Collages. Literatura de cautivos

Collages. Literatura de cautivos

Por Nònimo Lustre.

Esta serie de 30 collages con sendos textos explicativos versa sobre los protagonistas de la Historia eurocéntrica convencional -los césares, cleopatras, penélopes, etc. Pero no para abundar en su excepcionalidad, atractivo y estrella sino para todo lo contrario: para demostrar que los archivos históricos menos consultados guardan las verdaderas peripecias de estos ‘famosos’ -justamente, las que echan por tierra su carisma y lo reducen a la propaganda de los Palacios perpetuada a través de los siglos. Es decir, no son ídolos con pies de barro: simplemente, son monigotes de lodo y plástico.

En esta segunda entrega de 15 collages sobre la mujer occidental ‘casi libre’, queremos recapitular brevemente sobre los 15 collages anteriores. Dos inclusiones extemporáneas nos irritaron en grado sumo: a) la del absurdo y anacrónico Amor entendido como comodín para explicar los más ignotos y complejos procesos históricos. b) las acusaciones fisiológicas de ninfomanía que tiñen las biografías de reinas y emperatrices.

Huelga añadir que, situando los collages en épocas lejanas, no nos referimos al amor romántico -inventado en el siglo XIX-, ni al amor originado en el botín, ni tampoco se lo adjudicaremos a una suerte de rey Midas -que todo lo convertía en oro- sino más bien tendríamos que acuñar un nuevo concepto del midaísmo pues los agentes decisivos de aquellos años fueron psicópatas que todo lo bello lo convertían en excretas, coprolitos y mierda fétida. Como varias veces hemos repetido con fruición, las cortesanías son ansí.

Literatura de cautivos

Arriba, centro: el niño raptado Santiago McKinn, Arizona; foto C.S. Fly, 1866. Esquina inferior izqda.: mujer Mundurucú tatuada, grabado 1873. Centro drcha.: dos criollos, grabado coloreado en Guamán Poma de Ayala. Esquina inferior dcha.: Olive Oatman con tatuaje mohave en la barbilla, foto 1857. Centro, abajo: Cynthia Ann Parker amamantando.

En 1977, Umberto Eco publicó el célebre manual Cómo se hace una tesis doctoral (Come si fa una tesi di laurea e a che cosa serve) donde aboga por las ventajas de citar a autores antiguos, menos lábiles y menos controvertidos que los autores modernos (“Sull’autore antico esistono almeno delle griglie interpretative sicure su cui si può ricamare, mentre sull’autore moderno le opinioni sono ancora vaghe e discorsi, la nostra capacità critica è falsata dalla mancanza di prospettiva, e tutto diventa enormemente difficile”) Y donde, además, recomienda aprovechar todos los materiales, fichas y notas acumuladas durante la investigación porque, como se dice popularmente, ‘del cerdo no se desperdicia nada’ (“fare una tesi significa divertirsi e la tesi è come il maiale, non se ne butta via niente”).

Para explicar este collage, hemos seguido a Eco y hemos seleccionado una tesis, la de Laura Pérez (cf. infra) pero limitándonos a resumir sus documentadas y necesariamente prolijas informaciones sobre tres ex cautivos varones (Avendaño, Bourne y Guinnard) Por tanto, este texto busca subrayar el -negligido- caudal de las tesis. Asimismo, es sólo una aproximación a la (olvidada) riqueza de la literatura de cautivos, un género etnohistórico -a veces, sólo literario-, con una casuística que abarca todos los continentes y en el que encontramos ejemplos de varios siglos -e incluso milenios [cf. un microensayo previo sobre este tema en Traducciones de género, LQS, febrero 2020]

Santiago Avendaño (1834-1874; en adelante, SA)

La dra. Pérez justifica plenamente la elección de este trágico personaje porque “fue el primer excautivo nacido en territorio argentino en dejarnos un testimonio escrito, de puño y letra propios, de la experiencia de su cautiverio y el único que logró su publicación en vida, aunque esta fuera parcial o censurada.” (cf. Avendaño, Santiago. 2004 (1999) [1854]. Memorias del ex-cautivo Santiago Avendaño. Recopilación del P. Meinrado Hux; Buenos Aires, El Elefante Blanco)

