Fiesta y exterminio en El Salvador

Nònimo Lustre*. LQS. Septiembre 2020

Hace pocos días, para cumplimentar la petición de un amigo tuvimos que revisar unos materiales propios productos de nuestras visitas a El Salvador. Al principio, quisimos centrarnos en la fiesta de “los historiantes” (FH) que se celebra durante el mes de agosto en el pueblo de Santo Domingo de Guzmán, cerca del histórico Izalco -ambos pueblos, anodino el primero y tristemente celebérrimo el segundo, periféricos a Sonsonate, capital de la misma comarca. Nuestra primera intención fue estudiar cuánto y cómo había cambiado esa fiesta desde que la presenciamos in situ hace unos 30 años. Encontramos varios textos modernos que la describen someramente pero tropezamos en internet con una escasez de imágenes de la no-tan-antigua fiesta. No podíamos comparar nuestras pocas fotos con las poquísimas imágenes disponibles en la Red. Esto nos disgustó bastante porque no sólo demostraba que la fiesta antigua había decaído sino por algo peor: que había sido suplantada por la Fiesta Popular Universal (FIPU), es decir, por esas patochadas con majorettes (cachiporristas en Salvador) y carrozas patrocinadas que suelen encabezar los próceres en cualquier lugar del mundo.

En los textos, la FH ha sido entendida como fiesta guerrera y, probablemente por su notorio sincretismo, como fiesta ‘de moros y cristianos’. Así se la describe en un manual: “Siempre se reunían (los historiantes) con el mayordomo, él les daba para ensayos un mes. Después llegaba la fiesta de agosto y lo celebraban: se ponían los mantos para bailar el primero de agosto, durante cinco días bailaba, también bailaban los pastores y sacaban a los chiraguacos [niños] para Navidad. Los historiantes siempre llevan la reina en medio de la historia. Salían dos historias, dos reinas, una era El Taborlán, la historia se llamaba así.

Se ponían refajos, camisas de mujer y sombreros. Iban a las casas, bailaban y pedían limosna; les daban pisto [monedas], maíz, maicillo, lo que fuera. Ahora solamente los chiraguacos, que a veces los sacan, ellos se visten de color: los varones de blanco, con sombreros y cacaxtlillo [canastillo] en el lomo, y así bailan; los pastores ya no, en las fiestas de agosto solamente los historiantes: ellos llevan tambor grande y un pequeño, y un pito.” (ver pp. 45-46 en Titajtakezakan. Hablando a través del tiempo: inventario de la tradición oral de Santo Domingo de Guzmán. Carlos Enrique Cortez, editor; San Salvador, 2018. ISBN 978-99961-321-1-7; náhuat – español)

Por nuestra parte, la presenciamos en una época revolucionaria, poco después de la ofensiva del año 1989 durante la cual la guerrilla amenazaba con tomar la capital desde sus bases en las faldas del volcán San Salvador, uno de los 70 volcanes de ese país. En concreto, este volcán está a tiro de piedra de la Colonia El Escalón –sitio de ricos o casi ricos- que era, precisamente, donde nos alojábamos.

Era cuando se decía que podías “ir a la guerra en taxi”. Y, en efecto, desde nuestros balcones veíamos continuamente patrullas del ejército al mando de unos oficiales que se cuidaban muy mucho de portar las insignias de su rango pues sabían que exhibirlas les colocaba en la mirilla de los francotiradores –pero, vistos de cerca, les delataba que eran jóvenes y hasta maduritos, no niños como eran sus soldados.

El camino de casa a Santo Domingo de Guzmán estaba trufado de patrullas. Decidimos que era más seguro dejar dicho en los corrillos de los chivatos y orejas que éramos dignatarios extranjeros y que íbamos al departamento de Sonsonate pero para asistir a una fiesta popular, no para visitar Izalco –léase, que no íbamos a hurgar en la matanza de 1932. Sin embargo, la escasa participación de los lugareños –indígenas Pipil de habla náhuat-, y su apatía fiestera eran significativos. Para nosotros, era la prueba de que todavía aleteaba el genocidio que perpetró el general Maximiliano Hernández Martínez, teósofo, espiritista y racista hasta la médula.

