Servidumbre laboral

Juan Gabalaui*. LQS. Julio 2020

El ámbito laboral es el espacio de domesticación más violento, ya que nos fuerzan diariamente a hacer cosas que no queremos, o con las que no estamos de acuerdo, a cambio de un salario que, en muchas ocasiones, no es suficiente

A veces te encuentras con personas que tienen un discurso político muy reivindicativo. Participan con frecuencia en las redes sociales, activos en la crítica, debatiendo ferozmente con otros contrincantes. Nadie duda de su adscripción a posiciones progresistas. Su actividad no solo se limita a las redes sociales sino que participa en espacios de lucha. Su compromiso es firme. La cosa cambia cuando las circunstancias obligan a cambiar el discurso por la acción en entornos como el laboral, donde te puedes jugar algo más que una discusión con una compañera o un enfrentamiento con una adversaria. Entonces aparecen las dudas. Se transforman de feroces críticas en contemporizadoras. Su discurso se llena de ambigüedades, de una cosa y de la contraria. Por arte de magia empiezan a entender los planteamientos y comportamientos que critican en la política general. Ahora tienen una explicación que hay que comprender. Templan los ánimos. Apagan la llama que intenta atrapar oxígeno para avivarse. Parecen moderadas pero, en realidad, se han convertido sin darse cuenta en unas reaccionarias.

El hecho es que esos dos roles conviven sin aparente fricción. Cuando se produce esta incongruencia entre lo que se piensa y lo que se hace, las personas generamos razones e ideas que permitan dar sentido y coherencia a lo que pensamos y hacemos. Este fenómeno se conoce como disonancia cognitiva. De esta forma podemos ser unas enérgicas activistas en el ámbito social y político y unas complacientes y obedientes servidoras en el ámbito laboral. Después ya encontraremos unos motivos que permitan conciliar ambas posturas. Es obvio que participar en una asamblea o desahogarse en las redes sociales no sirven para nada si no se trasladan las luchas a los campos de batalla, y el laboral es uno de ellos. Solo sirven para nuestro narcisismo. Esa especial manera de contarnos lo que somos. Aunque también actúa como la espita de una olla a presión que nos permite expulsar el vapor para no explotar. Pueden hablar de democracia, y de la necesidad de una mayor participación colectiva en las decisiones, que si en el trabajo miran hacia otro lado ante el mandar y obedecer, el despotismo y las irregularidades, las cosas se mantendrán igual. Sin cambio. El sistema es extremadamente inteligente y ha generado un contexto de precariedad, necesidad y dependencia, junto con la desactivación de la acción colectiva, que deja indefensas a las personas ante las arbitrariedades que se viven de manera diaria en el ámbito laboral.

Este rol de servidumbre laboral se nos ha inculcado desde pequeñas. Es decir, lo tenemos interiorizado y para librarnos de él tenemos que hacer un esfuerzo de deconstrucción, a través del cual nos reconozcamos como personas dignas y poderosas. Esto implica un cuestionamiento de la lógica del mandar y obedecer, que está detrás del funcionamiento de todas las empresas. No estoy hablando, para que se entienda, de la jerarquía de saberes sino de la imposición de decisiones, el trato irrespetuoso y la ausencia de poder. El desequilibrio de poder en las empresas es tal que vivimos día tras día en posiciones de inferioridad, lo cual nos permite integrar experiencias de dominado que con el tiempo normalizamos y, en los casos extremos de domesticación, defendemos. El mandar y obedecer van unidos a la lógica de dominador y dominado, de tal forma que cuando nuestro rol cambia en la empresa, por ascensos y promociones, es habitual replicar el papel que asignamos al dominador. Nos cambia la mirada, la perspectiva. Empezamos a mirar a las personas a nuestro cargo de otra manera.

Desaprender lo que nos han enseñado, aún siendo necesario, no es suficiente. La meta solo puede ser la eliminación del trabajo y de los salarios. El ámbito laboral es el espacio de domesticación más violento, ya que nos fuerzan diariamente a hacer cosas que no queremos, o con las que no estamos de acuerdo, a cambio de un salario que, en muchas ocasiones, no es suficiente para satisfacer las necesidades básicas y tener una vida digna. El trabajo, tal como lo entendemos en la actualidad, es la versión mejorada de la esclavitud donde el vulgar látigo se ha transformado en liderazgo, competencias y comunicación. Lo que necesita el dominador para forzar la voluntad de los subordinados. Es una versión tan mejorada que no dejamos de buscar un amo que nos acoja y nos alimente, asumiendo el riesgo de que cuando quiera nos puede expulsar a la intemperie. Es tan mejorada que fuera del trabajo y los salarios no vemos nada. No vemos alternativa porque la mayoría piensa que esta forma de trabajar ha existido siempre. Pensamos que no podemos poner límites a la acumulación de poder. Que la manera más eficaz de funcionar es unos mandando y la mayoría obedeciendo. Que siempre existirá el dominador y el dominado y que nuestra máxima aspiración es convertirnos en dominadores. Esta es la lógica imperante.

Por supuesto que hay otras lógicas. La que vivimos es, desgraciadamente, la que ha conseguido imponerse en nuestras sociedades. Probablemente una de las tareas es hacer más visible esas otras lógicas. Igual los antropólogos, que estudian los grupos humanos, deberían formar parte de este debate y enseñarnos que existen otras formas de organización social diferente al Estado o que se pueden establecer mecanismos de control de poder de tal forma que el poder esté en la sociedad y no contra la sociedad. Nos sorprendería saber que ha habido grupos humanos donde la acumulación de riqueza estaba mal visto. Nos sorprendería saber que hay alternativas y que lo que vivimos entra en el radio de la elección. Podemos elegir otra organización social y otra forma de relacionarnos entre nosotras. Conocer que existen otras alternativas no es un tema superficial porque es característico que ante las agresiones que sufrimos, en lo político, lo social y lo económico, pensemos que no las hay. Esta idea se resume en la expresión no hay nada que hacer, esto es lo que hay, que seguramente hemos escuchado en más de una ocasión. Una expresión de resignación e impotencia. Pero, sobre todo, una mentira.

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