto
mil gotas de aguacero
alguna miel que se escapa
dejar calentar al sol
eso sería un té extraño.

Dos horas de suplicio
Andar la calle como un encierro
Algo que hacer que se ha olvidado
Brilla diferente el sol
Eso será que te extraño.

Devorador, Cannibalia —“yo sólo pienso en el hambre”— se come de un atracón palesiano (Pales Matos) la posmodernidad y la ciencia ficción: “Ñam ñam suenan las mandíbulas / mientras los siete comensales / escuchan a los filósofos cantar / la desaparición [posmoderna] del sujeto / y delirar sobre el cyborg, / la nueve figura subjetiva / para el postre.”

Siguiéndole otra vez los pasos, aunque con un trote diferente, al ambigú antillano de Palés Matos en “Menú” (1942), “Mi restorán abierto en el camino / para ti, trashumante peregrino. / Comida limpia y varia / sin truco de especiosa culinaria,” Cannibalia entra al restaurante cubanorriqueño Metropol (¿de Isla Verde?), “cena en Metropol se come bien,” emblemático de la política cubanoamericana de la Guerra Fría: “los comensales de Metropol / trágica mente aroman sus carcajadas / por aquel que ha muerto de contrabando / con las armas del buró por sus siglas en inglés…”

¿Glotones “con mucha carne de cerdo”?, los comensales del restaurante políticamente conservador, mientras “se sirven cicatrices de relatos / con el pollo deshuesado del exilio,” reclaman “lo que les toca de la historia y fines de lucro,” engullen carne de cerdo con ensalada “aderezada con… sangre.”

III

De Cannibalia (2005), “He comido almendras en silencio… / y te escucho como quien escucha a una langosta / volando sobre las palmeras,” la poesía, hambrienta y devoradora, “Estuve en tu boca / entre un fonema y un líquido tibio,” se desplaza (intratextualidad) a sus orígenes novelísticos: Exquisito cadáver (2001). Del poemario de 2005 a la novela poética de 2001; enganche que, a pesar de su discurso detectivesco y cienciaficcional, insiste en una propuesta que la novela plantea y replantea a lo largo del texto: “No hay nada que contar. Sólo algunas cosas que decir.”

“¡La vida es una gran araña caníbal,” desde el tropo antropófago sexual y metanovelístico, Exquisito cadáver plantea, en clave poética, siempre poética, una narración detectivesca-cienciaficcional que, en la tercera y última parte —en la que, además, desconectan al narrador-protagonista transhumano del neurochip que lo vincula al mundo detectivesco-virtual-poshumano—, la novela se come a sí misma: “Un libro que no es un libro. Es, más bien, el dolor de la reestructuración.”

Según desmonta la intensidad tanto detectivesca como cienciaficcional de las dos primeras partes, Exquisito cadáver endosa un transhumanismo-humanista crítico del poshumanismo.

Metaficción (autofagia narrativa). La novela detectivesca-cienciaficcional deviene, en el proceso de autodeglución metanarrativa de esa tercera parte (dividida a su vez en 28 fragmentos), en una prosa poética obsesionada con la enumeración o el conteo (¿contar en el sentido numérico para evocar el literario?). Contar y contar:

“1. Toda luz descansa en una barbarie.
2. La oscuridad es una pretensión del orden.
3. Si una persona cae libremente no sentirá su peso.
4. Eran los tiempos del descubrimiento: somos metalenguaje biológico. Tiempos de antítesis, tesis y prótesis…”

Desde el principio, ”Caminas por la Duke Ellington Boulevard. Ha caído el muro de Berlín y no te importa. En realidad, no es que no te importe, pero vienes pensando en el frío, con las manos en los bolsillos, en una búsqueda desquiciada de monedas de calor,” Exquisito cadáver anticipa la intensidad poética de una novela hambrienta de su propia corporalidad narrativa.

IV

Exquisito cadáver se desparrama en su amplitud gastropoética, la cual, en la primera parte de la novela, transita una fuga intempestiva hacia las Crónicas de Indias del siglo XVI: “Y es que hay en esta isla unos cardos, que cada uno de ellos lleva una piña (o mejor diciendo una alcachofa).”

Elogio al cronista González Fernández de Oviedo, su autor, quien celebró la piña taína en Historia general y natural de las Indias (tardíamente publicada en 1851-55): ”Esta es una de las más hermosas frutas que yo he visto en todo lo que del mundo he andado.”

Embrujo sinestésico; el de González de Oviedo se extasía (y en un buen sentido, se extravía) ante la presencia seductora de la piña (tan importante en la pintura dieciochesca del boricua José Campeche): “Mirando el hombre la hermosura de esta fruta [dice Oviedo], goza de ver la composición y adorno con que la naturaleza la pintó e hizo agradable a la vista para la recreación de tal sentido.”

Imantación; presencia, “no hay ningún juicio mediano que deje de dar a estas piñas el principado de las frutas,” que pone en jaque la autonomía de la representación lingüística y en menor grado pictórica: “No puede la pintura de mi pluma o las palabras dar la razón que satisfaga tan totalmente, sin el pincel o el dibujo, y aun así sería menester los colores.”