Por ende, si queríamos entender un poco mejor la FH, era imprescindible retroceder en el tiempo. Al menos hasta el fatídico 1932, cuando el tirano espiritualista quiso apagar la rebelión de los Pipiles de Sonsonate encendida por Feliciano Ama, indígena jornalero. El caso es que Maximiliano el Villano, casi consiguió erradicar al pueblo Pipil mediante el exterminio en las faldas del volcán Izalco de no menos de 30.000 inocentes. El gabinete de propaganda del Teósofo Ametrallador escogió como supuesto cabecilla a Feliciano Ama, le torturó y le ahorcó, aún no se sabe si vivo o muerto –sólo conocemos dos fotos de su colgamiento y una de su captura por los milicos.

Una vez ejecutado su genocidio, Maximiliano –condecorado por la carcundia hispana con el Collar de la Orden de Isabel la Católica- prohibió toda manifestación de la cultura indígena salvadoreña, desde la lengua hasta las fiestas. Pero no se conformó con ello sino que, además, se empeñó en tergiversar la imagen del indígena mediante las obligadas representaciones en todo su feudo de obras de teatro sentimentales, paternalistas y clasistas con títulos que lo dicen todo. Ejemplos, Pero también los indios tienen corazón y Pájaros sin nido. Al final, se excedió tanto que tuvo que huir -murió en el exilio de las 17 puñaladas que le propinó su chófer.

Izalco y Maximiliano son bien conocidos pero no ocurre lo mismo con Prudencia Ayala, indígena, madre soltera y, en Centroamérica y quizá en América Latina, primera candidata a Presidenta. La audacia de Ayala estaba condenada al fracaso porque, cuando la ensayó en 1930, la mujer salvadoreña no tenía derecho al voto. Argumentaba la lideresa: “La mujer ha gobernado en Europa en el sistema monárquico. ¿Qué de extraño tiene que gobierne en las Repúblicas del Continente indo-latino-hispanoamericano en el sistema democrático?”, escribió Ayala en la editorial de Redención Femenina, el diario que ella misma fundó. No pudo siquiera hacer campaña electoral pero ahí quedó en la Historia. Y también como dato significativo de la rebeldía que se extendía por ese país dos años antes de Izalco. Evidentemente, en 1930 y 1932, los indígenas salvadoreños estaban alzándose y, quizá por casualidad, sus heroínas y héroes provienen de Sonsonate –Ayala de Sonzacate, un pueblo de esa comarca, y Ama de Izalco. Es probable que los pipiles de Santo Domingo de Guzmán participaran de aquella agitación y es seguro que lo pagaron con sangre –como pudimos observar muchas décadas después.

La competencia entre las fiestas tradicionales como la FH y las invasoras universalistas como las FIPU no es exclusiva de El Salvador ni tampoco es de hoy. Pero podemos concluir en que la matanza de Izalco –consecutiva a la derrota leguleya de Prudencia-, borró a los indígenas del panorama mediático. Por ejemplo, en junio de este año 2020, comenzó en España el juicio contra los asesinos de los jesuitas de la universidad UCA (seis jesuitas y dos empleadas, noviembre 1989) Pero se está juzgando a unos sicarios embrutecidos, no se juzga a los conspiradores aunque todo el mundo sabe quiénes fueron los ‘autores intelectuales’. Lo que nos llama la atención es que no hay ninguna presencia indígena en toda la literatura que se está vertiendo sobre estos asesinatos. Quizá no era preciso puesto que ninguno/a de las víctimas era indígena -¿salvo las dos trabajadoras?-. En definitiva, fue otra fechoría más de un Estado y unos milicos que siempre tuvieron a sus propios indígenas como “el enemigo interno” a descabezar. Y que, continuando la obra del sádico Alvarado el mono Tonatiuh, siguen decapitando a los indígenas de dos maneras: con la espada antaño y hogaño y/o con las modernas cachiporristas subvencionadas.

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