Nosotras no somos así o cómo diferenciarnos de los monstruos

Por Juan Gabalaui*. LQSomos.

La exploración de lo que provoca que vivamos en sociedades violentas no exime de la responsabilidad individual de quien comete un delito de sangre. Pero esta exploración es imprescindible porque apunta directamente a la naturaleza de las sociedades capitalistas

Privar de libertad a una persona, decidir sobre lo que puede o no puede hacer y restringir sus movimientos no es suficiente castigo para una parte de la sociedad. Que puedan participar en actividades lúdicas o educativas en prisión es considerado un lujo, especialmente para personas que hayan cometido delitos de sangre. Algunos desean que sean objeto de lo que llaman la ley de la cárcel. Que les hagan la vida imposible. Que les agredan. Que les violen. Que les maten. A veces esto es lo que ocurre. Poco se habla de los suicidios en la cárcel. Hacerlo contradiría lo que esa parte de la sociedad, que interpreta el mundo desde el modelo del padre castigador, cree que es la cárcel. Unas vacaciones. Un retiro placentero. Hasta que se pudran. Eso es lo que se merecen. Frente a los que cometen actos violentos, se les desea que sufran todo tipo de violencias, que se les anule, que se les mortifique, que se les castigue. Se convierten en espejo de lo mismo que critican. Son los que participan de los juicios paralelos, los que animan a los linchamientos, los que golpean los coches en los que se encuentra el detenido, los que escupen, los que gritan con rabia ¡asesino!. Es una catarsis colectiva y, a la vez, una sublimación de la violencia. Les invade internamente un flujo de agresividad, de violencia, que desean volcar contra el presunto criminal. Quieren responder con sangre a la sangre rodeados de cámaras de televisión y micrófonos que captan y amplifican la indignación de la sociedad.

La indignación es natural. Es la expresión de un dolor que se transformará en tristeza con el paso del tiempo. Podríamos decir que forma parte del duelo social ante crímenes especialmente violentos o cometidos contra personas consideradas vulnerables. Hay un intento de entender por qué ha sucedido y ante la falta de respuestas comprensibles se opta por excluir como ser humano al asesino, de convertirlo en un monstruo. La concretización del asesino como monstruo permite diferenciarse, separarse del engendro y aliviar la conciencia. Nosotras no somos así. La periodista Elisa Beni se atrevió a decir en un programa de televisión que el asesino de un niño en un pueblo de La Rioja era un ser humano. Un ser humano que volvió a cometer un crimen sobrecogedor. Esta obviedad es inaceptable para los que, ingenuamente, separan las acciones violentas en las sociedades modernas de las personas. No son personas son monstruos y el castigo debe ser severo. Eterno. Necesitan separarles de la sociedad. Meterlos entre cuatro paredes donde no se les vea, escarmentados, reprimidos y torturados. Los valedores de las medidas punitivas extremas, desde la pena de muerte a la cadena perpetua, o lo que han llamado en el estado español, la prisión permanente revisable, entienden la prisión como un lugar de sufrimiento perpetuo, y la reinserción una quimera. De esta forma defienden instituciones cuya naturaleza es esencialmente violenta para tratar con las personas que han cometidos crímenes incruentos. La prisión, tal como es entendida en las sociedades capitalistas, es esencialmente una institución de deshumanización. Se despersonaliza a la persona, se la despoja violentamente de su identidad y se la convierte en un monstruo, independientemente del delito cometido, durante años. Las prisiones, aunque las defensoras de la pena de muerte no lo crean, es más parecida a lo que ellas desean que sea frente a la idea de una institución que persigue la justicia, la reparación y la reinserción.

La solución a la violencia es levantar altos muros y no la distribución justa de la riqueza. Así es como se aborda la violencia en las sociedades capitalistas. La desigualdad, la precariedad y la pobreza generan personas insatisfechas, multiestresadas, con sensación de fracaso, deprimidas y agobiadas por las responsabilidades

La persona que comete un delito de sangre está en deuda con la sociedad, no solo con la víctima y su familia, y debe reparar el daño provocado. La cuestión está en cómo. El debate debería radicar en si las prisiones, tal como las concebimos actualmente, cumplen con esta función o, por el contrario, son un lugar en el que las personas condenadas acaban igual o más desequilibradas que cuando entran. Los medios de comunicación y los partidos políticos lejos de alentar este debate prefieren centrarlo en el asesino y sus circunstancias y en la supuesta permisividad de la justicia penal y el sistema penitenciario así como en las evidentes fallas de todo ello. Peor aún. Apelan a las emociones más bajas, anulan la capacidad de reflexión y abdican de su labor de ir a las raíces del problema de la violencia y de la agresividad en las sociedades contemporáneas. Apuntan su mira telescópica a los asuntos que pueden crear audiencia y espolean el morbo enfermizo alrededor de los detalles del crimen y del asesino. No son pocos los juicios paralelos que se han creado alrededor de estos crímenes. Ni pocas las víctimas que se han utilizado y exprimido emocionalmente con total falta de respeto y de empatía, perpetuando su duelo hasta la aparición de problemas de salud mental. A la muerte de un ser querido se une el maltrato mediático, disfrazado de apoyo y solidaridad, con decenas de colaboradores opinando y generando hipótesis gratuitas, juzgando a las personas e incapaces de contener el dolor y el sufrimiento. La agresividad que hay detrás de estas acciones es el remedo mediático de la agresividad de aquellos que amenazan con linchar al asesino en el camino al furgón de la policía.

La exploración de lo que provoca que vivamos en sociedades violentas no exime de la responsabilidad individual de quien comete un delito de sangre. Pero esta exploración es imprescindible porque apunta directamente a la naturaleza de las sociedades capitalistas. Como ejemplo podemos pensar en algunos lugares de Sudamérica donde los ricos construyen altos y vigilados muros, alrededor de sus casas, para protegerse de la violencia del entorno. La solución a la violencia es levantar altos muros y no la distribución justa de la riqueza. Así es como se aborda la violencia en las sociedades capitalistas. La desigualdad, la precariedad y la pobreza generan personas insatisfechas, multiestresadas, con sensación de fracaso, deprimidas y agobiadas por las responsabilidades. Los valores que se transmiten son la competitividad exacerbada, la vinculación del éxito con la ganancia de dinero, el egocentrismo, el egoísmo social y la hiperexigencia. La construcción del otro como enemigo o como amenaza. La adecuación forzada a un modelo sobre cómo se debe ser y la penalización social si se desvía de la norma. El racismo y el heteropatriarcado. Esta sociedad no es que construya monstruos sino que construye personas vulnerables psicológicamente, y algunas de ellas llenas de rabia. Tanta que no dudan en hacer daño al otro. Esta exploración no la hará Iker Jiménez o Ana Rosa en sus programas, ni formará parte de los programas de ningún partido político. Hablar de esto está mal visto porque, al fin y al cabo, es poner en cuestión las bases en las que se asienta la sociedad capitalista y de las que nos nutrimos y aprovechamos, especialmente en las sociedades más favorecidas como las europeas. Es más sencillo diferenciarnos de los monstruos que aceptar que formamos parte activa del contexto en el que se reproducen.

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* El Kaleidoskopio

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