Entre 1842y 1849, SA estuvo secuestrado durante siete años por los amerindios Ranqueles y “lo adoptó el indio Caniú (o Caniú-Cal), a quien llegó a llamar “padre” por sentirse miembro de su familia. Fue criado por una de las esposas de Caniú, la india Pichi Quintuy, como un hijo más.” [Los Ranqueles son más conocidos que los descritos por SA gracias a que el coronel Lucio V. Mansilla publicó en 1870 un relato –Una escursión a los indios Ranqueles– de circunstancias pues fueron sólo 18 días acompañado por dos franciscanos, de ahí lo de escursión, que todavía tiene gran predicamento popular pese a estar al servicio de la carrera exterminadora del susodicho coronel. Es decir, el ególatra Mansilla emborronó la literatura de cautivos sin haber sido cautivo y sin ocultar su desprecio por los indígenas]

Tras su huida de los toldos indígenas, SA encontró un trabajo fijo: ser lengua (lenguaraz, intérprete), en los innumerables parlamentos con los que Argentina -léase, su ejército-, prolongaba el exterminio de los indígenas. En semejante calidad, acabó plenamente integrado en las conspiraciones interétnicas con las trágicas consecuencias -más para los amerindios de la Pampa que para los milicos-, que veremos poco después. Aun así, SA dejó constancia de que los indígenas “prodigaban hospitalidad a cualquiera, a cuantos iban a refugiarse entre ellos. Jamás tomaron interés en averiguar de ningún emigrado si causas criminales o políticas los habían obligado a huir de su patria”, subrayando que no era la guerra sino el intercambio y la complementariedad, la tendencia orgánica en la frontera. Sin embargo….

Degollamientos fraternales. Para Abad de Santillán, el presidente Sarmiento “utilizó [a SA] para concretar arreglos de paz con los indios. Actuó en la revolución nacional de 1874, a las órdenes del general Rivas, junto con el cacique Catriel, que se plegó con sus indios al movimiento, y el 25 de noviembre del mismo año murió lanceado por los indios en Olavarría” En efeto, según el relato del oficial Jorge Reyes cit. en G. Palombo 1981, “sería como las ocho de la mañana cuando se presentaron los indios, y según [se] dijo en el ejército, habrían pedido al Coronel don Julio Campos, la entrega de los presos, para castigarlos de acuerdo a sus leyes, éstos fueron entregados y eran custodiados por grupos de indios a caballo y armados a lanza… al ser sacados los presos de las guaridas respectivas, [el cacique] Catriel y Avendaño y mataron a lanza a Catriel y a su secretario, degollándolos inmediatamente; El que mandaba las fuerzas de los indios era Juan José Catriel, quien degolló a su hermano…”

Benjamin Franklin Bourne (1816-1874)

Raptado por los Tehuelche-Aoniken en 1849, el gringo Bourne convivió con ellos 13 semanas. Aunque no aprendió su idioma, en 1853, publicó en Boston su única obra: The Captive in Patagonia; or Life Among the Giants. A Personal Narrative. By Benjamin Franklin Bourne. With Illustrations. Por desgracia, tenemos que citarla porque fue el libro de cabecera de cuantos buscadores de oro californiano cayeron sobre las Pampas puesto que, en aquél entonces, los aventureros gringos zarpaban de la Costa Este de los EEUU rumbo a la Costa Oeste pero atravesando el Estrecho de Magallanes -no existía el Canal de Panamá.
Aunque Bourne introduce sus capítulos prometiendo grandes hallazgos, su información etnohistórica es tosca, caprichosa y ególatra mientras que su habilidad literaria es nula. Ejemplo: Chapter II: Hard journey—Encampment—Division of the tribe—My new guardian—Story of the capture of a British vessel—Reünion—Gambling—Culinary arts—Hunting—Symptoms of danger—Mutual deceptions—Tough yarns—The fatal ring—An effective oration—Indecision of the Indians. Huelga añadir que no sabe nada de las segmentaciones dentro de las tolderías, que sus descripciones culinarias son groseras y racistas, que sus engaños (deceptions) son mutuos.
Pero su racismo es omnipresente. Convencido de que los patagones son gigantes, cuando es capturado los describe como aterradores pero, simultáneamente, nos tranquiliza asegurándonos que son “deficient in natural courage”. Incluso lo remacha con el consabido etnocentrismo: son traicioneros como siempre lo son los débiles y los timoratos, al revés que los fuertes y desafiantes -blancos, of course. A los Aoniken los llama de todo y nada bueno. Son indolentes cual niños, no aprenden de la experiencia, supersticiosos, etc. Por citar uno solo de sus habituales insultos, son blood-thirsty rascal (forajidos sedientos de sangre) Ciertamente, es muy desagradable tener que citar a un narciso ignorante cuyo único mérito ha sido convencer a los gringos de lo que ya les enseñaban en la escuela primaria: que los blancos -preferentemente WASP- eran muy superiores a los demás pueblos del planeta.