El elogio a la piña se derrama sobre el resto de la novela; en “la Barra de Lem,” donde “va la gente más interesante del territorio,” el narrador-protagonista se toma un trago de “viña,” una “deliciosa bebida de piña fermentada.”

V

La piña de la novela detectivesca-cienciaficcional-metanarrativa, Exquisito cadáver, rebasa la literatura, incidiendo en la pintura de Nick Quijano, Apiñada (1992); fruta que, como dice Julio Ramos en su “Bodegón californiano” (2008), “es la hipérbole de una fruta casi redonda.” Explica Ramos: “En Río Piedras admiré la piña de Nick Quijano (‘Apiñada’) en la portada de un memorable volumen de ensayos titulado Polifonía salvaje [1995].”

Intersección; la piña de Quijano dramatiza la textualidad que impresionó a González de Oviedo del siglo XVI: “composición y adorno.”

Pero además, Apiñada le sugiere a Ramos el otro lado de la abundancia tropical que sedujo al cronista colonial español: “Los colores [dice Ramos] del cuadro están intensificados por el dinamismo interno de la fruta en el frágil instante de maduración, cuando la áspera superficie de la piña se ablanda y hiede, a punto de estallar en néctar antes de podrirse.”

¿Entropía? Apiñada le recuerda a Ramos que “las entrañas del trópico son una máquina de combustión interna.” Es decir, que la “abundancia de energía” en “la aparente ‘stasis’ de la propia materia orgánica,” “crea y desgasta la vida”: “hasta la mejor de las frutas, si no se come o se cocina a tiempo, se pasa.”

Emblemática del “exceso caribeño,” Ramos encuentra en la “composición y adorno” de Apiñada una manera en la que el arte inscribe “el devenir histórico como un paisaje natural al borde de la descomposición.”

VI

Exquisito cadáver se abre a la subjetividad de un filósofo sefardí portugués nacido en Ámsterdam en 1632 —“Baruch (como le decían en Holanda), o Bento (como lo llamaban sus parientes) o Benedictus (como firmaba sus escritos),” según cuenta Pablo da Silveira en Historia de filósofos (1997)—: el “filósofo maldito” Baruch Spinoza (férreo en sus convicciones): “Fue en todos los sentidos un hombre bueno, pero sus contemporáneos no tuvieron piedad ni de su alma ni de sus huesos,” dice da Silveira.

El de Exquisito cadáver, más ficcional que el de Historia de filósofos, es un personaje herido, que no carcomido, por un amor no correspondido: “Baruch mira al horizonte. Trata de no ver a Camille. La hija de su profesor de números y cálculos prefiere a otro. A escondidas, en el taller de cristales, Baruch logra, entre otras maravillas, una lente a través de la cual toda doncella que se mira tiene el rostro de la amada.”

El de El vientre de los filósofos (1989) de Michel Onfray es un Baruch, “el apolinismo en forma,” poco dado a los banquetes de su contemporáneo, René Descartes: “Vivió [Spinoza], cuenta Colerus, un día entero con una sopa de leche aderezada con manteca… y un jarro de cerveza… otro día, sólo comió sémola condimentada con uvas y manteca.”

Espartano, demasiado espartano, subraya Onfray, “antes de morir, el sabio tomó caldo de un viejo gallo preparado por la servidumbre de la casa,” “[el] gusto de Baruch parece bien severo.” Para nada la alimentación de “un nuevo Gargantúa.”

Herido por los desaires de Camille, el Baruch de Exquisito cadáver, según le dice su amigo Jarig al filósofo, “afuera el rostro parece la casa del hielo, pero adentro sé, porque te conozco, que hay un horno,” tampoco es un Don Juan. En búsqueda de la armonía divina —dice Baruch: “El camino hasta Dios está hecho de 10 números y 22 letras”— y para desmentir desde la novela al Baruch biográfico de Onfray, con “gusto severo,” el Baruch de Exquisito cadáver toca las “cuerdas de una lira vieja” y toma vino mientras filosofa con Jarig.

“¿Sabes o crees?,” le pregunta Jarig, a lo que Baruch contesta, “Conozco para creer, creo para conocer… Bebes para olvidar—culmina Jarig.”

VII

Banquete literario: el lirismo poético se come el lirismo narrativo.

La pintura, “inflada como un globo ‘apiñado’ o demasiado lleno” (Ramos), se lo come todo.

Amarillo.

VIII

De Cannibalia:

que se refiere a comer un miembro
del propio grupo; que indica el consumo
de forasteros; que significa ingerir
partes del propio cuerpo
a lo sumo.

carne humana por su sabor y valor
nutritivo; por absorber la esencia espiritual
del difunto; por resolver una situación
de crisis, para saber

qué me falta, qué te sobra

presentar la evidencia, presentar
testigos.

De Exquisito cadáver:

Imaginar el hambre, soñar con satisfacerla, prender el horno, sentir todo el proceso de digestión, defecar, ése es el detalle, recuperar la conciencia del cuerpo. Imaginar el hambre. Imaginar la digestión. Preparar una receta mientras te miro. Contártela. Aderezarte. Usar las manos y los pies y la nariz y la lengua. Comerte poco a poco y, luego, tú preparas una receta, la cuentas, me aderezas, usas las manos, las uñas, los pies, la lengua, comes poco a poco, luego existimos.

IX

¡Ñam-ñam!

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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