Auguste Pawloski Guinnard (1831-¿1882?)

Este joven parisino, sin oficio ni beneficio y sospechoso de huir de la justicia (¿argentina, europea?), quiso atravesar medio Cono Sur guiado por una brújula de madera que se dañó en la primera caminata. Extraviado sin remedio, en 1856 cayó en las tolderías Puelches (o Poyuches) donde fue esclavizado -los amerindios no usaban ese término- al principio pero luego vivió con relativa placidez durante 3 años y 2 meses. Estos patagones occidentales eran escasos en número y, quizá por ello, no participaban en los malones (razzias guerrilleras) Pero fueron tiroteados por la partida de Guinnard y esta imprudencia criminal cambió su vida europea… y la vida puelche:

Según la dra. Pérez, “El encuentro con los indios fue violento, probablemente porque los extranjeros habían irrumpido en su territorio y habían disparado sus armas de fuego al verse rodeados por los indios: varios de ellos resultaron heridos y uno cayó de su caballo, Pedrito [amigo italiano de Guinnard] fue asesinado y Auguste, lastimado por las lanzas y derribado por boleadoras”.
“Guinnard fue vendido tres veces a lo largo de su período de cautiverio. Después de “algunos meses” los “poyuches” entregaron su cautivo a los “puelches”, con quienes negociaban frecuentemente, a cambio de un buey y un caballo, que les darían más útil servicio, según él mismo lo confiesa.” Asimismo, se vanagloria de haber intentado fugarse “catorce veces”, una conjetura inverosímil. Aprendió varios dialectos de las lenguas pampeanas y llegó a ser secretario del cacique Calfucurá y de su Confederación Nómada.

Conviene subrayar un ‘pequeño detalle’: la Bande à Guinnard, no tenía bastimentos ni equipo -si nos olvidamos de la brújula de juguete. Pero sí disponía de armas de fuego y de munición suficiente. De hecho, antes de ser derrotados por los Puelche-Poyuches, Guinnard nos cuenta que habían matado a un puma… para comérselo: “nos refocilamos con alegría y voracidad de cette chair tout à la fois grasse et coriace, mais qui nous parut délicieuse”. ¿Por qué los futuros cautivos estaban armados pero pasaban el hambre hereje? Seguramente porque, desde Europa, su aventura estaba diseñada para saquear a los indígenas obligándoles a alimentarles a punta de fusil. ¿Para qué cargar con toneladas de provisiones cuando un revólver cabe en un bolsillo? Los modos de la Invasión se perpetuaban siglos después.

Sea como fuere, Guinnard escapó en 1859 y, sólo dos años después, publicó en Francia sus obras mayores: Excursion dans l’intérieur de la Patagonie (en el Bulletin de la Société de géographie, 1861); Trois ans de captivité chez les Patagons, Le Tour du monde, vol. 4, 1861) y, finalmente, Trois ans d’esclavage chez les Patagons, 1864. Sobra añadir que todas ellas tuvieron un éxito enorme. Sin embargo, no sabemos si por problemas de salud mental o cualesquiera otros, el caso es que, en plena popularidad, Guinnard emigra a Caracas donde acaba viviendo ¿solo? ca. 1877. Para, finalmente, desaparecer en las Antillas -¿en Trinidad?

(cf. las peripecias de estos tres ex cautivos, en María Laura Pérez Gras. 2013. Relatos de cautiverio. El legado literario de tres cautivos de los indios en la Argentina del siglo XIX. Tesis doctoral Universidad del Salvador)

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